sábado, 26 de mayo de 2012

El Designio del Ángel: Dieciocho

Viajes


Thiago ha estado intentando comunicarse conmigo. Me ha llamado tanto al celular como al número de mi casa; pero, lo ignoro. Mi madre me intenta convencer que hable con él, pero no quiero saber nada. No quiero ser esa chica que deja que el chico la trate como una mierda y sigue a sus pies. Fui al baile de promoción con Thiago Bedoya. No tenía por qué ser mágico, ni romántico, pienso. Podría decir que fue parte de mi trabajo. Pero tampoco tenía por qué acabar la noche tirada en la camioneta de Peter.

Así qué decido que se ha acabado. De ahora en adelante, lo de Thiago será un asunto estrictamente laboral. Voy al bosque, lo rescato, lo llevo hacia dónde sea que él quiera ir, y se terminó. No tengo que ser su amiga ni intentar estar con él.

Aquel día, Ángela me llama para levantar mis ánimos. Me invita a su casa y me muestra otro de sus descubrimientos: ha aprendido a cambiar la forma y el color de sus alas, es increíble...dice que se consigue con la práctica y con el control de la mente. Cuando llego a casa, encuentro a Thiago sentado en los escalones de la entrada. En la mano sostiene una taza que sólo puede ser un té de frambuesa de mi madre. Se pone de pie de un salto.

- Perdóname - dice - fui un tonto, un estúpido, un idiota - suspiro

Tengo que admitir que está guapísimo ahí de pie, reconociendo lo estúpido que es. No es justo.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? - le pregunto
- No mucho - responde - unas tres horas - alza la taza - recargando el té gratis han parecido sólo dos

Me niego a reírme e ingreso a la casa, donde mi madre inmediatamente se levanta del sofá y se dirige hacia su habitación sin decir nada.

- Entra - le pido y me sigue hasta la cocina - está bien. El trato es este - continúo - no volveremos a hablar del baile, nunca, nunca más

Sus ojos brillan de alivio, cojo su taza y la dejo en el fregadero.

- Empecemos de cero - le propongo
- Está bien
- Soy Mar - le tiendo la mano y sonríe
- Soy Thiago - murmura tomando y mano y estrechándola suavemente
- Encantada, Thiago - digo, como si él fuera un chico normal y no el que veo en mi visión
- Lo mismo digo

Salimos otra vez a la entrada de la casa. Hago más té y llevo una manta para él y otra para mí, y nos sentamos en los escalones a mirar el cielo.

- Las estrellas nunca brillaban tanto en California - dice

A la hora en que mi madre vuelve a salir de su habitación y amablemente nos informa de que ya es tarde y que mañana tenemos colegio, yo ya sé mucho más acerca de él. Sé que vive con su tío, que es dueño del Banco de Jackson. No mencionó a sus padres, y asumí que están muertos, desde hace mucho tiempo. Quiere mucho al ama de llaves, Marta, que ha estado con él desde que tenía diez años. Le encanta la comida mexicana, esquiar y tocar la guitarra.

- Ya hemos hablado mucho de mí - dice al cabo de un rato - hablemos de ti. ¿Por qué viniste aquí? - me pregunta
- Bueno.... - busco una respuesta - por mi madre. Ella quería irse de California, mudarse a otro sitio con menos gente, cambiar de aires. Pensó que sería bueno para nosotros.
- ¿Y lo fue? Me refiero a si ha sido bueno para ti
- En cierto modo sí. El colegio no ha sido fácil, tratar de hacer amigos y eso - me sonrojo - pero, me gusta...me siento integrada
- Sé lo que se siente - dice
- ¿Qué?
- Quiero decir que cuando me mudé aquí, lo pasé mal un tiempo. No encajaba
- ¿No tenías sólo cinco años?
- Sí, pero aún así. Éste es un lugar extraño para mudarse, por un montón de razones, sobre todo si vienes de California. Recuerdo la primera tormenta de nieve, pensé que el cielo se derrumbaba.

