domingo, 6 de enero de 2013

Ángeles Caídos #2: Capítulo 21

La oscuridad se estaba estableciendo a través del cielo, eclipsando todo el horizonte. Caminé apresuradamente hacia la salida del puerto. Podía ver las rejas más allá, casi por llegar. Estaba empujándome contra la multitud cuando me detuve en seco. A menos de doscientos pies, Benjamín estaba pasando las rejas sus ojos buscando entre el conjunto de personas. Se había dado cuenta que había escapado y estaba bloqueando la única salida fuera del puerto.

Me volteé abruptamente y me mezclé con la multitud, mirando hacia atrás cada pocos segundos para asegurarme que Benjamín no me había visto. Seguí haciendo mi camino cuando terminé hacia el pasillo que me llevaba a la montaña del arcángel, fue ahí cuando vi a Benjamín y él me vio a mí. Estábamos en caminos paralelos, la montaña rusa separándonos. Una chica y un chico tomaron asiento en el juego, momentáneamente rompiendo nuestro contacto de ojos. Tomé ese momento para correr. 

Hice mi camino entre la multitud, pero estaba muy congestionado, haciendo difícil el moverme rápido. 

-Ahí estás – la respiración de Benjamín estaba en mi oído.

Colocó su mano en mi cuello, mandando escalofríos por todo mi cuerpo.

-¡Ayuda! – grité por instinto - ¡Alguien ayúdeme!
-Mi enamorada – explicó él a un par de personas que nos miraron – Este es un juego que jugamos.
-¡No soy su novia! – grité con pánico - ¡Saca tus manos de mí!
-Ven aquí, querida – me colocó en sus brazos – Te advertí no mentirme – murmuró en mi oído – Necesito el anillo. No quiero hacerte daño, Lali, pero lo haré si me obligas.
-¡Apártenlo de mí! – grité de nuevo.

Benjamín colocó mi brazo detrás de mi espalda. Hablé con los dientes apretados, intentando combatir el dolor.

-¿Estás loco? – dije – No tengo el anillo. Se lo di a la policía. Anoche. Anda a conseguirlo de ahí.
-¡Deja de mentir! – gruñó.
-Llámalos tú mismo. Es la verdad. Se lo di a ellos, yo no lo tengo – cerré mis ojos, rezando para que me crea y libere mi brazo.
-Entonces vas a ayudarme a tenerlo de vuelta.
-No te lo van a dar. Es evidencia. Les dije que era tu anillo.
-Me lo devolverán – dijo, lentamente – Si hago un intercambio. Tú por el anillo.
-¿Vas a usarme de rehén? ¿Intercambiarme por el anillo? ¡Ayuda! – grité - ¡Que alguien lo saque de encima!

Algunas personas que estaban cerca casi ríen.

-¡Esto no es un chiste! – grité, sintiendo el terror y la desesperación – Apártenlo de…

Benjamín colocó sus manos sobre mi boca, pero logré ponerme bien de pie y lo pateé en la espinilla. Él soltó un gruñido de dolor y se dobló por la mitad. Sus brazos se soltaron ante la sorpresa del ataque y me liberé. 

De pronto, una explosión se escuchó en mi oído. Me asustó tanto que caí de rodillas. O tal vez actué reflexivamente, porque había otras personas a mí alrededor que también se arrodillaron. Hubo un momento de silencio y luego todos estaban gritando y gateando en toda dirección.

-¡Tiene una pistola! – se escuchó.

Aunque no quería hacerlo, me encontré a mí misma volteando. Benjamín estaba aferrándose a su lado, líquido rojo brillante saliendo de su camisa. Su boca estaba abierta, sus ojos amplios por el aturdimiento. Se inclinó sobre una rodilla y vi a alguien detrás de él, sosteniendo una pistola. Rixon. Cande estaba a s lado, sus manos en su boca, su rostro tan blanco como una blusa.  Hubo una estampida caótica de pies y extremidades y pánico, gritando, y me hice a un lado del camino, intentando evitar ser atrapada. 

-¡Se está escapando! – escuché que gritó Cande - ¡Alguien atrápelo!

Rixon disparó varias veces más, pero esta vez nadie se arrodilló. De hecho, la necesidad de escapar se intensificó. Me puse de pie y miré hacia donde había visto a Rixon y Cande. El eco de disparos aún se escuchaba e mis oídos, pero leí las palabras mientras caían de los labios de Rixon. Por aquí. Alzo su mano libre en el aire. En lo que pareció cámara lenta, peleé contra el tráfico de personas y corrí hacia él.

-¿Qué diablos? – dijo Cande - ¿Por qué le disparaste, Rixon?
-La policía lo está buscando – dijo él – Bueno, eso y porque Peter me dijo que lo hiciera.
-¡No puedes dispararle a la gente sólo porque Peter lo dice! – dijo Cande, sus ojos salvajes – Vas a ir preso. ¿Qué vas a hacer ahora?
-La policía está en camino – dijo él – Sabes sobre Benjamín.
-¡Tenemos que salir de aquí! – dijo Cande, histérica – Llevaré a Lali a la estación de policía. Rixon, anda por Benja, pero no le dispares de nuevo, ¡átalo como la última vez!
-Lali no puede usar las rejas – dijo Rixon – Eso es lo que ellos esperan. Conozco otra salida. Cande, anda por el auto y encuéntranos en el lado sur del estacionamiento.
-¿Cómo van a salir ustedes?
-Por los túneles subterráneos.
-¿Hay túneles debajo de aquí? – preguntó Cande.

