domingo, 4 de mayo de 2014

Ángeles Caídos #4: Uno

Esta Noche
No soy una chica de fiestas, la que escucha música a alto volumen, la que le gusta chocarse con varios cuerpos y con sonrisas ebrias. No es mi estilo. Mi perfecta noche de sábado sería quedarme en casa, haciendo nada en mi sofá y viendo una película con mi enamorado, Peter. Algo predecible, normal. Pero lo normal desapareció de mi vida cuando Peter entró a mi vida. Él me lleva varios centímetros de altura, opera bajo la lógica fría y dura, se mueve como el humo y vive solo en un estudio súper secreto debajo del Parque de Diversiones. El sonido de su voz, baja y sexy, puede derretir mi corazón en tres segundos. También es un ángel caído, expulsado del cielo por su rebeldía al seguir las reglas. Realmente creo que Peter se sale de lo normal.
Puede que yo no tenga normalidad, pero si estabilidad. Y esto se resume en mi mejor amiga que parece de 12 años, Candela. Ella y yo tenemos un lazo irrompible; dicen que los opuestos se atraen y Cande y yo somos la prueba de ello.
Esta noche, el deseo de Cande es llevarnos a una casa al otro lado de la ciudad para una fiesta, para poder ingresar con nuestros documentos de identidad falsos, y sudar y divertirnos al máximo (según sus palabras). El lugar es estándar, una pista de baile que se conforma de un tabladillo y un bar. La gente dice que detrás del bar hay una puerta secreta que te lleva hacia un chico que vende drogas.
—Muévelo chica —me gritaba Cande sobre la música, moviendo sus manos por todos lados. —Así es como debe ser un sábado en la noche. Tú y yo dejándonos ser, disfrutando de la noche.
Hice lo mejor que pude para mostrar entusiasmo, pero el chico detrás de mí seguía pisándome los pies, y me estaba estresando y la chica a mi costado me golpeaba cada vez que se movía.
—Deberíamos ir por alcohol —le dije a Cande—. Hace demasiado calor.
—Eso es porque tú y yo hemos estamos quemando el lugar. Fíjate en el chico del bar, no puede quitarte los ojos de encima.
Seguí su mirada…y mi corazón dio un brinco.
Maxi Recca alzó su mentón cuando nuestras miradas se cruzaron
No te imaginaba como una bailarina —habló en mi mente.
Gracioso, yo si te imaginaba como un acosador —le lancé de vuelta.
Maxi Recca y yo pertenecíamos a la raza Nefil, con la habilidad para hablar a través de la mente, pero ahí quedaban las similitudes. Él no sabía cómo darme un respiro y yo no sabía cuánto tiempo más podía aguantarlo. Lo había conocido por primera vez esta mañana, cuando había venido a mi casa a anunciar que una vez más, los ángeles caídos y los Nefils estaban por entrar a una guerra y yo estaba a cargo de todo; pero yo necesitaba un respiro sobre charlas de guerra, era abrumador. O tal vez estaba en negación. De cualquier forma, desearía que desapareciera.
Te dejé un mensaje en tu celular —me dijo.
Lo siento, me debo haber olvidado de leerlo —dije. En realidad lo había borrado.
Necesitamos hablar.
Estoy algo ocupada.
Para enfatizar mi punto, me volteé y me uní a Cande, quién bailaba disfrutando.
Encuéntrame en dos minutos afuera.
Lo miré.
Estoy ocupada, ¿recuerdas?
Esto no puede esperar.
Arqueando sus cejas, desapareció entre la multitud.
—Él pierde —dijo Cande, cuando vio que Maxi se había ido—, no puede soportar el calor, eso es todo.
—Hablando de ello —dije—, ¿puedo traerte algo de tomar?
Cande no se veía preparada para dejar de bailar, y por más que quería evitar a Maxi, me di cuenta que era mejor lidiar con él de una vez. Si no, lo tendría acosándome toda la noche.
—Coca Cola con limón, nada de alcohol —dijo Cande.
Salí de la pista de baile y luego de asegurarme que Cande no estaba mirando, me escabullí por el pasadizo hacia la puerta trasera. Un Porsche estaba estacionado en frente de mí y Maxi estaba inclinado contra este, con sus brazos cruzados sobre su pecho.
—Lindo auto —dije.
—Ayuda a que se realice el trabajo.
—También lo hace mi Volkswagen, y cuesta mucho menos.
—Necesita mucho más para ser considerado un auto.
Ugh, qué espeso.
—Así que…. —dije, dando palmazos con el pie—¿qué es tan urgente?
—¿Sigues saliendo con ese ángel caído?
Sólo era la tercera vez que preguntaba. Dos veces por mensaje de texto, y ahora cara a cara. Mi relación con Peter había pasado por un montón de subes y bajas, pero actualmente iba hacia arriba. Aunque seguíamos con nuestros dilemas. En un mundo donde los Nefils y los ángeles caídos preferían morir que sonreírse uno al otro, salir con un ángel caído era un NO definitivo.
—Ya sabes, ¿siendo cuidadosos?
—Somos discretos.
