miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 14

Aprovechando el sol resplandeciente del día, Cande me llevó a la playa. Su insistencia en estrenar su bikini nuevo fue suficiente para convencerme. Nunca podías lidiar con una Cande insistiéndote con algo. Rixon se nos unió unos minutos después, y estuve agradecida cuando Cande me susurró al oído que podía aprovechar de conversar de Peter con él. No entendí hasta que ella anunció que iría a comprar un par de gaseosas para los tres.

-¿Cómo están las cosas? – preguntó Rixon.
-¿Con Peter o en general?
-Ambas.
-Han estado mejor. Estoy en la fase de superarlo. ¿Puedo hacerte una pregunta personal? Es sobre Peter, pero sólo si no te sientes incómodo respondiéndola. 
-Lanza.
-¿Él aún es mi ángel guardián? Hace un tiempo, después de une pelea, le dije que no quería que lo fuera. Pero no estoy segura de cómo estamos. ¿Él ya no es mi ángel guardián simplemente porque dije que no lo quería?
-Él aún está asignado a ti.
-¿Y por qué nunca está cerca?
-Terminaste con él, ¿recuerdas? Es incómodo para él. Eso y también porque me dijo que los arcángeles lo siguen a todas partes. Está intentando hacer las cosas profesionalmente.
-¿Así que aún me está protegiendo?
-Claro. Sólo que detrás de escena.
-¿Quién estuvo a cargo de emparejarlo conmigo? – Rixon se encogió de hombros.
-Los arcángeles.
-¿Hay alguna forma de decirle que me gustaría ser reasignada? No está funcionando muy bien. No desde que terminamos.
-Puedo decirte lo que sé, pero hay una buena oportunidad que la información sea actual. Ha sido un tiempo desde que estuve en el bucle. Irónicamente, ¿estás lista para esto? Tienes que hacer un juramento de sangre.
-¿Es broma?
-Cortas tu palma y sacudes un par de gotas de sangre en el suelo de la tierra. No puede ser alfombra o concreto, sino tierra. Luego haces el juramento, reconociendo al cielo que no tienes miedo de derramar tu propia sangre. Ahí entregas tu derecho de tener un ángel guardián y anuncias que aceptas tu destino, sin la ayuda del cielo. 
-¿Qué pasa si la persona que está detrás de mí es también mi ángel guardián? – pregunté, lentamente.
-¿Peter? – rió, dando entender que era imposible.
-Si él estuviera intentando hacerme daño, ¿alguien lo sabría? ¿Los arcángeles? ¿Los ángeles de la muerte? ¿Cualquier ángel de la muerte podría detener a Peter antes de que sea demasiado tarde?
-Si estás dudando de Peter, tienes al chico equivocado – su tono se enfrió – Lo conozco mucho mejor que tú. Él toma su trabajo de guardián con seriedad.

Rixon tenía razón, era ridículo. Él había entregado lo que más quería, un cuerpo humano, para salvar mi vida. No haría eso si me quisiera muerta. ¿Verdad?

-¿Es feliz con Paula? – pregunté, mis mejillas enrojeciéndose.
-Peter es lo más cercano a familia que he tenido, y lo amo como un hermano, pero él no es el correcto para ti. Lo sé, él lo sabe, y en lo profundo, creo que tú también lo sabes. Tal vez no quieres escuchar esto, pero él y Paula son parecidos. Están cortados de igual manera. Peter debe permitirse un poco de diversión. Y él puede….Paula no lo ama. Nada de lo que siente por él va a molestar a los arcángeles.

Nos sentamos en silencio, mientras luchaba con mis emociones. Yo había enojado a los arcángeles, en otras palabras. Mis sentimientos por Peter era lo que nos exponía. No era nada que él hubiese hecho o dicho, todo era mi culpa. De acuerdo a la explicación de Rixon, Peter nunca me había amado. No quería aceptarlo, quería que Peter se preocupara por mí tanto como yo por él. No quería pensar en mí como un entrenamiento, o algo para pasar el tiempo. 

Había una pregunta que desesperadamente quería preguntarle a Rixon. Si Peter y yo aún estábamos en buenos términos, le preguntaría, pero esa no era la situación. 

-¿Alguna vez has escuchado de la Mano Negra?

Rixon se tensó. Me estudió en silencio un momento antes de que su rostro se llenara de sorpresa.

-¿Es broma? No he escuchado ese nombre hace mucho. Pensé que a Peter ya no le gustaba que lo llamasen así. Entonces, ¿te contó?

Un leve frío llegó a mi corazón. Estaba por decirle a Rixon sobre el sobre con el anillo y la nota que la Mano Negra había asesinado a mi padre, pero me encontré a mí misma buscando una respuesta.

-¿La Mano Negra es el sobrenombre de Peter?
-No lo ha usado por años. No desde que lo empecé a llamar Peter. Nunca le gustó la Mano Negra. Esos fueron los días cuando tomábamos trabajos como mercenarios para el rey francés. Buen dinero.

Era como darme un golpe en la mejilla. Todo el momento se sentía desbalanceado. Las palabras de Rixon corrían sobre mí borrosas, como si estuviera hablando un idioma extranjero. Inmediatamente fui bombardeada de dudas. No Peter, él no había asesinado a mi padre. Cualquiera, menos él. Luego, las dudas empezaron a ser reemplazadas por pensamientos. Me encontré a mí misma analizando la evidencia. La noche que le di a Peter mi anillo: El momento en que había dicho que mi padre me lo había dado, él insistió que no podía tomarlo. 

