domingo, 4 de mayo de 2014

Sin Límites: Seis II

No hablamos mientras lo llevo a casa. Lo ayudo a subir las escaleras hacia su habitación. Lo guío hacia su cama.
—No necesitas cuidar de mí —protesta mientras lo cubro con las sábanas y me siento a su lado—. Fui estúpido. Sólo quería escapar por un minuto. Pensé…
—Cállate —le digo gentilmente.
Le quito la camisa y la lanzo a la esquina, luego voy a su mini refrigeradora y le llevo una botella de agua.
—Toma. —Él sacude su cabeza—. Toma —insisto.
Se toma casi toda la botella, luego me la entrega.
—Recuéstate —le digo.
Él se estrecha en la cama, y yo me encargo de quitarle sus zapatos y medias. Él se queda mirando el techo por un minuto.
—Deberías dormir —le digo.
Retiro el cabello de su rostro, mis dedos colgando cerca de su cabeza. Él cierra los ojos. Muevo mis manos a su frente y llamo a la gloria hacia mis dedos, mientras éstos mandan un poco de energía a Thiago.
Sus ojos se abren.
—¿Qué acabas de hacer? —pregunta.
—¿Tu cabeza se siente mejor?
Parpadea unas cuantas veces.
—El dolor se ha ido —susurra—. Se ha ido por completo.
—Bien. Ahora anda a dormir —le digo.
—Sabes, Mar —suspira, mientras me pongo de pie—, deberías ser doctora.
Cierro la puerta detrás de mí, luego me tomo un minuto para recostarme contra la pared y recuperar el aliento.
***
Ángela no se presenta a la clase que llevo con ella. Tampoco presenta su tarea. Lo que significa, de acuerdo a las reglas del sílabo, que no aprobará el curso.
La idea manda un escalofrío sobre mi cuerpo. Ángela, una estudiante con excelentes notas, amante de lo poético, va a reprobar su primer curso o materia de poesía en la universidad.
Tengo que encontrarla. Hablarle. Ahora mismo. Haré lo que sea necesario.
—¿Sabes dónde está Ángela? —le pregunto a su compañera de habitación apenas termina la clase.
—Estaba en la habitación, la última vez que la vi —me dice—. ¿Por qué? ¿Sucede algo?
Sin decir nada, me alejo y me dirijo hacia nuestro edificio. Pero, me detengo cuando estoy al frente, porque un cuervo está situado encima de mi bicicleta de nuevo.
—¿No tienes un lugar mejor en el que estar? —le pregunto.
Sin respuesta, excepto que salta de una bicicleta a la otra.
—Aléjate —digo, moviendo mis brazos—. Sal de aquí.
Inclina su cabeza, pero no se mueve.
Me acerco y me quedo justo en frente. Podría tocarlo si quisiera, pero no se inmuta. Me mira calmadamente y es ahí cuando sé, o tal vez siempre lo supe y no quise admitirlo, que no es un cuervo normal. No es un ave. Puedo sentirlo, esa clase particular de tristeza que conozco tan bien. Puedo escuchar esa música triste, la forma en que solía escucharla el año pasado, una melodía que dice que esa persona está sola.
No estaba siendo paranoica, es Samjeeza.
Retrocedo un paso.
—¿Qué haces aquí? —susurro—. ¿Qué quieres? Si estás aquí para matarme, entonces hazlo —agrego—. De otra forma, tengo cosas qué hacer.
El ave se mueve y luego, sin advertencia, se va. Vuela hacia mí, rozando mi mejilla y se dirige hacia arriba, hacia el cielo nublado.
***
De pie, fuera de la habitación de Ángela, intento llamarla de nuevo, mientras escucho su celular sonar. Está adentro, es un milagro.
Golpeo la puerta.
—Vamos, Angie. Sé que estás ahí.
Ella abre la puerta y yo hago mi camino hacia adentro antes que proteste. Una mirada rápida alrededor revela que las compañeras de habitación no están aquí. Lo que es bueno, porque está por ponerse feo.
—De acuerdo, ¿qué está sucediendo contigo? —le demando.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué quieres decir, qué quiero decir? —chillo—. Has estado rara. Todos han estado hablando sobre su relación con Piero. Por Dios, es el Psicólogo….
Me da una mirada de sorpresa y cierra la puerta detrás de mí, le echa pestillo.
—Sé quién es —dice, dándome la espalda—. Y sí, estamos juntos. Involucrados, si eso funciona mejor para ti.
Mi boca se abre de golpe.
