domingo, 17 de agosto de 2014

Ángeles Caídos #4: Veintisiete

La siguiente noche fue Sábado. Después de decirle a mi mama que me estaba quedando en casa de Cande todo el fin de semana, y que iríamos juntas al colegio el día lunes, Benja y yo hicimos un viaje hacia el Bar del Diablo. No estábamos interesados en la música o las bebidas, solo en el sótano, ahí buscaríamos a Pepper. Me había laceado mi cabello, viéndome más sofisticada y madura. Me había colocado delineador de ojos, pinta labios, tacos y una cartera que denotaba estilo (era de Paula). Benja, por otro lado, se veía duro, fuerte y guapo; con aretes en sus orejas, su cabello corto y su estilo. Fingimos ser novios cuando entramos al bar, mi brazo alrededor del suyo.

Logramos chantajear al que atendía al bar, entregándole una suma bastante grande de dinero. Fue así como nos dejaron pasar, e ir hacia el sótano. No sin antes revisar nuestros cuerpos y cartera por si teníamos armas. La única arma con la que contábamos, era un cuchillo encantado con Devilcraft, por si las cosas no salían bien; por suerte, se encontraba escondido detrás del cinturón de Benja.

En el sótano, se encontraban varias mesas de póker, y sólo una estaba siendo usada. Una con cuatro jugadores; inmediatamente vi a Pepper. Estaba de espaldas hacia nosotros, y no se volteó mientras nos acercábamos; tampoco lo hizo ninguno de sus amigos.

—Estamos buscando a Pepper Friberg —anunció Benja.

—Lo siento, querido, mi estoy ocupado toda la noche —soltó cínicamente Pepper.

Estaba tan metido y envuelto en su juego, que aparentemente no se había dado cuenta que yo estaba al lado de Benja, quién arrastró una silla de una mesa cercana y se sentó al lado de Pepper.

—Tal vez quieras hablar con…Lali Espósito.

Ahora sí reaccionó. Dejó sus cartas, boca abajo, y se volteó. Su cuerpo completo hacia mí, finalmente mirándome.

—Hola Pepper. Ha pasado un tiempo —dije—. La última vez que nos vimos, intentaste secuestrarme, ¿verdad?

—El secuestro es una ofensa federal para los habitantes de la Tierra —dijo Benja—. Algo me dice que también es un castigo en el cielo.

—Mantén baja tu voz —gruñó Pepper, mirando nerviosamente a los otros jugadores.

Alcé mis cejas, hablando directamente en la cabeza de Pepper. —¿No les has contado a tus amigos humanos lo que realmente eres? Aunque no creo que se pongan muy contentos de saber que tus habilidades en el póker tienen mucho más que ve con control mental que suerte o habilidad.

—Mejor hablemos esto afuera —me dijo Pepper.

En el callejón detrás del Bar, yo hablé primero: —Vamos a ponértelo simple para ti, Pepper. Tan divertido como ha sido usarme para llegar a Peter, estoy lista para seguir adelante. La forma en que lo veo, es que solo va a suceder si es que descubro realmente quién te está chantajeando —dije, probándolo. Quería decirle mi teoría, que estaba jugando para un grupo secreto de arcángeles y necesitaba una media excusa para mandar a Peter al infierno. Pero para no lanzarme a la piscina, decidí aguantar y ver cómo lo tomaba.

—¿De qué va todo esto? —dijo Pepper.

—Es ahí cuando entramos nosotros —dijo Benja—. Estamos motivados en encontrar a quien te está chantajeando.

Pepper entrecerró sus ojos hacia Benja. —¿Quién eres tú?

—Piensa en mí como la bomba reloj que está debajo de tu asiento. Si no tomas una decisión de acordar con los términos de Lali, lo haré por ti—. Benja empezó a remangarse la camisa.

—¿Me estás amenazando? —preguntó Pepper, incrédulo.

—Aquí están mis términos —dije—. Encontraremos a tu chantajista, y te lo enviaremos. Lo que queremos a cambio es simple. Jurar para dejar a Peter en paz. Un poco de sangre y unas cuantas palabras harán el truco. —Si lo presionaba para que haga el juramento, tendría que ir hacia los arcángeles y confesar su derrota. Si se rehusaba, solo le daba mayor validez a mi teoría.

—Los arcángeles no hacen juramentos —soltó Pepper.

—¿Expulsan a los ángeles caídos con los que han tenido inconvenientes? —preguntó Benja.

Pepper nos miró como si estuviéramos locos. —¿Qué están delirando?

—¿Cómo se siente ser el peón de los arcángeles? —pregunté.

—¿Qué te han ofrecido a cambio? —demandó Benja.

—Los arcángeles no están aquí abajo —dije—. Estás por tu cuenta. ¿Quieres volver a estar en el cielo y enfrentarte solo a Peter? Vamos Pepper —agregué en su mente—. Dime lo que quiero escuchar. Que esta historia del chantaje es una excusa para completar tu tarea de un grupo deshonesto de arcángeles que quieres deshacerse de Peter.

La expresión de Pepper, de incredulidad, se profundizó.

—Vas a hacer un juramento ahora mismo, Pepper —dije.

Benja y yo nos acercamos a él.

—¡Ningún juramento! —chilló Pepper—. ¡Pero dejaré a Peter en paz, lo prometo!

—Si tan solo pudiésemos confiar en tu palabra —devolví—. El problema es que no reo que seas un chico muy honesto. De hecho, creo que todo este negocio del chantaje es una estrategia.

Los ojos de Pepper se ampliaron con entendimiento. Su rostro empezó a ponerse rosado.

—Déjame ver si lo entiendo. ¿Creen que estoy detrás de Peter por estarme chantajeando?

—Sí —dijo Benja—. Sí, lo hacemos.

—¿Por eso es que se rehusó a verme? ¿Por qué cree que lo quiero encadenar al infierno? ¡No lo estaba amenazando! —chilló Pepper, su rostro poniéndose más rojo—. ¡Quería ofrecerle un trabajo! ¡He estado intentando explicar eso todo este tiempo!