Peter y yo no necesitábamos que Maxi nos diga que era mejor no hacer muchas apariciones juntos en público. Los Nefils y ángeles caídos no necesitaban una excusa para mostrarle al otro una lección, y la tensión racial entre los dos se estaba volviendo peor con el paso de los días. Era Octubre y el mes judío de Cheshvan estaba a pocos días. Si nos veían a mí y a Peter sosteniéndonos de la mano, pagaríamos.
—Hablemos sobre tu imagen —dijo Maxi—. Necesitamos generar publicidad positiva sobre tu nombre. Que se genere confianza en ti.
—¿Acaso es que odias cuando las encuestas hablan mal de ti?
Maxi frunció el ceño.
—Esto no es un juego, Lali. Cheshvan empieza en solo sesenta y dos horas, y eso significa guerra. Ángeles caídos a un lado, nosotros en el otro. Todo recae en tus hombros, eres la nueva líder del ejército de los Nefils. El lazo de sangre que juraste ante tu padre está en efecto, y no creo que deba recordarte las consecuencias de romper ese pacto.
Sentí espasmos en el estómago. Realmente no había hecho esa promesa. Gracias a mi padre biológico (ya fallecido), había sido obligada a tomar esa posición. Con la ayuda de una transfusión de sangre, me había obligado en transformarme en una Nefil así podía liderar su ejército. Había hecho un juramento para hacerlo, y había dado efecto luego de su muerte, y si fallaba, mi madre y yo moriríamos. Términos del juramento.
—Por más que piense en muchos planes de ser cautelosos, no podemos borrar tu pasado. Los Nefils están rebuscando información. Hay rumores que estás saliendo con un ángel caído, y que tu lealtad está dividida.
—Estoy saliendo con un ángel caído.
Maxi rodó sus ojos.
—¿Puedes decirlo más alto?
Me encogí de hombros.
Si eso es lo que quieres.
Luego abrí mi boca, pero Maxi estuvo a mi lado en un instante, cubriéndola con su mano.
—Sé que te mata, ¿pero, podrías hacer de mi trabajo un poco más sencillo solo esta vez? —murmuró en mi oído, mirando alrededor por si había alguien.
—Mira, sé que cuando recién nos conocimos, dije que los Nefils tendrían que lidiar conmigo y Peter siendo novios —dije, cuando él bajó su mano—, pero no estaba pensando, estaba enojada. He estado pensando mucho en esto. He hablado con Peter. Estamos siendo cuidadosos, Maxi. Realmente cuidadosos.
—Qué bueno saberlo. Pero aún necesito que hagas algo por mí.
—¿Cómo qué?
—Salir con un Nefil. Sal con Benjamín Amadeo.
Benjamín fue mi primer mejor amigo Nefil, a la edad de cinco. En ese entonces no sabía sobre su verdadero linaje hasta que se volvió mi tormento, luego mi compañero de crimen, y eventualmente mi amigo. No había secretos entre nosotros, y tampoco química romántica.
Me reí.
—Me estás matando, Maxi.
—Será como un espectáculo. Para las apariencias —explicó—. Solo hasta que nuestra raza se calma. Solo has sido Nefil por un día, nadie te conoce. La gente necesita un motivo para gustarles. Salir con un Nefil es un buen paso en esa dirección.
—No puedo salir con Benjamín. A Cande le gusta. Y después de todo lo que había sufrido en el amor, no pensaba hacerla sufrir más.
—No será real —repitió Maxi.
—¿Sabrá eso Cande?
—No exactamente. Tú y Benjamín tendrán que ser convincentes. Si alguien más se entera será desastroso, así que la verdad debe quedar entre nosotros.
Lo quería decir que Benjamín también sería engañado. Coloqué mis manos en mis caderas, tratando de sonar firme.
—Entonces vas a tener que darme a otra persona.
Por supuesto que odiaba la idea de salir con un Nefil para ganar popularidad, pero quería que esto se arregle de una vez. Si Maxi creía que un enamorado Nefil me daría mayor crédito, lo haría. No sería real de todos modos. Obviamente Peter no estaría feliz, pero podría lidiar con él después, ¿verdad?
La boca de Maxi se cerró, formando una línea, y cerró sus ojos brevemente. Buscando paciencia.
—Tiene que ser alguien de la comunidad Nefil —dijo Maxi, finalmente—. Alguien a quién se le pueda admirar y aprobar.
—Bien —dije, impaciente—. Solo dime quién, alguien que no sea Benjamín.
—Yo.
—¿Disculpa? ¿Qué? ¿Tú?
Estaba muy sorprendida como para empezar a reírme.
—¿Por qué no?
—¿En serio quieres que empiece a hacer una lista de razones? Porque te mantendré aquí toda la noche. Debes tener como cinco años humanos más que yo, no tienes sentido del humor….y ah sí, no nos soportamos.
—Es una conexión natural. Soy el primer teniente…
—Porque Hank te dio esa posición.
—Nos conocimos y sentimos una atracción mutua instantánea. Te consolé luego de la muerte de tu padre. Es una historia creíble —sonrió—. Mucha publicidad.
—Si dices la palabra que empieza con P una vez más, voy a….a hacer algo drástico.
Como golpearlo. Y golpearme por considerar este plan.
—Duerme y piénsalo —dijo Maxi.
