domingo, 4 de mayo de 2014

Sin Límites: Cuatro I

Realmente quiero esta hamburguesa

Los días empiezan a pasar de golpe, Octubre llegando a Noviembre. Me quedo atrapada en la universidad, el síndrome del estudio. Voy a clase cinco días a la semana, cinco o seis horas por día. Estudio rigurosamente por dos horas por cada hora que paso en clase. Luego duermo, como, me baño y tengo visiones esporádicas de mí y Thiago escondiéndonos en una habitación oscura. Eso me deja veinte horas para salir en alguna que otra fiesta con mis compañeras, o ir a tomar un café con Thiago un sábado por la tarde, o ir a comprar con mi compañera de habitación, o ir a la playa o al cine o aprender cómo jugar algo. Stefano también me llama de vez en cuando, lo que significa un completo alivio, y hemos estado desayunando casi semanalmente donde mi Mamá solía llevarnos cuando éramos pequeños.
Sigo viendo al cuervo por el campus de la universidad, pero hago lo mejor que puedo para ignorarlo, y mientras más lo veo y nada sucede, me convenzo más a mí misma que si no me vuelvo loca con el tema, todo estará bien. No importa si es un Ala Negra, si es Sam o no. Intento actuar como si todo estuviera normal.
Pero un día, Wan Chen y yo estamos saliendo del edificio de Química cuando escucho que alguien dice mi nombre. Me volteo y veo a un hombre alto en un traje marrón. Un ángel. No hay duda de ello. Tampoco hay duda de que es mi padre.
—Eh…hola —digo, tontamente.
No he escuchado de él ni lo he visto, no desde que mi Mamá falleció. Y encima se aparece de pronto, como por arte de magia.
—Así que eh…Wan Chen…este es mi padre —digo, cuando él se acerca—. Papá, mi compañera de habitación, Wan Chen.
—Encantada de conocerte —dice Papá.
La cara de Wan Chen pierde color y se excusa diciendo que tiene clase antes de alejarse. Papá tiene ese efecto en los humanos.
—¿Viniste en bicicleta? —pregunto, cuando veo que tiene una al lado.
Él ríe.
—No. Esto es para ti. Un regalo de cumpleaños.
Estoy sorprendida. Ni siquiera era mi cumpleaños y ni siquiera puedo recordar algún regalo de Papá en persona. Normalmente enviaba algo extravagante por correo.
—Tu madre arregló los regalos —confiesa—. Sabía lo que tú querrías. También fue la que sugirió esta bicicleta. Dijo que la necesitarías.
—Espera, ¿quieres decir que fue Mamá quién te envió todo esto?
Él asiente y me siento confundida.
—¿Viste a Stefano? —pregunta al cabo de un rato.
—Sí, vino a verme, y me ha llamado un par de veces, básicamente porque creo que él no quiere que lo esté cuidado. Está viviendo cerca de aquí, en algún lugar que no conozco. Mañana iremos a tomar un café. Esa es la única forma en la que puedo pasar tiempo junto a él, ofreciéndole comida gratis. Deberías venir con nosotros.
Papá ni siquiera lo considera.
—Él no querrá hablarme.
—¿Y qué? Es un adolescente. Tú eres su padre —digo—. Deberías hacer que regrese a casa, pienso.
Papá sacude su cabeza.
—No puedo ayudarlo Mar. He visto cada posible versión de lo que podría suceder y él nunca me escucha. Mi interferencia sólo empeorará las cosas. —Se aclara la garganta—. Como sea, yo vine aquí por una razón. Me han dado la tarea de entrenarte.
—¿Entrenarme? ¿Para qué? —digo, con el corazón latiendo con mayor rapidez.
—No sé si sabes esto de mí pero soy un soldado de Dios y manejo muy bien la espada…
—¿La espada? ¿Vas a entrenarme para saber usar una espada? ¿Cómo una espada de fuego?
Pero esa es la visión de Thiago…no la mía.
Papá sacude su cabeza.
—La gente usualmente la confunde con una espada de fuego por la forma en que brilla, pero está hecha de gloria.
—¿Una espada de gloria? ¿Por qué?
Él duda.
—Es parte del plan.
—Ya veo. Así que hay un plan definitivo, involucrándome a mí.
—Sí. ¿Así que estás lista?
—¿Qué, ahora?
—No hay mejor momento que el presente —dice.
Caminamos lentamente hacia el edificio Roble.
—¿Y cómo anda la universidad? —pregunta.
—Bien.
—¿Y cómo está tu amigo?
—¿Cuál? —me parece bizarro que pregunte.
—Ángela —dice—. Ella es la razón por la que viniste aquí, ¿verdad?
—Ah, sí. Ángela está bien, creo.