Benja y yo hablamos al mismo tiempo: —¿Un trabajo? —Compartimos una mirada de desconcierto.

—¿Estabas diciendo la verdad? —le pregunté a Pepper—. ¿Realmente tienes un trabajo para Peter…eso es todo?

—Sí, sí, un trabajo —ladró Pepper—. ¿Qué creías? Dios, qué desastre. Nada ha sucedido como debería.

—¿Cuál es el trabajo? —lo presioné.

—¡Como te dije! Si me hubieses ayudado a alcanzar a Peter a tiempo, no estaría en este desorden. Todo esto es tu culpa. Mi oferta de trabajo es para Peter, ¡y para él solo!

—Déjame entender esto —dije—. ¿No crees que Peter te esté chantajeando?

—¿Por qué pensaría eso cuando ya sé quién lo está haciendo? —lanzó, exasperado.

—¿Sabes quién es el chantajista? —repitió Benja.

Pepper me lanzó una mirada de disgusto. —Saca a este Nephil de mi vista. ¿Sé quién me está chantajeando? ¡Sí! Se supone que debo encontrarlos esta noche. Y nunca adivinarán quién es.

—¿Quién? —pregunté.

—¡Ja! Sería lindo si te lo digo, ¿verdad? El problema es que mi chantajista me hizo hacer un juramento de no revelar su identidad. Mis labios están sellados, literalmente. Dijeron que llamarían para darme el lugar del encuentro veinte minutos antes de tener que estar ahí. Si no arregló este desastre pronto, los arcángeles van a expulsarme —agregó, revolviendo sus manos. Noté que ahora estaba asustado.

Traté de mantenerme calmada. No esperaba esta noticia. Me preguntaba si era una trampa. Pero el sudor cubriendo su frente y su mirada desesperada me dijo que no estaba fingiendo.

—Mi chantajista quiere encantar objetos usando los poderes del cielo que todos los arcángeles poseen. Por eso me están chantajeando.

—¿Qué objetos? —pregunté.

Pepper sacudió su cabeza. —Van a llevarlos al encuentro. Dijeron que si los encanto de acuerdo a sus especificaciones, me dejarán en paz. No lo entienden. Incluso si encanto los objetos, los poderes del cielo solo pueden ser usados para el bien. No sé qué ideas malas están creando, pero no funcionarán.

—Y ahí nomás, ¿estás considerándolo hacerlo? —pregunté.

—¡Necesito que salgan de mis espaldas! Los arcángeles no pueden saber lo que he estado haciendo. Seré expulsado. Me arrancarán mis alas y estaré terminado. Estaré atrapado aquí para siempre.

—Necesitamos un plan —dijo Benja—. Veinte minutos entre la llamada y el encuentro no nos da un montón de tiempo.

—Cuando llame tu chantajista, acuerda ir —le instruí a Pepper—. Si te dicen que vayas solo, diles que lo harás. Suena tan cooperativo como puedas.

—¿Y luego qué? —preguntó Pepper, tan cobarde, como nunca me imaginé a un arcángel.

—Y luego Benja irá en tu lugar, atrapará al chantajista y te lo enviará.

domingo, 10 de agosto de 2014

Ángeles Caídos #4: Veintiséis

Nunca creí que Agustina realmente tenía el regalo de la profecía, no después de que había caído del cielo, pero estaba haciendo un buen trabajo últimamente al convencerme de cambiar de opinión. En menos de un minuto, la puerta del garaje de Peter se abrió, y apareció en lo alto de las escaleras. Se veía bastante cansado, y el ver a Agustina en su sala no mejoró su humor.

—Esto no puede ser bueno —dijo, con ojos oscuros.

—Yo iré primero —empezó Agustina.

—Ni te atrevas —dije. Enfrenté a Peter, cortando a Agustina de la conversación—. ¡Ella te besó! Y, Maxi, quién te ha estado siguiendo, por cierto, lo atrapó en una cámara. Imagina mi sorpresa cuando vi eso más temprano. ¿En algún momento pensaste decírmelo?

—Le dije que te besé y que tú me apartaste —protestó Agustina.

—¿Por qué aún estás aquí? —exploté hacia Agustina—. Esto es entre Peter y yo. ¡Vete ya!

—¿Qué haces aquí? —repitió Peter hacia Agustina, su tono afilándose.

—Logré entrar —dijo—. Estaba tan asustada. No podía dormir. No puedo dejar de pensar en los Nephils.

—Debes estar bromeando —dije. Miré a Peter para corroborar, esperando que no vaya a comprarse lo dicho por ella. Agustina había ido esa noche buscando un consuelo, y yo no lo aprobaba.

—Regresa a la casa segura —le ordenó Peter—. Si te quedas ahí, estarás a salvo. Esta es la última vez que te voy a decir que te mantengas fuera de problemas.

—¿Por cuánto tiempo? —Agustina casi solloza—. Estoy sola ahí. Todos en esa casa son humanos. Me ven y se ríen. Puedo ayudarte. Esta vez no cometeré errores. Si me dejas quedarme aquí…

—Anda —le ordenó Peter, de forma dura—. Ya has hecho suficiente problema. Con Lali, y con los Nephils que seguiste. No podemos estar seguros de las conclusiones a las que hayan llegado, pero hay algo certero. Ellos saben que estás detrás de Blakely. Si son inteligentes, también descubrirán que eso significa que tú sabes por qué Blakely es vital para su operación, y lo que está haciendo en su laboratorio secreto. Y armarán otros planes, y eso nos alejará de encontrar a Blakely.

—Solo estaba tratando de ayudar —susurró Agustina, sus labios temblando.

Con una última mirada a Peter, como un perrito triste, se retiró. De esa forma, quedamos Peter y yo a solas. Atravesó la habitación sin dudar, aunque yo estaba segura que mi expresión estaba lejos de ser calmada. Recostó su frente contra la mía y cerró sus ojos. Exhaló, largo y lento.