-¿Sabes de lo que me arrepiento más? – dije como pude – Es la cosa más estúpida, y probablemente te rías – reí, tratando de no hacer evidente mi estrategia – Dejé mi chaqueta favorita en su casa. Es de Oxford, mi universidad soñada. Mi padre me la regaló cuando fue a Inglaterra, así que significa un montón.
-¿Estuviste en la casa de Peter? – sonaba sorprendido.
-Sólo una vez. Mi mamá estaba en casa, así que conducimos a su casa a ver una película. Dejé mi chaqueta en el sofá – sabía que estaba sobre una línea peligrosa.
-Estoy impresionado. A él le gusta mantener su casa fuera de radar.
¿Y por qué era eso? Me pregunté. ¿Qué estaba escondiendo? ¿Por qué Rixon era el único permitido entrar ahí? ¿Había algo ahí que revelaba que él había asesinado a mi padre?
-Tener la chaqueta de regreso significaría mucho para mí – dije.
-Lo mejor es por la mañana. Peter se va temprano, pero si estás ahí a las seis y treinta, podrías encontrarlo.
-No quiero hacerlo cara a cara.
-¿Quieres que lo recoja la próxima vez que vaya para ahí? Estoy seguro que estaré ahí mañana por la noche. 
-Peter me ha dado una llave, y mientras no haya cambiado la cerradura, aún puedo entrar. El problema es que, estaba oscuro cuando me llevó y no recuerdo como llegar. No presté atención, porque no tenía planeado regresar.
-Calle México, cerca del distrito industrial.

Sonreí, aparentando relajación.

-Sabía que estaba cerca del río. ¿Planta de arriba, verdad? – pregunté, sabía que a Peter no le gustaba la bulla.
-Sí. Número treinta y cuatro.
-¿Crees que Peter estará esta noche en casa? No quiero encontrarme con él. Especialmente si está con Paula. Sólo quiero mi chaqueta cuánto antes ya que mamá está que me pregunta por ella todo el tiempo.
-Eh no, no creo que haya problema – se rascó la mejilla, nervioso – De hecho Cande y yo nos encontraremos con Peter y Paula esta noche en el cine.

Sentí mi espina temblar. El aire en mis pulmones pareció evaporarse…

-¿Cande lo sabe? – susurré, casi sin poder hablar.
-Aún estoy intentando cómo decirle las noticias.
-¿Qué noticias?

Rixon y yo nos volteamos  mientras Cande se sentaba a nuestro lado con las gaseosas.

-Eh…una sorpresa – dijo Rixon – Tengo algo planeado para esta noche.

Cande sonrió.

-¡Dame una pista! ¡Dame una pista! ¿Por favoooorr?

Rixon y yo compartimos una mirada, pero luego miré hacia otro lado. No quería ser parte de esto. Además, ya estaba pensando en otra cosa. Esta noche, Paula y Peter. Una cita. El departamento de Peter estaría vacío. Tenía que entrar.

martes, 25 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 13 (Parte 2)

Abrí mi boca pero no tenía argumento. No estaba aquí porque quisiera. Estaba para darle a Peter “una lección”. Lo sabía y él también.

-Hubiese podido golpearlo si no estuviera borracho – dijo Benjamín - ¿Quién diablos se cree que es? Ni siquiera lo conozco. ¿Tú?
-Lo siento – dije - ¿Estás bien? – sonrió.
-Nunca mejor.
-Él estaba fuera de control. Creo que debo irme – agregué – Mañana te traeré tu auto, después del colegio. 

Benjamín agarró mi blusa, sosteniéndome.

-No te vayas, Lali. Aún no.
-Benjamín… - dije, quitando su mano.
-Dime si estoy yendo muy lejos – dijo, quitándose la camisa por segunda vez.
-Estás yendo muy lejos – dije.
-Eso no sonó convincente – quitó el cabello de mi cuello y enterró su cara ahí.
-No estoy interesada en ti de esta forma – dije, colocando mis manos entre los dos. 
-¿Cómo lo sabes? Nunca me has probado de este modo.
-Me voy – dije, prendiendo la luz.

Estaba por irme cuando mis ojos se enfocaron en un pedazo de piel en el pecho de Benjamín, entre su tetilla y su clavícula. Era una marca. Tenía forma de un puño. Era idéntica, en forma y tamaño, a la estampa en el anillo del sobre que me habían entregado misteriosamente. 

-¿Qué es esa marca en tu piel? – pregunté, mi boca seca.

Benjamín se vio un poco sorprendido, luego deslizó su mano para cubrir la marca.

-Algunos amigos y yo estuvimos haciendo tonterías una noche. Nada serio. Es sólo una cicatriz.
-Tú me diste el sobre – dije, sin dudar – La cafetería, el sobre con el anillo.

Los ojos de Benjamín se entrecerraron y me miraron fijamente. Ya no me sentía segura estando aquí a solas con él.

-¿De qué estás hablando?
-¿Crees que esto es gracioso? Sé que tú me diste el anillo.
-¿El…anillo?
-¡El anillo que hizo esa marca en tu pecho!

Sacudió su cabeza, con fuerza. Luego su brazo se estiró, encerrándome contra la pared.

-¿Cómo sabes sobre el anillo?
-Me estás haciendo daño – dije, temblando con miedo. 

Me di cuenta que él no estaba fingiendo, a menos que fuera muy buen actor. Él no sabía sobre el sobre, pero sí sobre el anillo.

-¿Cómo se veía? – cogió mi blusa y me sacudió – El chico que te dio el anillo, ¿cómo se veía?
-Saca tus manos de mí – ordené – No lo vi, mandó el anillo con el mesero.
-¿Él sabe dónde estoy? ¿Sabe que estoy en esta ciudad?
-¿Él?¿Quién es él? ¿Qué sucede?
-¿Por qué te dio el anillo?
-¡No lo sé! ¡No sé nada de él! ¿Por qué no me lo dices tú?
-¿Qué sabes tú?
-El anillo estaba en el sobre con una nota que decía que la Mano Negra había asesinado a mi padre. Y que el anillo le pertenecía a él. ¿Tú eres la Mano Negra?