La verdad es que, no he salido con ella desde el día de la Iglesia, casi tres semanas atrás. La llamé la semana pasada y le pregunté si quería ir al cine conmigo, pero me canceló diciéndome que estaba ocupada. Tampoco está interesada en ir a fiestas o a lecturas de poesía. E incluso en las clases que tenemos juntas, ha estado silenciosa y sin hablar. Últimamente, he visto más a sus compañeras de habitación que a ella. Sin duda algo intenso está sucediendo con ella y me imagino que el tema del número siete la está obsesionando.
Finalmente, Papá me pide que lo lleve a algún lugar donde nadie nos pueda interrumpir y se me ocurre el sótano, donde hay un estudio sin ventanas.
—Así que primero debemos decidir dónde te gustaría entrenar —dice cuando hemos llegado.
—Estoy confundida —digo, mirando alrededor.
—Este es el punto de inicio —dice—. Debes decidir dónde termina.
—De acuerdo. ¿Cuáles son mis opciones?
—Cualquier lugar —dice—. Intenta con un lugar que conozcas bien, dónde puedas sentirte cómoda y relajada.
Eso es fácil. Ni siquiera tengo que pensarlo.
—De acuerdo. Llévame a casa.
—Ahí será.
Papá se coloca en frente de mí.
—Cruzaremos ahora. Y eso significa…—empieza a explicar cuando ve mi cara de confusión —olvidar las reglas del tiempo y espacio en orden de movernos de un lugar al otro rápidamente. El primer paso es la gloria.
Espero a que suceda, pero no pasa nada. Miro a Papá y el asiente con su cabeza.
—¿Qué? ¿Yo lo haré?
—Ya lo has hecho antes.
—Sí, no sabía qué estaba haciendo.
—Ladrillo por ladrillo, querida —dice.
Trago con fuerza y cierro mis ojos. Dejo de pensar, dejo de procesar, sólo me dejo ser. Escucho mi respiración, intento vaciarme, olvidarme de todo porque sólo tengo que alcanzar el lugar silencioso dentro de mí que es parte de la luz.
—Bien —murmura Papá.
Cuando abro los ojos, la luz gloriosa nos está iluminando.
—En este estado —dice—, tienes acceso a todo lo que pidas. Simplemente debes aprender cómo hacerlo. Sólo tienes que creer. Y es así cómo pasas de del cielo a la tierra, y cómo es posible para mí viajar de un lugar de la tierra al otro.
—¿Vas a enseñarme cómo moverme a través del tiempo también? —pregunto, emocionada.
—No —dice, frunciendo el ceño.
—¿No es parte del plan, eh?
Coloca su mano en mi hombro y lo sacude gentilmente.
—Volverás a ver a tu madre, Mar.
—¿Cuándo? —pregunto—. ¿Cuándo muera?
—Cuándo más la necesites —dice.
—Pero por ahora, puedo qué, ¿cruzar hacia dónde quiera ir?
Toma mis manos entre las suyas y me mira a los ojos.
—Sí. Puedes. Una vez que estás conectada con la gloria, debes encontrar la energía del lugar. Debes pensar en ese lugar al que quieres ir. No la ubicación en el mapa, pero sí la vida de ese lugar.
—¿Cómo…el gran árbol en frente del patio de mi casa?
—Eso sería lo ideal —dice—. Alcanza ese árbol, ese poder que está generado por el sol, las ramas estrechándose en la tierra, bebiendo, la vida de las hojas…
Por un minuto estoy hipnotizada por el sonido de su voz. Cierro mis ojos, y puedo verlo todo con claridad: mi árbol, las hojas empezando a cambiar de color y caerse, el movimiento del viento, el susurro del mismo.
—No lo estás imaginando —dice Papá—. Estamos aquí.
Abro mis ojos y jadeo. Estamos en frente de mi patio, debajo del árbol. Así de simple.
Papá suelta mis manos.
—Muy bien.
—¿Esa fui yo, no tú?
—Solamente tú.
—Fue…fácil.
Estoy sorprendida por lo simple que fue, y por más que suene algo imposible, pude atravesar miles de millas en un parpadeo.

Sin Límites: Tres II

Ese estúpido cuervo está afuera de mi clase, de pie encima de una rama, justo afuera de mi ventana, observándome. Me mira fijamente, con esos ojos amarillos intensos.
Seguramente es una coincidencia, pienso. No es el mismo cuervo. No lo puede ser. Se ve igual, pero…¿cuántos cuervos se ven igual? ¿Qué quiere?
Aléjate, pienso ante el ave. No seas un Ala Negra. Sólo sé una estúpida ave. No quiero lidiar con un Ala Negra ahora mismo.
El cuervo inclina su cabeza, hace su sonido característico y se aleja. Tomo un respiro profundo y lo suelto. Estoy volviéndome paranoica, me digo a mí misma. Es sólo un ave, es solo un ave.
