jueves, 20 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 11 (Parte 1)

El día empezó conmigo comiendo una empanada con Cande después de clases, mientras iba relatando sus planes para la tarde: bikinis, sol y arena.

-Ya tenemos planes – le dije, mostrándole mi celular 
-¿Un recordatorio para la fiesta de Paula? ¿En serio? No sabía que ahora eran mejores amigas.
-Me dijeron que perderme su fiesta es la peor forma de sabotear mi vida social.
-Ella es una perra. Perderse su fiesta es la mejor forma de hacer que mi vida sea mejor.
-Mejor será que pienses de nuevo lo que has dicho, porque yo iré, y tú vendrás conmigo.

Cande se recostó contra el asiento, sus brazos rígidos. 

-¿Qué cosa quiere? ¿Por qué te invitó?
-Somos compañeras de química.
-Así que estás diciendo que la razón para ir a la fiesta de Paula es porque te sientas a su lado cada mañana en química – Cande me miró, mostrándome que me conocía demasiado.

Sabía que era una excusa tonta. Pero, tenía que asegurarme que Peter estaba realmente en serio con Paula. Una relación confirmada entre los dos haría más fácil el odiarlo. Y yo quería odiarlo.

-Tu respiración huele a mentirosa, mentirosa, mentirosa – dijo Cande – Esto no se trata sobre tú y Paula. Esto es sobre Paula y Peter. Quieres encontrar qué pasa entre los dos.
-¡Bien! ¿Está mal? – dije, rendida.
-Dios – dijo, sacudiendo su cabeza – realmente te gusta sufrir.
-Pensé que tal vez podemos buscar en su habitación. Ver si podemos encontrar alguna prueba.
-¿Cómo condones usados?

No…..¿relaciones sexuales? No, no podía creerlo. Peter nunca me haría eso, no con Paula.

-¡Ya sé! – dijo Cande - ¡Podemos robarnos su diario!
-¿El que usa desde primer año?
-En el que ella asegura que dice toda su vida. Si algo pasa entre ella y Peter, estará en su diario.
-No lo sé.
-Vamos. Se lo devolveremos después que terminemos. 
-¿Cómo? ¿Dejarlo en su porche y correr? Ella nos matará si se entera que lo cogimos.
-Claro. Dejarlo en su porche, o tomarlo durante la fiesta, leerlo en algún lado, y regresarlo antes de irnos.
-No es algo bueno hacer eso.
-No le diremos a nadie que lo leímos. Será nuestro secreto. No es malo si nadie sale herido.

Suspiré, resignada, Cande no dejaría el tema.

-Entonces, ¿me recogerás esta noche?
-Cuenta con ello. Ey, ¿podemos prenderle fuego a su habitación antes de irnos?
-No. Ella no puede saber que hemos estado buscando entre sus cosas.

Justo después de las nueve, Cande y yo nos dirigíamos hacia la casa de Paula. Llegamos en diez minutos y nos vimos en frente de la casa de Paula, una blanca muy grande con un jardín delantero. Bastantes autos estaban estacionados cerca a la casa y la música se escuchaba a todo volumen. Observando desde el auto de Cande, noté a la gente conversando y tomando cerveza, disfrutando de la fiesta. Y también noté que la camioneta de Peter estaba estacionada, seguramente había sido el primero en llegar y ya estaba con Paula horas antes de que empiece todo. ¿Haciendo qué? No lo quería saber. Respiré profundamente, ignorando el dolor en mi pecho, y me dije a mí misma que podía manejar esto. 

-¿En qué piensas? – me preguntó Cande.
-En que quiero vomitar.
-Si lo haces encima de Paula sería lindo. Pero en serio, ¿te sientes bien con la idea de que Peter esté aquí?
-Paula me invitó esta noche, tengo el mismo derecho de Peter de estar aquí. No voy a dejar que él dicte mi vida – irónico, eso mismo estaba haciendo.

En cinco segundos, estábamos en la puerta que estaba abierta, mostrándonos el pasillo lleno de gente rica. No fue mucho tiempo hasta que nos encontramos con Paula.