Rixon besó su frente.

-Apresúrate, amor.

-Hay una habitación mecánica en el sótano de la casa de la risa – Rixon me explicó mientras trotábamos – Tiene una puerta que lleva a los túneles debajo del puerto. Benjamín puede haber escuchado sobre los túneles, pero si se entera a dónde nos hemos ido y nos sigue, no hay forma que nos encuentre. Es como un laberinto ahí abajo, y continúa por millas – dio una sonrisa nerviosa – No te preocupes, este lugar fue construido por ángeles caídos. No por mí en particular, pero por unos cuantos compañeros. Conozco las rutas de corazón.

sábado, 5 de enero de 2013

Ángeles Caídos #2: Capítulo 20

No había dormido por treinta y seis horas, excepto por un ratito el jueves por la tarde, cuando Peter me había encontrado dentro de mi sueño.

Estuve llamando toda la noche al policía, pero no había rastro de él. Quería saber sobre Benjamín y contarle lo que había sucedido. ¿Y si alguien había intentado matarme? Era raro que alguien me hubiese seguido al departamento de Peter tan tarde la noche anterior, pero si había una cosa que sabía sobre los Nephil, es que eran muy buenos en hacer lo raro. 

Mi celular sonó en mi bolsillo y lo saqué antes que termine la primera llamada.

-¿Aló?
-Vamos a la fiesta de verano – dijo Cande – Comeremos algodón de azúcar, y tal vez nos hipnoticemos y haremos cosas que haga que las Chicas Locas se vean tontas.
-Hola.
-¿Qué dices? ¿Estás de humor para un poco de acción?

Honestamente, no lo estaba. Planeaba continuar llamando al policía.

-Llamando a Marte.
-No me siento bien – dije.
-¿No te sientes bien en qué sentido? ¿Dolor de estómago? ¿Dolor de cabeza? ¿Cólicos? ¿Comida envenenada? La fiesta es la cura. 
-Voy a pasar de estar, muchas gracias de todos modos.
-¿Esto es por Benja? Porque está en la cárcel. Él no puede atraparte, ven a divertirte. Rixon y yo no nos besaremos en frente de ti si eso es lo que te está molestando. 
-Voy a ponerme mi piyama y ver una película.
-¿Estás diciendo que una película es más divertida que yo?
-Esta noche, sí.
-Aish. Sabes que no voy a dejar de insistirte hasta que vengas.
-Lo sé.
-Así que hazlo fácil y di que sí.

Solté el aliento. Aún podía sentarme todo el día en casa y esperar a que el policía responda mis llamados, o podía tomar un pequeño respiro y empezar de nuevo cuando regresara. Además, él tenía mi número de celular y podía encontrarme donde sea. 

-De acuerdo – le dije a Cande – Dame diez.

Una hora después, Cande estacionó en un lugar entre dos camionetas que se extendían a nuestro lado. Cruzamos el estacionamiento y pagamos para ingresar. Estábamos en el puerto, donde se encontraba  el juego del arcángel. El lugar estaba lleno de gente, mucho más que lo normal. Reconocí muchas caras del colegio, pero en general, me sentí en un océano de extraños. 

-¿Por dónde deberíamos de empezar? – preguntó Cande - ¿El arcade? ¿Los vendedores de comida? Personalmente, creo que deberíamos de empezar por la comida. De esa forma, comeremos menos. 
-¿Tú lógica?
-Si nos detenemos ahí al final, habremos aumentado nuestro apetito para entonces. Yo siempre como más después de haber hecho alguna actividad. 

No me importaba cuándo empezábamos. Yo sólo estaba aquí para distraerme por un par de horas. Cande me dejó en medio de la multitud, y se fue por comida. Inmediatamente, mi celular sonó. El nombre del policía Basso apareció en la pantalla.

-Finalmente – respiré, abriendo el celular.
-Lali, ¿dónde estás? – dijo, apenas abrí el teléfono.

Estaba hablando rápido y pude decir que estaba molesto.

-Benjamín escapó. Tenemos a toda la fuerza buscándolo, pero quiero que te mantengas alejada de él. Voy a recogerte hasta que esto se arregle. Estoy de camino a tu casa ahora mismo.
-¿Qué? ¿Cómo logró escapar?
-Dobló las barras de su celda.

Claro que lo hizo, era un Nephil. 

-No estoy en casa – dije – Estoy en el puerto.

Busqué a Benjamín entre la multitud, pero seguramente él había ido hacia mi casa. Gracias a Dios Cande insistió en que viniera. Luego recordé la nota…la nota que le había dejado a mi madre en el mostrador de la cocina, diciéndole que estaría en el puerto….

-Creo que él sabe dónde estoy – le dije al policía - ¿Qué tan rápido puede llegar aquí?
-¿Al Puerto? Treinta minutos. Anda a seguridad. Lo que sea que hagas, mantén tú celular contigo. Si ves a Benjamín, llámame inmediatamente.
-No hay seguridad aquí – dije, mi boca pastosa.
-Entonces, sal de ahí – ladró – Conduce de regreso y encuéntrame en la estación. ¿Puedes hacer eso?