La clase termina e intento alejar aquellos pensamientos mientras me dirijo hacia la Iglesia de la universidad para encontrarme con Ángela. Su mensaje de texto durante la clase diciéndome que era importante encontrarme con ella, me hizo pensar en su visión. ¿Habría descubierto algo más? Al fin y al cabo, su visión sucedería aquí en Stanford.
Cuando llego a la Iglesia e ingreso, me demoro en encontrar a Ángela, perdida entre la multitud de estudiantes reunidos, la mayoría caminando lentamente hacia el frente del santuario. Camino a través de ellos, buscando a mi amiga hasta que la encuentro. Ella está con los otros, caminando dentro de un círculo en lo alto de las escaleras del frente. Algo está recostado en el suelo, como una alfombra enorme, de un azul profundo con patrones blanco en ésta. Ella no me ve. Sus labios están cerrados en concentración y se mueven como si estuviera diciendo algo, pero no escucho ningún sonido además del movimiento de sus pies, el susurro de la ropa mientras la gente camina. Se detiene en medio del círculo, inclina su cabeza por un largo momento y luego empieza de nuevo, caminando lentamente, sus brazos colgando a su lado.
Tomo asiento en la fila del frente y espero, me inclino hacia adelante contra mis rodillas y cierro mis ojos. Tengo un recuerdo repentino de Stefano de pequeño, cuando íbamos a la iglesia, durmiéndose en medio de un sermón. Mamá y yo luchábamos por no reír, pero luego él empezaba a roncar y Mamá lo golpeaba suavemente en las costillas y él se levantaba de un golpe. ¿Qué pasa?, susurraba. Estaba rezando.
Abro mis ojos. Hay alguien a mi lado, poniéndose los zapatos. Es Ángela. Se le ve frustrada y emocionada al mismo tiempo.
—Hola —digo, pero ella hace un gesto hacia la puerta.
La sigo hacia afuera, contenta de recibir el aire fresco, el sol repentino y la briza que mueve las hojas de los árboles.
—Te demoraste en llegar —dice Ángela.
—¿Qué era esa cosa que estaba en el suelo? —pregunto.
—Es un laberinto. Una imitación de uno, al menos. La idea es que el caminar en círculos puede liberar tu mente, así puedes rezar.
Arqueé una ceja.
—Estaba pensando en mi propósito.
—¿Funciona? ¿Tu mente se liberó?
Se encoge de hombro.
—Al principio pensé que no tenía sentido, pero se me ha hecho difícil concentrarme últimamente. —Se aclara la garganta—. Así que lo intenté, y después de un tiempo, obtuve esta claridad increíble. Es raro. Simplemente te llega. Luego descubrí que podía lograr que la visión llegue a mí de esta forma.
—¿Hacer que la visión venga? ¿A propósito?
—Claro que a propósito.
Saber esto instantáneamente hace que tenga ganas de regresar y probarlo. Tal vez obtenga más que un poco de oscuridad. Tal vez descubra mi visión. Pero hay otra parte de mí que tiembla ante la idea de ingresar a la habitación negra voluntariamente.
—Así qué….¿por qué te envié un mensaje? Tengo las palabras —dice Ángela con sus hombros tensos.
La miro. Ella lanza sus manos hacia el aire.
—¡Las palabras! ¡Las palabras! Todo este tiempo, quiero decir, por años, he estado viendo este lugar en mis visiones y ahora se supone que debo decirle algo a alguien, pero nunca me escucho a mí misma diciendo las palabras. Me está volviendo loca, especialmente desde que entré aquí y sé que va a suceder pronto. Se supone que debo ser una mensajera, al menos eso es lo que pensaba, pero no conocía el mensaje, hasta ahora. —Toma un largo respiro, lo suelta. Cierra sus ojos—. Las palabras.
—¿Cuáles son?
Abre sus ojos, sus pupilar brillan.
—El siete es nuestro —dice.
—¿Qué significa eso?
Su cara cae, como si estuviera esperando que yo supiera la respuesta.
—Bueno, sé que el número siete es como el número más significativo de todos.
—¿Por qué hay siete días en la semana?
—Sí. Siete días en la semana. Siete notas en la escala musical. Siete colores en el espectro. Siete es el número de la perfección y la divinidad. Es el número de Dios.
—El número de Dios —repito—. ¿Pero, qué significa eso? ¿El siete es nuestro?
—No lo sé —confiesa, frunciendo el ceño—. He estado considerando que puede ser un objeto de alguna clase. O una fecha, supongo.
—Y le dirás aquella frase al hombre del traje gris —le recuerdo.
—Sí.
—¿Sabes quién es?
Hace un sonido de irritación. Es obvio que no lo sabe.
—Siento que lo reconozco, en la visión, pero él tiene la espalda contra mí. No veo su cara. Pero lo voy a descubrir, obviamente —agrega.

