domingo, 27 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Dieciséis

Estaba soñando con Jev cuando mis ojos se abren ante un ruido en la ventana. Pensando que era él, como si mi sueño se pudiese hacer realidad, me acerco a la ventana. Pero, resulta que es Benjamín. Ha encontrado uno de los almacenes de Hank y quiere darse la oportunidad de espiarlo esta noche, aprovechando que mamá y el aludido están cenando. Al principio me niego, pero luego él me convence.

-Ese es el almacén de la Mano Negra – Benjamín apunta a un edificio muy viejo, mientras estamos escondidos en la oscuridad – Ha entrado cinco veces en la última semana. Siempre sale justo antes del amanecer, cuando el resto de la ciudad está durmiendo. Estaciona a unas cuantas cuadras de distancia y camina el resto a pie. ¿Aún crees que se dedica al negocio de autos?

Sin duda Benjamín tenía razón. Sentí escalofríos.

-¿Vamos a ser capaces de ver adentro? – pregunté.
-Vayamos una cuadra más allá y descubrámoslo.

Al final de la cuadra, estuvimos lo suficientemente cerca del edificio de Hank para ver que mientras las ventanas en los pisos más bajos estaban cubiertas con papel periódico, las de arriba habían sido dejadas sin construir.

-¿Estás pensando lo mismo que yo?
-¿Subir por la escalera de incendios y echarle un vistazo adentro?

Sin decir otra palabra, corrimos por la calle. Nos apresuramos hasta estar detrás del edificio, escondidos. Coloqué mis manos en las rodillas y busqué aire, no sabía si me faltaba el aire por haber corrido o por la ansiedad. Benjamín fue el primero en subir por la escalera de emergencia, y mientras yo esperaba, observé mi alrededor.

En la esquina adyacente, una sombra se esparció a través de la acera, y un hombre salió a la vista. Retrocedí.

-Benjamín – susurré.

Él estaba muy arriba como para escuchar. Observé de nuevo la esquina del edificio. El hombre estaba ahí, dándome la espalda. Entre sus dedos, se veía la llama de un cigarro. Sin duda, estaba cuidando el edificio de Hank. Lo que probaba aún más que lo que sea que Hank estaba escondiendo tenía valor.

-¡Benjamín! – siseé – Tenemos un problema.

Benjamín ya estaba por el segundo nivel, a tan solo unos pasos del tercer piso. La cámara que había decidido traer, estaba en su mano, lista para tomar fotos en el minuto que tuviera una vista clara. 

Dándome cuenta que no me iba a escuchar, cogí un pedazo de grava y se lo lancé. Pero, en lugar de golpearlo, la roca golpeó el escape de emergencia, sonando mientras rebotaba. 

Cubrí mi boca, paralizada por el miedo. Benjamín miró hacia abajo y se congeló. Señalé con mi dedo hacia el lado del edificio. Luego corrí atrás de un contenedor de basura, agazapándome. Desde ahí, observé al guardia, debió haber escuchado el sonido porque sus ojos inmediatamente viajaron hacia arriba, intentando encontrar la fuente del sonido.

“¡Ey!”, le gritó a Benjamín.

Corrió hacia la escalera y subió con una rapidez sobrehumana, sin duda era un Nephil. 

Benjamín siguió subiendo y en su apuro, la cámara se deslizó de su mano, cayendo y destrozándose. Le dio una breve mirada, sin poder creerlo, y siguió subiendo. Cuando llegó al cuarto piso, terminó de subir la escalera que se conectaba con la azotea, y desapareció. 

Corrí hacia el frente del edificio e intenté localizar a Benjamín. Mientras lo hacía, una sombra corrió arriba. No en el borde de la azotea, pero en el aire, entre este edificio y el otro al otro lado de la calle. Parpadeé, aclarando mi visión justo a tiempo de ver una segunda comenta correr a través del cielo, brazos y piernas moviéndose atléticamente. 

Mi mandíbula cayó. Benjamín y el Nephil estaban saltando edificios. Olvidé de preguntarme cómo lo estaban haciendo y seguí el sonido de sus zapatos. Mi amigo lanzó algo al suelo, cerca de mí y cuando lo vi, supe lo que tenía qué hacer: ir hacia su auto. 

