domingo, 4 de mayo de 2014

Sin Límites: Tres I

El Laberinto

Esa noche sueño con Peter, ambos cabalgando a Midas en el bosque. Estoy sentada detrás de él, mis piernas presionadas contra las suyas mientras su caballo se mueve debajo de nosotros, mis brazos envueltos débilmente alrededor de su pecho. Mi cabeza está llena del olor del pino, del caballo y de Peter. Estoy completamente relajada, disfrutando del sol en mis hombros, la briza en mi cabello, la sensación de su cuerpo contra el mío. Él es caliente, bueno y fuerte. Es mío. Me inclino contra él, presiono un beso en su hombro a través de su camisa azul pálido.
Él se voltea a decirme algo y el ala de su sombrero me golpea en la cara. Estoy sorprendida; pierdo mi equilibrio y casi me caigo del caballo, pero él me endereza. Se quita su sombrero, me mira con su cabello castaño desordenado, ojos grises, y ríe roncamente, lo que hace que me dé escalofríos.
—Esto no está funcionando. —Coloca el sombrero en mi cabeza y sonríe—. Ahí está, mucho mejor en ti—. Inclina su cara para besarme. Sus labios ligeramente agrietados pero gentiles, tiernos en mí. Su mente llena de amor.
En este momento sé que estoy soñando. Sé que no es real. Ya puedo sentirme a mí misma despertándome. No quiero despertar, pienso. Aún no.
Abro mis ojos. Aún está oscuro, una lámpara afuera enviando una luz a través de nuestra ventana abierta. Estoy llena de un extraño sentimiento, casi como un deja vú. El edificio está extrañamente silencioso, así que sé, sin mirar el reloj, que debe ser bastante tarde, o temprano, dependiendo desde donde lo mires.
El sueño es injusto, pienso. Especialmente desde que la pasé tan bien con Thiago esta mañana, cuando nos pusimos a volar en un descampado. Me siento conectada a él, como si finalmente estoy donde se supone que debería de estar. Me siento bien.
Sueño idiota. Mi estúpida subconsciencia se está rehusando a enfrentar los hechos: Peter y yo ya terminamos. Finalizamos.
Cerebro idiota el mío. Idiota corazón.
Hay un sonido ligero, tan pequeño que por un momento creo haberla imaginado. Me siento, escuchando. Luego suena de nuevo. Me doy cuenta que fue ese pequeño golpe en la puerta lo que me despertó. Camino hacia la puerta en puntas de pie y la abro, miro de reojo hacia el pasillo.
Mi hermano está afuera.
—¡Stefano! —jadeo.
Probablemente debería tomar las cosas con calma, pero no puedo. Lanzo mis brazos a su alrededor. En se aturde sorprendido, sus músculos tensados, pero finalmente coloca sus manos en mi espalda y se relaja. Se siente tan bien ser capaz de abrazarlo, saber que está bien, a salvo y sin daños.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, después de un minuto—. ¿Cómo me encontraste?
—¿Crees que no podría llegar a rastrearte? —dice—. Creí haberte visto ahora, y supongo que te extraño.
Me alejo apenas para mirarlo. Se ve más grande, de alguna manera. Más alto, pero delgado. Mayor.
Lo agarro por el brazo y lo llevo hacia el primer piso, la lavandería, donde podemos hablar sin despertar a nadie.
—¿Dónde has estado? —demando.
—Por ahí. ¡Oye! —agrega cuando lo golpeo en el hombro.
—¡Pequeño desconsiderado! —grito, golpeándolo más fuerte—. ¿Cómo pudiste irte así? ¿Tienes idea de lo preocupada que hemos estado?
—¿Quiénes son “nosotros”?  —pregunta.
—¡Yo, idiota! Y Emi, y Papá…
Sacude su cabeza.
—Papá no se preocupa por mí —dice y en sus ojos veo el enojo contra Papá, por no estar ahí cuando éramos niños, por mentir, por todo.
—¿Dónde has estado, Stefano? —pregunto calmadamente, tocando su brazo helado.
—He estado haciendo mis propias cosas.
—Podrías habernos dicho a dónde estabas yendo. Podrías haber llamado.