—Lo siento —dijo silenciosamente y con remordimiento.

¿Lo siento por el beso o lo siento por haberlo visto? Me pregunté, pero decidí no decirlo en voz alta. Estaba cansada de mis celos y dudas. El remordimiento de Peter era tan fuerte que no podía culparlo. Él sólo estaba salvando a Agustina. Era un buen hombre, y él no se daba crédito por ella. Le estaba dando a Agus una segunda oportunidad, algo que en otro momento no lo hubiese hecho.

—Yo también lo siento —murmuré contra su pecho. Sus fuertes brazos se colocaron a mí alrededor—. Vi las fotos y nunca había estado tan enojada o asustada. La idea de perderte era…inimaginable. Estaba tan enojada con ella. Aún no lo estoy. Te besó cuando no debió hacerlo. Por lo que sé, volverá a intentarlo.

—No lo hará, porque voy a dejarlo bien en claro cómo serán las cosas entre nosotros de ahora en adelante. Cruzó una línea, y le haré pensar dos veces antes de volverlo a hacer.

Peter alzó mi mentón y me besó, dejando que sus labios cuelguen mientras hablaba.

—No esperaba llegar a casa y verte —agregó—, pero ahora que estás aquí, no tengo intención de dejarte ir.

La culpa caliente se sintió dentro de mí. No podía estar cerca de Peter y no sentir mis mentiras colgando entre nosotros. Le había mentido sobre el Devilcraft. Aún estaba mintiendo. ¿Cómo podía haberlo hecho? Me sentía avergonzada. Quería confesarle todo, ¿pero, por dónde empezar? Abrí mi boca para decirle la verdad, cuando unas manos congeladas parecieron deslizarse por mi cuello y apretarlo. No podía hablar. Apenas podía respirar. Mi garganta se llenó de materia, como la primera vez que tomé la bebida azul. Una voz extraña se colocó en mi mente, y razonó conmigo. Si le decía a Peter, él nunca volvería a confiar en mí. Nunca me perdonaría. Sólo le causaría más dolor si le contaba. Sólo debía esperar a que termine Cheshvan, y luego dejar de tomar la bebida. Solo un poco más de tiempo, solo unas cuantas más mentiras.

—¿Noche ocupada? —le pregunté a Peter, para cambiar de tema.

Él suspiró. —Y sin encontrar nada sobre el chantajista de Pepper. Sigo pensando que debe ser alguien al que ya he investigado, pero tal vez me equivoco. Tal vez es otra persona. Alguien fuera de mi radar.

—¿Hay alguna probabilidad de que Pepper esté inventando todo? Tal vez realmente no está siendo chantajeado.

Peter frunció el ceño. —Posiblemente, pero no creo. ¿Por qué elaborar todo eso?

—Porque necesita una excusa para encadenarte al infierno —sugerí silenciosamente—. ¿Y sí los arcángeles lo colocaron en esto? Él dijo que está aquí en la Tierra por una tarea de ellos. No le creí al inicio, pero ¿y si es verdad? ¿Y si los arcángeles le dieron la tarea de encadenarte al infierno? No es un secreto que lo quieran hacer.

—Legalmente, necesitan una razón para enviarme al infierno —dijo Peter, acariciando su mentón, pensando—. A menos que hayan ido más lejos y ya no sigan las reglas de las leyes. Pero no creo que toda la población de arcángeles sea corrupta.

—Tal vez es un grupo secreto de arcángeles… —dije y Peter me miró, pensativo.

 Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Peter. —Creo que es momento de encontrar a Pepper y ver qué podemos descubrir.

Asentí. —Bien. Pero vas a hacerlo desde lejos. No quiero que te acerques a él, no desde que estamos asumiendo que haría lo que sea por encadenarte al infiero.

—¿Qué estás proponiendo Ángel?

—Voy a encontrarme con Pepper. Voy a ir con Benja. Ni siquiera pienses en discutir conmigo —dije, antes que pueda decir algo—. Usaste a Agustina como refuerzo muchas más veces de las que yo sepa. Me juraste que era una movida de táctica y nada más. Bueno, ahora es mi turno. Voy a llevar a Benja, y punto.

La boca de Peter formó una línea y sus ojos se oscurecieron. Peter no gustaba de Benja, pero él sabía que no podía decir nada al respecto y ponerse todo celoso; sería un hipócrita.

—Vas a necesitar un plan —dijo, finalmente—. No voy a alejarte de mi vista.

—Benja es más fuerte de lo que crees —discutí—. No va a dejar que nada me pase. Le dejaré en claro que tú y yo vamos bastante en serio.

—Y yo me aseguraré que él entienda que si pierdes algún mechón de pelo, se las verá conmigo. Si es inteligente, sabrá que es una amenaza que se la tomará de corazón.

Sonreí, con tensión. —Entonces, está todo establecido. Lo que necesitamos ahora es un plan. 

***

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viernes, 8 de agosto de 2014

Ángeles Caídos #4: Veinticinco

Estaba sentada en el suelo del baño, mi espalda contra la puerta de la ducha. A pesar que estaba prendido el calentador, me sentía fría. Una botella vacía de Devilcraft yacía a mi lado. Era la última que me quedaba. Apenas recordaba tomarla. Toda una botella vacía, y no me había hecho nada. Ni siquiera podía hacerme inmune al despecho.

Confiaba en Peter. Lo amaba demasiado como para creer que podía hacerme daño de esta manera. Debía haber alguna razón, una explicación.

Un golpe sonó en la puerta.

—¿Tenemos que compartir esto, recuerdas? —dijo Paula.

Me demoré en ponerme de pie. De todas las cosas absurdas por las que me tenía que preocupar, me preguntaba si Agustina besaba mejor. Si Peter deseaba que yo fuera más como ella. Me preguntaba cuándo fue el preciso momento en que regresó a ella. Me preguntaba si él no había cortado conmigo porque sabía lo devastada que estaría.