Sin Límites: Tres I

El Laberinto

Esa noche sueño con Peter, ambos cabalgando a Midas en el bosque. Estoy sentada detrás de él, mis piernas presionadas contra las suyas mientras su caballo se mueve debajo de nosotros, mis brazos envueltos débilmente alrededor de su pecho. Mi cabeza está llena del olor del pino, del caballo y de Peter. Estoy completamente relajada, disfrutando del sol en mis hombros, la briza en mi cabello, la sensación de su cuerpo contra el mío. Él es caliente, bueno y fuerte. Es mío. Me inclino contra él, presiono un beso en su hombro a través de su camisa azul pálido.
Él se voltea a decirme algo y el ala de su sombrero me golpea en la cara. Estoy sorprendida; pierdo mi equilibrio y casi me caigo del caballo, pero él me endereza. Se quita su sombrero, me mira con su cabello castaño desordenado, ojos grises, y ríe roncamente, lo que hace que me dé escalofríos.
—Esto no está funcionando. —Coloca el sombrero en mi cabeza y sonríe—. Ahí está, mucho mejor en ti—. Inclina su cara para besarme. Sus labios ligeramente agrietados pero gentiles, tiernos en mí. Su mente llena de amor.
En este momento sé que estoy soñando. Sé que no es real. Ya puedo sentirme a mí misma despertándome. No quiero despertar, pienso. Aún no.
Abro mis ojos. Aún está oscuro, una lámpara afuera enviando una luz a través de nuestra ventana abierta. Estoy llena de un extraño sentimiento, casi como un deja vú. El edificio está extrañamente silencioso, así que sé, sin mirar el reloj, que debe ser bastante tarde, o temprano, dependiendo desde donde lo mires.
El sueño es injusto, pienso. Especialmente desde que la pasé tan bien con Thiago esta mañana, cuando nos pusimos a volar en un descampado. Me siento conectada a él, como si finalmente estoy donde se supone que debería de estar. Me siento bien.
Sueño idiota. Mi estúpida subconsciencia se está rehusando a enfrentar los hechos: Peter y yo ya terminamos. Finalizamos.
Cerebro idiota el mío. Idiota corazón.
Hay un sonido ligero, tan pequeño que por un momento creo haberla imaginado. Me siento, escuchando. Luego suena de nuevo. Me doy cuenta que fue ese pequeño golpe en la puerta lo que me despertó. Camino hacia la puerta en puntas de pie y la abro, miro de reojo hacia el pasillo.
Mi hermano está afuera.
—¡Stefano! —jadeo.
Probablemente debería tomar las cosas con calma, pero no puedo. Lanzo mis brazos a su alrededor. En se aturde sorprendido, sus músculos tensados, pero finalmente coloca sus manos en mi espalda y se relaja. Se siente tan bien ser capaz de abrazarlo, saber que está bien, a salvo y sin daños.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, después de un minuto—. ¿Cómo me encontraste?
—¿Crees que no podría llegar a rastrearte? —dice—. Creí haberte visto ahora, y supongo que te extraño.
Me alejo apenas para mirarlo. Se ve más grande, de alguna manera. Más alto, pero delgado. Mayor.
Lo agarro por el brazo y lo llevo hacia el primer piso, la lavandería, donde podemos hablar sin despertar a nadie.
—¿Dónde has estado? —demando.
—Por ahí. ¡Oye! —agrega cuando lo golpeo en el hombro.
—¡Pequeño desconsiderado! —grito, golpeándolo más fuerte—. ¿Cómo pudiste irte así? ¿Tienes idea de lo preocupada que hemos estado?
—¿Quiénes son “nosotros”?  —pregunta.
—¡Yo, idiota! Y Emi, y Papá…
Sacude su cabeza.
—Papá no se preocupa por mí —dice y en sus ojos veo el enojo contra Papá, por no estar ahí cuando éramos niños, por mentir, por todo.
—¿Dónde has estado, Stefano? —pregunto calmadamente, tocando su brazo helado.
—He estado haciendo mis propias cosas.
—Podrías habernos dicho a dónde estabas yendo. Podrías haber llamado.
—¿Para qué? ¿Para qué así pudieses convencerme de ser un pequeño niño bueno?
Hay un minuto de silencio.
—¿Estás yendo al colegio? —agrego finalmente.
—¿Por qué haría eso?
—¿Así que no planeas graduarte?
—¿Para qué? ¿Así puedo entrar a una lujosa universidad como Stanford? Graduarme, conseguir un trabajo a tiempo completo, casarme, comprar una casa, un perro, tener un par de hijos… ¿cómo serán nuestros hijos de todos modos? ¿Treintaisiete por ciento ángeles de sangre? ¿Y vivir el sueño americano?
—Si es lo que quieres.
—No es lo que quiero —dice—. Eso lo hacen los humanos, Mar. Yo no soy uno.