Río y me muevo un poco; nuestros hombros se tocan. Siento una descarga, incluso a través de nuestras ropas. Me aparto, pensando: Es trabajo, Mar, trabajo y nada más. 

- Pero ahora te sientes integrado, ¿verdad? – asiente 
- Sí, claro. No me quedan dudas de que éste es mi lugar 

Entonces me cuenta que está pensando irse a Nueva York en verano, por un programa de prácticas empresariales para estudiantes de colegio. Su tío quiere que saque un título en administración de empresas, y que algún día se haga cargo del banco. 

Las dos semanas restantes de colegio, pasan volando. Thiago me llama casi siempre y hablamos sobre cualquier tema. Se sienta a mi lado en clase y bromea todo el tiempo. Un par de veces hasta se sienta a comer en mi mesa, lo que vuelve completamente locas a las Invisibles. En una semana, todos se preguntan si hay algo entre nosotros y yo me pregunto lo mismo. Estoy confundida porque lo de Thiago de pronto se vuelve muy intenso. Justo cuando había decidido tomármelo como un asunto profesional, como un trabajo de ángel y nada más, él parece estar interesado en mí de un modo que me marea. Pero no me invita a salir, no me toca. 

- ¡Camioneta plateada acercándose! – grita Stefano desde arriba 
- ¿Tú quién eres, el de seguridad? – le respondo 
- Algo así 
- Hola forastero – saludo cuando salgo a la entrada de la casa. Thiago sonríe 
- Hola 
- Qué casualidad encontrarte aquí 
- Quería despedirme. Mañana me mandan a Nueva York 
- Genial, vas a la Gran Manzana en busca de aventura. Mi padre vive en Nueva York, pero fui una sólo una vez. Él no hacía más que trabajar, así que me pasé una semana en el sofá viendo televisión. 
- ¿Tu padre? Nunca me hablaste de él 
- Sí, bueno, no hay mucho que contar – se encoge de hombros 
- De mi padre tampoco 
- Esto es un asco – digo – hace sólo dos días que se ha acabado el colegio y todo el mundo se fuga. Tú, Cande, Ángela, hasta mi madre. La semana que viene se va a California por trabajo. Me siento como la única rata lo bastante tonta como para quedarse en este barco que se hunde 
- Lo siento. Te escribiré, ¿te parece? 
- Está bien 

Suena el celular de su bolsillo. Bufa y no contesta. Se acerca un paso hacia mí, acortando distancias. Es como en la visión, como si fuera a cogerme la mano. 

- Mar – dice – voy a extrañarte 

¿De verdad? , pienso. 

- ¡Bluebell acercándose! – grita Stefano desde la ventana de arriba 
- ¡Gracias! – respondo 
- ¿Quién es ese? ¿Tu hermano? - pregunta Thiago 
- Sí. Parece un perro guardián 
- ¿Quién es Bluebell? 
- Pues… 

La camioneta oxidada de Peter estaciona detrás de la de Thiago. Cande se baja y cuando ve a Thiago, disimula una sonrisa. 

- Hola Thiago – saluda 
- Hola 
- Quería verte – dice ella – Peter me está llevando al aeropuerto 
- ¿Ahora? Creí que te ibas mañana. Todavía no he envuelto tu regalo de despedida. Espera aquí – entro corriendo a la casa y regreso con el iPod que le compré – no se me ocurría qué te podía faltar 
- Mar – dice – esto es demasiado… 
- Ya he cargado algunas canciones que te gustarán 

Cande se queda mirando el iPod por unos segundos, y lo guarda. 

- Gracias 
- De nada 

Peter toca el claxon. Cande me mira como pidiendo disculpas. 

- No tengo tiempo, lo siento. Tengo que irme – nos abrazamos 
- Voy a extrañarte mucho – susurro 
- En la veterinaria hay una cabina. Te llamaré 
- Más te vale. Aquí me sentiré completamente abandonada 

Peter saca la cabeza por la ventana del auto. 