Abrí la puerta y dejé atrás a Paula. Había caminado cinco pasos por el pasillo cuando sentí sus ojos en mi espalda.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No quiero hablar de ello.

—Ey, espera, ¿Lali? ¿Estás llorando?

Pasé mis dedos debajo de mis ojos, sorprendida de encontrar que estaba llorando. Todo el momento se sentía frío y distante. Como si estuviera pasando muy lejos, en un sueño.

Sin voltearme, dije: —Voy a salir. ¿Puedes cubrirme?

Me detuve en mi camino a la casa de Peter. No sabía que le diría cuando lo viera. No quería lanzarme totalmente. No quería reducirme a llorar, tampoco.

Llevé las fotos conmigo, y al final, decidí que con eso bastaría. Se las entregaría y le preguntaría: ¿Por qué?
La decisión se quedó congelada el momento en que vi el auto de Agustina estacionado afuera de su casa. Me detuve a mitad de camino, tragando con fuerza. Un golpe de furia se sentía en mi garganta y salí del auto. Coloqué la llave en la puerta y la abrí, entrando. La única luz venía de una lámpara en una mesa en la sala de estar. Agustina estaba caminando por la ventana del balcón cuando me vio.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendida.

Sacudí mi cabeza con enojo. —No. Esa es mi línea. Esta es la casa de mi enamorado, lo que hace que esa sea exclusivamente mi línea. ¿Dónde está? —demandé, ya caminando por el pasillo que llevaba a la habitación principal.

—No te preocupes. No está aquí.

Caminé por todos lados. Le di una mirada a Agustina que reflejaba incredulidad, disgusto, y amenaza.

—Entonces, ¿Qué Estás Haciendo Aquí? —enuncié. Podía sentir el enojo crecer dentro de mí y no me importó manejarlo.

—Estoy en problemas Lali—. Su labio tembló.

—No pudiste decirlo mejor.

Le lancé el sobre con fotos. Cayó cerca de sus pies.

—¿Qué se siente saber que eres una roba-novios? ¿Eso es lo que te hace sentir bien, Agustina? ¿Llevarte lo que no te pertenece? ¿O es solo el acto de separar parejas lo que disfrutas?

Agustina se arrodilló para recoger el sobre, pero mantuvo mi mirada todo el tiempo. Sus cejas se fruncieron. No podía creer que tenía el atrevimiento de actuar como si no supiera.

—El auto de Peter —rugí—. Tú y él, alguna noche en esta semana, juntos en su auto. ¡Lo besaste!

Rompió el contacto visual justo para ver el sobre.

—No sabes nada.

—Claro que lo sé. No eres tan difícil de descubrir. No tienes sentido de respeto o dignidad. Tomas lo que quieres, te olvidas de todos. Querías a Peter, y parece que lo obtuviste—. Para este entonces se quebró mi voz y mis ojos quemaban. Intenté apartar las lágrimas, pero estaban saliendo muy rápido.

—Estoy en problemas porque cometí un error al hacerle un favor a Peter —dijo Agustina, con voz suave y preocupada—. Peter me dijo que Blakely está desarrollando Devilcraft para Maximiliano, y que el laboratorio necesita ser destruido. Él me dijo que si en cualquier momento obtenía información que lo llevara a Blakely, o al laboratorio, inmediatamente debía contárselo. Hace un par noches atrás, muy tarde, un grupo de Nephils vinieron hacia mí, queriendo que les lea su fortuna. Rápidamente aprendí que eran guardias del ejército de la Mano Negra. Hasta esa noche, había servido como guardia para un poderoso e importante Nephil, Blakely. Esa noche, más temprano, acordaron jugar un juego de póker, aunque los juegos o distracciones estaban prohibidos. Uno de esos hombres dejó su sitio para comprar cartas. Solo jugaron un par de minutos antes de ser descubiertos por su comandante. Inmediatamente fueron despedidos. El líder de estos hombres estaba desesperado por obtener de nuevo su trabajo, por temas de dinero y seguridad. Vino hacia mí, esperando que podía decirle si había oportunidad que pueda obtener de nuevo su trabajo. Le dije primero su destino. Sentí la urgencia de decirle la verdad, que su comandante lo torturaría y debería irse con su familia inmediatamente. Pero también sabía que si le decía eso, perdería toda esperanza de encontrar a Blakely. Así que mentí. Mentí por Peter. Después de todo lo que él ha hecho por mí, dándome una segunda oportunidad cuando nadie más lo haría —sus ojos llorosos me miraban— era lo menos que podía hacer. Lo amo. Siempre lo haré. Fue mi primer amor, y no lo olvidaré. Pero él te ama a ti—. Suspiró. —Tal vez llegará el día en que los dos no estén tan en serio y yo estaré esperando.

—No cuentes con ello —dije—. Sigue hablando. Llega a la parte donde explicas esas fotos.

—El hombre pareció creer mi mentira. Se fue con sus hombres y yo los seguí por una hora. Pensé que estábamos acercándonos a Blakely. Los Nephils voltearon por una calle estrecha y los seguí. Justo entonces, supe que algo andaba mal. Se estacionaron en mitad del camino. Cuatro de los cinco hombres abandonaron el auto. Los sentí a mi lado y detrás de mí, creando una red en la oscuridad para rodearme. No sé cómo se dieron cuenta que los estuve siguiendo. Temiendo que era demasiado tarde, hice la única cosa que podía hacer. Corrí a pie hacia el río. Llamé a Peter, diciéndole todo en un mensaje. Luego caminé hacia la corriente del río, esperando que la turbulencia del agua reduciría su habilidad para escucharme o sentirme. Se acercaron a mí muchas veces. Tuve que dejar el río y correr entre los árboles. No podía decir hacia qué dirección estaba corriendo. Pero incluso si llegaba a la ciudad, sabía que no estaba a salvo. Cuando finalmente Peter me llamó, estaba escondida en un aserradero abandonado. Él vino por mí. Me sacó de ahí. Incluso cuando fallé en encontrar a Blakely—. Se colocó el cabello detrás de sus orejas y sollozó—. Me condujo hacia la ciudad y se aseguró que tenga un lugar seguro en donde quedarme. Antes de salir de su auto, lo besé.