—Sí, lo eres.
—Sólo soy un cuarto de humano.
Cruzo mis brazos sobre mi pecho, tiemblo aunque no es el frío.
—Stefano —digo—. Simplemente no podemos correr de nuestros problemas.
Se aleja hacia la puerta.
—Fue un error venir aquí —murmura.
—Espera —digo, cogiendo su brazo.
—Déjame, Mar. Estoy cansado de jugar. He terminado con todo. No voy a tener a nadie más diciéndome qué hacer, nunca más. Voy a hacer lo que quiero.
—¡Lo siento! —Me detengo, respiro—. Lo siento. —Intento de nuevo, más calmada—. Tienes razón. No es mi lugar el decirte qué hacer. No soy…
Mamá, pienso, pero la palabra no sale. Suelto su brazo y retrocedo un par de pasos.
—Lo siento —repito.
Me mira con dureza por un minuto como si estuviera decidiendo cuánto decirme.
—Estoy bien Mar, ¿de acuerdo? Por eso vine aquí, a decírtelo. No tienes que preocuparte, estoy bien.
—De acuerdo —murmuro, mi voz delgada—. Stefano…
—Tengo que regresar.
—¿Necesitas dinero?
—No. —Pero aún así espera a que vaya a mi habitación y recoja mi billetera.
—Sí necesitas algo, llámame —le ordeno—. En serio.
—¿Para qué? ¿Para qué me ordenes? —dice, pero se nota la broma en su voz.
Lo acompaño hasta la puerta principal. Hace frío afuera. Me preocupa que no tenga un abrigo, me preocupa que cuarenta dólares, los que le di, no sean suficientes para mantenerlo a salvo. Me preocupa no volverlo a ver.
—Ahora es cuando sueltas mi brazo —dice.
Suelto mis dedos.
—Stefano, espera —digo, mientras se aleja.
Él no se detiene, no se voltea.
—Te llamaré Mar.
—Más te vale —le grito.

Sin Límites: Dos

Cerca blanca de piquete

Esta vez alguien más está conmigo en la oscuridad, otra persona respirando temblorosamente en algún lugar detrás de mí.
Aún no puedo ver nada, no puedo determinar dónde estoy, aunque esto es como la milésima vez que tengo esta visión. Está oscuro, como siempre. Estoy intentando mantenerme callada, intentando no moverme, no respirar, así puedo explorar mi alrededor. El suelo está inclinado hacia abajo, alfombrado. Hay un aroma de aserrín en el aire, nueva pintura, y esto: la idea de un olor distintivamente masculino, como desodorante o crema de afeitar, y ahora la respiración. Cerca, creo. Si me volteo y me estiro, podría tocarlo.
Hay pasos encima de nosotros: pesados y haciendo eco, como personas descendiendo un conjunto de escaleras de madera. Mi cuerpo se tensa. Seremos encontrados. De alguna forma sé esto. Lo he visto cientos de veces en mis visiones. Lo estoy viendo ahora mismo. Quiero deshacerme de esto, quiero llamar a la gloria, pero no lo hago, creyendo que no sucederá esta vez. Aún tengo esperanza.
Hay un ruido detrás de mí, extraño y alto, tal vez un gato aullando o un pájaro cantando. Me volteo hacia el sonido.
Hay un momento de silencio.
Luego viene una explosión de luz, cegándome. Me alejo de ésta.
—¡Mar, agáchate! —grita una voz.
En ese momento salvaje, instantáneamente sé quién está conmigo, reconozco su voz en cualquier lugar, y me encuentro a mí misma poniéndome de pie, porque alguna parte de mí sabe que ahora tengo que correr.
***
Me despierto con el rayo de la luz del sol en mi cara. Me toma un segundo reaccionar dónde estoy: en mi habitación, en la universidad. Las campanas de la Iglesia suenan a la distancia. Olor de detergente y rasuradoras. He estado en Stanford por más de una semana, y esta habitación aún no se siente como casa.
Mis sábanas están desordenadas. Realmente debo de haber estado intentando correr. Me recuerdo por un minuto, tomando profundas respiraciones desde mi abdomen, intentando calmar mi corazón acelerado.
Thiago está ahí. En la visión. Conmigo.
Claro que él está ahí, pienso. Ha estado en todas las visiones que he tenido. Pero hay algo de comodidad en ello.
Me siento y miro a mi compañera de habitación, Wan Chen, dormida en la cama al otro lado de la habitación, roncando. Me libro de mis sábanas y me coloco un jean y una sudadera con capucha, me hago una cola de caballo, intentando no hacer ruido para no despertarla.
Cuando salgo, hay un gran ave sentada en el poste de luz cerca a mi dormitorio, de forma negra. Se gira para mirarme. Me detengo.