- Perdona, hermanita, pero tenemos que irnos ahora mismo. No puedes perder el vuelo 
- Sí, sí – Cande me abraza por última vez y regresa corriendo hacia la camioneta 
- Oye, Thiago – dice Peter - me estás bloqueando la salida – dice – podría girar pero no quiero malograr el césped 
- Está bien, no hay problema – Thiago me mira – yo también tengo que irme 
- Está bien, pero, ¿no quieres quedarte un rato más? – pregunto, intentando que no suene como un ruego 
- No, de verdad, tengo que irme 

Me abraza y durante los primeros segundos es embarazoso, pero enseguida la conocida fuerza magnética se impone y nuestros cuerpos se amoldan a la perfección. Apoyo la cabeza en su hombro y cierro los ojos. Peter acelera el motor, me aparto bruscamente. 

- Está bien, llámame 
- Regresaré la primera semana de agosto – me informa – y, entonces nos veremos más 
- Parece un buen plan 
- Adiós Mar – dice Thiago 

Le hace una seña a Peter y se sube a la camioneta. Saludo a los dos que dan la vuelta y desaparecen en el bosque.

jueves, 24 de mayo de 2012

El Designio del Ángel: Diecisiete

Cierra el pico y baila (parte tres)

- Ey, Zanahoria – dice una voz que conozco
- Ahora no, Peter. No puedo ocuparme de ti en este momento
- Baila conmigo
- No
- Vamos, das pena aquí de pie, mirando a tu pareja bailar con otra

Me volteo y lo fulmino con la mirada. Pero tengo que decir algo a su favor, está decente. La camisa blanca resalta su color de piel; con el traje, sus hombros parecen anchos y fornidos. Lleva el pelo corto y bien peinado. Sus ojos grises se iluminan bajo la luz.

- Está bien – acepto

Me ofrece la mano, la cojo y camino con él hasta el borde de la pista y enredo mis brazos en su cuello. No dice nada, solo mueve los pies y me mira a los ojos. Se me pasa la ira, Peter me está haciendo un favor, o al menos eso parece.

- ¿Dónde está tu pareja? – le pregunto
- Bueno, es una pregunta complicada. No sé a qué te refieres
- ¿Con quién viniste esta noche?
- Con ella – dice, señalando a la pelirroja que está junto a la mesa del ponche – y, con ella – añade, mirando hacia la mesa del DJ, hacia una morena – y, con ella – dice finalmente, señalando a una rubia que está bailando
- ¿Has venido con tres chicas?
- Ninguna de ellas tenía pareja, y supuse que era bastante hombre como para manejarme con las tres
- Eres increíble
- Y tú viniste con Thiago Bedoya – dice – tu sueño se hizo realidad

Más que un sueño, ahora parece una pesadilla. Lanzo una mirada a Thiago y Luna. Como era de esperarse, ella está llorando, aferrada a los hombros de Thiago. Él se acerca más a ella y le susurra algo. Ella rompe a llorar aún más fuerte.

- No me gustaría estar en su lugar por nada del mundo – dice Peter y lo asesino con la mirada – perdón, me callo – dice, reprimiendo una sonrisa

Terminamos de bailar, sin decir nada más.

- Gracias por bailar conmigo – dice
- Gracias por pedírmelo – respondo, sin dejar de mirar a Thiago, que estrecha a Luna en sus brazos antes de llevarla hacia una mesa

De pronto, Thiago se acerca a mí, parece preocupado.

- Lo siento – dice – no sabía que esto pasaría
- Lo sé – digo – Está bien. ¿Dónde está la pareja de Luna?
- Se ha ido
- Se ha ido – repito, sin poder creerlo
- Así que estaba pensando – dice, sonrojándose – que debería llevar a Luna a casa – lo miro fijamente, alucinada – volveré a buscarte enseguida – añade – he pensado en llevarla a ella y luego venir por ti
- Yo llevaré a Mar – dice Peter, que no se ha apartado de mí ni un segundo
- No, sólo tardaré un minuto – protesta Thiago
- El baile acabará en diez minutos – dice Peter - ¿Quieres que te espere en el estacionamiento?
- Ve y llévala a casa – digo – yo me iré con Peter
- ¿Estás segura?
- Sí. Tengo que estar en casa antes de medianoche, ¿recuerdas?
- Te debo una
- Está bien – me volteo hacia Peter - ¿podemos irnos?
- Lo que tú digas