Ángela coloca una mano en su cadera. Noto que está usando ropa ancha y grande, desordenada, ligera. Su cabello está suelto, cae largo por su espalda, no tiene zapatos ni medias ni tampoco maquillaje por ningún lado. Tiene ojeras también.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Estoy bien. Cansada, eso es todo. Estuve despierta toda la noche trabajando en mi ensayo.
—Pero no fuiste a la clase…
—Me dieron la oportunidad de presentarlo después —explica—. Las cosas han estado locas últimamente, y he estado tan llena de cosas que me he quedado atrás. Me paso toda la semana intentando actualizarme con todo.
La miro y sé que está mintiendo. ¿Pero por qué?
—¿Estás bien? —pregunta—. Te ves algo aturdida.
—Bueno, veamos. Mi papá se presentó diciendo que quiere entrenarme a usar una espada de gloria, porque aparentemente voy a tener que luchar en algún momento de mi vida. Y sí, estoy teniendo una visión donde alguien está intentando matarme, lo que funciona bien con la teoría de mi padre. Y eso no es todo. Thiago está teniendo la misma visión, excepto que él no me ve sosteniendo la espalda. Él me ve débil y cubierta de sangre. Así que tal vez voy a morir.
Me mira con horror.
—Eso es lo que sucede cuando no devuelves mis llamadas —digo—. Ah, y volví a ver al ave de nuevo, y sentí tristeza esta vez. Definitivamente es Sam.
Se inclina contra el marco de la puerta como si todo esto la hubiese dejado sin aliento.
—¿Sam? ¿Estás segura?
—Sí. Muy segura.
Hay un destello de sudor en su frente.
—Oye, no quise asustarte —digo—. Quiero decir, no es bueno pero…
—Mar… —se detiene y presiona su mano contra su boca, inhala profundamente, cierra sus ojos por un minuto. Y se pone pálida.
—¿Estás…enferma?
Nunca he estado enferma, realmente enferma. Nunca he tenido un resfrío, o fiebre, nunca he sido envenenada con la comida, nunca he tenido una infección de oído o dolor de garganta. Y Ángela tampoco. Los ángeles de sangre no se enferman.
Ella sacude su cabeza, cierra sus ojos.
—¿Angie, qué sucede? Deja de decir que todo está bien y suéltalo.
Abre su boca para decir algo, pero de pronto gruñe y corre hacia el baño, donde escucho el inconfundible sonido de vómito.
Me inserto en el baño y la encuentro arrodillada en frente del inodoro, temblando y aferrándose a los lados.
—¿Estás bien? —pregunto con suavidad.
Ella ríe, luego se levanta, coge un puñado de papel y se suena la nariz.
—No, definitivamente no estoy bien. Ay, Mar, ¿no es obvio? —Se aparta el pelo de la cara y me mira con ojos brillantes—. Estoy embarazada.
—Estás…
—Embarazada —dice de nuevo, la palabra haciendo eco.
Sale del baño y regresa a la habitación.
—Estás… —intento de nuevo, siguiéndola.
—Golpeada. Sí. Un bollo en el horno. Embarazada. Con niño. Esperando.
Se sienta en la cama, estrecha su espalda y se alza la panza.
Me quedo mirando su panza. No es grande, no lo suficiente para darme cuenta si no lo hubiese dicho, pero está gentilmente redonda. Hay una línea negra invisible que se estrecha desde su ombligo. Alza la mirada y me mira con ojos tristes y siento en ese momento que está a un paso de llorar.
—Así qué… —dice suavemente—, ahora lo sabes.
—Ay, Angie… —Sigo sacudiendo mi cabeza, porque no hay forma que esto pueda ser verdad.
—Ya he hablado con la doctora de la universidad, y con tres o cuatro personas en administración. Voy a ver si puedo continuar aquí hasta después de las vacaciones de invierno, y luego ausentarme. Me dicen que no será problema. Stanford estará ahí cuando decida regresar; esa es la política cuando se trata de esta clase de situaciones. Regresaré a casa con mi mamá.
—¿Por qué no me lo dijiste —digo casi sin aliento.
Baja su cabeza, recuesta su mano en su panza.
—Supongo que no quería decirte porque no quería que me vieras como lo estás haciendo ahora. Contarle a las personas lo hace real.
—¿Quién es el padre? —pregunto.
Su expresión se suaviza.
—Piero. Tuvimos esta noche hace un par de meses, sólo algo que sucedió y desde entonces, tuvimos nuestros encuentros.
Está mintiendo, puedo sentirlo.
—¿Crees que la gente se va a creer eso? —pregunto.