-Te invité a ti – dijo ella, mirándome – pero no la invité a ella.
-Un gusto verte también – ironizó Cande.
-¿No se supone que estabas en una dieta para engordar? Me parece que ni siquiera has empezado – bromeó Paula – Y tú – dijo, mirándome de nuevo – Lindo ojo negro.
-¿Escuchaste algo, Lali? – preguntó Cande – Pensé que había escuchado algo.
-Creo que es el viento - dije.
-Donación – nos interrumpió Paula, entregándonos un pocillo – Nadie entra sin donar.
-¿Qué? – preguntamos Cande y yo al mismo tiempo.
-Do-na-ción. ¿Realmente pensaron que las invitaría porque sí? Necesito su dinero. Puro y simple.
-¿Para qué es el dinero? – pregunté.
-Para nuevos uniformes de las porristas. Yo lo estoy financiando. ¿Quieren entrar? Donen.

Cande intentó negociar y lo logramos; ella fue la que colocó el dinero. Finalmente ingresamos y Paula desapareció de nuestra vista. 

-¿Cuánto le diste? – le pregunté a Cande.
-No le di nada. Tiré un condón.

Alcé las cejas.

-¿Desde cuándo llevas condones?
-Cogí uno que encontré tirado en el suelo. Quién sabe, tal vez Paula lo use. 

Cande y yo caminamos por el pasillo hasta recostar nuestras espaldas contra la pared. En la sala de estar había varias parejas pegadas como goma. El centro de la habitación estaba lleno de cuerpos bailando. En la cocina, la gente estaba tomando y riendo. Nadie nos prestaba atención, e intenté hacerme la idea de que el único motivo por el que estábamos aquí era para entrar a la habitación de Paula, y sería muy fácil. 

El problema era que, empezaba a pensar que no había venido aquí por ese motivo, sino porque sabía que Peter estaría acá. Y yo quería verlo, demasiado. 

Como si me leyera el pensamiento, Peter apareció en la entrada a la cocina de Paula, vestido con una camisa negra y jeans. Sus ojos estaban oscuros y su cabello largo, ese que gritaba que necesitaba un corte. Tenía un cuerpo que atraía instantáneamente al sexo opuesto, pero su caminar decía: “No estoy abierto a conversaciones”. Una chica un año menor que yo, estaba hablando con Peter, pero él se veía distraído. Sus ojos estaban enfocados en la sala de estar, observando, como si no confiara en nadie aquí. Su postura era relajada pero atenta, casi como si esperase que algo sucediese en cualquier momento.

Antes de que sus ojos encuentren los míos, miré hacia otro lado. Mejor no ser atrapada mirando con remordimiento y anhelo. Cinco minutos después, aún estábamos en la misma posición, así que estaba por proponerle a Cande de movernos, cuando Brenda, una compañera de clase, vino y me entregó un vaso rojo.

-Esto es para ti, cumplidos de un chico al otro lado de la habitación.
-Te dije – susurró Cande, haciendo referencia a un chico de mi clase que me había estado sonriendo.
-Eh, gracias, pero no estoy interesada – le dije a Brenda – dile a Antonio que no tomo nada que no haya visto servir.
-¿Antonio? – preguntó, confundida.
-Sí, Antonio Loceda – dijo Cande – El chico que te está haciendo pasar por la chica delivery.
-¿Pensaste que Antonio me dio el vaso? – sacudió su cabeza – Intenta con el chico al otro lado de la habitación – se volteó hacia dónde Peter estaba parado hace unos minutos – Bueno, él estaba ahí, supongo que se fue. Estaba guapo y usando una camisa negra, si eso sirve.
-Oh, dios – dijo Cande.
-Gracias – le dije a Brenda, sin otra chance más que coger el vaso.

Ella se esfumó entre la multitud, y coloqué el vaso que olía a coca-cola en la mesa detrás de mí. ¿Peter estaba intentando mandar un mensaje? ¿Recordarme de mi pelea con Paula? Cande empujó algo en mi mano.

-¿Qué es esto? – pregunté.
-Un walki-talki. Me lo prestó mi hermano. Me sentaré en las escaleras y estaré observando. Si alguien viene, te hablaré por aquí.
-¿Quieres que vaya a buscar en la habitación de Paula ahora?
-Quiero que robes su diario.
-Sí, sobre eso. Digamos que estoy cambiando de idea.
-¿Me estás bromeando? No puedes negarte ahora. Imagínate lo que debe decir en ese diario. Esta es nuestra gran oportunidad para encontrar qué está pasando con ella y Peter.
-¿Estás segura que la habitación de Paula está en el segundo piso?
-Sí.
-Bueno – dije, respirando profundamente – supongo que subiré.