Después de encontrarme con Cande y Ángela y despedirme de ellas, espero en la puerta a que Peter reúna a sus parejas. Viajamos en la camioneta oxidada de Peter, cuatro chicas vestidas de gala, aprisionadas. Primero deja a la rubia, después a la pelirroja. Luego a la morena. Cuando nos detenemos en la entrada, ya han pasado quince minutos de mi toque de queda. Abro la puerta, hago una pausa y lo miro.

- ¿Puedes…no mencionar el fiasco de esta noche a todo el mundo?
- Ya están todos enterados – responde Peter – si hay algo que define a nuestro colegio, es que todos se meten en la vida de todos – suspiro – no le des importancia
- Seguro que el lunes ya me habrán olvidado, ¿verdad?
- Segurísimo – no sé si está burlando de mí o no
- Gracias por traerme, Peter – sonríe
- Un placer
- Nos vemos – salgo de la camioneta, cierro la puerta con fuerza y me dirijo hacia la casa
- Ey, Zanahoria – me llama y me volteo
- ¿Sabes? Tú y yo podríamos llevarnos mejor si dejaras de llamarme así - digo
- Si te gusta
- No
- ¿Qué le ves a un chico como Thiago? – me pregunta
- No lo sé – respondo, cansada - ¿algo más? – sonríe y aparece un hoyuelo en su mejilla
- No
- Entonces, buenas noches
- Buenas noches – dice y la camioneta se pierde en la oscuridad

El Designio del Ángel: Dieciséis

Cierra el pico y baila (parte dos)

El baile se celebra en el museo de arte de Jackson. Al acercarnos a la puerta, las chicas recibimos delicados laureles de hojas plateadas y los chicos, unas bandas largas de tela blanca, a modo de toga. Después de hacernos una foto, empieza a sonar una canción lenta. Veo a Agustín que le propone bailar a Cande; con su vestido rosado parece una princesa. También veo a Peter bailando en una esquina con una pelirroja que no conozco. Me ve y está a punto de saludarme cuando ve a Thiago. Rápidamente nos mira a los dos, como preguntándose qué ha pasado desde el sábado cuando le dije que no tenía pareja.

- Vamos a bailar – dice Thiago

Con una felicidad repentina, lo sigo hasta la pista de baile, que está envuelta de rosas blancas. Toma mi mano, me hace girar y me coge en sus brazos, sujetando siempre mi mano con delicadeza. Siento una electricidad impresionante que recorre todo mi cuerpo.

- Así que sabes bailar – digo, mientras me conduce entre la gente
- Un poco – sonríe

Trato de no mirarlo a los ojos; a veces es difícil hacerlo.

- Así que tu tío te llevó de campamento. ¿Acampaste por aquí?
- Sí. En uno de esos lugares apartados
- Así que no fuiste en auto
- No, hicimos senderismo
- Te pregunto porque este verano me gustaría ir de campamento. También me gustaría hacer senderismo. Y dormir bajo las estrellas. Nunca hacemos eso en California.
- En ese caso te has mudado al sitio perfecto. Hay un montón de libros que hablan sobre lugares formidables para acampar por aquí

Durante los coros finales de la canción, bailamos pegados, luego ésta se termina y tomamos distancia entre nosotros, un poco incómodos.

- ¿Sabes lo que me provoca? – digo – ponche

Nos dirigimos hacia la mesa de las bebidas y servimos lo que deseamos. Luego, nos sentamos en una de las mesas. Veo a Ángela girando en pleno baile con un chico alto y rubio. El vestido rojo sangre que su madre cosió para ella le queda hermoso. De ahí en adelante, todo va perfecto. Thiago es el acompañante modelo: es encantador, atento, considerado. Sin duda estoy viviendo el gran momento de mi vida, hasta que llega Luna. Lleva un vestido de encaje que le ciñe los hombros y acentúa su cintura; su pelo está recogido y cae en una cascada de rizos sobre la nuca. Entra tomando a su pareja de la cintura, riendo con él.