—¿Por qué no? —pregunta con dureza—. Es la verdad.
Suspiro.
—En principio, Angie, realmente no puedes mentirme. Soy empática. Y segundo, incluso si no fuera por eso, Piero es el psicólogo.
—¿Qué tiene que ver eso? —Ya no me está mirando.
—Que él sabe bastante de medicina, sabe cómo cuidarse….
Ángela se baja la blusa.
—Sal —dice, casi como un susurro.
—Angie, espera.
Se pone de pie y cruza hacia la puerta, la abre para mí.
—No necesito esto de ti ahora mismo.
—Angie, sólo quiero ayu…
—Suena a que tienes un montón de cosas de las qué preocuparte —dice, sin mirarme todavía.
—¿Y tu propósito? —digo—. ¿Qué hay sobre el Siete es Nuestro y el chico del traje gris?
—No hables sobre ello —dice con fuerza, con los dientes apretados.
Luego cierra la puerta en mi cara.

Sin Límites: Seis I

Ron y Coca Cola

El novio de una chica de mi piso está haciendo una fiesta con temática de los setenta, y es ahí dónde me encuentro. Hay un cúmulo de personas, gritando, la música explotando, luces parpadeando, e incluso hay una bola de discoteca dando vueltas en el techo. Sin duda esto será divertido y fuerte. Justo lo que necesito para relajarme.
—Cambiaste de opinión.
Tomás, un chico que me ha estado pidiendo para salir desde hace días pero siempre le doy una excusa, se me acerca.
—Finalmente decidiste venir —agrega.
—Sí. Aquí estoy.
—Te ves genial —dice, sus ojos inspeccionándome de arriba y abajo, deteniéndose en mis piernas.
—Gracias, digo incómoda.
Fue difícil encontrar algo para ponerme, pero afortunadamente una amiga me prestó un vestido naranja bastante casual.
—¿Quieres bailar? —pregunta Tomás.
Es ahí cuando descubro que realmente no sé cómo bailar disco. Unos cuantos se ríen de nosotros, cuando intentamos hacer el paso de “Footlose”
—¿Así que, en qué te especializarás? —me pregunta.
—Biología.
—¿Quieres ser Bióloga?
—No. —Río—. Quiero ser doctora.
—Ah ya —dice—. ¿Sabías que la mitad de los estudiantes de primer año en esta universidad consideran ser doctores? Pero, sólo el 7% realmente termina siéndolo.
—No lo sabía —digo, algo tensa.
—Lo siento, no quise ponerte depresiva —dice, riendo—. Déjame traerte un trago.
Abro mi boca para decirle que no soy mayor de edad, pero por supuesto él ya debe de saber eso. La única vez que tomé alcohol en una fiesta, fue ese verano con Peter. En la casa de uno de sus amigos. Él me trajo Ron con Coca Cola.
—¿Cuál es tu orden? —Tomás me pregunta de nuevo—. Hay prácticamente de todo. Apuesto que eres de las chicas que le gusta el Martini, ¿verdad?
—Eh…Ron con Coca Cola —digo, porque sé que fui capaz de soportar eso esa noche.
—Bien —dice y se dirige hacia la cocina.
Miro alrededor. En una habitación puedo escuchar a un grupo de personas hablando mal de otra persona. Hay otro grupo cerca de la mesa del comedor, lanzando cosas en potes, y también veo bailarines volviéndose salvajes en la pista de baile, personas gritando en esquinas, la típica pareja besándose en las escaleras y contra una pared.
Tomás regresa con mi bebida.
—Salud. —Golpea su vaso contra el mío—. Para nuevas aventuras con nuevas personas.
—Por nuevas aventuras. —Tomo un gran trago, el cual quema mi garganta y se sitúa como una lava en mi estómago.
Toso y Tomás me golpea suavemente en la espalda.
—Eh… ¿Te emborrachas con facilidad?
—¿Esto es Ron con Coca Cola? ¿Nada más? —pregunto.
—Una parte ron, dos partes Coca Cola —dice—. Lo juro.
No sabe nada parecido a la bebida que tuve en la fiesta con Peter. Y ahora, casi dos años después, me doy cuenta del por qué. Peter nunca puso ron en mi bebida.
Ese pequeño pesado. Ese pequeño pesado sumamente protector, imposible, exasperante, y absolutamente dulce.
En ese momento lo extraño tanto que mi estómago duele. O podría ser el ron.
Hay un gran jolgorio de la gente en la habitación de atrás.
—¡Thiago! ¡Thiago! ¡Thiago! —están gritando.