La expresión de Benjamín se llenó de disgusto, sus ojos juzgando si me creían o no.

-Olvida que tuvimos esta conversación, si sabes lo que es bueno para ti.
Intenté liberar mi brazo, pero él aún me estaba sosteniendo.
-Sal – dijo – Y aléjate de mí – esta vez, me liberó.

Me detuve en la puerta y limpié mis manos sudorosas en mi pantalón.

-No hasta que me digas sobre la Mano Negra.

Sonrió amenazante. Lanzó su camisa hacia la cama. Se soltó la correa, bajó el cierre de su pantalón, y se los quitó, quedando en nada más que bóxers. 

-Tienes el anillo de la Mano Negra marcado en tu piel. No esperes que crea que no sabes nada sobre ello, incluyendo cómo llegó ahí.

No respondió.

-Apenas salga de aquí, llamaré a la policía. Si no me vas a hablar, tal vez vas a querer hablar con ellos. Tal vez ellos han visto la marca antes. 

Benjamín se sentó en la cama, su rostro inclinado contra sus manos. Su espalda estaba temblando, y me di cuenta que estaba llorando en silencio, sollozos convulsivos. Primero pensé que estaba fingiendo, pero los sonidos en su pecho eran reales. 

-Acumulé una gran deuda en juegos en Portland – dijo – El administrador en la sala de billar estaba demandándome el dinero, y tuve que cuidar mi espalda cada vez que dejaba la casa. Estaba viviendo con miedo, sabiendo que un día él me encontraría. Una noche, de camino a casa, me asaltaron por detrás, me llevaron a una casa, y me ataron a una mesa. Estaba muy oscuro para ver al chico, pero me imaginé que el administrador lo había mandado. Le dije que le pagaría lo que él quiera si me dejaba ir, pero él rió y dijo que no quería mi dinero, de hecho, él ya había pagado mis deudas. Antes de que pueda descubrir si esta idea era un chiste, él me dijo que era la Mano Negra, y la última cosa que necesitaba era más dinero. Prendió un fósforo y sostuvo la llama contra el anillo en su mano izquierda, quemándolo. Le dije que hiciera lo que quisiera, pero que me deje salir de la mesa. Él rompió mi camisa y clavó el anillo contra i pecho. Mi piel estuvo en llamas, y grité todo lo que pude. Cogió mi dedo, me lo rompió y me dijo que me rompería todos los dedos si no dejaba de gritar. También me dijo que me había dado su marca – la voz de Benjamín se había vuelto rasposa – Me hice pis en mi pantalón, ahí mismo en la mesa. Haré lo que sea para verlo de nuevo, es por eso que me mudé aquí. Dejé de ir al colegio y me escondía en el gimnasio todo el día, formando músculos en caso él viniera a buscarme; ya estaría listo. 

No sabía si podía confiar en él. Peter me había puesto en claro que él no confiaba, pero Benjamín estaba temblando. Estaba sudoroso, y pasó sus manos por su cabello, respirando profundamente. ¿Podría mentir con algo así?

-¿Cómo se veía? – pregunté – La Mano Negra.

Sacudió su cabeza.

-Estaba oscuro. Era alto, es todo lo que recuerdo.
-¿Dijo algo más?
-Intento no recordar esa noche – dijo.

Abrió su mesa de noche y sacó un paquete de cigarros. Prendió uno, exhalando el humo lentamente, y cerró sus ojos. Mi mente se retorcía con tres preguntas. ¿La Mano Negra realmente había asesinado a mi padre? 
¿Quién era él? ¿Dónde podía encontrarlo? ¿La Mano Negra era el líder la sociedad de sangre de los Nephil?

-¿Dijo por qué te dio su marca? – pregunté. 

Benjamín sacudió su cabeza, tomando otra calada.

-¿No te dio ninguna razón?
-No – espetó.
-¿Ha venido a buscarte desde esa noche?
-No.
-¿Alguna vez has visto la marca de la Mano Negra en alguien más?

Benjamín no respondió. Simplemente se lanzó hacia atrás, contra la cama, complemente exhausto. Su respiración era fuerte y olía a alcohol y cigarro.

-¿Benjamín? – lo sacudí gentilmente - ¿Qué me puedes decir de la sociedad? – golpeé sus mejillas con suavidad – Benjamín, despierta. ¿La Mano Negra te dijo que eres un Nephil? ¿Te dijo lo que significa?

Pero él se había insertado en un sueño profundo y ebrio. 

lunes, 24 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 13 (Parte 1)

Benjamín vivía en un edificio con diez pisos y dos departamentos por cada piso. Desde afuera, se veía los grandes balcones y la cantidad de metros cuadrados que tenía cada departamento, suficientemente grande para la cantidad de personas que vivían en su casa.

Estacioné el auto justo afuera de su edificio.

-Gracias por traerme – dijo, deslizando su brazo en mi asiento.
-¿Puedes entrar solo?
-No quiero entrar – murmuró – Todo huele a orina de perro y el baño no está limpio. Quiero quedarme aquí, contigo.
-Tengo que irme a casa. Es tarde, y aún no he llamado a mi mamá. Ella se va a volver loca si no me reporto pronto – me estiré sobre él y le abrí la puerta.

Mientras lo hacía, enredó un cabello suelto en su dedo.

-Hermosa.

Decide el dedo de mi cabello.

