martes, 10 de julio de 2012

Santificado: Catorce

La tormenta está llegando

El año pasado cuando empezaba a desaparecer la nieve, era genial el guardar nuestros trajes de invierno, respirar aquel aire que empezaba a ser cálido, y sentir que el calor estaba regresando. Pero este año, esos fenómenos me llenan de dolor. Es primavera, entre ahora y verano, mi madre nos dejará.

Mi visión se ha ampliado. Ahora puedo ver lo que sucede un poco después que llego al entierro. Hay más personas sentadas en las bancas, personas que ahora reconozco de la congregación, como Emi. Todos me miran mientras llego a la colina, junto a Thiago…eso es algo que aún no entiendo, ¿qué razón tendría Peter para no venir? De pronto, mi vista se nubla y mis rodillas tiemblan. Pero, Thiago suelta mi mano y se acerca a mi cuerpo, colocando sus brazos en mi cintura, enderezándome. Luego, su mano derecha, regresa a la mía y la sacude apenas.

¿Quieres sentarte? – pregunta gentilmente en mi mente
No – respondo

El padre que está al lado del ataúd, me mira, preocupado.

Quiere saber si estás lista – Thiago dice en mi mente
¿Lista?
- Para que él pueda empezar
- Sí, por favor
- Queridos amigos – empieza el padre

Ahí es cuando empiezo a sentir algo extraño. No escucho lo que dice el padre, pero estoy segura que está diciendo cosas buenas de mi madre. Sobre su generosidad, su fuerza. Pocas palabras para describirla. Me enfoco en la rosa blanca que está encima del ataúd. La pena aumenta, expandiéndose como un lago helado dentro de mí. Pronto bajarán el ataúd hacia el suelo. Lo cubrirán con tierra. Mi hermosa, espiritual, y dulce madre se irá para siempre…..

Mi corazón da un salto. Esta no es la pena que siempre he tenido. Estas son palabras, y no son mías. No es mi pena, o mis sentimientos. Hay un Alas Negras aquí. Samjeeza.

De pronto, empiezo a buscarlo. Pero no lo encuentro por ningún lado, debe estar a metros de distancia. Es él, estoy segura que es él. Ha venido a decirle adiós a mi madre en sus últimos momentos en la tierra. Él la amaba, piensa. La amaba y está furioso de haberla perdido, después de todos estos años esperándola. Nos odia.

Cuando comento acerca de lo nuevo en mi visión en la congregación, todos se alarman. Al principio no creen que un Alas Negras se presente, el único que lo hace es Thiago y me da su soporte. Pero, cuando mi madre explica que quizá Sam no está del todo desaparecido (luego de haberlo destrozado con la gloria), todos empiezan a creerme y a formar planes para protegerme a mí y a Stefano en caso decida atacar en el entierro. Emi sentencia que estamos en una guerra, una batalla contra los Alas Negras, y no puedo estar más de acuerdo. 

sábado, 7 de julio de 2012

Santificado: Trece

La ausencia de certeza (parte dos)

- ¿Hay algo que quieras preguntarme? No puedo prometerte que te voy a dar una buena respuesta, pero lo intentaré
- ¿Tú…amabas a Luna? – pregunto lo primero que se me viene a la mente
- Sí – suspira – la amaba
- ¿Entonces, por qué terminaste con ella?
- Porque iba a descubrir la verdad sobre mí
- ¿No le contaste?
- Tengo la idea desde siempre de que no debemos contarle a los humanos. Es imposible tener una relación con un humano, una verdadera relación…cuando notan que hay algo raro en ti…se complica. Supongo que podríamos escoger personas realmente tontas para formar una relación – sonríe
- Luna no es tonta – digo
- No, Luna no es tonta – acuerda – y eventualmente hubiese sido imposible no decirle la verdad. Pero, ella iba a salir lastimada

Pienso en la noche en que Peter se enteró, sus preguntas, sus suposiciones. Él no me creyó hasta que me mostré.

- Lo entiendo – digo, suavemente, mirando mis guantes
- ¿Cuánto sabe Peter? – pregunta – porque él no es ningún tonto - ¿mucho? – vuelve a preguntar al ver mi expresión
- Le he contado…bastante
- ¿Sobre mí?
- Sí

Sus ojos son más fríos cuando me mira.