Sí, sí podía. Cande podía llevarme. Ya estaba caminando hacia la dirección donde ella había partido, mis ojos buscando entre la multitud. 

-Vas a estar bien – dijo el policía Basso – Sólo…apresúrate. Mandaré el resto de la fuerza de regreso al puerto a que busquen a Benjamín. Lo encontraremos. 

Corté e hice un plan. Primero tenía que encontrar a Cande. También tenía que salir. Estaba trotando hacia los vendedores de comida cuando me dieron un codazo en mis costillas por detrás. Me volteé, y antes de que pueda dar la vuelta completa, mi cerebro saltó mientras registraba una cara familiar. La primera cosa que noté fue el destello del aro de plata en su oreja. La segunda cosa que noté era lo golpeada que estaba su cara. Su nariz estaba rota, y roja. 

Lo siguiente que supe, es que Benjamín me tenía por el hombro y me estaba llevando.

-Saca tus manos de encima – dije, luchando contra él, pero Benjamín era más fuerte.
-Claro, Lali, después que me digas dónde está.
-¿Dónde está qué? – dije.

Se rió.

Mantuve mi expresión tan opaca como pude, pero mis pensamientos estaban corriendo. Si le decía dónde estaba el anillo en mi casa, él abandonaría el puerto. Probablemente me llevaría con él. Cuando la policía llegara, nos encontraría desaparecidos. 

-¿Se lo diste al novio de Cande? ¿Crees que él podría protegerlo de mí? Sé que él no es…normal. Sé que puede hacer cosas que otros no.
-¿Cómo tú?
-Él no es como yo. No es igual. No voy a hacerte daño, Lali. Todo lo que necesito es el anillo. Dámelo y nunca me volverás a ver.

Me estaba mintiendo. Si podía hacerme daño, estaba lo suficientemente desesperado para escapar de la cárcel. Nada era tan extremo a este punto, él podía tener de vuelta el anillo, sin importar el costo. 

-Tengo el anillo.

Necesitaba una forma de separarme de Benjamín. 

-Sé que lo tienes – dijo, impacientemente - ¿Dónde?
-Está aquí. Lo traje conmigo. 

Lo consideró por un momento, luego quitó el equipaje de mi brazo y lo abrió, buscando. Sacudí mi cabeza.

-Lo boté.
-¿Dónde? – demandó.
-Un basurero cerca de la entrada – dije, automáticamente – Dentro de uno de los baños de mujeres.
-Muéstrame.

Me bajó de su agarre y comenzamos a caminar, mientras me ordenaba a mí misma a mantenerme calmada. ¿Podría correr? No, Benjamín me atraparía. ¿Podría esconderme en uno de los baños de mujeres? No, definitivamente, no. Benjamín no era tímido y no tendría problema en ir detrás de mí. Pero, aún tenía mi celular, podía llamar al policía Basso del baño.

-Este – dije, apuntando hacia el baño.

Benjamín me agarró de los hombros y me sacudió.

-No me mientras. Me matarán si lo pierdo. Si me estás mintiendo, yo…. – se detuvo, pero sabía lo que venía después.
-Está en el baño – asentí, más para convencerme a mí misma – Lo sacaré. Y luego me dejarás en paz, ¿verdad?

En vez de responder, estiró una mano. 

-Tu celular.

Mi corazón se detuvo. Sin ver otra alternativa, le di mi celular. Mi mano tembló apenas, pero la mantuve firme, rehusándome a hacerle saber que tenía un plan y lo acababa de malograr.

-Tienes un minuto. No intentes nada estúpido.

Dentro del baño, hice una observación rápida. Cinco lavaderos contra una pared, y cinco casetas al lado opuesto. Dos chicas estaban en los lavados, espuma sobre sus manos. Había una pequeña ventana en la pared y estaba abierta. Sin perder más tiempo, me subí sobre el último lavado y me empiné para salir por la ventana. Cuando logré salir, caí de frente al suelo. 

Luego corrí y me perdí entre la multitud.

Ángeles Caídos #2: Capítulo 19

Después que el policía se había ido con Benjamín, Cande y Rixon habían examinado la cerradura de la puerta delantera. Cande se preguntaba cómo Benjamín había hecho para entrar. Rixon quedó en que él lo arreglaría. Luego de dos horas, cuando mis amigos ya se habían ido, me dejaron sola con mis pensamientos. ¿Benjamín estaba sobreactuando o mañana me enteraría que misteriosamente había sido herido? De todos modos, él no podía morir. Quizás tener un par de heridas, pero no muerto.

Mi concentración fue interrumpida por la necesidad de dormir, pero hice mi mejor esfuerzo para continuar con la información que tenía. Benjamín fue marcado por la Mano Negra, un Nephil. Rixon dijo que Peter era la Mano Negra, un ángel. Casi parecía ser que estuviese buscando dos individuos distintos compartiendo el mismo nombre….

Ya era más de las doce pero no quería dormir, no cuando significaba abrirme a Peter, sintiéndolo cerca. Quería respuestas y aún no había ido a la casa de Peter, y más que nunca sabía que ahí encontraría respuestas. 