—Piénsalo. —Conté tres con mis dedos—. De acuerdo, listo. Mala idea. Realmente una mala idea. Mi respuesta es no.
—¿Tienes una mejor idea?
—Sí, pero necesito tiempo para pensar.
—Claro. No hay problema, Lali. —Contó tres con sus dedos—. De acuerdo, se acabò el tiempo. Necesito un nombre a primera hora de la mañana. En caso no esté totalmente claro, tu imagen está por el suelo. La gente está hablando y no de buena forma. Necesitamos que los Nefils crean en ti, que confié en ti, y que puedas terminar el trabajo de tu padre y que nos liberes de los ángeles caídos.
—Ey, bebé, ¿todo bien?
Maxi y yo nos volteamos y vimos a Cande en la puerta, mirándonos con curiosidad y preocupación.
—Ey, todo está bien —dije, fingiendo entusiasmo.
—Nunca regresaste con mi Coca Cola, y me empecé a preocupar —dijo Cande.
Su mirada se posó sobre mí y Maxi, hasta que lo reconoció del bar.
—¿Quién eres? —le preguntó.
—¿Él? —lo corté—. Eh. Bueno, solo es un chico cualquiera….
Maxi dio un paso adelante, con la mano extendida.
—Maxi Recca. Soy un nuevo amigo de Lali. Nos conocemos más temprano cuando Benjamín Amadeo, nuestro amigo en común, nos presentó.
El rostro de Cande se iluminó.
—¿Conoces a Benja?
—Buen amigo mío, de hecho.
—Cualquier amigo de Benja es mi amigo. ¿Así que, qué están haciendo aquí afuera?
—Maxi acaba de comprarse un nuevo auto —dije, abriéndome paso para que vea el Porsche—. No pudo resistir mostrarlo. Pero no mires muy de cerca, ya que la placa no figura. Pobre Maxi, tuvo que recurrir a robar, desde que usó todo su dinero en depilarse el pecho, y Dios, sí que brilla.
—Graciosa —dijo el aludido.
Lamenté esa noche y odié a Maxi más de lo que ya lo hacía. Cande quedó maravillada con él e incluso le propuso que me invite a salir ya que mi novio era un idiota. Sabemos que ella y Peter no se llevan bien hasta ahora. Al final de la noche, cuando estaba demasiado cansada para seguir discutiendo con él sobre el tema del novio Nefil, decidí que era hora de irme a casa. Cande insistió en que quería quedarse y Maxi ofreció llevarla sana y salva a su casa. Y por más que no confiaba del todo en él, lo tuve que hacer esta vez. No sin antes advertirle que si algo le pasaba a mi mejor amiga, estaba en serios problemas.
Mientras caminaba hacia mi auto, la música de la casa aún sonaba como un eco. Inhalé el frío aire de Octubre. El celular empezó a sonar y me sacó de mis pensamientos, era el tono de llamada de Peter.
—¿Cómo estuvo la salida de chicas? —preguntó Peter.
—Si fuera por Cande, nos quedaríamos aquí toda la semana.
Me quité los zapatos y los colgué en mis dedos.
—En todo lo que puedo pensar es en la cama.
—Recuerda que compartimos la misma.
—¿También estás pensando en la cama? —Pero él me había dicho que raramente dormía.
—Estoy pensando en ti en mi cama.
Sentí mariposas en el estómago. Anoche me había quedado por primera vez en su casa, y aunque la atracción y tentación estaba presente, nos la habíamos arreglado para dormir en habitaciones diferentes. No estaba segura hasta donde quería llevar mi relación con él, pero el instinto me decía que Peter lo llevaba en serio.
—Mi madre me está esperando —dije—. Mal tiempo. ¿Podemos encontrarnos mañana? Necesitamos hablar —agregué, recordando mi conversación con Maxi.
—Eso no suena buena.
Hice el sonido de un beso en el celular.
—Te extrañé esta noche.
—La noche no ha terminado. Luego que termine aquí, podría ir a tu casa. Deja la ventana de tu habitación abierta.
—¿En qué andas?
—Vigilancia.
Fruncí el ceño.
—Eso es muy vago.
—Mi objetivo se está moviendo. Debo cortar. Estaré ahí lo más pronto posible.
Y colgó. Seguí caminando por la acera, preguntándome a quién estaba vigilando Peter y por qué hasta que llegué a mi auto. El problema surgió ahí mismo: el carro no encendía.
Maldije para mis adentros hasta que escuché la voz de un hombre detrás de mí.
—¿Necesitas ayuda?
—Parece que sí —dije.
—Puedo ayudarte. Pareces una buena chica. Podríamos tener una linda charla mientras te llevo a casa.
Mantuve mi distancia, tratando de averiguar qué era. El instinto me decía que no era humano. Tampoco Nefil. Y lo gracioso era que tampoco creía que fuera un ángel caído. Se veía indefenso pero al mismo tiempo sospechoso.
—Gracias por la oferta, pero le pediré ayuda a un amigo.
Su sonrisa se esfumó y me cogió de la mano.
—No te vayas —su voz tenía una nota de desesperación—. Necesito hablar con tu novio.
Mi corazón se aceleró y sentí pánico.
—No tengo novio —intenté decir.
—Ponme en contacto con Peter. Me está evadiendo. Dile que si no deja de esconderse, yo…yo, quemaré el Parque de Diversiones si es necesario.
Me alejé de él lo más rápido que pude mientras pensaba en qué andaba metido Peter.