A mitad de camino hacia el auto, Benjamín volteó a la derecha y el Nephil lo siguió. Sabía lo que él estaba haciendo, distrayendo al Nephil lo suficiente para que yo pueda entrar al auto antes que ellos. Tenía que apresurarme. Fui lo más rápido que pude, faltando solo una cuadra hacia el auto. La oscuridad ya estaba nublando mi visión. Finalmente llegué y me incliné contra el auto, buscando aire. Escaneé las azoteas, buscando alguna señal de los dos chicos.

Una figura salió del lado del edificio, piernas y brazos envolviéndose a través del aire mientras caía muerto. Benjamín golpeó el suelo y rodó. El Nephil aterrizó y cogió a Benjamín antes de lanzarle un golpe en el lado de su cabeza. Benjamín seguía inconsciente. 

Sin pensarlo, me metí dentro del auto. Coloqué las llaves de Benjamín en el encendido. Encendí también las luces e iluminé a Benjamín y el Nephil. Ambos voltearon la cabeza para verme, y mi amigo me gritó, pero yo no podía decir nada. El Nephil también gritó. Avancé hacia ellos con fuerza. En el último momento, el Nephil soltó a Benjamín y se alejó del auto. Benjamín no tuvo mucha suerte; voló hacia arriba, sobre el capó del auto. No tuve tiempo de preguntarme si se había herido antes que se metiera dentro del auto, a mi lado.

-¡Avanza!

Le hice caso y nos alejamos del lugar.

 -¿Qué fue eso? – solté - ¡Estaban saltando edificios!
-Te dije que era más fuerte de lo común.
-¡Sí, bueno, no mencionaste volar! ¡Y me dijiste que no te gustaba usar tus poderes!
-Tal vez me hiciste cambiar de parecer – sonrió - ¿Así que estuviste impresionada?
-¿Ese Nephil casi te captura y eso es todo lo que te importa?
-Lo supuse.
-¿Suponer qué?
-Te estás sonrojando.
-Estoy sudando – luego me di cuenta a qué se refería - ¡No estoy impresionada! Lo que hiciste ahí…lo que podría haber pasado…pienso que eres muy descuidado, y ¡me estás haciendo saltar de nervios cuando pones todo esto como una broma!

Su sonrisa se ensanchó.

-No hay más preguntas. Ya tengo mi respuesta. 

Ángeles Caídos #3: Quince

-Espera – dije - ¿Peter fue mi ex? 

Eso no cuadraba con la historia de Paula. O la de Cande.

-Ustedes cortaron. Algo que tuvo que ver con Paula, creo. Eso es todo lo que sé. Me mudé en medio del drama.
-¿Estás seguro que fue mi novio?
-Tus palabras, no las mías.
-¿Cómo se veía?
-Daba miedo.
-¿Dónde está ahora?
-Como dije, encontrarlo no será fácil.
-¿Sabes algo de un collar que él me pudo haber dado?
-Haces un montón de preguntas.
-Paula dijo que Peter era su novio. Dijo que él me había dado un collar que le pertenece a ella, y ahora lo quiere de vuelta. Dijo que él me había hecho ver lo bueno en ella y eso nos juntó.

Los ojos de Benjamín se rieron de mí.

-¿Y le creíste?

¿Por qué Paula mintió? ¿Para conseguir el collar? ¿Qué quería hacer con él? Si Peter era mi novio, explica los destellos que tenía cada vez que escuchaba su nombre, pero…si era mi novio, y yo significaba algo para él, ¿dónde estaba?

-¿Algo más que me puedas decir de Peter?
-Apenas lo conocía, y lo que sabía me daba miedo. Veré si puedo buscarlo, pero no prometo nada. Mientras tanto, hay que enfocarnos en una sola cosa. Necesitamos información de Hank, tal vez descubrir por qué tiene interés en ti y tu mamá y qué está planeando. Ambos ganamos algo con esto. ¿Estás adentro, Esposito?
-Claro que sí – dije, con fiereza.

sábado, 26 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Catorce (Parte 2)

Estábamos sentados afuera de una cueva, escondidos por las sombras de los árboles. Benjamín había insistido en que no diría más hasta que estuviéramos cubiertos de los espías de la Mano Negra.

La cueva era la nueva casa de Benjamín, estaba su mochila junto a una sábana para dormir. Además de desodorante, rasuradora y cosas de aseo, había una pequeña cocina, con platos y cubiertos. ¿Qué clase de vida tenía, escondiéndose y escapando de un lugar a otro?