—¿Para qué? ¿Para qué así pudieses convencerme de ser un pequeño niño bueno?
Hay un minuto de silencio.
—¿Estás yendo al colegio? —agrego finalmente.
—¿Por qué haría eso?
—¿Así que no planeas graduarte?
—¿Para qué? ¿Así puedo entrar a una lujosa universidad como Stanford? Graduarme, conseguir un trabajo a tiempo completo, casarme, comprar una casa, un perro, tener un par de hijos… ¿cómo serán nuestros hijos de todos modos? ¿Treintaisiete por ciento ángeles de sangre? ¿Y vivir el sueño americano?
—Si es lo que quieres.
—No es lo que quiero —dice—. Eso lo hacen los humanos, Mar. Yo no soy uno.
—Sí, lo eres.
—Sólo soy un cuarto de humano.
Cruzo mis brazos sobre mi pecho, tiemblo aunque no es el frío.
—Stefano —digo—. Simplemente no podemos correr de nuestros problemas.
Se aleja hacia la puerta.
—Fue un error venir aquí —murmura.
—Espera —digo, cogiendo su brazo.
—Déjame, Mar. Estoy cansado de jugar. He terminado con todo. No voy a tener a nadie más diciéndome qué hacer, nunca más. Voy a hacer lo que quiero.
—¡Lo siento! —Me detengo, respiro—. Lo siento. —Intento de nuevo, más calmada—. Tienes razón. No es mi lugar el decirte qué hacer. No soy…
Mamá, pienso, pero la palabra no sale. Suelto su brazo y retrocedo un par de pasos.
—Lo siento —repito.
Me mira con dureza por un minuto como si estuviera decidiendo cuánto decirme.
—Estoy bien Mar, ¿de acuerdo? Por eso vine aquí, a decírtelo. No tienes que preocuparte, estoy bien.
—De acuerdo —murmuro, mi voz delgada—. Stefano…
—Tengo que regresar.
—¿Necesitas dinero?
—No. —Pero aún así espera a que vaya a mi habitación y recoja mi billetera.
—Sí necesitas algo, llámame —le ordeno—. En serio.
—¿Para qué? ¿Para qué me ordenes? —dice, pero se nota la broma en su voz.
Lo acompaño hasta la puerta principal. Hace frío afuera. Me preocupa que no tenga un abrigo, me preocupa que cuarenta dólares, los que le di, no sean suficientes para mantenerlo a salvo. Me preocupa no volverlo a ver.
—Ahora es cuando sueltas mi brazo —dice.
Suelto mis dedos.
—Stefano, espera —digo, mientras se aleja.
Él no se detiene, no se voltea.
—Te llamaré Mar.
—Más te vale —le grito.

Sin Límites: Dos

Cerca blanca de piquete

Esta vez alguien más está conmigo en la oscuridad, otra persona respirando temblorosamente en algún lugar detrás de mí.
Aún no puedo ver nada, no puedo determinar dónde estoy, aunque esto es como la milésima vez que tengo esta visión. Está oscuro, como siempre. Estoy intentando mantenerme callada, intentando no moverme, no respirar, así puedo explorar mi alrededor. El suelo está inclinado hacia abajo, alfombrado. Hay un aroma de aserrín en el aire, nueva pintura, y esto: la idea de un olor distintivamente masculino, como desodorante o crema de afeitar, y ahora la respiración. Cerca, creo. Si me volteo y me estiro, podría tocarlo.
Hay pasos encima de nosotros: pesados y haciendo eco, como personas descendiendo un conjunto de escaleras de madera. Mi cuerpo se tensa. Seremos encontrados. De alguna forma sé esto. Lo he visto cientos de veces en mis visiones. Lo estoy viendo ahora mismo. Quiero deshacerme de esto, quiero llamar a la gloria, pero no lo hago, creyendo que no sucederá esta vez. Aún tengo esperanza.
Hay un ruido detrás de mí, extraño y alto, tal vez un gato aullando o un pájaro cantando. Me volteo hacia el sonido.
Hay un momento de silencio.
Luego viene una explosión de luz, cegándome. Me alejo de ésta.