-Esto no va a suceder. Estás borracho – sonrió.
-Sólo un poco.
-No vas a recordar esto mañana.
-Pensé que tuvimos un momento de unión en la playa.
-Lo hicimos. Y hasta ahí es lo máximo dónde podemos llegar. Hablo en serio, voy a botarte de este auto. Anda adentro.
-¿Y mi auto?
-Me iré con él a casa, te lo traigo de vuelta mañana por la tarde.

Benjamín exhaló y se relajó en su asiento.

-Quiero que entres y te diviertas. ¿Le dirás a todos que terminó la fiesta?

Rodé mis ojos.

-Acabas de invitar a sesenta personas aquí. No voy a ir y decirle que se canceló.

Benjamín abrió la puerta de pronto y vomitó. Qué asco. Salí del auto, hacia el lado de Benjamín y lo saqué del auto, recostándolo en mis brazos, tratando de evitar que el resto de vómito caiga en mi cuerpo. Él colocó su brazo en mi hombro y me ayudó a llevarlo.

-¿Cuál es tu departamento? – pregunté.
-901.

Lo llevé por el ascensor, abrí la puerta de su departamento, que ya estaba lleno de gente bailando, riendo y con la música demasiado alta.

-Mi habitación está en la parte de atrás – murmuró en mi oído.

Me empujé entre la multitud, abrí la puerta al final del pasillo y lancé a Benjamín en la cama. Había una pequeña mesa en la esquina, un colgador de ropa, una guitarra, y un par de pesas.

-Mi habitación – dijo y palmeó a su lado en el colchón – Ponte cómoda.
-Buenas noches, Benjamín.

Empecé a salir y cerrar la puerta, cuando volvió a hablar.

-¿Puedes traerme algo de beber? Agua. Tengo que sacar el horrible sabor de mi boca.

Estaba ansiosa por irme pero no podía dejar de sentir un poco de simpatía por Benjamín. Si me iba ahora, probablemente él se despertaría mañana con una piscina de su propio vómito. Tal vez también debería de limpiarlo y darle alguna pastilla. Así que fui a la cocina, luego de empujarme entre la multitud, a buscar un vaso con agua. Empecé a buscar en los gabinetes, hasta que encontré un vaso y el agua en la refrigeradora. Apenas la terminé de llenar y guardé las cosas, fue cuando lo vi. Mi corazón saltó cuando vi a Peter a unos pasos de mí, inclinado contra la pared. Estaba separado de la multitud, y su gorra escondía sus ojos, señalando que no estaba interesado en socializar.

Estaba inquieto y no dejaba de mirar su reloj. Viendo que no había forma de evadirlo y sintiendo que le debía civilización, y con la idea que ambos ¿somos maduros?, lamí mis labios y caminé hacia él.

-¿Te estás divirtiendo? – sonrió.
-Se me ocurre al menos una cosa que podría estar haciendo en lugar de estar aquí.

Me alcé sobre la encimera de la cocina, sentándome y dejando colgar mis pies.

-¿Te quedas toda la noche? – pregunté.
-Si me tengo que quedar, dispárame ahora.
-Lo siento, no tengo ningún arma – sonrió de nuevo.
-¿Eso es todo lo que te detiene?
-Dispararte no te mataría – apunté – Una de las desventajas de ser inmortal.

Asintió, una sonrisa fiera debajo de la sombra de su gorra.

-¿Pero qué harías si pudieses hacerlo?
-No te odio, Peter. Aún no.
-¿El odio no es lo suficientemente fuerte? – adivinó - ¿Algo más profundo?

Sonreí, pero no lo suficiente para mostrar los dientes. Ambos nos dimos cuenta que nada bueno saldría de esta conversación, especialmente aquí, y Peter nos rescató al inclinar su cabeza hacia la multitud.

-¿Y tú? ¿Te quedarás por mucho?

Me bajé de la encimera.

-No. Le estoy llevando agua a Benjamín, y lo limpiaré si puedo, luego me voy.

Peter me sostuvo del hombro.

-Me dispararías, ¿pero estás en tu camino a cuidar a Benjamín borracho?
-Él no me rompió el corazón.

Hubo un silencio antes de que Peter volviera a hablar.

-Vámonos.

La forma en que me miró, me dijo exactamente lo que quería. Quería que me escape con él, que desafíe a los arcángeles. No podía pensar en lo que ellos le harían sin sentir ningún remordimiento. Peter nunca me había dicho cómo sería el infierno, pero él lo sabía. Y el hecho de que no me lo estaba diciendo, hacía que me imaginase algo demasiado oscuro.

-Le prometí el vaso de agua a Benjamín.
-Estás gastando un montón de tiempo con un chico que llamo oscuro, y dado mi estándar, ese es un título difícil de ganar.
-¿Sólo los príncipes oscuros conocen a ese tipo de persona?
-Me gusta que tengas sentido del humor, pero hablo en serio. Ten cuidado – asentí.
-Aprecio tu preocupación, pero sé lo que estoy haciendo.

Lo pasé y me dirigí a través de la multitud. Tenía que alejarme, estaba muy cerca de él, sintiendo la pared de hielo tan gruesa e impenetrable. Sabiendo que ambos queríamos lo que no podíamos tener. Hice medio camino a través de la gente cuando alguien me sostuvo por la blusa. Me volteé, esperando ver a Peter listo para darme más de su opinión, o aún peor, con ganas de besarme, pero era Benjamín, sonriéndome. Quitó el cabello de mi rostro y se inclinó, sellando su boca contra la mía. Sabía a pasta dental y dientes recién lavados. Empecé a alejarme, luego pensé: ¿qué pasaba si Peter nos veía? No estaba haciendo algo que él no hubiese hecho. Yo tenía el mismo derecho de continuar con mi vida como él lo hizo. Él estaba usando a Paula para llenar el vacío de su corazón, y ahora era mi turno, con Benjamín.