Siempre he tenido una relación complicada con las aves. Incluso antes de saber que era un ángel de sangre, entendía que había algo raro sobre la forma en que las aves se silenciaban cuando yo pasaba, la forma en que me seguían.
Una vez, cuando había tenido un picnic con Peter, alzamos la mirada y teníamos nuestra mesa rodeada de aves, no los comunes que intentan coger tu comida, sino también otros tipos de aves.
—Eres como una caricatura de Disney, Zanahoria —Peter se burlaba—. Deberías lograr que te hagan un vestido o algo.
Pero esta ave se siente diferente, de algún modo. Es un cuervo, creo. Y me observa, silenciosa. Pensativa, deliberada.
Emi una vez dijo que las Alas Negras podían convertirse en aves. Es la única forma que pueden volar, de otro modo su pena hace mucho peso y los hace caer. ¿Así que esta ave es un cuervo ordinario? Salto ante éste. Inclina su cabeza y me mira de vuelta con sus ojos amarillos.
Terror corre por mi espina.
Vamos Mar, pienso, Es sólo un ave.
Me tranquilizo y lo paso, abrazando mis brazos contra mi pecho, por la mañana fría. El ave da un graznido, una filuda advertencia que manda escalofríos por mi espalda. Sigo caminando. Después de unos cuantos pasos, miro sobre mi hombro al poste de luz. El ave se ha ido.
Suspiro y me digo a mí misma que me estoy volviendo paranoica, sólo estoy asustada por la visión. Intento alejar al ave de mi mente y sigo caminando. Rápido. Antes de saberlo, ya estoy al otro lado del campus, debajo de la ventana de Thiago, caminando de un lado al otro en la acera porque realmente no sé qué estoy haciendo aquí.
Debí haberle contado sobre la visión, pero estaba muy preocupada por otras cosas. Hemos estado aquí por caso dos semanas y ninguno de los dos ha hablado sobre visiones o propósito o cosas relacionadas a ángeles. Hemos estado jugando a ser alumnos de primer año de universidad, pretendiendo que no hay nada más para nosotros que aprendernos los nombres de las personas y saber a qué clases hay que ir e intentando no vernos como idiotas en esta universidad donde todos parecen genios.
Pero ahora debo decírselo. Necesito hacerlo. Sólo que son, reviso mi celular, siete y quince de la mañana. Muy temprano.
—¿Mar? —su voz en mi cabeza suena agotada.
—Mierda, lo siento. No quería despertarte.
—¿Dónde estás?
—Afuera. Yo…Aquí.
Digito su número y él responde al primer llamado.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—¿Quieres salir a pasear? —pregunto—. Sé que es temprano…
Puedo sentirlo sonreír al otro lado de la línea.
—Absolutamente. Salgamos.
—Bien.
—Pero primero déjame ponerme un pantalón.
—Hazlo —digo, contenta que no me vea completamente sonrojada ante la idea de él en bóxer—. Estaré aquí mismo.
Unos minutos después sale con un jean y una camiseta con el logo de la universidad, su cabello desordenado. Se restringe el abrazarme. Está aliviado de verme después de nuestra pequeña pelea la semana anterior. Yo di la idea que quería ser doctora pero él me llenó de contradicciones. Quiere decirme que lo siente, quiere decirme que me apoyará en todo lo que yo decida hacer.
—Gracias —murmuro, sin que sea necesario que lo diga en voz alta—. Eso significa un montón.
—¿Así que, qué está sucediendo? —pregunta.
Es difícil saber por dónde empezar.
—¿Quieres salir del campus por un momento?
—Claro —dice, un destello de curiosidad en sus ojos verdes—. No tengo clase hasta las once.
Empiezo a caminar hacia mi edificio.
—Vamos —lo llamo sobre mi hombro.
Él trota hasta llegar a mi lado.
***
Veinte minutos después, estamos conduciendo alrededor de mi antigua ciudad.
—Calle Mercy —dice Thiago mientras pasamos por esta antigua tienda de donuts dónde solía ir—. Calle Church. Calle Hope….
—Sólo son nombres Thiago.
Reviso mi espejo y me encuentro a mí misma no preparada para la mirada de sus ojos verdes, fijos en mí. Aparto la mirada.
No sé que espera que haga ahora que estoy oficialmente soltera. No sé lo que yo espero de mí misma. No sé lo que estoy haciendo.
—No estoy esperando nada, Mar —dice, sin mirarme—. Si quieres salir conmigo, genial. Si quieres algo de espacio, también lo entiendo.
Estoy aliviada. Podemos tomar esto de “pertenecemos juntos”, lentamente, descubrir lo que realmente significa. No tenemos que apurar las cosas. Podemos ser amigos.
—Gracias —digo—. Y, mira, no te hubiese dicho para salir si no quisiera hacerlo.