Sus ojos encontraron los míos. No podía decir si brillaron en señal de reto o disculpa.

—Yo lo inicié, y él inmediatamente lo terminó. Sé lo que hace parecer en las fotos, pero fue mi forma de agradecerle. Se terminó antes de que empezara. Él se aseguró de ello.

De pronto Agustina se sacudió, como si hubiese sido jalada por una mano invisible. Sus ojos rodaron hacia atrás, poniéndose blancos por un momento, luego volvieron a la normalidad.

—Si no me crees, pregúntale. Estará aquí en menos de un minuto. 

domingo, 3 de agosto de 2014

Ángeles Caídos #4: Veinticuatro

Pasé a través de las acciones para alistarme para el día, pero se sentían mecánicas. No podía imaginar la idea de Peter y Agustina juntos. Hasta el momento, no había pensado en preguntarle a Maxi por detalles, y ahora mis preguntas sin responder parecían quemar en mi cerebro. Estaban juntos. Tengo fotos.

¿Qué significa eso? ¿Juntos, de qué manera? No. Confiaba en Peter. Estaba tentada a llamarlo, pero por supuesto que no lo hice. Esperaría hasta ver las fotos.

Paula entró a la cocina y se situó al borde de la mesa. —Estoy buscando a una compañera de compras para hoy después del colegio.

Aparté mi plato de cereal. Había estado perdida en mis pensamientos.

—Yo siempre compro los viernes por la tarde —dijo Paula—. Es como un ritual.

—Quieres decir una tradición —la corregí.

—Necesito un nuevo saco. Algo caliente, pero de moda.

—Gracias por la oferta pero tengo tarea de trigonometría por hacer.

—Oh, vamos. No has hecho tarea toda la semana, ¿por qué ahora? Y realmente necesito una segunda opinión. Esta es una compra importante. Y justo cuando estabas actuando normal —murmuró.

Me levanté de la silla y cargué mi plato hacia el lavadero. —Siempre me adulan.

—Vamos, Lali, no quiero pelear —se quejó—. Solo quiero que vengas a comprar conmigo.

—Y yo quiero pasar trigonometría. Además, estoy castigada.

—No te preocupes. Ya hablé con tu mamá. Ya no estás castigada.

Entrecerré mis ojos hacia ella. —¿Le estás haciendo trucos mentales a mamá?

—¿Sabes qué creo? Que estás celosa que ella y yo tengamos lazos.

Aj.

—No se trata de solo de matemática, Paula. También tengo que pensar. Sobre lo que sucedió anoche, y cómo evitar que suceda de nuevo. No voy a jurar lealtad.

Paula hizo un sonido de exasperación. —Eres justo como mi padre. Por una vez deja de ser tan…

—¿Nephil? ¿Hibrida, rara, accidente de la naturaleza?

Paula apretó sus manos con fuerza. Al final alzó su mentón. El reto y el orgullo destelarron en sus ojos. —Sí. Una mutante, un monstruo, un fenómeno. Justo como yo.

Alcé mis cejas. —¿Así que eso es? ¿Finalmente vas a aceptar lo que eres?

—Las campanas del infierno, sí.

—Me gusta más esta versión de ti —dije.

—Me gusta más esta versión de ti—. Paula se levantó de la mesa. —¿Tenemos una cita o no?

En dos horas, Paula había gastado casi doscientos dólares en un saco, jeans, y unos cuantos accesorios. Ella condujo ya que dijo que no quería que la vieran en mi auto.

—¿Podemos hacer una parada rápida? —le pregunté a Paula—. Está un poco fuera del camino, pero necesito recoger algo de mi amigo Maxi.

Sentí algo extraño ante el pensamiento de ver las fotos de Peter y Agustina, pero quería superarlo de una vez. No tenía la paciencia para esperar a que Maxi las envíe. Desde que  no sabía si él ya las había enviado, decidí ser proactiva.

—¿Maxi? ¿Lo conozco?

—No. No va al colegio. Toma la siguiente derecha, vive cerca de la Bahía Casco —le dije.

Tal vez debería irme. Tal vez esto decía mucho de mis inseguridades, y debería confiar incondicionalmente en Peter. La cosa era que, sí confiaba en él. Pero luego estaba Agustina. Además, si Peter era inocente, y esperaba que con todo lo que habíamos pasado así lo sea, no había nada malo en ver las fotos.

Paula siguió mis instrucciones hacia la casa de Maxi e inmediatamente hizo un sonido de apreciación mientras miraba la arquitectura.

—Este amigo tuyo Maxi tiene estilo —dijo.

—Sus amigos se lo dejaron en su testamento —dije—. No te molestes en salir, solo correré hacia la puerta y obtendré lo que deseo.

—No hay manera. Debo ver el interior —dijo Paula, saliendo del auto antes que pueda detenerla—. ¿Maxi tiene novia?

Sí, yo, pensé. Y estaba dando un trabajo estelar manteniendo la mentira. Incluso mi meda hermana quién dormía en mi casa sabía nada de mi “novio”.

Llegamos a la entrada y tocamos el timbre. Esperamos y lo tocamos de nuevo. Miré por la mirilla y se vio total oscuridad. Qué mala suerte para venir cuando él no estaba.

—¡Hola! ¿Están buscando a un joven que solía vivir aquí?

Paula y yo nos volteamos para ver a una mujer mayor de pie en la acera. Tenía ojotas rosadas en sus pies, ruleros rosados en su cabello y un pequeño perro negro al final de una correa.

—Estamos buscando a Maxi —dije—. ¿Eres su vecina?

—Me mudé con mi hija y su esposo al inicio del verano. Justo al final de la calle —dijo—. Mi esposo, John, ya no está, en paz descanse —nos informó.