—¡Mar, agáchate! —grita una voz.
En ese momento salvaje, instantáneamente sé quién está conmigo, reconozco su voz en cualquier lugar, y me encuentro a mí misma poniéndome de pie, porque alguna parte de mí sabe que ahora tengo que correr.
***
Me despierto con el rayo de la luz del sol en mi cara. Me toma un segundo reaccionar dónde estoy: en mi habitación, en la universidad. Las campanas de la Iglesia suenan a la distancia. Olor de detergente y rasuradoras. He estado en Stanford por más de una semana, y esta habitación aún no se siente como casa.
Mis sábanas están desordenadas. Realmente debo de haber estado intentando correr. Me recuerdo por un minuto, tomando profundas respiraciones desde mi abdomen, intentando calmar mi corazón acelerado.
Thiago está ahí. En la visión. Conmigo.
Claro que él está ahí, pienso. Ha estado en todas las visiones que he tenido. Pero hay algo de comodidad en ello.
Me siento y miro a mi compañera de habitación, Wan Chen, dormida en la cama al otro lado de la habitación, roncando. Me libro de mis sábanas y me coloco un jean y una sudadera con capucha, me hago una cola de caballo, intentando no hacer ruido para no despertarla.
Cuando salgo, hay un gran ave sentada en el poste de luz cerca a mi dormitorio, de forma negra. Se gira para mirarme. Me detengo.
Siempre he tenido una relación complicada con las aves. Incluso antes de saber que era un ángel de sangre, entendía que había algo raro sobre la forma en que las aves se silenciaban cuando yo pasaba, la forma en que me seguían.
Una vez, cuando había tenido un picnic con Peter, alzamos la mirada y teníamos nuestra mesa rodeada de aves, no los comunes que intentan coger tu comida, sino también otros tipos de aves.
—Eres como una caricatura de Disney, Zanahoria —Peter se burlaba—. Deberías lograr que te hagan un vestido o algo.
Pero esta ave se siente diferente, de algún modo. Es un cuervo, creo. Y me observa, silenciosa. Pensativa, deliberada.
Emi una vez dijo que las Alas Negras podían convertirse en aves. Es la única forma que pueden volar, de otro modo su pena hace mucho peso y los hace caer. ¿Así que esta ave es un cuervo ordinario? Salto ante éste. Inclina su cabeza y me mira de vuelta con sus ojos amarillos.
Terror corre por mi espina.
Vamos Mar, pienso, Es sólo un ave.
Me tranquilizo y lo paso, abrazando mis brazos contra mi pecho, por la mañana fría. El ave da un graznido, una filuda advertencia que manda escalofríos por mi espalda. Sigo caminando. Después de unos cuantos pasos, miro sobre mi hombro al poste de luz. El ave se ha ido.
Suspiro y me digo a mí misma que me estoy volviendo paranoica, sólo estoy asustada por la visión. Intento alejar al ave de mi mente y sigo caminando. Rápido. Antes de saberlo, ya estoy al otro lado del campus, debajo de la ventana de Thiago, caminando de un lado al otro en la acera porque realmente no sé qué estoy haciendo aquí.
Debí haberle contado sobre la visión, pero estaba muy preocupada por otras cosas. Hemos estado aquí por caso dos semanas y ninguno de los dos ha hablado sobre visiones o propósito o cosas relacionadas a ángeles. Hemos estado jugando a ser alumnos de primer año de universidad, pretendiendo que no hay nada más para nosotros que aprendernos los nombres de las personas y saber a qué clases hay que ir e intentando no vernos como idiotas en esta universidad donde todos parecen genios.
Pero ahora debo decírselo. Necesito hacerlo. Sólo que son, reviso mi celular, siete y quince de la mañana. Muy temprano.
¿Mar? —su voz en mi cabeza suena agotada.
Mierda, lo siento. No quería despertarte.
¿Dónde estás?
Afuera. Yo…Aquí.
Digito su número y él responde al primer llamado.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—¿Quieres salir a pasear? —pregunto—. Sé que es temprano…
Puedo sentirlo sonreír al otro lado de la línea.
—Absolutamente. Salgamos.