- Te dije, no soy buena con los secretos
- Bueno, sí le escondiste algo. ¿no estás feliz de haberlo hecho? – está hablando de mi visión, por supuesto
- Sí – admito – aunque no sé si feliz es la palabra adecuada
- Lo sé

Junta sus manos en un aplauso. La silla está aproximándose a la cima de la montaña.

- Bueno, la charla seria ha terminado. Te traje aquí para divertirnos

Nos ajustamos los ski´s y nos lanzamos a la nieve, saliendo de la silla.

- Hagámoslo – dice, sonriendo

Casi ni pienso en mi madre durante toda la mañana. Thiago y yo formamos figuras mientras bajamos la colina. Jugamos como niños, chocándonos y haciendo carreras. Incluso subimos hasta la colina que él suele esquiar, la que es para profesionales. Me reta a esquiarla y lo hago bien durante un instante, pero cuando cojo demasiada velocidad, termino golpeándome.

- Para que sepas, es la última vez que confío en ti y en mis habilidades – digo
- Pero te ves tan linda llena de nieve
- Cállate y ayúdame a encontrar mi ski

Buscamos mis cosas por un momento, pero no hay rastro. Después de diez minutos, me convenzo a mí misma que la montaña se lo ha comido.

- Muchas gracias, Thiago
- No te preocupes, puede que la encuentren en el verano – bromea

No espera la bola de nieve que le lanzo a continuación. Explota en su pecho.

- ¡Ey! – protesta

Le lanzo otra, esta vez cae en su cabeza.

- Lo siento. No estaba apuntándote…

De pronto, empieza a quitarse los ski´s y sus elementos.

- ¿Qué estás haciendo? - pregunto
- Preparándome
- ¿Para qué?
- Para esto – dice antes de gritar y correr hacia mí

Empiezo a gritar cuando me coge y me lanza en la nieve.

- ¡No en mi abrigo! – chillo mientras inserta nieve dentro de mí

La nieve empieza a derretirse por mi cuello. Cojo un puñado de nieve y la lanzo contra su rostro. Luego, utilizo parte de mi fuerza de ángel para apartarlo de mí y terminar encima de él. Logro meter un poco de nieve dentro de su traje.

- Tiempo de rendirte – río
- Está bien – dice, sonriendo

Me detengo. Ambos estamos respirando fuerte, con nieve entre nuestros cabellos, mojando nuestras ropas. Lo miro. Hay nieve alrededor. Sus ojos brillan. Él ya no está intentando apartarse o pelearme. Se muerde el labio inferior por un segundo. Todo lo que tengo que hacer es cerrar los ojos y dejarme llevar.

- Inténtalo – dice en mi mente – descubramos que pasa después

Pero él también está dudando, lo siento. Me aparto, incómoda y hago lo mejor para pretender que lo que estuvo a punto de suceder casi no pasa. Él se sienta, quitando la nieve de sus hombros. Luego, alguien nos llama desde arriba; una persona de seguridad.

- ¿Todo bien ahí abajo?
- Sí – Thiago grita de vuelta – estamos bien – me mira, cambiando su expresión – lo encontré – dice – siempre estuvo aquí
- ¿Qué?
- Tu ski

Eso y algo más.

- Parece que te estás divirtiendo – es Peter, que me ha encontrado en el restaurante en el almuerzo

Mis mejillas se tornan rosadas y por suerte, Thiago está comprando la comida.

- Sí, diversión, diversión, diversión – respondo – creo que sé lo que estoy haciendo ahora. En la colina
- Me alegra que finalmente hayas decidido venir – sonríe
- Sí, bueno, he estado preocupada últimamente
- ¿Todo bien? – pregunta - ¿cómo está tu mamá?
- Está bien. Supongo que teniendo un tiempo difícil
- Cualquier cosa que pueda hacer, me gritas – dice – estoy aquí para ti
- Gracias
- ¿Quieres esquiar más tarde? Tengo que dictar clase hasta las cuatro, pero después podemos subir la montaña. Te apuesto que aún puedo enseñarte un par de cosas
- Eso suena genial pero…
- Probablemente tienes que ir a casa a ver a tu mamá – asume
- No, yo…

No necesito explicar nada, Thiago aparece detrás de Peter.