Sonreí y me acerqué a ella. —Soy Lali Esposito. Soy amiga del chico que vive aquí, Maximiliano Recca.
—¿Recca? ¡Lo sabía! Sabía que era italiano. Un nombre así grita Italiano. Están invadiendo nuestras tierras.

Paula y yo intercambiamos miradas, y ella rodó sus ojos.

—¿Has visto hoy a Maxi? —pregunté.

—¿Hoy? ¿Por qué lo habría visto ahora? Te acabo de decir que se ha mudado. Hace dos días. Lo hizo en mitad de la noche, justo como un Italiano lo haría.

—Debes haberte equivocado. Maxi aún vive aquí —dije, tratando de mantener un tono calmado.

—¡Ja! Ese chico se ha ido. Siempre paraba solo. Desde el día en que se mudó. Solo un mes rentó este lugar.

—Maxi no estaba rentando. Esta casa es suya.

—¿Eso fue lo que te dijo? —Me miró como si fuera la peor perdedora del mundo—. Mi yerno es dueño de esta casa. Él alquila este lugar.

—Debes estar equivocada —dije por segunda vez.

—¡Busca en Internet si quieres! Eso no miente.

Sentí una sensación terrorífica. Si Maxi se había ido, ¿cómo conseguiría más Devilcraft? Apenas me quedaba, solo tenía para un día más, dos si lo hacía durar.

—Bueno, alguien está mintiendo —dijo Paula—. Creo que es ella. Nunca creo en una mujer mayor.

Apenas la escuché. Llamé al celular de Maxi, rogando que conteste, pero no obtuve nada. Ni su voz diciendo que deje un mensaje.

Cuando llegamos a casa, ayudé a Paula a meter sus compras, y mi mamá bajó las escaleras para encontrarnos.

—Uno de tus amigos dejó esto —dijo, extendiendo un sobre manila—. Dijo que su nombre era Maximiliano. ¿Debo conocerlo?

Intenté no verme tan ansiosa y cogí el sobre. —Es un amigo de Benjamín —expliqué.

Mi mamá y Paula mantuvieron un ojo en el sobre, mirándome a la espera.

—Probablemente solo sea algo que él quiere que le dé a Benja —mentí, no queriendo atraer extra atención.

—Se veía mayor que tus amigos. No estoy totalmente cómoda con la idea de tú saliendo con chicos mayores —dijo mamá.

—Como dije, es un amigo de Benja —respondí evasivamente.

En mi cama, respiré profundamente y rompí el sobre. Saqué varias fotos. Todas en blanco y negro.

Las primeras estaban tomadas de noche. Peter caminando por una calle desierta. Peter haciendo lo que parecía ser vigilancia desde su motocicleta. Peter hablando por un teléfono público. Nada nuevo ahí, desde que ya sabía que estaba trabajando para encontrar al chantajista de Pepper.

La siguiente foto era de Peter y Agustina.

Estaban en el nuevo auto de Peter. Pequeñas gotas de lluvia se deslizaban a través del poste de luz por encima de ellos. Agustina tenía sus brazos alrededor del cuello de Peter, una sonrisa coqueta bailando en sus labios. Estaban atrapados en el abrazo, y Peter parecía no ofrecer resistencia.

Llegué hasta la última foto. Mi estómago pesaba, y sabía que me iba a enfermar. Besándose.

Agustina besando a Peter. Justo ahí en las fotos.

Ángeles Caídos #4: Veintitrés

La mañana siguiente llegó rápido. El golpe en la ventana de mi habitación actuaba como mi alarma, y rodé para ver a Maxi detrás del vidrio. Alcé cinco dedos, señalando que estaría afuera en esa cantidad de minutos.

Técnicamente, estaba castigada. Pero con Maxi no funcionaría la excusa.

Afuera, se mostraba una oscura mañana, y froté mis manos para tratar de calentarme. Un pedazo de luna aún se veía. Más al fondo, un búho chilló.

Cuando estuve llena de sudor, Maxi me hizo hacer varios estiramientos. Había visto a Paula hacer varios de éstos en su habitación.

—¿Cuál es el plan para hoy? —pregunté, sentándome en el suelo con mis piernas esparcidas en una amplia “V”. Me incliné por la cintura, recostando mi frente en mi rótula, sintiendo un estirón.

—Posesión.

—¿Posesión? —repetí.

—Si los ángeles caídos pueden poseernos, es justo que nosotros aprendamos a poseerlos.

—No sabía que siquiera esa era una opción.

—Lo es ahora, ahora que tenemos Devilcraft. He estado entrenando a unos cuantos Nephils, incluido a mí mismo. Superar esta habilidad será el punto básico para esta guerra, Lali. Si podemos hacerlo satisfactoriamente, tenemos una oportunidad.

—¿Has estado entrenando? ¿Cómo?

Posesión era posible sólo en Cheshvan. ¿Cómo podía haber estado practicando la técnica por meses?

—Hemos estado entrenando con ángeles caídos—. Una sonrisa maliciosa destelló en sus ojos. —Te lo dije: Somos más fuertes que nunca. Hemos estado recogiendo a ángeles caídos de las calles, por la noche, y los hemos estado llaveando a los lugares de entrenamiento que Hank organizó.

—¿Hank estuvo involucrado en esto?

—Cogemos a los solitarios, los introvertidos, los que creemos que no serán extrañados. Les alimentamos con un prototipo especial de Devilcraft que hace posible la posesión por periodos cortos de tiempo, incluso cuando no es Chesvan. Y luego practicamos con ellos.

—¿En dónde se encuentran ahora?

—Detenidos en nuestro lugar de entrenamiento. Mantenemos una barra de metal encantada con Devilcraft, la cual se encuentra incrustada en las cicatrices de sus alas cuando no estamos practicando con ellos. Los mantiene totalmente inmovilizados. Como ratas de laboratorio a nuestra disposición.