—Bien.
—Pero primero déjame ponerme un pantalón.
—Hazlo —digo, contenta que no me vea completamente sonrojada ante la idea de él en bóxer—. Estaré aquí mismo.
Unos minutos después sale con un jean y una camiseta con el logo de la universidad, su cabello desordenado. Se restringe el abrazarme. Está aliviado de verme después de nuestra pequeña pelea la semana anterior. Yo di la idea que quería ser doctora pero él me llenó de contradicciones. Quiere decirme que lo siente, quiere decirme que me apoyará en todo lo que yo decida hacer.
—Gracias —murmuro, sin que sea necesario que lo diga en voz alta—. Eso significa un montón.
—¿Así que, qué está sucediendo? —pregunta.
Es difícil saber por dónde empezar.
—¿Quieres salir del campus por un momento?
—Claro —dice, un destello de curiosidad en sus ojos verdes—. No tengo clase hasta las once.
Empiezo a caminar hacia mi edificio.
—Vamos —lo llamo sobre mi hombro.
Él trota hasta llegar a mi lado.
***
Veinte minutos después, estamos conduciendo alrededor de mi antigua ciudad.
—Calle Mercy —dice Thiago mientras pasamos por esta antigua tienda de donuts dónde solía ir—. Calle Church. Calle Hope….
—Sólo son nombres Thiago.
Reviso mi espejo y me encuentro a mí misma no preparada para la mirada de sus ojos verdes, fijos en mí. Aparto la mirada.
No sé que espera que haga ahora que estoy oficialmente soltera. No sé lo que yo espero de mí misma. No sé lo que estoy haciendo.
—No estoy esperando nada, Mar —dice, sin mirarme—. Si quieres salir conmigo, genial. Si quieres algo de espacio, también lo entiendo.
Estoy aliviada. Podemos tomar esto de “pertenecemos juntos”, lentamente, descubrir lo que realmente significa. No tenemos que apurar las cosas. Podemos ser amigos.
—Gracias —digo—. Y, mira, no te hubiese dicho para salir si no quisiera hacerlo.
Eres mi mejor amigo, quiero decir, pero por alguna razón no lo hago.
Él sonríe.
—Llévame a tu casa —dice, impulsivamente—. Quiero ver dónde vivías.
Obedientemente, lo hago doblar a la derecha, a mi antiguo barrio. Pero no es mi casa, ya no. Es la casa de otra persona ahora, y el pensamiento me pone triste.
—Linda —dice Thiago, cuando llegamos—. Con toda una cerca blanca de piquete.
—Sí, mi mamá era una tradicionalista.
La casa también, se ve exactamente igual. No puedo dejar de ver la pequeña cancha de básquet dónde mi hermano solía jugar. Lo extraño tanto.
—Así que dime —dice Thiago, sacándome de mis pensamientos.
Trato de pasarle por la cabeza la visión, que él está ahí conmigo, en la habitación oscura. Él gritándome que me agache.
—Bueno. No es un tipo de visión muy visual, ¿verdad? —dice.
—No, es bastante oscuridad y adrenalina. ¿Qué piensas? —digo.
Sacude su cabeza.
—¿Qué dice Ángela?
Me muevo incómoda.
—No hemos hablado del tema.
Mira mi cara, sus ojos entrecerrándose ligeramente.
—¿Le has contado a alguien más? —lee mi expresión de culpabilidad—. ¿Por qué?
Suspiro.
—No lo sé.
—¿Por qué no le has dicho a Emi? Esa es la razón por la que ella se convirtió en tu guardián, ya sabes, para ayudarte en cosas como ésta.
Porque ella no es mi mamá, pienso.
—Emi se acaba de casar con tu tío —explico—. No quiero expresar mi depresión justo cuando es su luna de miel. Y, Ángela, bueno, ella tuvo su tema en Italia.
—¿Qué tema? —pregunta, frunciendo el ceño.
Muerdo mi labio. Desearía poder contarle sobre Camilo.
—¿Quién es Camilo? —pregunta Thiago—. Espera, ¿él no fue el ángel quién le contó a Ángela sobre las Alas Negras? —sus ojos se amplían mientras encuentra los míos—. ¿Él es el misterioso novio italiano?