Me empujo entre la multitud hasta que estoy en la puerta de la habitación, llegando a tiempo para ver a Thiago beber sin parar un vaso enorme de un líquido marrón. Todos vuelven a celebrar cuando él ha terminado y él sonríe y limpia su boca con la manga blanca de su chaqueta.
La chica que está sentada a su lado se inclina hacia él para susurrarle algo al oído, y él ríe y asiente hacia ella.
Mi estómago se retuerce.
Thiago alza la mirada y me ve. Se pone de pie.
—Oye, ¿a dónde vas? —dice la chica—. ¡Thiago! ¡Regresa! Aún tenemos que pasar por otra ronda.
—Ya tuve suficiente —dice.
No tengo que tocar su mente para saber que está borracho. Pero debajo del olor a alcohol puedo sentir que está enojado por algo. Algo que ha sucedido desde que lo vi esta tarde.
Algo que quiere olvidar.
Se quita el cabello de sus ojos y cruza la habitación hacia mí, caminando en casi una línea estrecha. Yo retrocedo para dejarlo pasar a través de la puerta, pero él coloca su mano en mi brazo desnudo y me empuja a una esquina. Sus ojos se cierran momentáneamente mientras su energía pasa a través de mí; luego se inclina hacia mí hasta que su nariz está casi tocando la mía, su aliento sorprendentemente dulce considerando las cochinadas que lo he visto tomar. Quiero ser casual sobre esto: es una fiesta, después de todo, l agente toma, y sí, hay chicas en esa habitación lanzándose hacia él, pero realmente él está caliente, es inteligente y gracioso. Y no es mi novio, me recuerdo. Nunca hemos estado en una verdadera cita. No estamos juntos.
Aún así, su toque envía mariposas en mi estómago.
—Justo estaba pensando en ti —dice, su voz áspera, sus pupilas tan grandes que hacen que sus ojos se vean negros—. Chica de los sueños.
Mi rostro se pone caliente, tanto por lo que está diciendo y por lo que está sintiendo. Quiere besarme, quiere sentir mis labios de nuevo, tan suaves, tan perfectos para él, quiere sacarme de esta estúpida casa ruidosa a algún lugar donde pueda besarme.
Caray. No puedo respirar apropiadamente. Él se inclina.
—Thiago, detente —susurro en el momento antes que su boca toque la mía.
Se aparta, respirando pesadamente. Intento retroceder un poco, poner algo de espacio entre nosotros, pero corro hacia la pared. Él toma un paso hacia adelante, cerrando la distancia, y yo pongo una mano en el centro de su pecho para mantenerlo atrás, donde obtengo otra corriente de electricidad, como fuegos artificiales.
—Salgamos —sugiero, casi sin aliento.
—Guía el camino —dice y camina detrás de mí, su mano en la parte baja de mi espalda.
Estamos a mitad del camino donde literalmente nos chocamos con Tomás, a quién lo había dejado a solas sin ninguna explicación, apenas escuché el nombre de Thiago.
—Te estaba buscando —dice.
Mira a Thiago y, lo más importante, ve su mano, que ahora se ha movido a mi cadera.
—¿Quién es…?
—Oye, ¡Tú eres el Tomás Inseguro! —dice Thiago, de pronto jovial.
Tomás me mira, aturdido.
—¿Así es cómo me llamas?
—Es algo afectivo, de hecho —dice Thiago.
Tomás nos mira, bueno, bastante inseguro y dudoso, y dolido. Thiago le da una palmada en el hombro y se mueve más allá de él.
—Que tengas una linda noche.
Algo me dice que Tomás no me va a volver a decir para volver a salir jamás.
Estoy aliviada que el aire frío nos de la bienvenida apenas salimos. Hay una banca en el porche, y llevo a Thiago hacia ésta. Él se sienta, luego abruptamente coloca su cara en sus manos. Gruñe.
—Estoy borracho —dice—. Lo siento.
—¿Qué te pasó? —me siento a su lado.
Coloco mi mano en su hombro pero él se endereza.
—No me toques, ¿de acuerdo? No creo que pueda soportarlo de esta manera.
—¿Qué sucede? —pregunto, colocando mis manos en mi regazo.
Suspira, corre sus palmas sobre su cabello.
—¿Viste que dijiste que Ángela pudo ver su visión al caminar en esa cosa en la Iglesia? Bueno, yo también lo hice. Fui ahí.
—Yo también fui —jadeo.
—¿Tuviste la visión?
—Sí. Quiero decir, no en la iglesia. Pero más tarde la tuve. —Trago con fuerza—. Te vi con la espada.