Eres mi mejor amigo, quiero decir, pero por alguna razón no lo hago.
Él sonríe.
—Llévame a tu casa —dice, impulsivamente—. Quiero ver dónde vivías.
Obedientemente, lo hago doblar a la derecha, a mi antiguo barrio. Pero no es mi casa, ya no. Es la casa de otra persona ahora, y el pensamiento me pone triste.
—Linda —dice Thiago, cuando llegamos—. Con toda una cerca blanca de piquete.
—Sí, mi mamá era una tradicionalista.
La casa también, se ve exactamente igual. No puedo dejar de ver la pequeña cancha de básquet dónde mi hermano solía jugar. Lo extraño tanto.
—Así que dime —dice Thiago, sacándome de mis pensamientos.
Trato de pasarle por la cabeza la visión, que él está ahí conmigo, en la habitación oscura. Él gritándome que me agache.
—Bueno. No es un tipo de visión muy visual, ¿verdad? —dice.
—No, es bastante oscuridad y adrenalina. ¿Qué piensas? —digo.
Sacude su cabeza.
—¿Qué dice Ángela?
Me muevo incómoda.
—No hemos hablado del tema.
Mira mi cara, sus ojos entrecerrándose ligeramente.
—¿Le has contado a alguien más? —lee mi expresión de culpabilidad—. ¿Por qué?
Suspiro.
—No lo sé.
—¿Por qué no le has dicho a Emi? Esa es la razón por la que ella se convirtió en tu guardián, ya sabes, para ayudarte en cosas como ésta.
Porque ella no es mi mamá, pienso.
—Emi se acaba de casar con tu tío —explico—. No quiero expresar mi depresión justo cuando es su luna de miel. Y, Ángela, bueno, ella tuvo su tema en Italia.
—¿Qué tema? —pregunta, frunciendo el ceño.
Muerdo mi labio. Desearía poder contarle sobre Camilo.
—¿Quién es Camilo? —pregunta Thiago—. Espera, ¿él no fue el ángel quién le contó a Ángela sobre las Alas Negras? —sus ojos se amplían mientras encuentra los míos—. ¿Él es el misterioso novio italiano?
Es oficial. Apesto guardando secretos, especialmente a él.
—¡Oye! ¡No leas mi mente! ¡No puedo hablar sobre ello! —espeto—. Lo prometí.
—Entonces deja de pensar en eso —dice, lo que hace que piense más en ello—. Caray, Ángela y un ángel.
Hay un momento de silencio.
—Así que eh…de regreso a tu visión.
—No te lo dije porque no quería volver a tener una visión —confesé—. No ahora mismo. Siento no habértelo dicho —dije—. Debí decir algo.
—Yo tampoco te conté sobre la mía. Básicamente por la misma razón. —Se detiene—. Es irónico —agrega—. Tú has estado teniendo un visión de oscuridad y yo de luz.
—¿Qué quieres decir?
—Todo lo que veo es luz. No sé dónde estoy. No sé lo que se supone que estoy haciendo. Sólo luz. Me tomó unas cuantas veces descubrir qué era.
—¿Qué era qué?
—La luz. —Me mira—. Es una espada.
Mi boca se abre.
—¿Una espada?
—Una espada flameante. Primero en todo lo que pensaba era. ¿Qué genial es eso? Tengo una espada, hecha de fuego. ¿Genial, verdad? —su sonrisa se desvanece—. Pero luego empiezo a pensar sobre lo que podría significar, y cuando le conté a mi tío, él se volvió loco. Me empezó a obligar a hacer más ejercicio.
—¿Por qué?
—Porque obviamente voy a tener que pelear.
—¿Contra quién?
—No tengo idea. Pero mi tío se está asegurando que esté preparada para lo que sea.
—Caray —digo—. Lo siento.
—Sí bueno, es obvio que nunca tendremos vidas normales, ¿verdad?
Silencio.
—Lo descubriremos, Thiago —digo, finalmente.
Él asiente, pero hay algo más que lo moleta, una pena que llega hasta mí y hace que encuentro sus ojos. Luego sé sin tener que preguntar que su tío se está muriendo. Está llegando a la regla de los ciento y veinte años.
—¿Cuándo? —susurro.
—Pronto. Unos pocos meses, es su mejor chance. Él no quiere que esté ahí. No quiere que lo vea así.
Lo entiendo. Al final mi mamá estaba tan débil que ni siquiera podía ir al baño.
Deslizo mi mano sobre la suya, lo que lo sorprende. La electricidad familiar pasa entre nosotros, haciéndome más fuerte. Más valiente. Recuesto mi cabeza en su hombro. Intento consolarlo de la forma en qué siempre lo ha hecho.
—Estoy justo aquí —le digo—. No me voy a ninguna parte.
—Gracias.

Sin Límites: Uno II

Mar.