Es oficial. Apesto guardando secretos, especialmente a él.
—¡Oye! ¡No leas mi mente! ¡No puedo hablar sobre ello! —espeto—. Lo prometí.
—Entonces deja de pensar en eso —dice, lo que hace que piense más en ello—. Caray, Ángela y un ángel.
Hay un momento de silencio.
—Así que eh…de regreso a tu visión.
—No te lo dije porque no quería volver a tener una visión —confesé—. No ahora mismo. Siento no habértelo dicho —dije—. Debí decir algo.
—Yo tampoco te conté sobre la mía. Básicamente por la misma razón. —Se detiene—. Es irónico —agrega—. Tú has estado teniendo un visión de oscuridad y yo de luz.
—¿Qué quieres decir?
—Todo lo que veo es luz. No sé dónde estoy. No sé lo que se supone que estoy haciendo. Sólo luz. Me tomó unas cuantas veces descubrir qué era.
—¿Qué era qué?
—La luz. —Me mira—. Es una espada.
Mi boca se abre.
—¿Una espada?
—Una espada flameante. Primero en todo lo que pensaba era. ¿Qué genial es eso? Tengo una espada, hecha de fuego. ¿Genial, verdad? —su sonrisa se desvanece—. Pero luego empiezo a pensar sobre lo que podría significar, y cuando le conté a mi tío, él se volvió loco. Me empezó a obligar a hacer más ejercicio.
—¿Por qué?
—Porque obviamente voy a tener que pelear.
—¿Contra quién?
—No tengo idea. Pero mi tío se está asegurando que esté preparada para lo que sea.
—Caray —digo—. Lo siento.
—Sí bueno, es obvio que nunca tendremos vidas normales, ¿verdad?
Silencio.
—Lo descubriremos, Thiago —digo, finalmente.
Él asiente, pero hay algo más que lo moleta, una pena que llega hasta mí y hace que encuentro sus ojos. Luego sé sin tener que preguntar que su tío se está muriendo. Está llegando a la regla de los ciento y veinte años.
—¿Cuándo? —susurro.
—Pronto. Unos pocos meses, es su mejor chance. Él no quiere que esté ahí. No quiere que lo vea así.
Lo entiendo. Al final mi mamá estaba tan débil que ni siquiera podía ir al baño.
Deslizo mi mano sobre la suya, lo que lo sorprende. La electricidad familiar pasa entre nosotros, haciéndome más fuerte. Más valiente. Recuesto mi cabeza en su hombro. Intento consolarlo de la forma en qué siempre lo ha hecho.
—Estoy justo aquí —le digo—. No me voy a ninguna parte.
—Gracias.

Sin Límites: Uno II

Mar.
Escucho la voz en mi cabeza, diciendo mi nombre, antes de escucharla en voz alta. Estoy en la plaza de la Universidad de Stanford, en medio de más de quinientos alumnos de primer año y sus padres, pero los escucho alto y claro. Empujo entre la multitud, buscando su cabello desordenado, sus ojos verdes. De pronto, la gente se aparta de mí y lo veo, como a veinte pasos de mí, dándome la espalda. Como siempre. Y, como siempre, es como si las campanas sonaran dentro de mí, reconociéndolo.
— ¡Thiago! —lo llamo.
Él se voltea. Nos movemos entre la multitud para encontrarnos. En un destello de tiempo, estoy a su lado, sonriéndole, casi riendo porque se siente muy bien el estar juntos después de tanto tiempo.
—  Oye —dice—. Gracioso el encontrarte aquí.
— Sí, gracioso.
No se me ocurre hasta este preciso minuto, lo mucho que lo he extrañado. Estaba tan ocupada extrañando a otras personas, a mi madre, Stefano, Peter, Papá, atrapada en todo lo que dejé atrás. Pero ahora…es como si una parte de ti dejara de doler y de pronto eres tú misma de nuevo, saludable y completa, y sólo ahí te das cuenta que has estado llena de dolor por un tiempo. He extrañado su voz en mi cabeza, en mis oídos. He extrañado su cara, su sonrisa.