—¿Luchando? —pregunta.
—Peleando con dos personas.
—Creo que estamos teniendo la misma visión. ¿Viste con quién estaba peleando?
—Estaba muy oscuro. No puedo decir.
Nos tomamos un minuto para procesar esto.
—Eso no es todo —dice Thiago—. Te vi a ti…. Estabas… —agrega, su voz rasposa, su garganta seca—. Estabas herida.
Coloca una mano en mi muñeca para que vea lo que él vio. Mi propia cara, lágrimas en mis mejillas, mi cabello suelto y enredado en mis hombros. Mis labios pálidos. Mis ojos mirando a todas partes. La parte frontal de mi camisa cubierta de sangre.
—Oh —es todo lo que puedo decir.
Él cree que estoy muriendo.
—No sé qué hacer. Sólo sé que cuando estoy ahí, en esa habitación, sólo tengo un pensamiento abrumador. Tengo que mantenerte a salvo. Daría mi vida por protegerte Mar —dice—. Eso es lo que siento. Moriría por protegerte.

Sin Límites: Cinco

Acoplamiento

De una cosa estoy segura: mi hermano puede comer. Es como si tuviera un barril sin fondo, y todo tipo de comida ingresa ahí: cuatro panqueques hasta ahora, tres huevos revueltos, trigo, tres tiras de tocino, salsa, y jugo de naranja. Me siento mal de sólo verlo.
—¿Qué? —dice cuando me atrapa mirándolo—. Tengo hambre.
—Sin duda.
—Esto sabe rico. Estoy harto de comer pizza todos los días.
De esto se tratan estos desayunos. Pistas que ocasionalmente lanza. Con las que voy construyendo una imagen de su vida.
—¿Pizza? ¿Qué pasa con ella?
—Trabajo en una pizzería. Y el olor se inserta en todo.
—¿Qué haces ahí?
Se encoge de hombros.
—Me encargo de la caja registradora. Atiendo las mesas. Tomo órdenes telefónicas. Hago pizza, a veces, si estamos sin cocinero. Lo que se necesite hacer. Es un trabajo temporal hasta que descubra lo que realmente quiero hacer.
—Veo. ¿El local está por aquí? —pregunto disimuladamente—. Tal vez pueda ir un día y ordenar algo. Darte una gran propina.
—No —dice—. No hay forma. Así qué… ¿cómo has estado?
Coloco mi mentón en mi mano y suspiro. Ha estado pasando un montón de cosas conmigo. Aún estoy algo desilusionada y aturdida por el encuentro con Peter. También estoy obsesionada con la idea de que en algún lugar futuro voy a tener que utilizar una espada, yo, quién nunca se imaginó del estilo de Buffy, la Caza Vampiros. Yo, peleando. Posiblemente por mi vida.
—¿Muy bien? —dice Stefano, estudiando mi cara.
—Es complicado.
Considero contarle sobre mi sesión de entrenamiento de ayer, pero lo pienso mejor. Stefano tiene un momento difícil cuando se habla de Papá.
—¿Aún tienes tus visiones? —le pregunto, cambiando de tema.
Su sonrisa se desvanece.
—No quiero hablar de ello.
Nos quedamos mirándonos por un minuto, yo queriendo hablar del tema con facilidad y él, deseando no entrar al tema porque ha decidido ignorar sus visiones.
—A veces —admite, mirando hacia otro lado—, son inútiles. Nunca tienen sentido. Simplemente te dicen cosas que no entiendes.
—¿Cómo qué? —pregunto—. ¿Qué ves?
Se reajusta su gorra de béisbol. Sus ojos se vuelven distantes, como si estuviera viendo su visión suceder en frente de él.
—Veo agua, un montón, como un lago o algo. Veo a alguien cayendo, del cielo. Y veo… —su boca se tuerce—. Como dije, no quiero hablar de ello. Las visiones te meten en problemas. La última vez me vi a mí mismo iniciando un incendio. Dime cómo eso es un mensaje divino.
—Pero fuiste valiente, Stefano —digo—. Te probaste a ti mismo. Tuviste que decidir entre confiar en tus visiones, y lo hiciste. Fuiste leal.
Sacude su cabeza.
—¿Y qué conseguí? ¿En qué me convertí?
Un fugitivo, piensa. Un perdedor. Coloco una mano sobre la suya.
—Lo siento, Stefano. Realmente lo siento mucho, por todo.
Aleja su mano y tose.