Thiago me estrecha, nuestros cuerpos se unen. Mi cabeza encuentra el apoyo perfecto en su hombro. Cierro los ojos y aspiro su olor. Es entonces cuando vuelvo a tener la visión, con más intensidad que nunca. Estoy caminando por un camino de tierra del bosque. El auto de Thiago está estacionado al costado del camino. Huelo el humo y empiezo a adentrarme entre los árboles. No estoy preocupada porque sé exactamente dónde encontrarlo. Cuando lo veo, de espaldas a mí, me llena aquella tristeza de siempre.

- Thiago – lo llamo y voltea, mirándome con pena y alivio
- Eres tú – dice y empieza a caminar hacia mí
- Sí, soy yo – respondo – ya estoy aquí

Sostengo su mano y él levanta la otra para tocarme la mejilla. Por un momento nos quedamos así, como si el tiempo se hubiera detenido, como si el fuego no avanzara hacia nosotros. De pronto, nos abrazamos, estrechándonos con fuerza y el suelo desaparece bajo nuestros pies.

Estoy de nuevo en el baile, y me falta el aliento. Miro a Thiago, sus ojos verdes y grandes. Hemos dejado de bailar y estamos de pie en medio de la pista, mirándonos. Siento un mareo y me tambaleo, las rodillas se me aflojan; Thiago me sostiene con sus brazos.

- ¿Estás bien?
- Necesito tomar aire – me suelto y corro hacia la puerta que da al balcón

Me apoyo en la pared, cierro los ojos e intento apaciguar mi corazón. Estoy frustrada, nada de lo mío con Thiago va a funcionar. Mi función es salvarlo del fuego y que él haga lo que tenga que hacer con el mundo.

- ¿Mar? – abro los ojos y veo a Thiago, en frente de mí
- Estoy bien – digo y sonrío – es sólo que el ambiente está un poco cargado adentro
- Debería traerte algo para tomar
- Estoy bien
- Iré a buscar un poco de ponche – dice Thiago y sacudo la cabeza
- Ha sido una mala idea
- ¿El qué? – empiezo a sentirme estúpida
- Tú no quieres estar aquí conmigo – digo, mirándolo a los ojos – todo sigue girando en torno a Luna – se queda en silencio – creí que había una conexión entre nosotros pero…quería gustarte eso es todo, gustarte de verdad. Lo que tenías, lo que tienen tú y Luna, yo nunca lo he tenido – siento las lágrimas en mis ojos
- Lo siento – dice y me mira serio – me gustas, Mar
- Ni siquiera sabes quién soy – digo
- Me gustaría saberlo

Antes que pueda decir algo más, se abre la puerta. Gastón Dalmau sale del balcón.

- Van a nominar al rey del baile – anuncia, mirando a Thiago
- Deberías entrar – digo, al verlo dudar

Niego con la cabeza cuando me deja la puerta abierta en caso me anime a entrar. Al cerrar los ojos y volverlos a abrir, Thiago ya se ha ido. El profesor va anunciando los candidatos a ser rey, por supuesto que gana Thiago. Luego, menciona a las nominadas para reina. Sale nada más y nada menos que Luna. Cuando decido entrar, momento menos indicado para hacerlo, Luna y Thiago están bailando en medio de la pista, junto a los aplausos y parloteos de la gente alrededor.

lunes, 21 de mayo de 2012

El Designio del Ángel: Quince

Cierra la boca y baila (parte uno)

El lunes todo vuelve a la normalidad; sigo yendo al colegio, asistiendo a las mismas clases aburridas, y babeo por Thiago, logrando que de pronto lo del Alas Negras parezca un mal sueño. Sin embargo, decido que debo tomarme en serio el asunto del designio: soy un ángel de sangre y tengo una misión que cumplir. Tengo que dejar de lloriquear y de hacerme tantas preguntas. Tengo que actuar.