Sin Límites: Epílogo

—Mírame, mírame —grita Joaco desde la espalda de Midas, el caballo de Peter, mientras él lo pasea alrededor de la zona.
Desde el porche, donde estoy sentada al lado de Ángela, tomando limonada, alzo mi mano y saludo. Cada vez que lo veo, ha crecido más, aunque es pequeño de altura para tener nueve años. Siempre está gritándote al oído, algo que sacó de su madre, siempre está sonriendo con esos ojos caramelo. Mientras lo observamos, él le da un leve golpe a Midas para que vaya más rápido, y Peter tiene que trotar a su lado para mantener el ritmo.
—¡Ten cuidado! —dice Ángela, más a Peter que a su hijo.
Peter asiente, rueda sus ojos, y golpea suavemente a Midas en el cuello, para que disminuya la velocidad. Como si caerse de un caballo le fuera a hacer algo a ese pequeño indestructible niño.
—Eres como una madre sobreprotectora, ¿lo sabías? —bromeo.
Bufa y alza sus brazos sobre su cabeza para estirarse. Si miro con más detenimiento, puedo ver las marcas desvaneciéndose en su brazo derecho, algunas cuantas restantes. Los tatuajes empezaron a desvanecerse en el momento en que tuvo a Joaco de nuevo en sus brazos. Como si su amor la estuviera limpiando, siempre dice ella.
En pocas horas, todos nosotros estaremos reunidos en la mesa de los Lanzani para el almuerzo: los padres de Peter; Cande, su esposo y su pequeña Estefanía; Ángela y Joaco; y, si estoy de suerte, Stefano también. Todos comeremos, nos reiremos, y hablaremos sobre las noticias y los trabajos de cada uno. Yo bromearé sobre el genial clima de la ciudad y como me muero por quedarme ahí; Peter aprovechará para sacudir mi rodilla bajo la mesa. Y sentiré una sensación de calidez, pero también sentiré una ausencia, como si hubiese una silla vacía en la mesa. Y a ese punto, el tema de conversación inevitablemente se dirigirá hacia Thiago; Ángela hablará sobre los edificios donde Thiago ha estado trabajando, y Joaco hablará sobre las aventuras que tuvieron los dos, en el Zoológico o en el Museo de Niños de Chicago. Y luego la conversación cambiará de nuevo a otras cosas, y me sentiré normal de nuevo. Me sentiré bien.
Ángela aún está hablando sobre estilos de padres, algo llamado Amor y Lógica. Ella me ofrece prestarme libros sobre el tema, yo sonrío y digo que los miraré. Me pongo de pie y me dirijo hacia el porche.
—Mírame, mírame Mar —Joaco dice de nuevo cuando me ve.
Después de la cena lo llevaré a volar, pienso, si Ángela me deja. El sonido de él riéndose mientras Peter lo guía con el caballo, me hace sonreír. Me tomo un momento para admirar la vista de Peter por atrás, la forma en que camina, con la gracia de un vaquero, el ajuste de sus jeans.
—¡Te veo! —le digo a Joaco—. Hola guapo —agrego para Peter.
Él se inclina sobre la cerca para besarme, tomando mi rostro entre sus manos, el anillo de oro en su dedo frío contra mi mejilla. Luego retrocede y baja su cabeza por un minuto, sus ojos cerrados de aquella forma que se ha vuelto familiar a través de los años. Coloco mi mano en su hombro.
—¿Estás bien? ¿Otra visión? —pregunto.
Alza la mirada y sonríe.
—Sí, estoy teniendo una visión—dice, con una risa en su voz—. Estoy teniendo una visión que sé que se hará realidad.
—¿Y cuál es? —le pregunto.
—Seremos felices, Zanahoria —dice, colocando un cabello suelto detrás de mi oreja—. Eso es todo.