Escucho la voz en mi cabeza, diciendo mi nombre, antes de escucharla en voz alta. Estoy en la plaza de la Universidad de Stanford, en medio de más de quinientos alumnos de primer año y sus padres, pero los escucho alto y claro. Empujo entre la multitud, buscando su cabello desordenado, sus ojos verdes. De pronto, la gente se aparta de mí y lo veo, como a veinte pasos de mí, dándome la espalda. Como siempre. Y, como siempre, es como si las campanas sonaran dentro de mí, reconociéndolo.
— ¡Thiago! —lo llamo.
Él se voltea. Nos movemos entre la multitud para encontrarnos. En un destello de tiempo, estoy a su lado, sonriéndole, casi riendo porque se siente muy bien el estar juntos después de tanto tiempo.
—  Oye —dice—. Gracioso el encontrarte aquí.
— Sí, gracioso.
No se me ocurre hasta este preciso minuto, lo mucho que lo he extrañado. Estaba tan ocupada extrañando a otras personas, a mi madre, Stefano, Peter, Papá, atrapada en todo lo que dejé atrás. Pero ahora…es como si una parte de ti dejara de doler y de pronto eres tú misma de nuevo, saludable y completa, y sólo ahí te das cuenta que has estado llena de dolor por un tiempo. He extrañado su voz en mi cabeza, en mis oídos. He extrañado su cara, su sonrisa.
— Yo también te he extrañado —dice, inclinándose para decirlo en mi oído, así lo puedo escuchar sobre la multitud de voces.
Su aliento contra mi cuello hace que tiemble. Retrocedo incómoda, de pronto consciente de todo.
— ¿Cómo estuvo tus vacaciones? —es todo lo que se me ocurre preguntar.
Su tío siempre lo lleva a las montañas durante el verano, pasa todo este tiempo entrenando, lejos del Internet y de la Televisión y de otras distracciones. Lo hace practicar llamando a la gloria, y todas estas habilidades de ángeles.
— La misma rutina de siempre —dice—. Mi tío ha estado más intenso este año, si es que puedes creer eso. Me hizo trabajar como un perro.
— ¿Por qué?
Sus ojos se ponen serios.
— Te digo después, ¿de acuerdo? —dice en mi mente—. ¿Cómo estuvo Italia? —me pregunta en voz alta.
— Interesante —digo.
Ángela escoge ese momento para aparecer a mi lado.
— Hola Thi —dice, alzando su mentón en son de saludo—. ¿Cómo te va?
Él hace un gesto a la multitud de alumnos de primer año.
— Creo que la realidad finalmente está empezando a establecerse.
— Sé a lo que te refieres —dice ella—. Tuve que pincharme para realmente creerme que estaba aquí. ¿En qué habitación estás?
— Cedro.
— Mar y yo estamos en Roble. Creo que eso está al otro lado del campus.
— Lo está —dice él—. Lo chequeé.
Está contento de haber terminado al otro lado del campus, lo entiendo mientras lo miro. Porque él piensa que puede que a mí no me guste que siempre esté cerca, cogiendo pensamientos aleatorios de mi cabeza. Quiere darme algo de espacio.
Le mando un equivalente mental de un abrazo, lo que lo sorprende.
— ¿Por qué fue eso? —pregunta.
— Necesitamos bicicletas —dice Ángela—. Este campus es muy grande. Todos tienen bicicletas.
— Porque estoy contenta que estés aquí —le digo a Thiago.
— Estoy contento de estar aquí.
— Estoy contenta que estés contento de estar aquí.
Sonreímos.
— Oye, ¿ustedes dos están haciendo esa cosa mental? —pregunta Ángela—. Porque es tan molestoso —piensa.
Thiago ríe.
— ¿Desde cuándo habla por telepatía?
— Desde que le he estado enseñando. Fue algo que hicimos en el viaje de once horas.
— ¿Realmente crees que es una buena idea? Ella ya es lo suficientemente gritona… —bromea, pero sé que en el fondo le incomoda que Ángela forme parte de nuestras conversaciones secretas.
— Hasta ahora, no ha sido capaz de recibir, de escuchar los pensamientos en su mente —le digo, para calmarlo—. Sólo puede transmitir.
— Así que puede hablar, pero no escuchar. Qué apropiado.
— Molestoso —dice Ángela, cruzando su brazo sobre su pecho y mirándolo.
Ambos reímos.
— Lo siento Angie. —Deslizo un brazo alrededor de ella—. Thiago y yo tenemos un montón con lo que ponernos al día.
— Bueno, creo que es rudo —dice.
— Está bien, está bien. Ya no más conversaciones mentales. Lo entiendo.
— Al menos no hasta que aprenda cómo hacerlo. Qué será pronto. He estado practicando —dice ella.
— Sin duda —dice él.
Capto la risa en sus ojos, y aguanto la sonrisa.