Las calles ya estaban decoradas con cosas brillantes, con luces blancas de Navidad en cada árbol. Las ventanas de las tiendas estaban llenas de alegría por las fiestas. Las calles olían a chocolate caliente de las tiendas de caramelos en cada esquina. Nieve caía y se pegaba a nuestros sacos mientras caminábamos por las calles. Gastón sostenía cinco bolsas de compras ya en sus manos, lleno de las compras de Candela. Una briza helada hizo que mi nariz se congele. Me hundí en la bufanda que estaba envuelta alrededor de la parte baja de mi rostro, varias veces. No estaba acostumbrada a este clima. Nuestros inviernos en Florida nunca llegaban a ser así de fríos. Pablo me jaló contra él.
—Vamos, entremos a este café y compremos algo para calentarnos.
—Buena idea. Necesito un descanso de estas bolsas y estoy bastante seguro que Cande no encontrará nada que comprar ahí.
Reí por lo dicho por Gastón a través de la bufanda cubriendo mi boca.
—Debes de estar bromeando. Sabes que ella puede encontrar algo en cualquier tienda a la que entremos. Hasta ahora hemos estado en cinco tiendas y tú estás sosteniendo cinco bolsas.
—Redundante —dijo Candela con una onda de su mano enguantada—. ¿Para qué más son estas lindas tiendas pequeñas más que para comprar?
Pablo rió detrás de mí y todos nos sentamos en una mesa. Suspiré ante el calor de la cafetería, que parecía calmar mi nariz helada. Era la única parte de mi cuerpo que no había sido capaz de cubrir.
—¿Qué quieres? —preguntó Pablo, quitándose su bufanda y colgándola junto a su enorme saco negro en la silla a mi lado.