- Lo siento por tardarme tanto – dice, señalando mi hamburguesa – no sabía qué es lo que te gusta

Peter se voltea, mira a Thiago y luego me mira a mí. Repite la acción.

- A ella no le gusta la cebolla – dice - ¿viniste aquí con él?
- Eh, me dijo para venir y me pareció una buena idea. Necesitaba salir de casa

Peter asiente, ausente. De pronto noto que mi cabello sigue húmedo, mis mejillas rosadas, mi piel brillante, y no es por el frío. Nada pasó, me digo a mí misma. Tú y Thiago son amigos, y Peter lo entiende. Está bien ir a esquiar con tu amigo. Nada pasó.

- Lo siento - Thiago dice en mi mente – te estoy metiendo en problemas, ¿verdad?
- No, está todo bien
- De hecho tenía miedo de preguntarle – Thiago le dice a Peter
- ¿Es verdad? – pregunta Peter, cruzando sus brazos
- Fui a esquiar con ella el año pasado y casi nos mata a los dos
- Bueno, justo me estaba diciendo que ahora está mucho mejor – dice Peter
- La llevé a la colina más alta – dice Thiago – deberías haber visto la caída que tuvo
- ¿En serio? No sabía que se había caído
- Fue un golpe a lo grande – se burla Thiago
- ¿Aló? Estoy aquí – lo golpeo en el brazo
- Fue bastante –
- No fue gracioso – lo interrumpo – hacía frío
- Se supone que deberías de ser inmune al frío – dice – forma parte de la práctica
- Claro – intento no sonreír – práctica
- Suena increíble – dice Peter, mirando su reloj – está bien, tengo que irme. Algunos tenemos que trabajar

Se inclina y besa mi mejilla.

- Así que nos encontramos a las cuatro, ¿está bien? Puedo llevarte a casa si a Thiago no le importa
- No hay problema – dice Thiago – a las cuatro ella será toda tuya. Eso nos deja, ¿qué, tres horas para esquiar?
- Genial – dice Peter – intenta no hacerte daño, ¿está bien?

***

- ¿Estás bien? – le pregunto a Peter en el camino de regreso cuando no emite palabra
- Terminan la oración del otro – dice, estacionando al lado del camino – tú y Thiago. Cada uno termina la oración del otro
- Pitt. No es gran….
- Sí, si lo es. Es más que eso. Es como si pudieran leer la mente del otro – acaricio su brazo – te estaba haciendo sonreír – dice, suavemente, sin mirarme a los ojos
- Somos amigos. Estamos conectados – admito – siempre hemos estado algo conectados. Es por la visión. Sólo somos amigos
- ¿Sales con él como amigos? ¿Fuera del Club de Ángela?
- Un par de veces
- Un par de veces – repite, lentamente - ¿cuántas? ¿tres? ¿cuatro?
- Tal vez cinco o seis. No llevo la cuenta, Pitt
- Seis – dice – mira, eso es más que un par de veces
- Peter…
- ¿Y no me dijiste porque…? – suspiro
- No te dije porque no quería que estuvieses…. – no puedo decirlo
- Celoso – termina la frase – no lo estoy

Se recuesta contra el asiento, cierra sus ojos por un minuto y suelta un soplido,

- ¿Sabes qué? Estoy completamente celoso – abre sus ojos y me mira – wow, odio ser ese chico. Toda la tarde he estado a punto de romper algo, como Hulk. ¿Supongo que es atractivo, verdad?

No sé si está hablando en serio así que lo tomo como broma.