Estaba completamente segura que Peter no sabía nada de esto. Él hubiese mencionado algo si hubiese sabido.

—¿A cuántos ángeles caídos has detenido? ¿Y en dónde se encuentra el lugar de entrenamiento?

—No puedo decirte la locación. Cuando la establecimos, Hank, Blakely y yo decidimos que sería más seguro mantenerlo en secreto. Con Hank muerto, Blakely y yo somos los únicos Nephils que sabemos dónde se ubica. Es mejor de esa manera.

—¿Vas a llevarme a ese lugar a entrenar? —Estaba segura que había un protocolo en eso también. O me llevarían con los ojos vendados o mi memoria sería borrada.

—No es necesario. Traje a una de las ratas de laboratorio aquí.

Mis ojos se lanzaron hacia los árboles. —¿En dónde?

—No te preocupes, la combinación de Devilcraft y la barra en sus cicatrices la está manteniendo cooperativa.

Maxi desapareció detrás de una roca, pero regresó arrastrando a una mujer, que no parecía más treinta años en escala humana. Sus piernas, dos palillos de dientes, salían de blancos pantalones cortos de gimnasio. Maxi la lanzó contra el suelo, su cuerpo inerte recostado contra la suciedad, como un saco de basura. Aparté la mirada de la barra de metal. Sabía que ella no podía sentir nada (como todos los ángeles caídos que no sentían nada físicamente), pero la imagen hizo que los vellos de mi nuca se ericen.

Tenía que recordarme a mí misma que ella era el enemigo. Me rehusaba a jurar lealtad a cualquier ángel caído. Todos eran peligrosos. Cada uno de ellos debía de ser detenido.

—Una vez que le retire la barra, sólo tendrás un par de segundos antes que ella empiece a pelear. Este Devilcraft en particular tiene poca vida y no durará en su cuerpo. En otras palabras, no bajes la guardia.

—¿Ella sabrá que la estoy poseyendo?

—Oh, lo sabrá. Ha pasado por esto miles de veces. Quiero que la poseas y comandes sus acciones por unos minutos para acostumbrarte a la sensación de manipular su cuerpo. Adviérteme cuando estés lista para salir de su cuerpo. Tendré lista la barra de metal.

—¿Cómo entro a su cuerpo? —pregunté, sintiendo la piel de gallina. Estaba fría y no solo por el frío de la noche. No quería poseer ángeles caídos, pero al mismo tiempo, necesitaba darle a Peter la mayor cantidad de información posible sobre cómo funcionaba el proceso. No podíamos resolver un problema que no entendíamos.

—Estará débil por el Devilcraft, lo que ayudará. Y estamos en Cheshvan, lo que significa que los conductos de posesión están muy abiertos. Todo lo que debes hacer es un truco mental. Toma control de sus pensamientos. Hazla pensar que ella quiere que tú la poseas. Una vez que baje la guardia, todo se vuelve fácil. Gravitarás haca ella naturalmente. Entrarás a su cuerpo tan rápido que apenas notarás la transición.

—Ella es tan joven.

—No dejes que eso te engañe. Ella es tan peligrosa como el resto. Toma, aquí te traje una dosis especial de Devilcraft que hará que tu primera vez sea más fácil.

No recibí la bebida inmediatamente. Mis dedos dudaron con deseo, pero los mantuve a mi lado. Ya había tomado suficiente Devilcraft. Me había prometido a mi misma detenerme, y que le diría la verdad a Peter. Hasta el momento, no había hecho ninguno.

Miré la bebida azul, y un hambre voraz pareció gruñir en mi estómago. No quería el Devilcraft, y al mismo tiempo, desesperadamente lo necesitaba. Mi cabeza daba vueltas. Tomar un poco más no podría ser dañino. Antes que pueda detenerme a mí misma, acepté la bebida. Mi boca ya salivaba.

—¿Debo tomarme todo?

—Sí.

Tomé la bebida, sintiéndose tan horrible como siempre en mi garganta.

—¿Lista? —preguntó Maxi.

No respondí de inmediato. Tenía poco deseo de poseer a la chica. Yo había sido poseída con anterioridad, por Peter, en una movida desesperada por salvarme. Mientras estuve agradecida que Peter haya intentado protegerme, la violación que sentía mientras duró, fue algo que no quería experimentar de nuevo. O que alguien más pase por ello.

Mis ojos se posaron en la chica. Había pasado por esto cientos de veces. Y aquí estaba yo, por hacerla pasar por ello otra vez.

—Lista —dije, finalmente.

Maxi retiró la barra de las cicatrices de la chica, con cuidado de mantener alejadas sus manos del brillante azul.

—En cualquier segundo —murmuró con advertencia—. Alístate. Sus pensamientos darán impulsos magnéticos; apenas sientas actividad mental, entra dentro de su cabeza. No pierdas nada de tiempo convenciéndola que ella quiere que tú la poseas.

El silencio colgó en el bosque, pesado y tenso. Tomé un paso hacia adelante, hacia la chica. Las rodillas de Maxi estaban dobladas, como si esperara tener que saltar hacia la acción en cualquier momento. Un pequeño destello de energía aterrizó en mi radar, y esa fue toda la advertencia que obtuve antes que la chica se lanzara contra mí, sus dientes expuestos y sus uñas arañando como un animal salvaje.

Se retorció contra la suciedad. Mis reflejos eran más finos, y rodé encima de ella. Busqué sus muñecas, esperando colocarlas por encima de su cabeza, pero ella me apartó. Alcé la mirada justo a tiempo para verla brincar en el aire, hacia mí.

—¡Ahora! —gritó Maxi.

Por el rabillo del ojo, lo vi sostener la barra en caso mi ataque hacia la chica falle.

Cerré mis ojos, buscando sus pensamientos. Podía sentirlos zumbar, como insectos. Me hundí en su cabeza, apartando todo lo que venía. Convertí sus pensamientos en una masa gigante y susurré hipnóticamente: Déjame entrar, déjame entrar ahora.