— Yo también te he extrañado —dice, inclinándose para decirlo en mi oído, así lo puedo escuchar sobre la multitud de voces.
Su aliento contra mi cuello hace que tiemble. Retrocedo incómoda, de pronto consciente de todo.
— ¿Cómo estuvo tus vacaciones? —es todo lo que se me ocurre preguntar.
Su tío siempre lo lleva a las montañas durante el verano, pasa todo este tiempo entrenando, lejos del Internet y de la Televisión y de otras distracciones. Lo hace practicar llamando a la gloria, y todas estas habilidades de ángeles.
— La misma rutina de siempre —dice—. Mi tío ha estado más intenso este año, si es que puedes creer eso. Me hizo trabajar como un perro.
— ¿Por qué?
Sus ojos se ponen serios.
— Te digo después, ¿de acuerdo? —dice en mi mente—. ¿Cómo estuvo Italia? —me pregunta en voz alta.
— Interesante —digo.
Ángela escoge ese momento para aparecer a mi lado.
— Hola Thi —dice, alzando su mentón en son de saludo—. ¿Cómo te va?
Él hace un gesto a la multitud de alumnos de primer año.
— Creo que la realidad finalmente está empezando a establecerse.
— Sé a lo que te refieres —dice ella—. Tuve que pincharme para realmente creerme que estaba aquí. ¿En qué habitación estás?
— Cedro.
— Mar y yo estamos en Roble. Creo que eso está al otro lado del campus.
— Lo está —dice él—. Lo chequeé.
Está contento de haber terminado al otro lado del campus, lo entiendo mientras lo miro. Porque él piensa que puede que a mí no me guste que siempre esté cerca, cogiendo pensamientos aleatorios de mi cabeza. Quiere darme algo de espacio.
Le mando un equivalente mental de un abrazo, lo que lo sorprende.
— ¿Por qué fue eso? —pregunta.
— Necesitamos bicicletas —dice Ángela—. Este campus es muy grande. Todos tienen bicicletas.
— Porque estoy contenta que estés aquí —le digo a Thiago.
— Estoy contento de estar aquí.
— Estoy contenta que estés contento de estar aquí.
Sonreímos.
— Oye, ¿ustedes dos están haciendo esa cosa mental? —pregunta Ángela—. Porque es tan molestoso —piensa.
Thiago ríe.
— ¿Desde cuándo habla por telepatía?
— Desde que le he estado enseñando. Fue algo que hicimos en el viaje de once horas.
— ¿Realmente crees que es una buena idea? Ella ya es lo suficientemente gritona… —bromea, pero sé que en el fondo le incomoda que Ángela forme parte de nuestras conversaciones secretas.
— Hasta ahora, no ha sido capaz de recibir, de escuchar los pensamientos en su mente —le digo, para calmarlo—. Sólo puede transmitir.
— Así que puede hablar, pero no escuchar. Qué apropiado.
— Molestoso —dice Ángela, cruzando su brazo sobre su pecho y mirándolo.
Ambos reímos.
— Lo siento Angie. —Deslizo un brazo alrededor de ella—. Thiago y yo tenemos un montón con lo que ponernos al día.
— Bueno, creo que es rudo —dice.
— Está bien, está bien. Ya no más conversaciones mentales. Lo entiendo.
— Al menos no hasta que aprenda cómo hacerlo. Qué será pronto. He estado practicando —dice ella.
— Sin duda —dice él.
Capto la risa en sus ojos, y aguanto la sonrisa.

Sin Límites: Uno

Bienvenida a la granja 

—¿Cómo estás, Mar?
Regreso a mi habitación, una pila de viejas revistas colocadas por mis pies, las que debo haber botado cuando la visión me golpeó. Mi respiración aún está congelada en mis pulmones; mis músculos tensos, como si estuvieran preparándome para correr. La luz brillando a través de la ventana hace doler mis ojos. Parpadeo ante Emi, quién se inclina contra el marco de la puerta de mi habitación y me ofrece una sonrisa.
—¿Qué sucede? —pregunta, cuando no respondo. — ¿Visiones?
—¿Cómo lo sabes?