- De hecho, es tierno. El verde definitivamente es tu color
- Aunque no puedes culparme. Estabas muerta por Bedoya el año pasado
- Pero eso fue porque pensé que él era….
- Tu destino. ¿Por qué eso no me hace sentir mejor?
- ¿Quién está terminando mis oraciones ahora? Él y yo somos amigos – insisto – admito que estuve obsesionada con la idea de Thiago el año pasado. Pero esa fue una idea. Ni siquiera lo conozco. Tú eres el verdadero reto – ríe
- Soy el verdadero reto – tose
- Thiago es mi pasado. Tú eres mi futuro. Tú eres mi presente – digo, rápidamente, pero no ayuda
- Mierda Zanahoria – resiste la sonrisa - ¿acabas de decir que soy El Correcto ahora?
- Lo siento
- Así que tú y Thiago son amigos. Eso está bien. Puedo soportarlo. Pero dime una cosa: ¿algo ha pasado entre tú y Thiago, de verdad. No en tus visiones, sino en la vida real, algo que deba de saber? ¿Incluso antes de que empezáramos a salir?
- No. Nada ha pasado – y él me cree

jueves, 5 de julio de 2012

Santificado: Doce

La ausencia de certeza (parte uno)

Cierro mi libro de física, he estado intentando resolver un problema sin éxito. Tantas cosas que hay que hacer para obtener buenas notas; pero, ¿a quién le importan las notas ahora? Ya he aplicado a distintas universidades, pero tal vez no debería ir. Stefano cumplirá dieciséis cerca a la muerte de mi madre y él me va a necesitar para ese entonces. Soy su única familia.

Me recuesto en mi cama y cierro los ojos. Los días han empezado a ser como un borrón. Semanas han pasado desde que mi madre me confirmó su muerte. Voy al colegio como si nada hubiese cambiado. Regreso a casa, hago mi tarea, me baño y me lavo los dientes. Hemos tenido pocas reuniones del Club del Ángel, pero eso ya no parece importante ahora. Incluso Stefano ha dejado de asistir. Intento pretender que todo está más que bien, saliendo en citas dobles con Peter, Cande y Agus. Pero es como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en mi vida. 

Algo golpea contra mi ventana. Abro mis ojos, asustada. Me toma unos segundos darme cuenta que hay alguien lanzando bolas de nieve contra mi ventana. Me apuro para abrirla y justo una bola es lanzada en mi dirección, pero logro evitarla.

-¡Ey! - grito
-Lo siento - es Thiago que está en la entrada de la casa - no quería lanzarla hacia ti
-¿Qué estás haciendo? - pregunto
-Intentando atraer tu atención
-¿Qué quieres? - pregunto, al ver su camioneta estacionada
-He venido a sacarte de la casa
-¿Por qué?
-Has estado aquí toda la semana, aburrida - dice - necesitas salir. Necesitas divertirte
-Y tú te has apuntado como la diversión
-Sí - responde, sonriendo
-¿A dónde me vas a llevar? Asumiendo que esté tan loca para aceptar salir
-A la montaña, por supuesto

La montaña. Claro, como si sólo hubiese una. Pero mi corazón empieza a latir rápido porque sé exactamente a qué se refiere.

-Vamos, iremos a esquiar

Bueno, no puedo decirle que no a esquiar. Así que una hora después, estoy sentada al lado de Thiago en una de las sillas voladoras, comiendo uno de sus caramelos famosos. 

-Ahí está - dice Thiago, mirándome
-¿Ahí está qué?
-La sonrisa. Siempre sonríes cuando esquías
-¿Cómo lo sabes? - lo reto, aunque sé que es verdad
-Te vi el año pasado
-Bueno sí. Y, cuando tu esquías haces una mueca divertida con tu boca - me mira, perplejo
-No
-Claro que sí. También te he visto

Aparto la mirada de sus ojos. Recuerdo el año pasado, todo fue mágico cuando de pronto terminé hablando con él, en verdad hablando, por primera vez. Ahora no quiero hablar y él nota aquello.

-Puedes hablar conmigo, Mar
-¿No sería más fácil que leas mi mente?
-No escaneo tu mente cuando quiero, Mar
-Pero, podrías - se encoge de hombros
-Mi poder es impredecible cuando se trata de ti
-Es increíble que cualquier cosa en tu vida puede ser impredecible - digo
-Leer mentes no es tan divertido. Quiero decir, ¿cómo te puede gustar sabiendo que al caminar por los pasillos del colegio vas a saber exactamente lo que la gente piensa de ti?
-Eso apesta
-Pero, contigo es diferente - agrega - es como si, a veces, simplemente me hablaras sin saber que lo estás haciendo. No sé como bloquear eso, no quiero hacerlo
-Bueno, no es justo. Ni siquiera tengo la oportunidad de saber lo que piensas. Eres el Señor Misterioso que sabe más que lo yo sé pero que no me dice nada
-La mayor parte del tiempo, cuando escucho lo que piensas, es que quieres que me aleje - suspiro
-Thiago
-Si quieres saber que pasa por mi mente, pregúntame - dice - pero tengo la ligera impresión que no quieres saberlo
-Ey, quiero saber todo - protesto, aunque no es del todo cierto