Me puse unos jeans, zapatillas, una chaqueta para la lluvia y un equipaje negro. Tomé un taxi hacia la estación y luego caminé hacia la calle que me había dicho Rixon. Me vi frente a dos edificios, ambos de tres pisos. Me metí al vestíbulo del primer edificio. Todo estaba en silencio y asumí que todos estaban en la cama, durmiendo. Subí las escaleras hasta el último piso pero no existía el número de departamento que me había dicho Rixon. Bajé las escaleras trotando, caminé media cuadra e intenté con el segundo edificio. Este era un lugar mucho más escalofriante, un lugar donde nadie conocía al otro, y los secretos eran fáciles de esconder. El tercer piso estaba en calma. Caminé por los departamentos y al final del pasillo encontré el número 34. 

De pronto me pregunté qué haría si Peter estaba en casa. A este punto, sólo podía esperar que no estuviese. Toqué la puerta, pero no hubo respuesta. Intenté con la manija de la puerta y para mi sorpresa, cedió. 
Miré de reojo en la oscuridad, me quedé inmóvil, escuchando si es que había algún movimiento. Prendí la luz, justo dentro de la puerta, pero o los focos estaban quemados o la electricidad había sido cortada. Sacando la linterna de mi equipaje, entré y cerré la puerta.

El olor rancio de la comida en mal estado me abrumó. Apunté la linterna en dirección a la cocina. Una sartén con huevos revueltos, junto a leche de un galón estaba en el mostrador. No era la clase de lugar que imaginaba que Peter llamaría casa, pero esto solo probaba que había muchas cosas que no sabía sobre él. 

Dejé mis llaves y el equipaje en el mostrador y subí mi blusa hasta mi nariz para bloquear el olor. Las paredes estaban desnudas, los muebles dispersos. Un televisor antiguo, probablemente a blanco y negro, y un sofá raído en la sala de estar. Ambos estaban fuera de vista de la ventana, que tenía papel encima. Hice mi camino hacia el baño, era escueto, con una cortina de baño beige que probablemente había sido blanca, y una toalla de hotel. No había jabón, rasuradora, o crema de afeitar. 

Continué por el pasillo hacia la habitación, abrí la puerta. El olor rancio de sudor y cama sin lavar se aferró al aire. Abrí la ventana, permitiendo que ingrese el aire fresco. Había platos con comida seca en la mesa de noche, mientras que la cama tenía sábanas sin lavar. Una pequeña mesa con un monitor de computadora estaba en la parte de atrás. La computadora no estaba y se me ocurrió que Peter se había encargado de ello para no dejar ningún rastro detrás de él. 

Me acerqué a la mesa, abriendo y cerrando cajones. No había nada fuera de lo común, lapiceros, y una copia de las Páginas Amarillas. Estaba por cerrar la puerta cuando una pequeña caja negra al fondo de la mesa atrapó mi ojo. Corrí mi mano debajo de la mesa, quitándole la cinta que la estaba cerrando. La abrí y cada vello de mi cuerpo se erizó.

La caja tenía seis anillos iguales al de la Mano Negra. 

Al fondo del pasillo, la puerta delantera de abrió. Me puse de pie. ¿Peter había regresado? No podía dejar que me encuentre. No ahora, no cuando acababa de descubrir los anillos de la Mano Negra en su departamento. Miré alrededor en busca de un lugar donde esconderme. La puerta delantera se cerró con un sonido suave. Pisadas sólidas cruzaron la cocina. Sin ver otra chance, me impulsé hacia la ventana, abrí mis piernas y lo más silenciosamente posible en la escalera de incendios. Intenté cerrar la ventana detrás de mí, pero los deslizantes se atracaron, rehusándose a ceder. 

Una sombra apareció en la pared del pasillo, acercándose. Me escondí fuera de vista. Estaba asustada de que esto fuera – iba a ser atrapada – cuando los pasos retrocedieron. Menos de un minuto después, la puerta se abrió, se cerró. Un extraño silencio se estableció una vez más en el departamento. Lentamente, me puse de pie. Me así otro minuto más, y cuando estuve segura que el departamento estaba vacío, me arrastré al interior. Sintiéndome de pronto vulnerable, caminé por el pasillo. Necesitaba ir a algún lugar callado, donde podía buscar entre mis pensamientos. ¿Qué me estaba perdiendo? Claramente Peter era la Mano Negra, ¿pero cómo jugaba en la sociedad Nephil? ¿Cuál era su rol? ¿Qué diablos estaba sucediendo?

Lancé mi equipaje sobre mi hombro y me dirigí hacia la salida. Tenía mi mano en la manija cuando un sonido extraño penetró mis pensamientos. Un reloj. El suave y rítmico sonido de un reloj. Fruncí el ceño y me volteé hacia la cocina. El sonido no había estado ahí cuando vine, al menos pensé que no estaba. Escuchando atentamente, seguí el sonido a través de la habitación. Me agaché en frente de la cabina debajo del lavadero de la cocina. Con alarma, abrí la cabina. A través de todo el pánico y confusión, traté de darle sentido al artefacto en frente de mí. Palos de dinamitas con cinta adhesiva. Cables blancos, azules y amarillos. 