Deslicé mis manos por el pecho de Benjamín y las coloqué detrás de su cuello. Él aprovechó y me abrazó con más fuerza, trazando sus manos por el contorno de mi espina dorsal. Así que esto era lo que sentía besar a alguien más. Mientras Peter era lento, con experiencia y tomaba su tiempo, Benjamín era juguetón y un poco rudo. Era completamente diferente y nuevo…y no del todo malo.

-Mi habitación – susurró Benjamín en mi odio, entrelazando sus dedos con los míos.

Me jaló por el pasillo. Miré alrededor, buscando a Peter. Nuestros ojos se encontraron. Su mano estaba rígida, en la parte de atrás de su cuello, como si estuviera perdido en un pensamiento profundo y se hubiese congelado al verme besándome con Benjamín. Esto es lo que se siente, pensé por él. Sólo que no me sentía del todo bien después de pensarlo. Me sentía triste y desilusionada. No era la clase de personas que hacía esos juegos o caía en trucos sucios para consolarse a sí misma. Pero aún había un dolor latiendo dentro de mí, y por ello, dejé que Benjamín me guíe por el pasillo.

Con su pie, abrió la puerta de su habitación. Apagó las luces y sombras suaves se situaron a nuestro alrededor. ¿Realmente iba a hacer esto sólo para confirmar un punto? ¿Esta era la forma de mostrarle a Peter la magnitud de mi enojo y dolor? ¿Qué decía eso de mí?

Benjamín me cogió de los hombros y me besó con más fuerza. Empecé a pensar en qué podía hacer. Decirle a Benjamín que me estaba sintiendo mal, podía decirle que había cambiado de idea. Simplemente podía decir que no…

Se quitó su camisa y la lanzó a un lado.

-Eh… -empecé.

Miré alrededor, en busca de un escape. Y cómo si alguien leyera mis pensamiento, la puerta de abrió y una sombra apareció en el pasillo, iluminado apenas por la luz. La sombra dio un paso hacia adentro y cerró la puerta. Mi mentón se aflojó.

Peter le lanzó su camisa a Benjamín, contra su cara.

-¿Qué diablos? – demandó él, quitando la camisa de su cara y colocándosela.
-Desaparece – le dijo Peter.
-¿Qué estás haciendo? No puedes venir aquí. Estoy ocupado. ¡Y esta es mi habitación!
-¿Estás loco? – le dije a Peter, enrojeciéndome.
-Tú no quieres estar aquí – dijo Peter, mirándome – No con él.
-¡No es de tu incumbencia!
-Déjame encargarme de esto – dijo Benjamín, colocándose en frente de mí.

Camino apenas dos centímetros antes de que Peter lo golpee con su puño en la mandíbula.

-¿Qué estás haciendo? – le grité a Peter - ¿Le rompiste su mandíbula?
-¡Auuu! – gimió Benjamín, tocándose la zona golpeada.
-No se la rompí, pero si coloca una mano en ti, será la primera de muchas cosas que le romperé.
-¡Fuera! – le grité a Peter, señalando la puerta.
-Voy a matarte – gruñó Benjamín.

Pero en lugar de irse, Peter se acercó a Benjamín en tres pasos. Lo cogió de la camisa y lo arrinconó contra la pared. Benjamín intentó soltarse, pero Peter lo golpeó contra la pared de nuevo.

-Tócala – dijo en el odio de Benjamín, su voz baja y amenazante – y será el peor remordimiento de tu vida.

Antes de irse, Peter me miró una vez más.

-Él no vale la pena – se detuvo – Y yo tampoco.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 12

Aquella noche después de la fiesta de Paula y llegar a casa, tomé una decisión: tenía que continuar. Era eso o insertarme en una completa depresión. Al día siguiente, me forcé a mí misma a bañarme y cambiarme, y fui al colegio. No iba a dejar que los arcángeles ganen. Iba a volver a caminar, conseguir un trabajo, pagar mis gastos, terminar el curso de verano con un buen promedio, y mantenerme ocupada toda la noche para no pensar en Peter.

Decidí preguntar en la cafetería donde Cande y yo siempre vamos, ya que había visto que buscaban una cajera. 

-Disculpa, escuché que necesitan ayuda con el puesto de cajera – le dije a una de las señoras que ayudaba – me gustaría llenar mis datos – agregué.
-¿Cajera? Ya no.

La miré, aguantando la respiración, sintiendo que toda esperanza se esfumaba. 

-Pero aún estamos buscando una mesera, trabajo de noche, de seis a diez – agregó la señora.
-Oh – dije, sorprendida – Eso es…bueno.
-En la noche bajamos las luces, y tocamos un poco de música. No suele haber mucha gente después de las cinco, pero esperamos eso mejore. Tú estarías a cargo de saludar a los clientes y apuntar sus órdenes, luego mandarlo a la cocina. Cuando la comida esté lista, la llevarías a las mesas.
-Eso…suena perfecto – dije, con una sonrisa.
-¿Tienes experiencia?
-Bueno, sé el menú de memoria – dije, sintiéndome feliz. 
-Eso me gusta escuchar. ¿Cuándo puedes empezar?
-¿Esta noche?

Aquí estaba yo, con esta señora, llamada Roberta, dándome una oportunidad. Sacudí su mano, y le sonreí en agradecimiento. 

-Bueno, entonces llega aquí a las 5:45 y te daré un uniforme antes de tu turno.
-Muchas gracias.