Así que el miércoles después de clase, me acerco al casillero de Thiago. Le toco el hombro y él se da la vuelta, clavándome esa mirada de ojos verdes. Parece que no tiene ganas de hablar.

- Ey, Mar – dice - ¿puedo ayudarte en algo?
- He pensado que quizá yo pueda ayudarte. La última semana no viniste a clase
- Mi tío me llevó de campamento
- ¿Quieres que te deje mis apuntes de Historia Británica?
- Claro, gracias - dice

Sin duda no es el mismo de siempre: no hace chistes, no se muestra seguro de sí mismo, no se balancea sutilmente al caminar. Hasta tiene ojeras. Le doy mi cuaderno y justo cuando lo coge, pasa un grupo de chicas, amigas de Luna. Le lanzan miradas asesinas y él se pone tieso.

- Lo olvidarán – le digo – ahora no paran de hablar de ti, pero espera una semana más. Todo volverá a la normalidad
- ¿Tú crees? ¿Cómo puedes estar tan segura?
- Bueno…soy el centro de atención. Parece que, desde que he llegado, cada semana corre un rumor sobre mí. Supongo que es el precio por ser la chica nueva.
- Los rumores sobre mí no son ciertos – dice Thiago – yo terminé con Luna, ésa es la verdad y no otra
- Bueno. Sé por experiencia que los rumores por lo general no son…
- Creía que era lo mejor. No soy lo que ella necesita, y me pareció lo mejor hacerlo de esa manera
- La verdad es que no es asunto mío – digo
- No sabía que todo iba a acabar así

Estamos en el pasillo mientras los demás estudiantes van y vienen en manada. Del techo, cuelga un cartel del baile de graduación. El sábado, desde las siete hasta la medianoche.

- ¿Quieres ir conmigo al baile? – suelto, de frente
- ¿Qué?
- No tengo pareja, y tú tampoco, así que deberíamos ir juntos

Se me queda mirando; estoy a punto de desmayarme, mi corazón late desaforado. Trato de parecer tranquila.

- ¿Nadie te lo ha propuesto? – me pregunta
- No – se le iluminan los ojos
- Claro. ¿por qué no? Una cita con la reina Isabel – sonríe y me contagia
- Al parecer es el sábado, desde las siete hasta la medianoche – señalo el cartel y él sigue la mirada
- Ni siquiera sé por dónde tengo que pasar a recogerte – dice

Le doy mi dirección y le explico cómo llegar, hablando atolondradamente. Me interrumpe con una carcajada. Sacude la cabeza y mete la mano en su casillero para sacar un lapicero. Luego me coge la muñeca y siento un calor eléctrico que recorre todo mi cuerpo.

- Envíame un correo con tu dirección – dice, abriendo mi mano y escribiendo su correo en mi palma
- Está bien

Thiago guarda el lapicero y se cuelga la mochila al hombro.

- ¿A las siete?
- Está bien – vuelvo a decir, aún aturdida
- Bueno, tengo que irme – dice, sacándome de mi ensueño

Sonríe de lado y de pronto vuelve a ser él, olvidando lo de Luna por un momento.

- Te veo el sábado – dice
- Nos vemos

Voy a ir al baile de graduación con Thiago Bedoya. Soy un genio.

Mamá está llorando otra vez. Estoy delante del espejo gigante de su habitación, cuando faltan pocos minutos para las siete.

- Mamá – digo con impotencia
- Es que me siento tan feliz por ti – dice, avergonzada
- Bueno. Feliz. Controla la emoción, ¿está bien? Que debe de estar por llegar – sonríe
- La camioneta está en la puerta – grita Stefano desde el primer piso
- Quédate aquí – dice mi madre, secándose las lágrimas – para él será mejor tener que esperar

Me acerco a la ventana y algo oculta veo a Thiago parar delante de la casa y estacionar. Me miro una vez más al espejo. He dejado que el pelo caiga ondulado por mi espalda y tengo un aire griego, que es el tema de la fiesta.