Me puse de pie como pude y corrí hacia la puerta. Mis pies chocaron contra las escaleras, iba tan rápido que tuve que cogerme de la barandilla para no caerme. Abajo, hice mi salida hacia la calle y seguí corriendo. Cuando volteé la cabeza, vi un destello de luz un instante antes de que el fuego erupcione de las ventanas del tercer piso del edificio. 

jueves, 3 de enero de 2013

Ángeles Caídos #2: Capítulo 18

Me quedé mirando el anillo, con la mente en blanco.

¿Dos anillos? No sabía lo que significaba. Sin duda, Mano Negra tenía más de un anillo, pero, ¿por qué Benjamín tenía uno? ¿Y por qué se había dado la molestia de esconderlo en un compartimiento secreto en su pared? ¿Y, por qué, si estaba tan avergonzado de su marca en el pecho, guardaba un anillo que presumidamente él le había dado?

Cuando se hizo las doce, me metí a la cama y me empecé a pintar las uñas de azul. Luego, prendí mi iPod, para empezar a leer varios capítulos de química. Sabía que no podía evitar dormir para siempre, pero tendría que soportar lo máximo que podía. Estaba aterrada que Peter me estuviera esperando al otro lado. 

No me había dado cuenta que me había dormido, hasta que me desperté ante un sonido extraño. Me quedé recostada en la cama, congelada, esperando escuchar el sonido de nuevo. Salí de la cama y empecé a mirar por la ventana. El garaje estaba intacto, pacífico. 

Un sonido bajo se escuché en la primera planta. Cogí mi celular y abrí la puerta lo suficiente para mirar de reojo. El pasillo estaba vacío, y caminé hacia éste, mi corazón latía tan fuerte contra mis costillas que pensé que mi pecho se rompería. Había llegado a lo alto de las escaleras cuando el suave sonido me alertó que la puerta principal se estaba abriendo.

La puerta se abrió y una figura entró cautelosamente. Benjamín estaba en mi casa, de pie a unos pasos de mí, en la base de las escaleras. Me quedé ahí, agarrando mi celular, que recostaba contra el sudor de mis palmas.

-¿Qué estás haciendo aquí? – dije.

Alzó la cabeza, sorprendido. Alzó sus manos al nivel de sus hombros, mostrando que no iba a hacerme daño.

-Necesitamos hablar.
-La puerta tenía llave. ¿Cómo entraste? – mi voz temblaba.

No respondió, pero no necesitó hacerlo. Él era un Nephil, uno fuerte. 

-Entrar a una casa así es ilegal – dije.
-También robar. Tú me robaste algo que me pertenece.
-Tú tienes uno de los anillos de la Mano Negra.
-No es mío. Yo…yo lo robé – mi ligera duda me dijo que estaba mintiendo – Devuélveme el anillo, Lali.
-No hasta que me digas todo.
-Podemos hacer esto de la manera difícil, si quieres – subió el primer escalón.
-¡No te muevas! – ordené – Si avanzas, llamaré a la policía.
-Le tomará veinte minutos a la policía llegar aquí.
-No es cierto – ambos sabíamos que lo era.

Avanzó otro paso más.

-Detente – dije – Haré la llamada, juro que la haré.
-¿Y decirles qué? ¿Qué entraste a mi habitación? ¿Qué robaste una joya de gran valor?
-Tu mamá me dejó entrar – dije, con nerviosismo.
-Ella no lo habría hecho si hubiese sabido que ibas a robarme – tomó otro paso.
-Me mentiste sobre la Mano Negra. La noche en tu habitación, un buen acto. Las lágrimas fueron casi convincentes.
-Sí mentí – dijo – Estaba intentando mantenerte fuera de las cosas. No quieres involucrarte con la Mano Negra.
-Muy tarde. Él asesinó a mi padre.
-Tu padre no es el único que la Mano Negra quiere muerto. Él me quiere muerto, Lali. Necesito el anillo.

De pronto, ya estaba en el quinto escalón.

¿Muerto? La Mano Negra no podía matar a Benjamín, él era inmortal. ¿Acaso no sabía que yo ya estaba al tanto? ¿Y por qué quería el anillo? 

-¿La Mano Negra no te forzó a obtener la marca, verdad? – dije – Tú la querías, querías unirte a la sociedad. Querías jurar alianza. Por eso mantuviste el anillo. ¿La Mano Negra te la dio después que terminó marcándote?
-No, fui forzado.
-No te creo.

Entrecerró los ojos.