—Está bien, Mar. No te culpo. Culpo a Dios, si es que existe algo como eso. A veces siento como si todos fuéramos idiotas, haciendo estas cosas de las visiones sólo porque alguien nos dijo que lo hiciéramos, en nombre de una deidad que nunca hemos conocido. Tal vez las visiones no tienen nada que ver con Dios, y simplemente estamos viendo el futuro.
—Stefano, vamos. ¿Cómo puedes…?
—No me des la charla religiosa, ¿de acuerdo? —me interrumpe—. Estoy bien como están las cosas. Actualmente estoy evadiendo grandes cantidades de agua, así mi visión no será un problema. Se supone que deberíamos estar hablando de ti ahora, ¿recuerdad?
Muerdo mi labio.
—De acuerdo. ¿Qué quieres saber?
—Sobre salir con Thiago, ahora que estás… —se detiene.
—¿Ahora que he terminado con Peter? —termino su oración—. No. Salimos. Somos amigos. Y más allá de eso, estamos viendo.
Somos más que amigos, por supuesto, pero no sé qué significa ese más.
—Deberías salir con él —dice Stefano—. Él es tu alma gemela. ¿Qué hay por ver?
—¿Mi alma gemela?
—Sí. Tu otra mitad, tu destino, la persona que te completa.
—Mira, soy una persona completa —digo, con una risa—. No necesito a Thiago para completarme.
—Pero hay algo sobre ustedes dos, cuando están juntos. Es como si encajaran. —Sonríe. Se encoge de hombros—. Es tu alma gemela.
—Caray, debes dejar de decir eso. —No puedo creer que estoy teniendo esta conversación con mi hermano de dieciséis años—. ¿De dónde sacaste ese término de alma gemela?
—Vamos…ya sabes, la gente normalmente dice esa clase de cosas.
Mis ojos se amplían mientras siento el sonrojo de vergüenza en él, la imagen de una chica con cabello largo, oscuro, labios rojos, sonriendo.
—Oh Dios mío. Tienes novia.
—No es mi novia… —dice, sonrojándose aún más.
—Claro, es tu alma gemela —bromeo—. ¿Cómo la conociste?
—La conocí antes de mudarnos aquí´, de hecho. Iba al colegio con nosotros.
Mi boca se abre de golpe.
—¡Mentira! Entonces la debo de conocer. ¿Cuál es su nombre?
—No es gran cosa. No estamos saliendo. No la conoces.
—¿Cuál es su nombre? —insisto—. ¿Cuál es su nombre, cuál es su nombre? Podría quedarme todo el día así.
Se ve enojado pero sé que quiere decírmelo.
—Martina. Martina Pérez Alzamendi.
Tiene razón; no la conozco.
—Martina. Tu alma gemela.
—Mar, te juro… —dice, apuntándome con el dedo.
—Es genial —digo—. Me gusta que estés enamorado.
Asiente, luego toma otro sorbo de su bebida. Me mira con fuerza.
—He estado pensando un montón en Peter. No es justo para él, lo que le sucedió. He estado ahorrando dinero. No será mucho, pero es algo. Estaba esperando que se lo diera, una vez que junte lo necesario.
—Stefano, yo…
—Es para ayudarlo a comprarse un nuevo auto, o dar un adelanto. Un nuevo tractor, una silla de montar, árboles para sembrar en su tierra. —Se encoge de hombros—. No sé lo que necesita. Sólo quiero darle algo. Para recompensar lo que hice.
—De acuerdo —digo, aunque no sé si servirá que sea yo quién le dé el dinero—. Creo que es una idea genial.
—Gracias —dice y puedo ver en sus ojos que esto no le parece suficiente.
***
—Bueno, creo que es un poco asqueroso —dice Wan Chen—. ¿Tú no?
Estamos sentadas en la plaza de la universidad y no tengo idea de qué estamos hablando. Mi mente vuela en lo sucedido con Stefano más temprano.
—Sí.
—Él es mucho mayor que ella.
—Espera, ¿quién es mayor?
—Ya sabes. El chico con el que Ángela está saliendo.
La miro.
—¿Qué? ¿Qué chico?
—No puedo recordar su nombre, pero sin duda es mayor. Oh Dios mío, cuál es su nombre… ¡Lo sabía! Te juro, mi cerebro está tan lleno de cosas para mi examen de filosofía que no puedo captar más información. En serio, está en la punta de mi lengua. Empieza con P. ¡Piero! —grita finalmente—. Ese es el nombre.
—¿Piero? ¿El del departamento de Psicología? ¿Crees que Ángela está saliendo con él?
—Ese es el chico —confirma—. El que me ayudó esa vez que me doblé el tobillo.