Seis horas y treinta minutos después, ya estaba con mi uniforme. Consistía en una blusa blanca, pantalón gris y un chaleco del mismo color, y una gorra. Lo peor de todo, la cafetería estaba repleta y yo sudando a sobremanera.

-¡Chica nueva! – uno de los chicos me estaba gritando - ¡Ya está tu orden!

Cogí los tres platos, cuidadosamente los coloqué en una fila en mi brazo, y los empecé a cargar fuera de la cocina. En mi camino, una de mis compañeras de trabajo me hizo un gesto para que atendiera una de las mesas. Serví la comida y me dirigí hacia la mesa 15. El problema fue cuando vi a Paula con unos amigos del colegio ahí. Pensé en decirle a mi compañera que asigne a otra persona, pero Paula alzó la mirada y supe que estaba perdida. 

Ella sonrió y me quedé sin aliento. ¿Por qué tenía tan mala suerte? Casi sentía que ella sabía que yo tenía su diario, aquel que estaba en el suelo de mi habitación, intacto.

-Qué dulce tu uniforme – dijo Paula – Creo que Lali usurpó en tu armario Erick, porque me parece haberte visto usando ese mismo chaleco en la fiesta de promoción.

Mientras se reían, alcé mi lapicero para apuntar.

-¿Puedo traerles algo de tomar? El especial de esta noche es un jugo de coco.
-La última vez que vine aquí, fue el cumpleaños de mi mamá – dijo Paula – Nuestra mesera le cantó el Feliz Cumpleaños.

Me tomó tres segundos darme cuenta de qué hablaba.

-No…
-Quiero que me cantes el Feliz Cumpleaños.

Me quedé paralizada, buscando alguna escapatoria. No podía creer que Paula estuviera pidiendo que me humille de esta forma. 

-Déjame ver tu identificación – dije, alzando una mano.
-Me la olvidé – dijo, alzando un hombro.

Ambas sabíamos que no se había olvidado su identificación, y que no era su cumpleaños.

-Realmente estamos ocupados esta noche – dije, fingiendo disculpas – Mi jefe no quiere que pierda tiempo y deje olvidados a los demás clientes.
-Tu jefe quiere que mantengas felices a tus clientes. Ahora canta.
-Y mientras estás en ello – dijo Erick – tráenos esas tortas de chocolates gratis.
-Se supone que sólo traemos un pedazo – dije.
-Se supone que sólo traemos un pedazo – me imitó el otro chico, y todos rieron.

Paula buscó en su bolso y sacó su cámara. La apuntó hacia mí.

-No puedo esperar más para subir este video y que todo el colegio lo vea. 

Ella sabía del diario, tenía que saberlo. Esta era su forma de hacerme pagar. 

-Escucha, mis órdenes están….
-Erick, dile a la chica de allá que deseamos habla con el jefe. Dile que nuestra mesera está siendo completamente inútil – me interrumpió Paula.

No podía creerlo. Menos de tres horas con el trabajo y Paula iba a hacer que me despidan. 

-El tiempo se terminó – dijo Paula cuando no dije nada – Erick, busca al jefe.
-Espera – dije – Lo haré – respiré profundamente y empecé – Feliz Cumpleaños a ti…
-¡Más fuerte! – gritaron.
-Feliz Cumpleaños a ti – canté más fuerte, demasiado avergonzada – Feliz Cumpleaños querida Paula. Feliz Cumpleaños a ti.
-Bueno, eso fue aburrido – dijo Paula, apagando la cámara.
-Eso sonó…normal – dijo Erick.

Sonreí falsamente, intentando borrar la humillación. 

-¿Alguno quiere algo de tomar? – insistí.

Escribí sus órdenes y corrí de regreso a la cocina, justo cuando Paula volvió a llamarme.

-¿Lali? ¿Podrías apurar las órdenes? Tenemos que ir a una fiesta. Nos vamos a encontrar con Peter en la fiesta de la playa y no quiero llegar tarde – se cubrió su boca, haciéndose la tonta – Lo siento, me olvidé que no debía de  mencionar a Peter. Será difícil verlo con alguien más.

¿Qué? Así que todo regresaba a lo normal, Peter estaba con Paula. ¿Qué diablos le pasaba?

-Está bien, ya lo superé – mentí.
-Bien por ti – dijo Paula antes de que yo desaparezca a la cocina.

Unos minutos después, Benjamín apareció en la cafetería, buscándome.

-Ey – lo saludé.
-Cande me dijo que te encontraría aquí.
-¿Llamaste a Cande?
-Sí. No me respondías ningún mensaje.
-Lo siento, mi celular está guardado y no he tenido tiempo de revisarlo.
-No te preocupes. ¿A qué hora termina tu turno?
-A las diez, ¿por qué?
-Hay una fiesta en la playa, me gustaría llevarte.
-Cada vez que salgo contigo, algo malo sucede. La pelea en Z, el Bolso del Diablo. Las dos veces me tuve que regresar sola a casa.
-La tercera la vencida – sonrió. 

Era la misma fiesta a la que estaba yendo Paula. Misma fiesta donde estaba yendo Peter. Quería ver a Peter, pero necesitaba determinar si podía verlo. ¿Podría soportar verlo con Paula? ¿Especialmente después de todo lo que me había dicho ayer?

-Lo pensaré – dije.
-¿Quieres que te venga a recoger?
-No, si voy, Cande puede llevarme. Lo siento – agregué cuando me llamaron de la cocina – tengo que regresar al trabajo.
-Espero verte – dijo, sonriendo antes de partir.

Al terminar el turno, Cande me estaba esperando en el estacionamiento.