—Yo también las tengo. Además, he estado saliendo con personas que tienen visiones toda mi vida. Reconozco la expresión.
Me sostiene por los hombros y se sienta a mi lado, al borde de la cama. Esperamos hasta que mi respiración se silencia.
—¿Quieres hablar al respecto? —pregunta.
—No hay mucho todavía —digo.
He estado teniendo esta visión todo el verano, desde Italia con Ángela. Hasta ahora, no ha habido más que la oscuridad, terror y un extraño piso inclinado.
Después del funeral de mamá, Stefano se fue de la casa, al igual que papá. Ángela decidió invitarme a Italia por el verano, para alejarme del dolor. Ahora que estamos de regreso, nos espera Stanford, aquella universidad donde se cumplirá la visión de Ángela. Mi amiga ha estado teniendo visiones de un hombre, que parece mayor, pero no puede saber quién es porque está de espaldas. Sin embargo, yo he estado más preocupada que ella al respecto porque ella estuvo casi todo el verano enamorada de un chico que terminó siendo un ángel. Ella siempre lo supo y nunca me lo contó, y cuando me enteré y lo conocí, algo me dijo que él no era de fiar; a veces pienso que es un ángel caído.
—Puedes contarme si quieres —dice Emi, interrumpiendo mis pensamientos. —Si crees que ayudará a que ello aligere tu pecho. Pero las visiones son personales, en mi opinión.
— ¿Cómo lo haces? ¿Cómo sigues con tu vida normal cuando sabes que algo malo sucederá?
Hay un dolor en su sonrisa. Coloca su cálida mano sobre la mía.
—Aprendes a encontrar tu felicidad —dice—. Intentas dejar de preocuparte sobre cosas que no puedes controlar.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —suspiro.
—Requiere práctica.
Golpea suavemente una mano en mi hombro y lo sacude.
—¿Ya estás bien? ¿Lista para levantarte?
—Sí, señora —digo, sonriendo débilmente.
—De acuerdo, entonces, empieza a trabajar.
Termino de empacar, cosa que estaba haciendo antes que la visión aparezca, y Emi coge una cinta adhesiva para empezar a sellar las últimas cajas.
—Sabes, yo ayudé a tu madre a empacar para ir a Stanford, en ese entonces, 1963. Éramos compañeras de habitación, viviendo en San Luis de Obispo, una pequeña casa en la playa.
Voy a extrañar a Emi. La mayoría de veces que la veo, no puedo evitar ver a mi mamá, no porque las dos se parezcan, sino porque, siendo la mejor amiga de mamá por los últimos cien años, Emi tiene un millón de recuerdos como este sobre Stanford, historias graciosas y tristes, tiempos donde mi mamá tenía un mal corte de pelo o cuando incendió la cocina, o cuando eran enfermeras en la Primera Guerra Mundial y mamá salvó la vida de un hombre. Es como si, por esos pequeños minutos, mamá estuviera viva de nuevo.
—Puedes volver a casa cuando quieras —dice Emi, cuando hemos terminado—. Recuerda eso. Esta es tu casa. Sólo llama y dime que estás en camino y yo vendré a poner nuevas sábanas en la cama.
Golpea afectuosamente mi mano y luego baja al primer piso a colocar las cajas en su auto. Ella también estará conduciendo a California mañana, con la mamá de Ángela, y yo la seguiré con mi auto.
Salgo de mi habitación. La casa está silenciosa, pero también parece tener algo de energía, como si estuviera llena de fantasmas. Me quedo mirando la puerta de Stefano. Él debería de estar aquí. Debería haber empezado el colegio. Debería estar jugando fútbol y tomando su asqueroso batido de proteínas, debería estar botando toneladas de medias sucias. Lo extraño.
El timbre de la puerta principal suena.
—¿Esperabas compañía? —me llama Emi.
—No —grito de regreso—. ¿Quién es?
—Es para ti —dice.
Bajo al primer piso.
—Oh, dios —dice Cande cuando abro—. Tenía miedo de haber llegado tarde.
Instintivamente miró alrededor, en busca de Peter, mi corazón haciendo un estúpido pequeño baile.