-He estado observando a Hank por meses – dijo Benjamín.
-¿Estás seguro que Hank es la Mano Negra? Sin ofender, pero no figura dentro de una imagen de un militar escondido o…un hombre inmortal. Él trabaja en una empresa de autos más exitosa de la ciudad, es miembro del club de yates, y apoya a diferentes beneficencias. ¿Por qué le importaría sobre lo que pasa en el mundo de los Nephils? 
-Porque él también es un Nephil. Durante el mes judío de Cheshvab, todos los Nephil hacen un juramento de lealtad de renunciar a su cuerpo por dos semanas. No tienen elección. Renuncian a él y alguien más lo posee, un ángel caído. Rixon fue el ángel caído que solía poseer a la Mano Negra, por eso ahora está en el infierno. La Mano Negra puede estar libre, pero no quiere perdonar. Por eso está creando su ejército, está tratando de vencer a los ángeles caídos.
-Espera. ¿Quiénes son los ángeles caídos? – sonaba a una banda - ¿Y a qué te refieres con poseer?

Benjamín respondió con paciencia. Me explicó sobre cómo poseían los cuerpos y lo que significaba estar dentro de uno. Fue ahí cuando comprobé lo que había visto la otra noche, cuando Jev vino a rescatarme de Gabe, fue ahí cuando comprobé que Gabe me había estado haciendo alucinar con sus trucos mentales.

-Es así como esos poderes son aditivos – siguió explicando – Hay momentos en que sólo tienes deseos de más poder. Todos los Nephil tenemos más fuerza, somos más poderosos que los humanos. Cuando uso este anillo que tengo  - sacó un anillo de su bolsillo, tenía una corona estampada con un puño – lleva esa fuerza a un nivel completamente diferente. La Mano Negra me lo dio después que me reclutó para su ejército. No sé qué clase de maldición o encanto tiene el anillo, pero hay algo. Alguien que tenga este anillo es casi físicamente imparable. Antes que tú desapareciera, me quitaste mi anillo y me desvelé buscándolo. Pero una noche entré a tu casa, cuando ya habías sido secuestrada, y lo encontré en tu habitación.

Intenté simpatizar con Benjamín, pero estaba un poco decepcionada. Necesitaba entender cómo Gabe me había hecho el truco mental en caso me lo volviese a cruzar, y si Hank era realmente la Mano Negra, tenía que preguntarme si él estaba en mi vida por razones mucho más oscuras. 

-Bueno, regresemos a la noche en que me secuestraron – dije - ¿Tienes idea de quién pudo haber sido?
-Al principio pensé que era Rixon, pero eso fue antes de saber que él estaba en el infierno. Igual, todo es muy extraño. Los policías debieron saber que yo estaba contigo y con Rixon esa noche, tú se lo hubieses dicho, probablemente también que estaba herido. ¿Entonces por qué no vinieron por mí? Parece como sí….como si alguien hubiera borrado todo. No me refiero a la evidencia física, estoy hablando de trucos mentales. Borrar memorias, alguien lo suficientemente poderoso para lograr que la policía mire hacia otro lado.
-Un Nephil, quieres decir.

Se encogió de hombros.

-Tiene sentido, ¿verdad? Tal vez la Mano Negra no quería que la policía me busque, tal vez él mismo quería hacerse cargo. Si él me encuentra, créeme, no me va a entregar a la policía, me va a encerrar en una de sus jaulas y me hará sentir remordimiento sobre el día en que me escapé de él.
-¿Cuántos Nephils tienen esta clase de poder? – pregunté.
-Quién sabe, definitivamente la Mano Negra.
-¿Alguna vez has escuchado de un Nephil llamado Jev? ¿O un ángel caído, en todo caso? – agregué.
-No. Pero eso no dice mucho. ¿Por qupe?
-La otra noche conocí a un chico llamado Jev, él sabía sobre los Nephils. Detuvo a tres chicos y a los ángeles caídos, aquellos de los que te hablé que los estaban haciendo jurar lealtad. Esto va a sonar loco, pero Jev me dio un poco de energía, se sentía como electricidad. Era más fuerte que cualquier otra cosa. 
-Probablemente un buen indicador de su poder – dijo Benjamín – Derribar a tres ángeles caídos dice mucho de ellos. 
-¿Es así de poderoso y nunca has escuchado de él?
-Créelo o no, sé tanto como tú cuando se tratan de estas cosas.