***

FINALMENTE, CON ESTO SE TERMINA ESTA MARAVILLOSA HISTORIA :)

SI BIEN ME GUSTÓ QUE SE QUEDARA CON PETER (TUCKER EN EL LIBRO), THIAGO (CHRISTIAN EN EL LIBRO) LLEGÓ A CONQUISTAR MI CORAZÓN CON EL ÚLTIMO LIBRO. PERO EN FIN, ASÍ LO DECIDIÓ LA AUTORA :)

ESPERO LES HAYA GUSTADO TANTO COMO A MÍ. MIL GRACIAS POR LEER Y COMENTAR.

ESPERO PRONTO PODER TRAERLES EL FINAL DE ÁNGELES CAÍDOS. LUEGO PENSARÉ EN CUÁL OTRO ADAPTAR/TRADUCIR.

Sin Límites: Veintiuno II

Abro mis ojos y encuentro la cara de Thiago mirando la mía.
—Hola —susurra—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. —Miro alrededor, en busca de Uriel, pero no hay señales de él.
Thiago me da espacio para sentarme. Coloco una mano en mi frente. Me siento mejor ahora, más como yo misma. O tal vez es sólo porque Thiago está aquí.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Oh, ya sabes. Unos cuantos días—responde feliz—. Como, tres.
—Bueno, una mujer debe tener su hermoso sueño —digo.
Él ríe.
—Estoy bromeando. Tal vez como ocho horas. No mucho.
—¿Dónde está Peter? —pregunto inmediatamente—. ¿Está bien?
Hay una sombra de haber perdido en su sonrisa, como una resignación.
—Está bien. Está abajo, en la habitación de tu madre. Él también ha estado preguntando por ti.
—¿Qué sucedió? En el lago, quiero decir.
—Lo curaste —dice—. Lo curaste hasta que te desmayaste, hasta que dejaste de respirar por unos cuantos segundos, y luego Stefano lo golpeó en el pecho unas cuantas veces, le dio respiración boca a boca, y él volvió a la vida. Él vomitó como un galón de agua, pero regresó. —Thiago me mira a los ojos—. Lo salvaste.
—Oh.
—Sí—dice con una mueca—. Eres una presumida. Primero nos sacas del infierno, luego derrotas al Observador más grande y fuerte, y después vas en busca de un ángel, hacia la altitud más alta, para finalmente resucitar a un muerto. ¿Ya terminaste? Porque sinceramente, no sé si puedo tener más emoción en esta vida.
Miro a otro lado, presionando mis labios para evitar sonreír.
—Eso creo.
Luego le cuento sobre la visita de Uriel.
—Creo que es mi abuelo —digo lentamente—. Él no me lo dijo, pero tengo la impresión que él me veía como familia.
—¿El padre de tu mamá?
—Sí. Así que tal vez podamos regresar a Stanford. Somos libres de vivir una vida normal por un tiempo. ¿Es algo bueno, verdad?
Se muerde el labio.
—Creo que me tomaré un tiempo fuera de la universidad.
—¿Por qué? —pregunto.
Aparta su cabello lejos de sus ojos.
—Creo que no debí ir a Stanford, fui por las razones equivocadas. No sé si pertenezco ahí.
—Así que te irás.
—Puede que viaje con Ángela y Joaco, encontraremos un lugar que no llame la atención por un tiempo. Ella necesita descansar.
—¿Por qué nunca me dijiste que era tu hermana?
Se encoge de hombros.
—Aún me estaba acostumbrando a la idea. Leí en su diario sobre su padre, y conecté su información con la mía. Pero no se sintió real hasta que….
Hasta que vio cara a cara a Juan Cruz.
—Así que Joaco es tu sobrino —digo.
Asiente rápidamente ante la idea.
—Sí. Lo es.
—¿Cuándo? —pregunto, refiriéndome a su partida.
—En cualquier instante. Sólo quería despedirme. —Ve mi expresión aturdida—. No te preocupes. Me mantendré en contacto.