No lo puedo creer. Ángela está metida en su visión ahora, incluso más obsesionada que nunca. No hay forma que tenga tiempo de salir con un chico cualquiera. Algo anda mal. Algo raro está pasando.
—¿Por qué crees que Ángela está saliendo con Piero? —pregunto.
—Bueno, porque ella ha estado saliendo de la nada, casi todas las noches. Y hace dos noches atrás, no regresó a su habitación, y una amiga la vio salir de la habitación de Piero. Con el cabello desordenado, sin usar sus zapatos. La misma ropa que usó la noche anterior. Después de haber tenido relaciones, sin duda.
—Piero es el psicólogo del edificio —digo—. Tal vez Ángela necesitaba alguien con quién hablar.
—No creo en eso. Se ha estado viendo muy desordenada últimamente. —Se encoge de hombros—. Tal vez está algo enferma.
—Verás, no caigamos en conclusiones. Podría haber otra explicación —digo, pero sé que Wan Chen no se lo cree.
Yo tampoco me lo creo. Ángela no está enferma. Sé esto más que nadie.
Los ángeles de sangre no se enferman.

Sin Límites: Cuatro II

Papá me enseña sobre el balance, mis ángulos, y anticipar los movimientos de mi oponente. Me enseña a usar mi fuerza de mi ser en lugar de los músculos de mi brazo, la sensación de la espada, en este caso de la escoba que sacó de casa, como una extensión de mi cuerpo. Es como bailar.
—Bien —dice finalmente.
Estoy aliviada porque esta lucha no ha sido difícil. Pensé que sería esas cosas de volar, donde apesto totalmente, pero lo he entendido con facilidad.
Supongo que soy la hija de mi padre.
—Lo eres —dice Papá, con orgullo en su voz—. Bueno, eso es suficiente por hoy —agrega.
Asiento y suelto mi escoba en el jardín. El sol ya se está yendo, está oscureciendo ahora, empieza a hacer frío. Juntos, nos volteamos y regresamos a la casa.
—Oye…me estaba preguntando… —empiezo y me pregunto si estaría bien decir lo que ha estado en mi mente desde que Papá mencionó la palabra espada—, ¿estaría bien si Thiago entrena con nosotros? Él ha tenido una visión, donde usa una espada flameante, quiero decir gloriosa, y su tío lo ha estado entrenando…pero él pronto ya no estará y pienso que sería lindo, quiero decir, creo que sería útil para ambos, si nos entrenas a los dos. ¿Podría ser parte del plan?
Se queda en silencio por un tiempo tan largo que creo que va a decir que no, pero luego parpadea un par de veces y me mira.
—Sí. Tal vez cuando estés en casa por las vacaciones de Navidad, los entrenaré a los dos.
—Genial. Gracias.
—De nada —dice.
—¿Quieres entrar? —digo, cuando estamos en el porche—. Creo que puedo cocinar algo.
Él sacude su cabeza.
—Ahora es tiempo para tu siguiente lección.
—¿La siguiente?
—¿Recuerdas cómo cruzar?
Asiento y él sonríe.
—Ahora regresas sola.
Y así de simple, se desvanece. Ninguna gloria o algo. Simplemente…adiós. Y espera que cruce a California por mi cuenta.
—¿Papá? —lo llamo—. No es gracioso.
Genial.
Regreso las escobas a su lugar y luego vuelvo al porche, a intentar llamar a la gloria de nuevo. Así que cierro mis ojos y me concentro en mi habitación, mi cama, la pequeña mesa en la esquina que siempre está desordenada con papeles y libros, el aire acondicionado de la ventana.
Puedo verlo perfectamente, pero cuando abro mis ojos, aún estoy en casa. Papá me dijo que me enfoque en algo vivo, pero ni siquiera tenemos una planta. Tal vez no va a ser tan fácil después de todo.
Cierro mis ojos de nuevo. Hay un olor de la nieve de la montaña en el aire. Tiemblo. Debí de haber traído un abrigo si hubiese sabido que estaría en casa ahora.
Eres mi flor de California, recuerdo a Peter diciéndomelo una vez. Estábamos sentados en el jardín de la granja de Peter, observando a su padre paseando al caballo, las hojas rojas de los árboles como lo están ahora. Empecé a temblar tan fuerte que mis dientes empezaron a rechinar y Peter se rió de mí y me llamó así, Su delicada Flor de California, y me envolvió en su abrigo.
De pronto, estuve al tanto del olor a caballo. Heno. Gasolina.
Ay no.
Mis ojos se abren de golpe. Estoy en la granja de Peter. No he ido a mi casa. Sino a la de Peter.