- Ahí viene – dice mi madre cuando aparezco en lo alto de la escalera

Thiago y mi madre me miran desde abajo. Sonrío y empiezo a bajar las escaleras con cuidado.

- Guau! – dice Thiago, cuando me sitúo delante de él – una preciosidad

Él está vestido con un esmoquin negro con chaleco plateado y corbata, además de una camisa blanca con gemelos. Está para comérselo. Ni siquiera mamá puede quitarle los ojos de encima.

- Estás muy guapo – le digo
- Thiago me estaba contando que vive cerca de aquí – dice mi madre - ¿dijiste a unos cuatro kilómetros hacia el este?
- Más o menos – responde Thiago sin dejar de mirarme – en línea recta
- ¿Tienes hermanos o hermanas? – pregunta mi madre
- No, soy hijo único
- Deberíamos ir yendo – digo, con miedo a que mi madre lo espante
- Hacen una pareja preciosa – dice ella - ¿puedo tomarles una foto?
- Claro – dice Thiago

Mi madre corre a su habitación para traer su cámara. Thiago y yo la esperamos en silencio. Sonrío.

- Gracias por ser tan paciente. Ya sabes cómo se ponen las mamás

No responde. Mamá regresa con la cámara y me hace posar contra la puerta blanca para sacarnos una foto. Thiago me pasa el brazo por detrás, su mano apenas posada en la mitad de mi espalda, y no puedo explicar por qué, pero me hace sentir débil y fuerte al mismo tiempo. Es como si mi cuerpo reconociera al suyo. No sé qué significa, pero me siento a gusto.

- Ah, se me olvidaba – digo después de la foto – tengo una flor para que lleves en tu camisa

Voy corriendo a la cocina y la saco de la refrigeradora.

- Aquí está – digo, al regresar

Me acerco para enganchársela, una rosa blanca sencilla con algunas hojas, y enseguida me clavo el alfiler en el dedo.

- Ay – dice, estremeciéndose, como si el alfiler se hubiera clavado en su dedo

Thiago toma mi mano y la examina. Se me corta la respiración; debería ir acostumbrándome.

- ¿Crees que sobrevivirás? – pregunta, mirándome a los ojos
- Creo que sí. Ya ni siquiera sangra
- Intentémoslo otra vez – digo

Esta vez, nuestros alientos se mezclan mientras le coloco con cuidado la flor. Es la misma sensación que tuve cuando estábamos tumbados sobre la pista de esquí, a un paso de distancia. Como si pudiera inclinarme y besarlo, incluso delante de mi madre. Doy un paso atrás, con el pensamiento de que esta noche las cosas pueden salir muy bien o muy mal.

- Gracias – dice – yo también tengo una para ti, pero está en la camioneta – se dirige hacia mi madre – encantado de conocerla, señora
- Regresa antes de medianoche – dice mi madre y la miro. No puede pedirme eso
- ¿Vamos? – pregunta Thiago

domingo, 20 de mayo de 2012

El Designio del Ángel: Catorce

Idaho Falls (parte dos)

Es gracioso, en realidad realmente frustrante, que hayamos ido al centro comercial en busca de accesorios para las chicas, y terminemos comprando un vestido para mí, que ni siquiera voy a ir al baile. Al menos me enamoré del vestido: es uno de inspiración griega, sin tirantes, con cintura de corte imperio y una franja de tela que sube desde el pecho hasta uno de los hombros. Es azul oscuro, algo más vivo que el azul marino.

Luego de varios paseos por diferentes tiendas, empiezo a sentirme mareada, así que Ángela y yo entramos a Starbucks y pedimos un café para cada una, con la esperanza que me ayude a mejorar mi ánimo. El centro comercial está repleto y no hay sitio donde sentarse, así que nos apoyamos en la pared mientras tomamos el café, mirando a la gente entrar y salir de las tiendas. Es entonces cuando lo veo. Un hombre que me observa desde la puerta de una de las tiendas. Es alto, de pelo oscuro peinado hacia atrás con una cola. Lleva unos pantalones gastados y una chaqueta marrón que le queda ancha por lo hombros. Entre toda la cantidad de gente, no me habría dado cuenta de él si no fuese por la intensidad de su mirada.