-¿Crees que dejaría que un psicópata coloque un metal caliente con forma de anillo en mi pecho? Sí estoy tan orgulloso de ello, ¿por qué siempre me lo estoy cubriendo?
-Porque es una sociedad secreta. Estoy segura que pensaste que la marca era el pequeño precio por pagar por los beneficios que vendrían por ser parte de una sociedad poderosa.
-¿Beneficios? ¿Crees que la Mano Negra ha hecho algo por mí? – su tono era corto, lleno de enojo – Él es un asesino. No puedo escapar de él, y créeme, lo he intentando. Más veces de las que he contado. 
-Él regresó – dije – Después que te marcó. Me mentiste cuando dijiste que nunca lo volviste a ver.
-¡Claro que volvió! – espetó – Me llamaba en la noche o me encontraba en mi camino a casa después del trabajo, usando una máscara. Siempre estaba ahí.
-¿Qué quería? 
-Si hablo, ¿me devolverás el anillo?
-Depende de si creo que me estás diciendo la verdad.
-La primera vez que lo vi fue en mi cumpleaños número catorce. Me dijo que no era humano, me dijo que yo era un Nephil, como él. Me dijo que tenía que unirme a su grupo, que todos los Nephil estaban juntos. Dijo que no había otra forma de liberarnos de los ángeles caídos – alzó la mirada hacia mí, sus ojos con una sombra de preocupación, como si pensara que yo creía que estaba loco – Pensé que él estaba loco, pensé que estaba alucinando. Mantuve evadiéndolo, pero él seguía regresando. Empezó a amenazarme, me dijo que los ángeles caídos me encontrarían cuando cumpliera dieciséis. Me seguía por todas partes, después del colegio y trabajo, me dijo que estaba cuidando mi espalda, y yo debía de agradecerle. Luego descubrió sobre mis deudas. Las pagó, pensando que yo lo vería como un favor y querría unirme a su grupo. Él no lo entendía, quería que se fuera. Cuando le dije que iba a ir donde mi padre para decirle que lo arreste, él me encerró, me ató y me marcó. Dijo que era la única manera de mantenerme a salvo, que algún día entendería y le agradecería.
-Suena a que estaba obsesionado contigo.

Sacudió su cabeza.

-Él cree que lo traicioné. Mi mamá y yo nos mudamos aquí para alejarnos de él. Ella no sabe sobre las cosas Nephil, o la marca, simplemente cree que es un acosador. Nos mudamos, pero él no quiere que arriesgue y abra la boca, contando sobre su secreto.
-¿Sabe que estás aquí?
-No lo sé. Es por eso que necesito el anillo. Cuando terminó de marcarme, me dio el anillo. Dijo que tenía que guardarlo y encontrar otros miembros para reclutar. Me dijo que no lo perdiera, que algo malo sucedería si lo hacía. Está loco, Lali. 
-Tienes que ayudarme a encontrarlo.

Avanzó más pasos.

-Olvídalo. No voy a buscarlo. Ahora, dame el anillo. 

Por ninguna razón más que por instinto, me volteé y corrí. Cerré la puerta del baño con fuerza y le puse pestillo.

-Esto se está volviendo denso – dijo Benjamín, detrás de la puerta – Ábrela.

Esperó.

-¿Crees que esta puerta va a detenerme? –agregó.

No lo haría, pero no sabía qué más hacer. Estaba presionada contra la pared del baño, y fue ahí cuando vi el cuchillo. Lo tenía en el baño para abrir paquetes de cosméticos o sacar etiquetas fácilmente de mis prendas. Lo cogí. 

Benjamín golpeó su cuerpo contra la puerta y ésta se abrió, golpeando contra la pared. Estábamos cara a cara y alcé el cuchillo hacia él. Benjamín caminó hacia mí, me quitó el cuchillo y lo direccionó hacia mí.

-¿Quién está a cargo ahora? – dijo.

El pasillo detrás de él estaba oscuro, la luz del baño iluminando el color de la pared en el pasillo. La sombra se movió tan deprisa sobre la pared, que casi la pierdo. Rixon apareció detrás de Benjamín, sosteniendo una lámpara contra el cráneo de Benjamín y golpeando.

-¡Auuu! – gritó Benjamín, volteando para ver qué lo había golpeado. 

Benjamín intentó golpear con el cuchillo, pero falló, y Rixon golpeó la lámpara contra el brazo de Benjamín, causando que el cuchillo caiga. Luego, lanzó su puño contra su rostro. Rixon lanzó otro golpe y Benjamín calló contra la pared. Rixon se acercó y empezó a golpearlo sin parar. Los ojos del herido rodaron hacia atrás.

-¡Rixon!

Salté ante el sonido de voz de Cande. Ella subió las escaleras.

-¡Detente, Rixon! ¡Vas a matarlo!

Rixon soltó a Benjamín y se alejó. 

-Peter me matará si no lo hago – volvió mi atención hacia mí - ¿Estás bien?

El rostro de Benjamín estaba lleno de sangre, e hizo que mi estómago se retuerce. 

-Estoy bien – dije. 
-¿Segura ¿Necesitas algo de tomar? ¿Una sábana? ¿Quieres recostarte?
-¿Qué haremos ahora? –dije, mirándolos.
-Voy a llamar a Peter – dijo Rixon, cogiendo su celular – Él va a querer estar aquí para esto.

Estaba muy aturdida como para argumentar.

-Deberíamos de llamar a la policía – dijo Cande - ¿Deberíamos de atarlo? ¿Qué pasa si se despierta e intenta escapar?
-Lo ataré en la parte de atrás de la camioneta apenas termine con la llamada – dijo Rixon.
-Ven aquí, bebé – dijo Cande, envolviéndome en sus brazos - ¿Estás bien?
-Sí – respondí automáticamente, aún mareada - ¿Cómo llegaste aquí?
-Rixon vino a casa y estábamos en mi habitación cuando tuve esos sentimientos extraños de que algo andaba mal contigo. Cuando llegamos, vimos el auto de Benjamín. Me imaginé que no estaba bien que él estuviera aquí, especialmente desde que estuviste rebuscando en su habitación. Le dije a Rixon que algo andaba mal y fue él quien entró primero a revisar.
-Le dejé un mensaje a Peter – dijo Rixon, interrumpiéndonos – Debería de estar aquí pronto. También llamé a la policía.