-Gracias por recogerme – le dije, colapsando en su auto, cansada.
-Estas no son recogidas gratis – dijo Cande, sonriendo – ya te cobraré.
-En serio, Cande. Eres la mejor amiga del mundo.
-Aw, tal vez deberíamos de celebrar esto con un helado. 
-¿Quieres ir a la playa a comernos uno? Me invitaron a la fiesta que se está organizando ahí, tú estás más que invitada – no podía evitar las ganas de ver a Peter, definitivamente no era una persona fuerte.
-¿Quién está yendo?
-Benjamín y otros chicos del colegio – no necesitaba mencionarle a Paula. 
-Creo que iré con Rixon a ver una película. Le preguntaré si tiene algún amigo que pueda salir contigo y hacemos una cita doble. 
-Paso – no quería a nadie más, quería a Peter.

Cuando Cande estacionó en la playa, el cielo estaba completamente negro. Sólo las luces que iluminaban el puerto, aquel donde se encontraba el juego del arcángel, era lo que se veía. Salí del auto y me despedí de Cande, mientras ella coordinaba por teléfono su salida con Rixon. A la distancia se escuchaba la música de la fiesta y caminé hacia ésta. Pasé grupos pequeños de gente, aún jugando en el agua, bajo la oscuridad de la noche. 

-Yo – dijo Benjamín, cuando lo llamé.
-Lo hice – dije - ¿Dónde estás?
-Justo al sur de la fogata. ¿Tú?
-Justo al norte.
-Te encontraré.

Dos minutos después, Benjamín y yo nos sentamos en la arena.

-¿Vas a estar así de seria toda la noche? – preguntó él, emanando olor a alcohol de su boca.
-No soy una gran fan del 99% de las personas aquí.

Asintió, comprendiendo.

-Entonces dime Esposito. ¿Qué estás haciendo aquí? Debo decirte que pensé que me cancelarías, diciendo que tenías tarea. 

Se recostó en la arena y lo imité. 

-Esa línea se está volviendo común – dije – Así que soy aburrida. ¿Te importa?

Sonrió.

-Me gusta lo aburrido. Lo aburrido me ayudará a pasar de año. Particularmente Inglés.
-Si esa fue una pregunta, entonces la respuesta es no. No haré tus ensayos de Inglés.
-Eso es lo que crees. Aún no utilizo mi lado encantador – bromeó.

Me reí y su sonrisa se amplió.

-¿Qué? ¿No me crees?
-No creo que tú seas encantador.
-Nadie puede resistirme a mis encantos. Te digo, las chicas se vuelven locas. Aquí están mis bases: estoy borracho las veinticuatro horas del día de los siete días de la semana, no tengo trabajo, no puedo pasar mate básica, y paso mis días jugando video juegos.

Reí, mis hombros temblando mientras lo hacía. Empezaba a creer que me gustaba la versión ebria de Benjamín más que la sobria. 

-Deja de reírte – dijo Benjamín – Se me va a subir a la cabeza.
-Conduces un auto de marca – dije, sonriendo – Eso te debe dar al menos diez puntos.
-Genial. Diez puntos. Todo lo que necesito es conseguir doscientos puntos para salir de la zona de peligro.
-¿Por qué no dejas de tomar? – sugerí.
-¿Dejar? ¿Bromeas? Mi vida apesta. Si dejo de tomar, me daré cuenta de mi realidad y probablemente salté de un precipicio.

Hubo un silencio.

-Cuando estoy tomado – continuó – Casi me olvido de quién soy. Sé que aún estoy ahí, pero apenas. Es un buen lugar en donde estar. 
-Sí, bueno, mi vida tampoco es tan genial.
-¿Tú papá? – adivinó – Eso no fue tu culpa.
-Lo que lo hace aún peor.
-¿Cómo?
-Si no fuera mi culpa, eso implicaría que lo arruiné. Me culparía por un largo tiempo pero eventualmente continuaría con mi vida. Ahora mismo estoy atracada, enfrentando la misma pregunta. ¿Por qué mi papá?

Benjamín asintió, comprendiendo una vez más. Pequeñas gotas de lluvia empezaron a caer, recordándonos del verano con lluvias pasivas.

-¿Qué diablos? – escuché a Paula quejarse más allá en la playa, cerca de la fogata.
-¡Todos a mi departamento! – gritó Benjamín, levantándose de un envión – Calle sesenta y dos, cerca del ministerio. Departamento 201. Mucha cerveza en la refri. ¡Ah, y…mi madre está de viaje!

Todos gritaron con alegría y empezaron a recoger sus cosas antes de salir hacia el estacionamiento. Benjamín me ayudó a ponerme de pie aunque él era el que necesitaba un apoyo para dejar de balancearse.

-¿Necesitar que te lleve? Vamos, dejaré que tú manejes.
-Gracias por la oferta, pero creo que iré a casa – después de todo Peter no estaba aquí.
-Los amigos no dejan que los amigos manejen borrachos – agregó Benjamín.
-¿Estás intentando hacerme sentir mal y manejar mi consciencia?
-¿Cómo puedes rechazar el manejar mi gran auto? – bromeó.
-¿Qué te parece si me lo regalas a partir de ahora?

Rió, deslizando su brazo sobre mis hombros.

-Borracho, pero no tan borracho, Esposito. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 11 (Parte 2)

Peter colocó un cabello suelto detrás de mi oreja.

-¿Quieres regresar a la fiesta? – murmuró.

Sacudí mi cabeza. 

-Te llevaré a casa – hizo un gesto con su mentón hacia la camioneta, porque aún me mantenía en sus brazos.
-Vine con Cande – dije – Debería irme con ella.
-Cande no va a comprar comida China para llevar a casa.