Se pone de pie. Sonríe como si todo fuera normal, pero puedo sentir que esto lo está matando. Dejarme, va en contra de todos sus instintos, todo lo que le dice su corazón.
—Fue en serio, lo que dije en el infierno —dice—. Eres mi espada de gloria, ¿lo sabes? Mi verdad.
—Thiago…
Alza su mano como diciendo: Déjame terminar.
—Vi la mirada en tu rostro cuando él murió. Vi lo que estaba en tu corazón, y es real. Todo este tiempo me dije a mí mismo que era un corazonaso, y que pronto lo olvidarías, luego serías libre conmigo. Pero no es una fase, o una terquedad a no aceptar tu destino. Lo sé. Ahora perteneces a él, es tu destino. —Traga—. Estuvo mal el besarte ese día en el cementerio.
Hay lágrimas en mis ojos, así que las limpio.
—Eres mi mejor amigo —susurro.
Baja la mirada.
—Sabes que siempre voy a querer ser más que eso.
—Lo sé.
Un silencio incómodo se interpone entre nosotros. Luego él se encoge de hombros y me da su sonrisa característica.
—Bueno, ya sabes, ese Peter no estará aquí para siempre. Tal vez esté contigo en unos cientos de años o por ahí.
Me quedo sin aliento. ¿Realmente lo dice en serio, o es una forma de bromear? Me pongo de pie, cuidadosamente, en caso aún esté débil. Pero me siento sorprendentemente bien. Lo miro directamente y pienso en la palabra longevidad.
—No me esperes, Thiago. Eso no es lo que quiero. No puedo prometerte…
Hace una mueca.
—No lo llamaría esperar —dice—. Tengo que irme.
—Espera. No te vayas todavía.
Se detiene. Cruzo la habitación hacia él y alzo su camisa. Por un segundo se ve completamente confundido, pero luego coloco mi mano en una herida de su costado, que todavía no ha sanado. Aclaro mi cabeza tanto como puedo, luego le doy gloria a mis manos. Y viene.
Él jadea apenas mientras su piel se recompone. Cuando saco mi mano, el corte está completamente curado, pero todavía hay una cicatriz por sus costillas.
—Siento lo de la cicatriz —digo.
—Caray—ríe—. Eso fue como E.T. Gracias.
—Es lo último que podía hacer.
Se mueve hacia mi ventana y la abre, inclinándose para salir. Luego se voltea hacia mí, el viento moviendo su cabello, sus ojos verdes llenos de pena y de luz, y alza su mano en son de despedida, y yo alzo la mía.
Nos vemos más tarde —susurra en mi mente, y llama a sus alas.
***
Tomo un baño, hasta que me siento completamente limpia. Luego me siento en mi mesa con mi bata, y me inserto en la difícil tarea de peinarme. Me quedo de pie frente al ropero por un momento, mirando el vestido amarillo que una vez mamá me dio por mi cumpleaños, el que usé la noche en que salí con Peter. Me lo pongo, junto a unas sandalias, y voy al primer piso.
Camino por el pasillo hacia la antigua habitación de mi madre. Mi corazón empieza a latir desaforado, pero no dudo. Quiero verlo. Abro la puerta.
La cama está vacía, las sábanas están encima, de forma desordenada, como si alguien hubiese intentado estirarlas en un apuro. No hay nadie aquí, frunzo el ceño.
Tal vez me demoré mucho en buscarlo. Tal vez ya se fue.
Hasta que huelo algo quemándose.
Encuentro a Peter en la cocina, intentando y fallando en hacer huevos revueltos. Intenta salvar los huevos quemados con una espátula, y en el intento se quema. Empieza a sacudir su mano como si no pudiese apartar el dolor. Yo río y él se voltea de un tirón, aturdido. Sus ojos se amplían.