- Ángela – digo con voz débil

Me invade una tristeza horrible. Tengo que luchar para que la intensidad de la emoción no me gane. Mis manos se cierran en puños y me pongo a llorar.

- Dios, Mar. ¿qué te pasa? – dice Ángela

Intento responderle. Intento vencer la pena para articular una frase. Las lágrimas caen por mi rostro.

- Ese hombre – susurro

Ángela mira en la misma dirección que yo y se le corta la respiración.

- Vámonos – pide – tenemos que encontrar a tu madre

Me rodea los hombros y me conduce por el centro comercial. Después de caminar unos pasos, nos encontramos con mi madre y Cande, que salen de una tienda con bolsas de compras.

- ¿Qué ha pasado? – dice mi madre
- ¿Podemos hablar contigo un segundo? – Ángela coge a mamá del brazo y la aparta de Cande, quién no entiende nada – hemos visto a un hombre – susurra – nos estaba mirando y Mar, de pronto…de pronto…
- Es tan triste – logro decir
- ¿Dónde? – pregunta mi madre
- Detrás de nosotras – dice Ángela – lo he perdido de vista, pero seguro que está ahí atrás

Mamá regresa dónde Cande e intenta sonreír.

- ¿Todo bien? – pregunta Cande
- Mar se siente mal – dice mi madre – tenemos que irnos

Salimos rapidísimo del estacionamiento. Cuando estamos a unos pocos kilómetros de Idaho, la tristeza comienza a irse, como un telón que se levanta. Respiro profundamente.

- ¿Estás bien? – pregunta Cande, que sigue confundida
- Sólo necesito llegar a casa
- En casa tiene la medicina – dice Ángela – se trata de una enfermedad
- Una enfermedad – repite Cande - ¿qué clase de enfermedad?
- Eh…es un caso raro de anemia – continúa Ángela – a veces hace que se sienta débil y con nauseas
- Como aquella vez que se desmayó en el colegio – dice Cande
- Exacto. Necesita tomar las pastillas
- ¿Por qué no me lo dijiste? – me pregunta Cande, parece herida
- Por lo general no suele ser grave – digo – ya me siento mejor

Cuando llegamos a casa, tres horas más tarde, después de dejar a Cande en su casa, Ángela y yo nos acurrucamos en la cama, mientras mamá saca a pasear un rato a Stefano y de ahí regresa.

- No quiero que tengan miedo – dice mi madre cuando regresa e ingresa a mi habitación – aquí estamos seguras
- ¿Quién era? – pregunta Ángela y mamá suspira
- Era un Alas Negras. Existe la posibilidad de que sólo estuviera de paso
- ¿Un ángel caído rondando por el centro comercial de Idaho? – pregunta Ángela
- Cuando lo vi… - al recordarlo me quedo sin habla
- La pena que sentiste es su pena
- ¿Su pena? – repite mi amiga
- Los ángeles no tienen la capacidad de libre albedrío que tenemos nosotras. Actuar en contra de su designio les causa un enorme dolor físico y psicológico. Todos los Alas Negras lo sienten
- ¿Por qué’ tú y Ángela no sintieron nada? – pregunto
- Algunos son más susceptibles que otros a su presencia – dice
- ¿Y, si los vemos, ¿qué tenemos que hacer?
- Hacer lo que hicieron hoy. Correr

Nos quedamos en silencio un momento.

- La forma de protección más segura es no ser descubierta – dice mi madre
- ¿Y por qué no querías que supiera nada sobre ellos? – pregunto - ¿por qué no quieres que Stefano lo sepa?
- Porque ese conocimiento los atrae, Mar. Si eres consciente de su existencia tienes más probabilidades de ser descubierta

Se queda mirando a Ángela, que sostiene la mirada por unos segundos, antes de desviarla. Ella fue quién me habló de los Alas Negras.

- Lo siento – murmura mi amiga
- No te preocupes – dice mi madre – no lo sabías