Más rápido de lo que esperaba, las defensas de la chica se apagaron. Justo como Maxi había predicho, me sentí a mí misma yendo hacia ella, como si mi alma se tambaleara hacia un campo de fuerza poderoso. No ofreció resistencia. No hubo un momento que defina cuando sentí el cambio; apenas parpadeé y me encontré a mí misma viendo el mundo desde un ángulo diferente.

Estaba dentro de ella, cuerpo, mente, alma y poseyéndola.

—¿Lali? —preguntó Maxi.

—Estoy adentro.

Mi voz me sorprendió; había comandado la respuesta, pero había salido en su voz. Más alta y dulce de lo que hubiera esperado de un ángel caído. Era tan joven…

—¿Sientes alguna resistencia? —preguntó Maxi.

Esta vez, sacudí mi cabeza en señal de negación. No estaba lista para escucharme a mí misma hablar en su voz de nuevo. De mala gana completé pequeñas tareas que Maxi me mandaba a realizar.

He terminado —dije a través de la mente—. Voy a salir.

—Un poco más —dijo—. Necesitas más práctica. Quiero que se sienta como tu segunda naturaleza. Corre otra vez.

Ignorando su pedido, comandé a su cuerpo a expulsar el mío, y de nuevo, la transición fue tan fácil como abrupta.

Jurando bajo su aliento, Maxi colocó de nuevo la barra de metal. Su cuerpo cayó como si estuviera muerto, brazos y piernas golpeando el suelo en ángulos graciosos. Quería apartar la mirada pero no podía. Me seguía preguntando cómo había sido su existencia en la Tierra. Si alguien la extrañaba. Si ella sería libre de nuevo.

—Eso no fue suficiente —me dijo Maxi, claramente enojado—. ¿No me escuchaste decirte que practiques de nuevo? Sé que es un poco incómodo al inicio…

—¿Cómo funciona? —pregunté—. Dos objetos no pueden existir en el mismo espacio al mismo tiempo. Entonces, ¿cómo funciona la posesión?

—Se trata de elementos atómicos y de física. Solo debes tener fe.

—De acuerdo. Te daré fe. Pero quiero que me des algo a cambio —dije—. Hay un arcángel vagando por la ciudad llamado Pepper Friberg. Él clama que un ángel caído lo está chantajeando, y estoy bastante segura de quién es. Quiero que me obtengas evidencia para atraparla.

—¿Atraparla? ¿Es mujer?

—Las mujeres también pueden ser astutas.

—¿Qué tiene que ver esto con liderar a los Nephils?

—Esto es personal.

—Muy bien —dijo Maxi, lentamente—. Dime lo que necesito saber.

—Peter me dijo que cualquier ángel caído podía estar chantajeando a Pepper por numerosas cosas: páginas del Libro de Enoch, vistazos al futuro, total perdón en crímenes pasados, información sagrada y secreta, o incluso el estatus de ángeles guardianes.

—¿Qué más dijo Peter?

—No mucho. Él también quiere encontrar al chantajista. Sé que ha estado siguiendo pistas. Pero estoy bastante segura que ha estado buscando en los lugares incorrectos. La otra noche vi a su ex hablando con Pepper detrás del bar. No pude escuchar lo que dijeron, pero ella se veía confiada. Y Pepper, furioso. Su nombre es Agustina.

Estuve sorprendida al ver una sombra de reconocimiento en la expresión de Maxi. Cruzó sus brazos sobre su pecho. —¿Agustina?

Gruñí. —No me digas que tú también la conoces. Juro que ella está en todas partes. Si me dices que crees que es bonita, patearé tu trasero.

—No es eso—. Maxi sacudió su cabeza—. No quiero ser el que te lo diga.

—¿Decirme qué?

—Conozco a Agustina. No personalmente, pero… —La simpatía de su rostro se profundizó. Me vio como si estuviera a punto de dar malas noticias.

Había tomado asiento cerca de un árbol para contar mi historia, pero ahora salté a mis pies.

—Sólo dímelo, Maxi.

—Tengo espías trabajando para mí. La gente que contrato mantiene un ojo en ángeles caídos que influencian. No es un secreto que Peter es altamente respetado en la comunidad de ángeles caídos. Es inteligente, astuto y de recursos. Es un buen líder. Sus años como mercenario le ha dado más experiencia en batallas que la mayoría de hombres.

—Has estado espiando a Peter —dije—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Confío en ti, pero no voy a descontar la posibilidad que él tenga influencia sobre ti.

—¿Influencia? Peter nunca ha tomado las decisiones por mí…soy capaz de hacerlo por mi propia cuenta. Estoy a cargo de esta operación —dije, con irritación.

—Punto tomado.

—¿Vas a decirme por qué me estás diciendo todo esto?

Soltó un suspiro.

—Mientras espiaba a Peter, Agustina saltó en nuestro radar más de una vez.

Cerré mis ojos, deseando decirle que se detenga ahí. No quería escuchar más. Agustina seguía a Peter a todos lados, lo sabía. Pero el tono de voz de Maxi sugería que tenía noticias más devastadoras por decirme.

—Un par de noches atrás, estuvieron juntos. Tengo evidencia. Muchas fotos.

Apreté el mentón.

—Quiero verlas.

—Lali.

—Puedo soportarlo —solté—. Quiero ver esta evidencia que ustedes los hombres, mis hombres, recolectaron.

Peter con Agustina. Viajé por mi memoria, intentando encontrar la noche en que podría haber sucedido esto. Me sentí frenética y celosa y desbalanceada. Peter no había hecho esto. Había una explicación. Le debía el beneficio de la duda. Habíamos pasado por mucho como para saltar hacia la primera conclusión que se abría a mi paso.

Tenía que mantenerme calmada. ¿Maxi tenía fotos? Bien. Las analizaría por mí misma.

Maxi presionó sus labios, luego asintió: —Las haré llegar a tu casa más tarde.

***

¡Chan, chan, chan!
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