Veinte minutos después, el Policía Basso estaba en mi casa. Benjamín estaba recuperando lentamente la consciencia, gruñendo en la camioneta de Rixon. 

-No hice nada – protestó Benjamín.
-¿Entrando ilegalmente es nada? – dijo el policía – Gracioso.
-Ella me robó. Pregúntale – dijo, en mi dirección – Estuvo anoche en mi habitación.
-¿Qué robó?
-No..no puedo hablar de ello.
-Ella ha estado con nosotros toda la noche – dijo Cande - ¿Verdad Rixon?
-Absolutamente.
-Hablemos del cuchillo que sacaste – dijo el policía.
-¡Ella lo sacó primero.
-Entraste a mi casa – dije – Auto defensa.
-Quiero un abogado – dijo Benjamín.
-¿Un abogado? – dijo el policía, sonriendo – Suenas culpable, Benjamín. ¿Por qué intentaste hacerle daño?
-No quería, le quité el cuchillo de su mano. Ella intentaba hacerme daño.
-Es un buen mentiroso – dijo Rixon.
-Estás bajo arresto, Benjamín Amadeo – dijo el policía, llevándolo a su auto – Tienes el derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que digas será usada en tu contra.

Benjamín mantuvo su expresión hostil, pero debajo de todos los cortes y heridas, se veía muy pálido.

-Estás cometiendo un gran error – me dijo, mirándome – Si voy a la cárcel, soy como una rata en una jaula. Él me encontrará y asesinará. La Mano Negra lo hará.

Sonaba aterrado, y estuve por felicitarlo por tan buen acto…y pensando que tal vez realmente no tenía idea de lo que era capaz como Nephil. Pero, ¿cómo podía ser marcado como un integrante de la sociedad de sangre Nephil y no tener idea de que era inmortal? 

-Esto es, Lali. Si me voy, estoy muerto – agregó.
-Sí, sí – dijo el policía, cerrando la puerta con fuerza.

Ángeles Caídos #2: Capítulo 17

Me desperté en la mañana con la respiración agitada. Mis sábanas estaban calientes y húmedas, enredadas en mis piernas. Eran las nueve y treinta. No pude volver a dormir, y no podía dejar que Peter regresara a mis sueños.

Varios minutos después, los latidos de mi pulso disminuyeron, pero mi mente seguía intranquila. Mano Negra, esas palabras me acechaban. Estaba enamorada de un asesino, lo dejé besarme, mentirme, traicionarme. ¿Qué clase de persona era, cuando no podía hacerle justicia al asesino de mi propio padre? 

Demasiadas cosas no concordaban. ¿Por qué Peter, un ángel, estaba mezclado con la sociedad de sangre Nephil? Si él era Mano Negra, ¿por qué estaría reclutando a los Nephil? Porque ellos odiaban a los ángeles y viceversa. Justo ahora, Benjamín es el único vínculo confiable hacia la Mano Negra, él sabe más de lo que aparenta, sólo que está asustado para hablar. Así que llamé a Cande.

-Necesito tu ayuda.
-Ayuda es mi segundo nombre.
-Necesito a alguien que me ayude a entrar a la habitación de Benjamín. 
-Aparentemente, Peter canceló nuestra cita doble, así que tengo el día libre – dijo Cande, un poco emocionada. 
-Entrar a la habitación de Benjamín no va a ser emocionante ni peligroso – dije – todo lo que vas a tener qué hacer es sentarte en el auto afuera de su departamento y llamarme si lo ves. Yo entraré.
-Sólo porque no vaya a espiar no significa que no vaya a ser emocionante. Será como ver una película. Habrá posibilidades de que te atrapen, ¿ves a lo que me refiero? El factor excitante está presente.
-Vas avisarme si Benjamín llega, ¿verdad?
-No te preocupes, estaré pendiente.

Así que llamé a Benjamín y le inventé que un amigo estaba haciendo un casting para conseguir el último integrante de su banda. Fue fácil ya que él me creyó al instante. 

Cande me pasó a recoger una hora después. Estacionamos a dos cuadras de la casa de Benjamín. Cande prometió quedarse quieta en el auto y avisarme si veía a Benjamín. Corrí hacia la casa y toqué el timbre. La puerta se abrió después de unos segundos, detrás de ésta estaba la mamá de Benjamín, con una sonrisa.

-¡Lali! – dijo, agarrándome por los hombros – Justo Benja acaba de irse, se fue al casting. No sabes lo mucho que significa esto para él, gracias por ayudarlo. 
-En realidad, él acaba de llamarme. Me avisó que había dejado sus partiduras aquí y me preguntó si podía pasar a recogerlas. Él quería hacerlo pero no quería arriesgarse a llegar tarde a la audición y causar una mala impresión.
-¡Claro! Entra. Te llevaré a su habitación. 

El cuarto tenía las paredes negras, y en ella estaban pegadas pósters de películas. 