Hubo un silencio hasta que decidí hacerle una pregunta que había estado rondando por mi cabeza.

-¿Por qué te saliste del ejército de Hank?

Benjamín se quedó quieto un momento, antes de suspirar y mirarme fijamente a los ojos. Luego, entendí el porqué de su gesto. Me contó lo que decía que ya me había contado la noche antes que me secuestren, en la casa de la risa. Que él tuvo que seguir una orden de Hank, dejando que un inocente muera.

-Rixon apretó el gatillo – dijo Benjamín – Dejé que tu padre entre en la trampa, pero fue Rixon quién dio el destino final.
-Rixon – repetí.

En pequeños pedazos, todo empezó a venir. Rixon llevándome por la casa de la risa, admitiendo que él había matado a mi padre. Rixon alzando su pistola hacia mí.

-¿Si Rixon no me secuestró, quién fue?
-¿Recuerdas que te dije que empecé a seguir a la Mano Negra en verano? Al principio de Agosto, él hizo un viaje hacia una cabina remota en el bosque y se quedó menos de veinte minutos. No miré por las ventanas, pero si escuché la conversación que tuvo unos días después, por teléfono. Le decía a la persona al otro lado de la línea que la chica aún estaba en la cabina. Esas fueron sus palabras. Dijo que no podía haber error. Me estoy empezando a preguntar si la chica era…
-Era yo – completé.

Hank Recca, un inmortal. Hank Recca, la Mano Negra. Hank Recca, posiblemente mi secuestrador.

-Pero hay un chico que probablemente puede darnos respuestas – dijo Benjamín – Si alguien sabe cómo obtener información, es él. Rastrearlo puede ser difícil, no sabría dónde empezar. Y dadas las circunstancias, puede que no nos quiera ayudar, especialmente por lo que pasó la última vez que lo vi. Casi me rompe mi mandíbula por intentar besarte.
-¿Besarme? ¿Qué? ¿Quién es este chico?

Benjamín frunció el ceño.

-Cierto, supuse que no lo recordarías, tampoco. Es tú ex…Peter.

***
Mil perdones por la demora, estuve un poco ocupada.
Más tardecito les dejo otro :)

miércoles, 23 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Catorce (Parte 1)

Después del almuerzo, subí a mi auto y empecé a conducir hacia la playa. Necesita tiempo a solas para relajarme. No sólo tenía que soportar la idea de mamá y Hank juntos, sino que resulta que parece que mamá cambiaría de trabajo y eso implicaba mudarnos de ciudad. ¿Por qué?

Estacioné el auto por la acera. Por el espejo retrovisor, un auto rojo brillaba detrás de mí. Vagamente recordaba haberlo visto en la carretera, siempre detrás de unos cuantos autos. El conductor probablemente quería hacer un paseo a la playa antes que el clima cambie por completo. Bajé del auto y sentí el aire chocar contra mí. Empecé a caminar entre las rocas, paralela al océano. Pero, pronto me tropecé con una roca y caí incómodamente hacia un lado. Murmurando, intenté a volverme parar y fue ahí cuando vi una sombra. 

Sorprendida, volteé. Reconocí al conductor del auto rojo. Era más alto del promedio y tenía uno o dos años más que yo. Su cabello estaba corto, con cejas castañas y ojos celestes. 

-Por fin saliste de casa – dijo, mirando alrededor – He estado tratando de comunicarme contigo por días.

Me puse de pie, balanceándome en una roca. Busqué familiaridad en su rostro, pero no encontraba nada.

-Lo siento, ¿nos conocemos?
-¿Crees que te han seguido? – sus ojos seguían mirando alrededor – Intenté mirar todos los autos, pero puede que me haya perdido de alguno. Hubiese sido mejor si dabas la vuelta a la manzana antes de estacionar.
-Honestamente, no tengo idea de quién eres.
-Eso es algo extraño de decirle al chico que te compró el auto con el que has venido.
-Espera. ¿Tú eres Benjamín?
-Escuché sobre tu amnesia. ¿Los rumores son ciertos, entonces? Se ve más malo de lo que decían.

¡Dios, qué optimista era! Crucé mis brazos sobre mi pecho.