—¡Mar! —dice.
Mi corazón salta cuando lo ve. Camino hasta él y le quito la espátula de su mano.
—Pensé que tendrías hambre —dice.
—No de eso.
Sonrío y cojo una toalla para secar los platos, cojo la sartén, boto el desastre que había y vuelvo a colocarla en la hornilla.
—Déjame a mí —le digo.
Él asiente. No está usando una camisa, solo un par de pantalones de piyama de mi hermano. Aún así se ve como si fuera un domingo por la mañana. Intento no quedarme mirando su cuerpo, mientras voy a la refrigeradora por más huevos.
—¿Cómo estás? —pregunta—. Stefano me dijo que estabas durmiendo.
—¿Viste a Stefano?
—Sí, estuvo aquí por un rato. Se veía algo distraído. Intento darme un sobre lleno de dinero.
—¿Eh?
—Los de Stanford se creen todo —bromea.
—Estoy bien —digo, respondiendo a su pregunta inicial—. ¿Cómo estás tú?
—Nunca me había sentido mejor —dice.
Dejo de concentrarme en los huevos y poso mi mirada en él. No se ve cambiado. No se ve como ningún profeta.
—¿Qué? —dice—. ¿Tengo un huevo en mi cara?
—Realmente no tengo hambre—digo—. Necesito hablar contigo.
Él traga.
—Por favor, no dejes que esta sea la parte donde me dices qué es lo mejor para mí.
Sacudo mi cabeza y río.
—¿Por qué no te pones un poco más de ropa?
—Esa es una idea genial—dice—. Pero no la encuentro. Supongo que están en la basura, no creo que tengan arreglo. Tal vez podrías llevarme a casa bastante rápido.
—Claro.
Camino hacia él y tomo su mano. Me mira, algo inseguro.
—¿Qué haces? —pregunta.
—¿Confías en mí?
—Por supuesto.
Aprovecho el momento y cubro sus ojos con mis manos. Llamo a la gloria, un círculo de luz cálido a nuestro alrededor. Cierro mis ojos, sonriendo, y nos envío a la granja. A propósito.
—De acuerdo, ya puedes mirar—digo, quitando mis manos mientras la luz se va desvaneciendo.
Peter jadea.
—¿Cómo hiciste eso?
Me encojo de hombros.
—Golpeé tres veces el suelo y dije: No hay lugar como en casa.
—¿Así qué…crees que esta es tu casa? ¿Mi granja?
Su tono es juguetón, pero la mirada que me está dando es completamente seria.
—Pensé que ya lo habías descifrado —digo—. Mi casa eres tú.
Su cara se llena de desconcierto total. Se aclara la garganta.
—Y ya no me siento enfermo con la gloria. ¿Por qué?
—Te contaré todo sobre ello —le prometo—. Más tarde.
—Así qué…—dice—, ¿haberle insertado una espada en el corazón a ese hombre, significa que ya no tienes que escapar?
—No estoy escapando.
Sonríe.
—Esas son las mejores noticias que he escuchado jamás.
Coloca una mano en mi cintura, y me acerca a su cuerpo. Va a besarme.
—¿Así que realmente piensas en todas esas cosas que me dijiste cuando era un hombre muerto?
—Cada palabra.
—¿Podrías decirlo de nuevo? —pregunta—. Mi memoria está algo borrosa.
—¿Qué parte? ¿La parte en que decía que quería quedarme contigo para siempre?
—Sí —murmura, su rostro cerca al mío, su aliento caliente contra mi mejilla.
—¿Cuándo te dije que te amaba?
Retrocede apenas, busca mis ojos.
—Sí. Dilo.
—Te amo.
Toma un profundo respiro.
—Te amo —devuelve—. Te amo, Mar.
Luego su mirada cae a mis labios de nuevo, y se inclina, antes que el resto del mundo simplemente desaparezca.