—Él no está aquí —Cande dice gentilmente—. Él, eh…
No quiere verme.
Intento sonreír mientras algo en mi pecho se sacude con dolor. Claro, pienso. ¿Por qué querría verme? Hemos terminado. Está continuando con su vida.
Me obligo a enfocarme en Cande. Está apretando una caja de cartón contra su pecho como si tuviera miedo que pueda alejarme de ella. Cambia el peso de un pie al otro.
—¿Qué tal? —pregunto.
—Tengo unas cuantas cosas tuyas —dice—. Mañana me voy a la universidad y yo…yo pensé que las querrías.
—Gracias. Yo también me voy mañana —le digo.
Sonrío y cojo la caja. Ella me devuelve la sonrisa tímidamente, y me entrega la caja. Adentro hay un par de DVD´s, revistas, mi copia de Academia de Vampiros, y otros libros, un par de zapatos de vestir que le presté para la fiesta de promoción.
—¿Cómo estuvo Italia? —pregunta, mientras coloco la caja al lado de la puerta—. Me llegó tu postal.
—Era hermosa.
—No lo dudo —dice—. Siempre he querido ir a Europa. Quiero ver Londres, París, Viena… —sonríe—. Oye, ¿qué te parece si me muestras tus fotos? Me gustaría verlas. Si tienes tiempo.
—Claro.
Corro a mi habitación para coger mi laptop, luego me siento con ella en el sofá de la sala de estar, y le enseño las fotos de este verano.
—Así que eso fue Italia —digo, cuando terminamos—. Subí como cuatro kilos comiendo pasta.
—Bueno, antes estabas muy flaca —dice Cande.
—Gracias.
—Odio ser la que arruina la fiesta, pero debo irme. Tengo un montón de cosas que hacer en casa antes de mañana.
Nos ponemos de pie y yo me volteo hacia ella, inmediatamente aturdida ante la idea de decirle adiós.
—Vas a hacerlo genial en Washington y te divertirás de todas formas, pero te voy a extrañarte mucho —digo.
—Bueno, nos veremos cuando tengamos vacaciones, ¿verdad? Siempre puedes escribirme correos, ya sabes. No seas una extraña.
—No lo seré. Lo prometo.
Me abraza.
—Adiós Mar —susurra—. Cuídate.
Cuando se ha ido, cojo la caja y la llevo a mi habitación, y cierro la puerta. Saco todas las cosas de la caja. Ahí están, además de las cosas que le presté a Cande, encuentro unos objetos de Peter: una cuerda para pescar que le compré, una flor silvestre a presión de uno de las coronas que solía hacerme para mi pelo, un CD con canciones mezcladas que le hice el año pasado, lleno de canciones de vaqueros y sobre volar y sobre amor, que él escuchó un montón de veces aunque debió haber pensado que era cursi. Me lo está devolviendo todo. Odio lo mucho que esto me duele, lo mucho que aún recuerdo lo que tuvimos, así que cuidadosamente coloco todas las cosas de nuevo en la caja, y la sello con cinta adhesiva, antes de deslizarla en las sombras, en la parte de atrás de mi armario. Y le digo adiós.

Sin Límites: Sinopsis

Imagen
Los últimos años han tenido más sorpresas de lo que Mar jamás podría haber anticipado. Aún así, desde las alturas llenas de vértigo del primer amor, al lado agonizante de haber perdido a alguien cercano a ella, la única cosa que ya no puede negar, es que nunca fue destinada a vivir una vida normal.
Desde que descubrió el rol especial que tenía entre los otros ángeles de sangre, Mar ha sido determinada a proteger a Peter del mal que la sigue a ella…incluso si eso significa romper sus corazones. Dejar la ciudad parece la mejor opción, así que ella se dirige hacia California, y también lo hace Thiago, el chico irresistible de la visión que la llevó a este viaje.
Mientras Mar hace su camino a un mundo que es bastante nuevo, descubre que el ángel caído que la atacó está observando cada movimiento qué hace. Y no es el único.
Con la batalla contra los Alas Negras, Mar sabe que finalmente debe completar su destino. Pero no vendrá sin sacrificios o traiciones.