-Tendrás que perdonar las paredes –dijo su mamá – Benja ha estado pasando un poco por un bajón emocional. Mudarse puede ser difícil, necesita salir más. 
-Entonces, ¿esas son las partiduras? – pregunté, señalando un montón de hojas en el suelo.
-Sí. ¿Quieres que te ayude a encontrar las que él necesita?
-No hay problema, no quiero molestarla. Sólo me tomará unos segundos.

Tan pronto como se fue, cerré la puerta. Me moví hacia el armario. Encontré zapatillas blancas y poleras. Debajo de la cama, un bate de aluminio, un guante de béisbol, una planta en su macetero. 

-¿Cómo luce la marihuana? – le pregunté a Cande por teléfono.
-Cinco hojas – dijo Cande.
-Benjamín tiene marihuana creciendo aquí. Debajo de su cama.
-¿Sorprendida?

No lo estaba, pero no me imaginaba a él fumándola. 

-Te llamo si encuentro algo más – dije.

Arrojé el celular sobre la cama y me fui hacia el escritorio. No había nada. Estaba por darme por vencida cuando algo en lo alto del armario captó mi atención. Había un daño en la pared. Arrastré la silla del escritorio y me subí. Un agujero medio había sido cortado de la pared, pero el yeso había sido reemplazado para que pareciera como si el agujero no estuviera ahí. Alcancé lo más alto que pude y removí el yeso. Una caja naranja de zapatillas Nike estaba dentro del hueco. 

Un suave zumbido rompió mi concentración y me di cuenta que mi teléfono estaba vibrando. Salté hacia abajo.

-¿Cande?
-¡Sal de ahí! – siseó con pánico – Benjamín está entrando a la casa.

La puerta principal sonó y apagué el celular. Saqué un papel junto a un lapicero y escribí una nota antes de volver a la silla y extenderme hacia la caja.

-¿Benja? – escuché decir a su mamá - ¿Por qué vuelves tan pronto?

Jalé la caja hasta dónde pude, estirándome, para que luego esta cayera en mis manos por efecto de la gravedad. Recién había metido la caja en mi bolso y puesto la silla de vuelta en su sitio en el escritorio, cuando la puerta de la habitación se abrió.

-¿Qué estás haciendo? – demandó Benjamín, encontrando mis ojos.
-No esperaba que regresaras tan rápido – tartamudeé.
-El casting era falso, ¿verdad?
-Yo…
-Me querías fuera de casa – cruzó hacia mí y me tomó del brazo, dándome una sacudida fuerte – Cometiste un grave error viniendo aquí.

La mamá de Benjamín llegó a la puerta, entrando.

-¿Qué pasa Benja? ¡Dios mío, déjala ir! Vino a recoger las partiduras que olvidaste.
-Está mintiendo, no olvidé ninguna partidura.
-¿Eso es verdad? – dijo su mamá, mirándome. 
-Mentí – confesé – La cosa es que, realmente quería invitar a Benjamín a la fiesta de verano en el puerto, pero no podía hacerlo en persona. Esto es incómodo. 

Caminé hacia el escritorio y cogí el papel en el que había escrito la nota, aquella que tendría que utilizar en caso se arruine el plan. Se la ofrecí a Benjamín.

-No seas un tono – leyó – Ve a la fiesta de verano conmigo.
-¿Qué te parece? – traté de sonreír - ¿Quieres ser un tonto?
-Bueno, no es la cosa más tierna – dijo su mamá – No quieres ser un tonto, ¿o sí Benja?
-Danos un minuto mamá.
-¿Aquella es una fiesta de disfraces? – preguntó su mamá - ¿Cómo un baile? Puedo hacer una reserva en….
-Mamá…..
-De acuerdo. Estaré en la cocina. Lali, estoy a tu disposición – me guiñó un ojo y luego se retiró, cerrando la puerta detrás de ella.
-¿Realmente qué estabas haciendo aquí? – su voz era oscura.
-Te dije que…
-No te creo – sus ojos miraron detrás de mí, inspeccionando la habitación - ¿Qué cogiste?
-Vine para darte la nota, en serio. 
-Sé que estás mintiendo – insistió.
-¿Sabes qué? – dije, retrocediendo hacia la puerta – Quédate con la nota, pero olvídate de la fiesta. Estaba tratando de ser agradable, de compensar lo de la otra noche, porque me sentía responsable por tu cara destrozada. Olvide que dije algo.
-Tendré mis ojos puestos en ti – dijo al final, amenazante – Piensa en eso, cada vez que pienses que estás sola, reconsidéralo. Te estaré mirando. Si te vuelvo a encontrar buscando de nuevo en mi habitación, estarás muerta. ¿Estamos claro?

Tragué.

-Como el cristal.

Llegando a casa, cuarenta y cinco minutos después, saqué la caja de zapatos fuera de mi bolso. Varias capas de cinta adhesiva estaban envueltas alrededor de la caja. Lo que sea que él estaba escondiendo, no quería que el resto del mundo lo viera.

Corté a través de la cinta con un cuchillo. Liberé la tapa, la dejé a un lado y miré dentro. Un calcetín blanco normal estaba en el fondo. Me quedé mirándolo, sintiendo mi corazón latiendo con decepción. Luego, fruncí el ceño. Estiré el calcetín, abriendo sólo lo necesario para mirar adentro. Mis rodillas se debilitaron.

Adentro había un anillo. Uno de los anillos de la Mano Negra.