Porque no quiero entender cómo hubiese sido nuestro futuro si no hubiera escogido a Peter. No quiero sentir lo que él siempre me hace sentir: confusión, miedo, emoción, culpabilidad, al tanto de todo lo que él y yo sentimos. No quiero necesitarlo.

-Quiero saber cuál era mi verdadero propósito - continúo - ¿por qué simplemente alguien no puede venir y decirme: este es tu propósito? ¿Sería mucho pedir? ¿O dónde estaba mi hermano esa noche en el bosque? ¿O el novio secreto de Ángela? También quiero saber por qué un Alas Negras está enamorado de mi madre, y cuál es su propósito y por qué a pesar de que se está muriendo no me cuenta toda la verdad. ¿Todo esto es un castigo por fallar con mi propósito? Lo que me regresa a: ¿cuál es mi maldito propósito? Porque en serio quiero saber - Thiago sacude su cabeza
-Wow. Así que Ángela tiene un novio secreto....
-Mierda, no debí decirte eso
-No, no debiste - ríe - pero no le diré, aunque ahora me da curiosidad
-No soy buena con los secretos - digo, gruñiendo
-No creo que estés siendo castigada - dice, mirándome - ni siquiera sé cuál es mi propósito. Pero sí sé que si no hubieses tenido tu visión sobre el incendio, nunca hubieses venido aquí. No estaríamos sentados en este momento aquí. Si tu madre te contaba acerca de la congregación antes, hubieras estado en la última reunión, a la que fui, y nos hubiésemos encontrado ahí, después del incendio. Todo sería diferente, ¿verdad?
-Se siente como una prueba - digo, recostándome en la silla, mirando las nubes - como si fuera un largo examen y ahora ésta visión del cementerio es la siguiente pregunta. Aunque parece que no tengo que hacer nada. Al menos, en el incendio, sabía que tenía que hacer algo
-¿Qué se supone que tenías que hacer? - pregunta
-Salvarte. Solo que parece que no tenía que hacer eso, ¿verdad?
-Esa es la parte difícil - dice - la ausencia de la certeza - y, si fuese un examen, ¿cuál crees que es la respuesta?

Tú, pienso, la respuesta se supone que deberías de ser tú, pero no lo digo. Supongo que aún sigo combatiendo mi propósito, aunque ahora sé que es mi madre quién va a morir y no Peter. Aún parece como si tuviera que elegir entre Peter y Thiago. 

-No tengo idea - finalmente respondo

miércoles, 4 de julio de 2012

Santificado: Once

Paraíso perdido (parte tres)

- Así que una emergencia – digo

Ángela nos ha citado con urgencia en su casa, a todo el club: Stefano, Thiago y yo.

- He estado investigando acerca de la duración de la vida de los ángeles de sangre – dice mi amiga
- ¿Esto tiene algo que ver con la edad del profesor de historia? – pregunto
- Sí. Después de verlo en la congregación la semana pasada, me dio curiosidad. El profesor es un Quartarius, estoy casi segura, pero se ve más viejo que tu madre, que es un Dimidius. Así que por eso estoy confundida. O el profesor es mucho mayor que tu madre – continúa con la explicación – o tu madre tiene una edad distinta. Lo que me hace pensar que los Quartarius deben vivir alrededor de doscientos y veinte y cinco años…
- Continúa – digo, cuando se detiene a pensar
- Pensé que los Dimidius, que eran mitad humanos, podían vivir al menos el doble, entre doscientos y doscientos cincuenta y cinco años. Así que tu madre estaría a la mitad de esa edad – continúa sin mirarme a los ojos
- Suena como si supieras todo – dice Thiago
- Pensé que sí – dice, tragando fuerte – pero luego leí esto – sostiene su libro entre sus manos y empieza a leer – “Cuando los hombres empezaron a aumentar en número en la tierra, y sus hijas nacieron, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y se casaron con las que escogieron. El señor dijo, Mi espíritu no se quedará en el hombre para siempre, porque es mortal, sus días serán ciento y veinte años….”