-Ya que estamos en el tema, tal vez ahora es un buen momento para que me digas por qué dejaste el auto en mi casa la noche que desaparecí. Si sabes sobre mi amnesia, debes haber escuchado que fui secuestrada.
-El auto formaba parte de la disculpa por haber sido un idiota.
-Hablemos sobre esa noche – dije – Parece que ambos recibimos un disparo de Rixon esa misma noche. Eso fue lo que le dije a la policía. Tú, yo, y Rixon a solas en la casa de la risa. Si Rixon existe de verdad. No sé cómo lo hiciste, porque empiezo a creer que tú lo inventaste. Tú me disparaste y necesitabas a alguien más a quién echarle la culpa. ¿Me forzaste a decirle a la policía el nombre de Rixon? Y, siguiente pregunta, ¿me disparaste tú, Benjamín?
-Rixon está en el infierno ahora, Lali.

Temblé. Lo dijo sin ninguna duda. Si estaba mintiendo, merecía recibir un premio.

-¿Rixon está muerto?
-Está quemándose en el infierno, pero sí, es la misma idea. 
-¿Cómo sabes? ¿Le has dicho a la policía? ¿Quién lo asesinó?
-No sé a quién tenemos que agradecerle, pero sé que ya no está. 
-Vas a tener que mejorar con eso. Puede que al resto del mundo siempre lo convenzas, pero a mí. Dejaste un auto en mi casa la noche en que fui secuestrada. Luego te escondiste en otra ciudad. Perdóname si lo último que pienso de ti es que eres inocente. Creo que lo mejor que va contigo es “no confío en ti”

Suspiró.

-Antes que Rixon nos dispare, me convenciste que realmente era un Nephil. Tú fuiste la que me dijiste que yo no podía morir. Eres parte de la razón por la que escapé. Tenías razón, nunca iba a terminar como la Mano Negra. No había manera de ayudarlo a reclutar más Nephil para su armada.

Nephil. Esa palabra de nuevo. Siguiéndome a todos lados.

-¿Te dije que eras un Nephil? – pregunté nerviosa.

Cerré los ojos, queriendo que todo esto fuera una mentira. Pero en el fondo sabía que él estaba diciendo la verdad.

-Lo que quiero saber es por qué no recuerdas nada de esto – dijo – pensé que la amnesia no era así de permanente. 
-¡No sé por qué no puedo recordar! – espeté - ¿De acuerdo? No lo sé. Me desperté hace unas cuantas noches en un cementerio con nada. No podía recordar cómo había llegado ahí – empecé a sentir lágrimas formándose detrás de mis ojos – La policía me encontró y me llevó al hospital. Dijeron que había estado desaparecida por tres meses. Dijeron que tenía amnesia porque mi mente estaba bloqueando el trauma de protegerme a mí misma. ¿Pero quieres saber qué es lo loco? Estoy empezando a creer que no estoy bloqueando nada. Obtuve una nota. Alguien entró a mi casa y la dejó en mi almohada. Decía que aunque esté en casa, no estoy a salvo. Alguien está detrás de esto. Ellos saben lo que yo no sé. Saben lo que me pasó.

Por más que mi madre había insistido en que formaba parte de imaginación, estaba convencida que esa nota sí había estado ahí. 

Benjamín me estudió frunciendo el ceño.

-¿Ellos?

Alcé mis manos.

-Olvídalo.
-¿La nota decía algo más?
-Dije que lo dejes. ¿Tienes un pañuelo? – pequeñas lágrimas ya estaban cayendo.
-Ey – Benjamín dijo con gentileza, cogiéndome por los hombros – Va a estar bien. No llores, ¿de acuerdo? Estoy de tu lado. Te ayudaré a arreglar este desastre.

Cuando no me resistí, me jaló contra su pecho y golpeó suavemente mi espalda. Al principio fue incómodo, y luego se convirtió en un ritmo suave.

-La noche que desapareciste, yo me fui a esconder. No es seguro para mí el estar aquí, pero cuando vi en las noticias que habías vuelto y no podías recordar nada, tenía que venir. Tenía que encontrarte. Te debo mucho eso.