***

Apenas pueda les traigo el Epílogo!

Sin Límites: Veintiuno I

El Profeta

Me despierto en mi habitación. Por un minuto considero si es que todo fue un mal sueño. Se siente como uno. Pero luego la realidad se sitúa. Gruño y me volteo a un lado, curvándome en posición fetal, presionando mis manos contra mi frente hasta que duele, y empiezo a balancearme hacia adelante y hacia atrás, porque sé que Peter se ha ido.
—No —dice una voz—. No llores.
Hay un ángel sentado al borde de mi cama, puedo sentir que me ama. Está agradecido de que esté bien. En casa.
Me volteo para mirarlo.
—¿Papá?
No es papá. Es un hombre con un cabello recién cortado, los ojos del color del cielo. Sonríe.
—Tu padre no pudo venir esta vez, pero te manda su amor —dice—. Yo soy Uriel.
Uriel. Lo he visto antes. En alguna parte de mi cerebro tengo una imagen de él al lado de mi padre. Me siento y de ponto me veo aturdida por toda mi debilidad, un hueco en mi estómago, como si no hubiese dormido por días. Uriel asiente, mientras me vuelvo a hundir en las almohadas.
—Tuviste una gran aventura, ¿verdad? —dice—. Lo hiciste bien. Hiciste lo que tenías que hacer. Y tal vez más de lo que debías.
Pero no lo suficientemente bien, pienso, porque Peter está muerto. Nunca más lo volveré a ver.
Uriel sacude su cabeza.
—El chico está bien. De hecho, está más que bien. Por eso he venido a verte.
Todo mi cuerpo se siente tan aliviado al escuchar sus palabras.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Estoy en problemas? ¿Se supone que no debía salvarlo?
Uriel ríe.
—No estás en problemas. Pero lo que hiciste por él, la forma en que te purificaste con él, lo salvó, pero también lo ha cambiado. Necesitas entender.
—¿Lo cambió? —repito, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cómo?
Suspira.
—En la antigüedad, llamábamos a un persona con tanta gloria, con tanto poder dentro de sí, como un profeta.
—¿Qué significa eso?
—Él será ligeramente más que humano. Los profetas del pasado a veces han sido capaces de curar a los enfermos, o conjurar fuego o tormentas, o tener visiones del futuro. Afecta las pequeñas cosas su sensibilidad a parte del mundo que los humanos usualmente no ven, su comprensión del bien y del mal, la fuerza de tanto su cuerpo como espíritu. A veces también afecta su longevidad.
Me tomo un minuto para digerir esta información. Me pregunto qué significará la palabra longevidad en este caso.
—Deberás mantener un ojo en él. Asegurarte que no se meta en problemas.
Lo miro directamente e intento tragar.
—¿Y J. Cruz? ¿Va a venir por nosotros?
—Lidiaste con él bastante bien —dice, con un tono de orgullo en su voz.
—¿Yo…lo maté?
—No —responde—, él ha retornado al cielo. Sus alas son blancas otra vez.
—No lo entiendo.
—Una espada de gloria no es sólo un arma. Es el poder de Dios, y tú la insertaste justo en el centro del ser de Juan Cruz. Lo llenaste de luz.
—Todo lo que hice fue usar la espada una vez —digo, avergonzada por la idea.
—¿Eso fue todo? —pregunta ligeramente, como si me estuviera bromeando, pero no estoy segura.
—¿Y los otros Observadores? ¿Vendrán?
—Cuando Juan Cruz cayó, el liderazgo de los Observadores cayó en Sam. Y por alguna razón misteriosa, no creo que él venga a atacarte.
Eso funcionó bien, pienso. Parece que todo es muy bueno para ser cierto, siendo honesta. Tengo que cuidar de Peter, estoy a salvo de las Alas Negras. No estoy, por una vez, en problemas. Estoy esperando a que me lancen la noticia mala.
—No estás a salvo de las Alas Negras —dice Uriel—. Los Observadores sólo son una pequeña fracción de los caídos, quienes aún estarán buscando a los Nephils y haciendo de las suyas por todo el mundo.
—¿Y cuál es su agenda?
—Ganar la guerra, querida. Vamos a tener que estar vigilando nuestro trabajo, estar al tanto, estar preparados, todos. Hay tanto por hacer, muchas batallas.
—¿De eso se trata mi propósito? ¿Pelear? —pregunto.
—¿Eso es lo que piensas que es?
—No. No me veo a mí como una luchadora. Pero, ¿entonces qué soy? ¿Cuál es mi propósito? —Alzo mis ojos hacia los de Uriel, y él me da una sonrisa simpática. —Oh, claro. No vas a decírmelo.
—No puedo —dice—. Eres la única que puede decidir cuál es tu propósito Mar.
¿Yo decido? ¿Ahora dice que yo puedo decidir? Hola, nuevas noticias…
—Pero las visiones…
—Las visiones te llevan hacia las bifurcaciones del camino que los llevará a ser lo que deben ser.
Sacudo mi cabeza.
—Espera. ¿Así que, bajo que camino debo ir? ¿Yo decido las cosas o finalmente es algo que está en el destino?
—Ambas.
De acuerdo, esa es una respuesta frustrante.
—¿Cuál es tu propósito Mar?
Thiago, pienso inmediatamente. En cada visión, está él. Está presente en cada camino. ¿Pero eso significa que él es mi propósito? ¿Una persona puede ser un propósito?
—No lo sé —admito—. Quiero ser buena. Quiero hacer buenas cosas. Quiero ayudar.
Él asiente.
—Entonces debes decidir lo que deba ayudarte a hacer eso.
—¿Habrán más visiones?
—¿Crees que habrán más bifurcaciones en tu camino? —pregunta, con otra pregunta como respuesta.