Comida China. Eso involucraría a Peter entrando a casa para comer. Mi mamá no estaba en casa, lo que significaba que estaríamos completamente a solas…

Dejé que mi guardia se relaje un poco. Probablemente estábamos a salvo. Probablemente los arcángeles no estaban cerca. Peter no parecía preocupado, así que yo tampoco debería de estarlo. Y sólo era una cena. 

-Sólo cena – dije, más para convencerme a mí misma.

Asintió y sonrió, esa sonrisa de chico malo. La sonrisa encantadora de un chico que besó hace dos noches a Paula, y que estaba ofreciéndome cenar esta noche con él, con la idea y esperanza que la cena llevaría completamente a algo más. Él pensaba que esta sonrisa roba corazones era todo lo que necesitaba para borrar mi dolor. Para hacerme olvidar que había besado a Paula. 

Mis especulaciones murieron, reemplazadas por un sentimiento inquieto repentino, que no tenía nada que ver con Peter, o el domingo por la noche. Piel de gallina se formó en mi piel. Estudié las sombras tocando el suelo.

-¿Mmm? – murmuró Peter, detectando mi preocupación, apretando sus brazos protectoramente alrededor de mí.

Y luego lo sentí de nuevo. Un cambio en el aire. Una niebla invisible, extrañamente caliente, presionando alrededor, moviéndose cerca como cientos de serpientes en el aire. La sensación era tan disruptiva, que tuve un tiempo difícil creyendo que Peter ni siquiera había notado que algo andaba mal.

-¿Qué pasa, Ángel? – su voz era suave, interrogativa.
-¿Estamos a salvo?
-¿Importa?

Moví mis ojos alrededor del patio. No estaba segura de porqué, pero me mantuve pensando. Los arcángeles. Ellos están aquí.

-Quiero decir…los arcángeles – dije, tan bajito que apenas pude escuchar mi propia voz – ¿Están observando?
-Sí.

Intenté alejarme, pero Peter se rehúso a dejarme.

-No me importa lo que vean. Estoy cansado de fingir – dejó de respirar en mi cuello y vi un desafío en sus ojos.
-Déjame ir – dije, luchando contra su agarre.
-¿No me quieres? – su sonrisa era complemente sensual.
-Ese no es el problema. No quiero ser responsable si algo te pasa. Déjame ir. 

Acarició los costados de mis brazos, pero mientras intenté tomar la oportunidad de romper su agarre, él me sostuvo por las manos. Su voz rompió en mi mente. 

- Podríamos irnos ahora, y podríamos dejar de jugar bajo las reglas de los arcángeles. 

Lo dijo tan decidido, tan fácil, sabía que no era la primera vez que él lo pensaba. Este era un plan con el que él había fantaseado secretamente, muchas veces. ¿Irnos? ¿Dejar de jugar bajo reglas?

-¿De qué estás hablando?
-Siempre he vivido de acuerdo a lo inesperado, constantemente escondiéndome, esperando que los arcángeles no me encuentren. 
-¿Si lo hicieran?
-Seré juzgado. Sería encontrado culpable, pero nos daría un par de semanas a solas, mientras ellos deliberan.
-¿Y luego?
-Me mandarían al infierno – se detuvo y luego continuó – No tengo miedo del infierno, me merezco lo que viene. He vivido, estafado y engañado. He herido a personas inocentes. He cometido más errores que los que pueda recordar. De una manera u otra, he estado pagando por ello en la mayoría de mi existencia. El infierno no será muy diferente. Pero estoy seguro que los arcángeles tiene un par de cartas debajo de sus mangas – su sonrisa se desvaneció, y me miró con honestidad – Estar contigo nunca se sintió mal. Es la única cosa que he hecho bien. Eres la única cosa que he hecho bien. No me importan los arcángeles. Dime lo que quieres que haga. Di la palabra. Haré lo que tú quieras. Podemos irnos ahora mismo.

Me tomó un momento para que sus palabras sean comprendidas. Miré hacia la camioneta. La pared de hielo entre los dos, se desvaneció. La pared sólo estaba ahí por los arcángeles. Sin ellos, todo por lo que Peter y yo habíamos estado peleando, no valía nada. Ellos eran el problema. Quería dejarlos, a ellos y a todo, irme con Peter. Podíamos olvidar las consecuencia, podríamos pensar en el ahora. Nos reiríamos de las reglas, de los límites y del mañana. Pero, lo que pasaría después sería peor.

Tenía dos alternativas, pero la respuesta estaba clara. La única manera en que podía mantener a Peter sería dejarlo ir. No tener nada con él. No me di cuenta que estaba llorando hasta que Peter corrió sus pulgares debajo de mis ojos. 

-Shh – murmuró – Va a estar todo bien. Te quiero. No puedo seguir haciendo lo que estoy haciendo ahora, viviendo a la mitad.
-Pero ellos te mandarán al infierno – dije, incapaz de controlar el temblor en mis labios.
-He tenido mucho tiempo para llegar a un acuerdo.

Estaba determinada a no mostrarle a Peter lo difícil que esto era para mí, pero me atraganté ante las lágrimas corriendo por mi garganta. Mis ojos estaban húmedos e hinchados, y mi pecho dolía. Todo esto era mi culpa. Si no fuese por mí, él no sería un ángel guardián. Si no fuera por mí, los arcángeles no querrían destruirlo. Yo era responsable por traerlo a este punto.

-Necesito un favor – fije finalmente – Dile a Cande que fui caminando a casa. Necesito estar a solas.
-¿Ángel? – Peter atrapó mi mano, pero me liberé.

Sentí mis pies caminando lejos, un paso en frente del otro. Cada vez me llevaban más lejos de Peter, como si mi mente estuviera en pausa y sólo existía la acción sobre mi cuerpo.