Sabía que debía apartarme. Sólo porque quería creerle a Benjamín no significaba que debía confiar en él por completo. O bajar la guardia. Pero estaba cansada de construir paredes, así que solté mis defensas. No podía recordar la última vez que me había sentido tan bien al ser sostenida. En su abrazo, casi podía hacerme creer que no estaba sola en esto. Benjamín me había prometido que atravesaríamos esto juntos, y quería creerle. Además, él me conocía y era un link a mi pasado y significaba mucho. 

-¿Por qué no es seguro que estés aquí? – finalmente pregunté.

-La Mano Negra está aquí. Sólo para asegurarme que estamos bien, ¿no recuerdas nada de esto? Quiero decir, ¿nada de nada?
-Nada.
-Apesta ser tú – dijo – La Mano Negra es el sobrenombre de un poderoso Nephil. Él está construyendo un ejército, y yo solía ser uno de sus soldados. Ahora soy un desertor, y si me atrapa no será nada bonito.
-Espera. ¿Qué es un Nephil?

Sonrió.

-Prepárate para sentir que tu mente explota, Esposito. Un Nephil – explicó pacientemente – es un inmortal. No puedo morir. Ninguno de nosotros.
-¿Cuál es el truco? – pregunté.

La palabra inmortal no podía ser literal. 

-Si salto – dijo, mostrando el choque de las olas con las rocas – Sobreviviré.

Bien, tal vez había sido un estúpido una vez para saltar. Y sobrevivir. Eso no probaba nada. Él no era inmortal, simplemente lo creía.

-No me crees – dijo, alzando las cejas – Anoche pasé dos horas en el océano, en busca de peces, y no me congelé. Puedo aguantar la respiración por ocho, nueve minutos. A veces me desmayo, pero cuando vuelvo, siempre floto y mis signos vitales funcionan.
-Eso no tiene sentido.

Tiene sentido para un inmortal.

Antes que pueda detenerlo, sacó un cuchillo y lo clavó en su muslo. Yo di un grito, insegura de qué hacer. Pero, rápidamente él sacó el cuchillo y maldijo por el dolor. Su jean llenándose de sangre.

-¡Benjamín! – grité.
-Regresa mañana – dijo – Estará como si nunca hubiese pasado nada.
-¿En serio? – espeté, ¿estaba loco?
-No es la primera vez que lo hago. He intentado quemarme vivo. Mi piel se quemó y se peló….unos días después estaba como nuevo.

Incluso ahora, la sangre en su jean estaba secando. La herida había dejado de sangrar. Él estaba…curándose. No quería confiar en mis ojos, pero verlo era creer. Fue ahí cuando recordé, Jev había jurado que Gabe no moriría.

-Bien… - susurré.
-¿Estás convencida? Todavía puedo hacer que un auto me atropelle…
-Creo que te creo – dije, intentando procesarlo - ¿Sabemos quién es la Mano Negra? – pregunté.
-La última vez que hablamos, los dos queríamos saber eso. Pasé el verano siguiendo pistas, que no fue fácil, dado que estoy viviendo a escondidas, sin dinero, trabajando solo, y la Mano Negra es cuidadoso. Pero he llegado a un hombre – sus ojos se enfocaron en los míos - ¿Estás lista? La Mano Negra es Hank Recca.

martes, 22 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Trece

Sábado por la mañana y aquellos ojos aún me cazaban, esos que me estudiaban, que se volvían suaves y sensuales como la seda. Jev me había dicho que no lo busque, pero no podía dejar de fantasear sobre todas las formas diferentes en que podíamos encontrarnos de nuevo.

Decidí correr por la mañana, hacer un poco de ejercicio podía ayudar a aclarar mi mente de pensamientos problemáticos. Y sí que ayudó. Pero, cuando llegué a mi habitación, luego de bañarme, y empecé a buscar algo para ponerme, encontré la pluma negra que había cogido del cementerio. Y, otra vez, me vino la duda de si debía votarla o no; algo me decía que era importante. Le hice caso al pensamiento y la guardé más al fondo en el cajón.

Estaba con Cande en nuestra cafetería, favorita, poniéndole al día sobre lo que había sucedido con Hank y mi madre, sin contarle lo de Gabe. Y, como si fuera coincidencia, me llegó un mensaje de Paula al celular.

-El collar es una cadena de plata de hombre, ¿lo encontraste?
-¿Cómo conseguiste mi número? – le respondí a Paula.
-Nuestros padres comparten más que saliva, idiota.

Cerré el celular y devolví mi atención a Cande.