Luego continúa leyendo todo el pasaje hasta que finalmente lo comprendo.

- Dios quiere que seamos mortales – digo
- No importa si somos capaces de vivir cientos de años. No vivimos más de ciento y veinte – concluye Ángela – he estado investigando toda la noche y no he encontrado ningún ángel de sangre que haya vivido más de eso
- Estás loca Ángela – dice Stefano, levantándose de pronto
- Stefano.. – dice mi amiga
- No es verdad – dice él - ¿cómo puede ser posible? Está completamente sana
- Está bien – digo lentamente – hay que calmarnos todos. Así que tenemos ciento y veinte años. ¿No hay problema, verdad?
- Mar – susurra Thiago

Ahí lo entiendo. He sido una estúpida. ¿Cómo pude no haberme dado cuenta? Aquí estoy, pensando que todo estará bien, que ciento y veinte años están bien, porque al menos podemos ser jóvenes y fuertes. Como mi madre. Mi madre que nació en 1890, aquella que cumplió ciento y veinte años hace unas semanas.

Me empiezo a marear.

- Me tengo que ir – digo, poniéndome de pie tan rápido que casi lanzo la silla
- ¡Mar! – me llama Ángela – Stefano..¡esperen!
- Déjalos ir – escucho que dice Thiago – tienen que ir a casa

No recuerdo cómo es que conducimos de regreso. Sólo sé que estaba de pronto ahí, estacionada en la entrada, con mis manos apretando fuerte el timón del auto. Parte de mi quiere irse de aquí, no quiero entrar. Pero tengo que hacerlo, tengo que saber la verdad. Ángela no está mal, no está loca. No es el funeral de Peter en mi sueño, es el de mi madre.

Por un lado tengo el alivio que Peter no va a morir, pero al mismo tiempo, quiero llorar, vomitar, lanzarme al vacío y dejar de sentir el dolor en el pecho. Mi madre va a morir.

Salgo del auto y camino lentamente hacia la entrada de la casa. Stefano está a mi lado y entra primero, pasando la cocina y hacia la oficina de mi madre. Cuando abro la puerta, veo a mi madre leyendo algo en la computadora, su rostro en plena concentración.

- Hola, mi amor – dice cuando me ve – estoy feliz de que hayas vuelto. Realmente necesito hablar contigo…
- ¿Los ángeles de sangre sólo viven ciento y veinte años? – suelto de pronto

Su sonrisa se esfuma. Me mira a mí y a Stefano, que está detrás. Luego regresa a su computadora y la apaga.

- ¿Ángela? – pregunta
- ¿Qué importa cómo lo sé? ¿Es verdad? – suelto
- Entren – dice – siéntense

Me siento en una de las sillas. Stefano cruza sus brazos sobre su pecho.

- Así que te estás muriendo – dice Stefano, con voz monótona
- Sí

Stefano suelta sus brazos, dolido. Creo que esperaba que le negara la afirmación.

- ¿O sea que, vas a morir porque Dios decidió que no deberías vivir tanto tiempo?
- Es más complicado que eso – dice – pero en resumen es eso
- Pero no es justo. Aún eres joven
- Stefano – dice mi madre – cálmate
- ¿Cómo es que sucede? – pregunto
- No estoy segura. Varía de acuerdo a la persona. Pero me he estado poniendo más débil conforme pasan los días, desde el invierno pasado

Los dolores de cabeza que ha estado teniendo. La fatiga que decía que era por problemas en el trabajo. La frialdad en sus manos y pies. Las ojeras debajo de sus ojos. No puedo creer que no me haya dado cuenta antes.