Estoy tan aturdida que pierdo la gloria. Y justo en ese momento, Peter entra al granero silbando, cargando una caja de herraduras. Me ve, y la canción se desvanece. Suelta la caja, la cual cae en su pie y lo hace maldecir antes de empezar a saltar por el dolor.
Por un largo minuto simplemente nos miramos uno al otro. Él deja de saltar y se pone de pie, con sus manos metidas en sus bolsillos, usando mi camiseta favorita, que hace que sus ojos se vean hermosos. Recuerdo la última vez que lo vi, hace casi seis meses, la catarata y el beso que significó un adiós. Parece como si hubiese sucedido hace mucho, y al mismo tiempo, como si hubiese sido ayer. Aún puedo saborearlo en mis labios.
Él frunce el ceño.
—¿Qué haces aquí, Mar?
Mar. No Zanahoria.
No sé cómo responderle, así que me encojo de hombro.
—¿Estaba por el barrio?
—¿No se supone que tu barrio está a miles de millas al suroeste de aquí?
Suena enojado. Algo en mi instinto me lo dice. Por supuesto que tiene toda clase de razones para estar enojado conmigo. Probablemente yo estaría furiosa ante una situación como ésta. Le escondí cosas, lo alejé cuando todo lo que quería hacer era estar para mí. Ah sí, y casi lo mato, no olvidemos. Y besé a Thiago. Ese fue el detonante. Luego tuve que ir y romperle su corazón.
Él acaricia la parte de atrás de su cuello, aún frunciendo el ceño profundamente.
—No, en serio, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres
—Nada —digo, tontamente—. Yo…llegué aquí por accidente. Mi papá me ha estado enseñado cómo moverme entre el tiempo y el espacio, algo que él llama cruzar, lo que te teletransporta dónde quieres ir. Él pensó que sería increíblemente gracioso el dejarme sola y que vea cómo regresar a la universidad, y cuando lo intenté, terminé aquí.
Puedo decir por su cara que no me cree.
—Ah —dice, irónicamente—. ¿Eso es todo? Te teletransportaste.
—Sí. Lo hice.
Me estoy empezando a irritar, ahora que finalmente he superado el trauma de volverlo a ver. Hay algo sobre su expresión, cautela. La última vez que me miró así, fue después de nuestro primer beso, justo aquí, en este punto exacto, cuando me encendí con toda la gloria y él supo que yo era algo de otro mundo. Me está mirando de la misma forma, como si fuera una criatura extraña, algo no humano.
No me gusta.
—¿Puedes burlarte del tiempo, eh? —dice, acariciando su cuello—. ¿Crees que puedes retroceder el tiempo hace cinco minutos y advertirme que se me caerá la caja? Creo que he roto uno de mis pies.
—Puedo arreglarlo —digo automáticamente, acercándome.
Él retrocede rápidamente, alza una mano para detenerme.
—¿Con esa cosa de la gloria? No, gracias. Eso siempre me ha dado ganas de vomitar.
Duele que diga eso. Me hace sentir como una loca.
Así que ha decidido seguir con la rutina del antiguo imbécil que era antes. Y lo peor es que yo sé que no lo es, ni siquiera es un poquito imbécil, pero lo está haciendo para mí porque yo le hice daño, y porque quiere que mantenga distancia, y porque lo enoja verme aquí.
—Así que estabas intentando regresar a California —dice—, y terminaste aquí. ¿Cómo sucedió?
Encuentro sus ojos, y hay una pregunta en ellos que es diferente de la que ha preguntado.
—Mala suerte, supongo —respondo.
Él asiente, se inclina para recoger las herraduras, luego se endereza.
—¿Vas a quedarte aquí toda la noche? —pregunta, muy hosco—. Porque tengo tareas que hacer.
—Oh, no dejes que evita que hagas tus tareas.
—Los establos de caballos no se limpian solos.
Coge una pala y me la ofrece.
—A menos que tu pequeño corazón quiera ayudar a trabajar en un verdadero rancho.
—No, gracias —digo, indignada por la forma en que me trata.
Siento un destello de desperación. Luego enojo. Así es como imaginaba que sería, al verlo de nuevo. Lo está haciendo difícil a propósito. Bien, pienso. Sí es así como quiere que sea.
—Puedo irme ahora mismo —digo—, pero para hacer eso, tendré que usar la gloria, así tal vez querrás salir por un minuto. Odio hacerte vomitar sobre tus hermosas botas.
—De acuerdo —dice—. No tropieces en tu salida.
—No, no lo haré.