-¿Puedo hacerte una pregunta estúpida? – dije.
-Mi clase favorita.
-¿Fui a una fiesta de Paula en el verano?
-Sí, recuerdo eso. Me llevaste a mí también. Aún me debes por ello, por cierto.

No era la respuesta que esperaba.

-Pregunta extraña. ¿Era amiga de…Paula?

Ahora vino la reacción que esperaba. Cande casi se ahoga con la donut que estaba comiendo.

-Tú y la pu, amigas. ¿Escuché eso bien? Sé que has perdido temporalmente la memoria, pero, ¿cómo has podido olvidar once años de ella haciendo estupideces?
-¿Qué me estoy perdiendo? Si no éramos amigas, ¿por qué me invitó a su fiesta?
-Invitó a todos. Estaba buscando donaciones para sus nuevos uniformes de porristas. Ella quiso nuestro dinero en la puerta – explicó Cande – Casi nos fuimos en ese entonces, pero tú querías espiar a… - cerró la boca.
-¿Espiar a quién?
-Paula. Queríamos espiarla. Así fue – asintió muy enérgicamente.
-¿Y?
-Queríamos robar su diario – dijo Cande – Íbamos a imprimir todas las partes jugosas en la revista escolar. ¿Bastante épico, verdad?

La observé, sabiendo que algo andaba mal con eso, pero fallé en descubrirlo.

-¿Sabes lo mal que suena eso, verdad? Nunca obtendríamos permiso para publicarlo.
-Nunca duele intentar.

Apunté un dedo hacia ella.

-Sé que me estás escondiendo algo.
-¿Quién, yo?
-Suéltalo, Cande. Prometiste no esconderme nada – le recordé.
-De acuerdo, de acuerdo. Fuimos a espiar a – hizo una pausa dramática – Antonio Amore.

Antonio y yo habíamos compartido la misma clase de Educación Física el año pasado. Tenía la personalidad de un chancho. Sin mencionar que Cande ya había jurado que no había nada entre ellos.

-Estás mintiendo.
-Tuve…un amor a primera vista con él – se sonrojó.
-Tuviste un amor a primera vista con Antonio Amore – repetí.
-¿Podemos hablar de otra cosa, por favor?

Después de once años, Cande aún podía sorprender.

-Primero, jura que no me estás escondiendo nada. Porque toda esta historia suena extraña.
-Honor de exploradora – dijo Cande – Fuimos a espiar a Antonio, final de la historia. Por favor, mantén el abuso verbal hacia él al mínimo. Ya estoy lo suficientemente humillada.
-Bien, de regreso a Paula, entonces. Anoche ella me contó que su novio, Peter, me dio un collar que se supone que debía dárselo a ella.

Cande se atragantó con su bebida.

-¿Dijo que Peter era su novio?
-El término exacto fue “coqueteo de verano”. Dijo que Peter era amigo de nosotras dos.
-Huh.
-¿Por qué siento que no entiendo nada?
-No conozco a ningún Peter – dijo Cande – De todos modos, parece un nombre de perro. Tal vez lo inventó. Si Paula es buena en algo, es enredar las mentes de las personas. Mejor olvidar todo sobre Peter y Paula. 
-¿El nombre Jev te suena de algún lado? – solté.
-¿Jev? ¿Sólo Jev? ¿Es un sobrenombre o qué?

Parecía que nunca había escuchado el nombre.

-Me choqué con un chico – expliqué – Creo que nos conocíamos, tal vez del verano. Su nombre es Jev.
-No puedo ayudarte, bebé.
-Tal vez es el sobrenombre de alguien. 
-No, no.

Abrí mi celular.

-¿Qué haces? – preguntó Cande.
-Mandándole a Paula un mensaje.
-¿Qué le preguntarás? Escucha, Lali…

Sacudí mi cabeza, adivinando sus pensamientos. 

-Este no es el inicio de una cosa de largo plazo, créeme. Te creo a ti, no a Paula. Este será el último texto que le mande. Voy a decirle que buen intento con sus mentiras gordas.

La expresión de Cande perdió la tensión.

-Díselo, bebé. Dile que sus mentiras tramposas son inútiles conmigo cuidando tu espalda.
-Busqué por todos lados, no hay collar alguno. Depravada – le escribí.
-Sigue buscando – respondió al minuto.