- Así que te estás poniendo más débil – digo – y, ¿luego qué, desaparecerás?
- Mi espíritu dejará este cuerpo
- ¿Cuándo? – pregunta Stefano
- No lo sé – nos dice con tristeza
- Invierno – digo, es lo único que sé - ¿cuándo planeabas decirlo?
- Tenías que enfocarte en tu propósito no en mí – sacude su cabeza – y supuse que estaba siendo muy egoísta. No quería morirme todavía, te iba a decir ahora. Intenté decírtelo esta mañana….
- Pero hay algo que podemos hacer – interrumpe Stefano – algún poder superior al que podamos acudir, ¿verdad?
- No, mi amor – responde, gentilmente
- Podemos rezar o algo – insiste
- Todos morimos, incluso los ángeles de sangre – se levanta y coloca sus manos encima de las de Stefano – es mi turno ahora
- Pero te necesitamos – suelta - ¿qué nos va a pasar?
- He estado pensando mucho en eso – dice mi madre – creo que lo mejor para ustedes es que se queden aquí, que terminen el colegio. Así que le diré a Emi que los cuide, ella está de acuerdo. Si es que está bien para ustedes
- ¿Y papá? – pregunta Stefano - ¿Papá sabe?
- Tu padre, él no…él no tiene los recursos para cuidar de ustedes
- No tiene tiempo, querrás decir – agrego
- No puedes morirte, mamá – dice Stefano – no puedes

Ella lo abraza y por un segundo, él se resiste pero luego se deja caer, temblando mientras ella lo mima. Siento un nudo en la garganta, pero no lloro. Quiero estar molesta con ella, acusarla por ser una mentirosa durante toda mi vida, gritarle que nos está abandonando, pero no lo hago. Me acuerdo de lo que me dijo esta mañana sobre la muerte. Pensé que estaba hablando de mí y Peter, pero ahora entiendo que estaba hablando de nosotras.

Me muevo de mi silla, hacia Stefano. Mi madre me mira, sus ojos brillando con lágrimas. Abre sus brazos para que entre y me estrecho contra su cuerpo, junto a Stefano. No puedo sentir nada, es como si estuviera flotando, de alguna manera, desconectada. No puedo respirar.

- Los amo – dice mi madre, contra mi pelo – han hecho que mi vida sea extraordinaria. Vamos a hacer esto, juntos. Todos vamos a estar bien

En la noche, sin poder contener más mi angustia y aquellos pensamientos de no ver más a mi madre, llamo a Peter.

- Necesito hablar con Peter – digo, cuando Cande contesta
- Eh…digamos que ha perdido sus privilegios con el teléfono
- Can, por favor – digo y mi voz se quiebra – necesito hablar con Peter
- Está bien

Escucho que corre hacia Peter y que le dice que algo anda mal conmigo.

- Hola, Zanahoria – dice cuando contesta - ¿qué pasó?
- Es mi madre – susurro – es mi madre

Hay un movimiento afuera en mi ventana. Thiago. Puedo sentir su preocupación, quiere decirme que lo entiende. Él también perdió a su madre, no estoy sola. Pero está intentando no decirlo, porque sabe que últimamente aquellas palabras son inútiles en momentos como éste. Él sólo quiere sentarse conmigo por horas, si es lo que necesito. Él me va a escuchar, me va a abrazar. Peter no dejó de decir que lo sentía, una y otra vez, y supe que no sabía que más decir; así que le dije que tenía que irme.

Me levanto y me acerco a la ventana, mirando por un instante a Thiago. Él está aquí para mí, siempre ha estado, de alguna u otra manera. Tengo la urgencia de llamarlo, pero luego me alejo de la ventana. Me digo a mí misma que no quiero sentirme mejor. No debería de haber felicidad o consolación en todo eso, quiero está devastada. Así que me alejo de Thiago hacia el baño para ponerme la ropa de dormir. Ignoro la presencia de Thiago cuando salgo del baño y él sigue ahí. Se debe de estar congelando ahí afuera, con la nieve cayendo; pero alejo aquel pensamiento.

Me recuesto en la cama, mi espalda contra la ventana, y las lágrimas finalmente llegan, corriendo por mi rostro, en mis ojos, en mi almohada. Me recuesto por un rato largo, tal vez por horas, y cuando estoy a punto de quedarme dormida, escucho el aleteo de las alas de Thiago, mientras se va volando.