Lo hice. Arriba había un baño muy grande para una persona y a la izquierda, una habitación para hacer ejercicio. Seguí caminando, doblando a la derecha, la primera puerta estaba sin seguro, así que miré de reojo. La habitación era rosada, con los muebles, armario y todo rosado. Varias fotografías estaban pegadas en la pared, y todas eran de Paula en poses sensuales. Luego vi la gorra de Peter en su cama. Deslizándome dentro de la habitación, cogí la gorra, la doblé y la guardé en mi bolsillo. 

Debajo de la gorra, había una llave…era una copia de llave del la camioneta de Peter. También la guardé en mi bolsillo. Esperaba no encontrar más cosas de él aquí. 

Abrí y cerré un par de cajones del armario. Miré debajo de la cama, en la mesa de noche, y en el escritorio. Finalmente, deslicé mis manos dentro del colchón y encontré el diario. Sosteniéndolo entre mis manos, sentí la tentación abrumadora de abrirlo. ¿Qué había escrito sobre Peter? ¿Qué secretos se escondían aquí?

Mi walki-talki sonó.

-Mierda – dijo Cande.
-¿Qué pasa?
-Perro. Perro grande. Acaba de entrar a la sala. Me está mirando, como que…me está mirando fijamente.
-¿Qué clase de perro?
-No sé sobre las razas, pero creo que es un Doberman. Se parece mucho a Paula, si eso ayuda. Ay, sus orejas se acaban de alzar. Se está acercando a mí. Creo que es uno de esos perros psíquicos. 
-Mantente calmada…
-Vete, perro. ¡Dije que te vayas! – se escuchó el ladrido del perro - ¿Eh, Lali? Tenemos un problema.
-¿El perro no se fue?
-Peor. Acaba de irse para arriba.

Justo entonces, hubo un golpe en la puerta. El ladrido no se detuvo, creció.

-¡Cande! – susurré, por el aparato - ¡Deshazte del perro!

Ella dijo algo, pero no pude escuchar por los ladridos del perro.

-¿Qué? – grité.
-¡Viene Paula! ¡Sal de ahí!

Empecé a deslizar el diario debajo del colchón, pero se abrió. Un montón de fotos y notas se cayeron de adentro. En pánico, hice una pila de las fotos y notas y las regresé dentro del diario. Luego metí el pequeño diario y el walki-talki dentro de la pretina de mi pantalón, y apagué la luz. Después lidiaría en cómo devolver el diario. Ahora mismo, tenía que salir.

Abrí la ventana y miré hacia abajo. La puerta principal estaba justo debajo de mí. Colgué una pierna y sentí que todo me daba vueltas. Tenía que superar esto. Saqué la otra pierna y balanceando mi peso, bajé la ventana. Acaba de esconderme debajo de la visión de la ventana, cuando la habitación se llenó de luz. El perro empezó a arañar la ventana y a ladrar. Recé para que Paula no abra la ventana.

-¿Qué es? – dijo Paula - ¿Qué pasa Bobby? – le hablaba al perro.

Sentí el sudor recorrer mi cuerpo. Paula miraría hacia abajo y me vería. Cerré mis ojos e intenté olvidar que la casa estaba llena de gente con la que iría al colegio por los próximos dos años. ¿Cómo iba a explicar que estaba en la habitación de Paula? ¿Cómo iba a explicar que tenía su diario? 

-¿Cande? – susurré por el walki-talki.
-¿Dónde estás?
-¿Crees que puedes deshacerte del perro?
-¿Cómo?
-Sé creativa. Enciérralo en el armario o algo así.
-¿Quieres decir que lo debo de tocar?
-¡Cande!
-Está bien, pensaré en algo.

Treinta segundos después, escuché la voz de Cande en la habitación. 

-Paula – dijo ella – No quiero molestar, pero la policía está en tu puerta, dice que quieren hablar contigo. 
-¿Qué? No veo ningún carro policía.
-Probablemente se estacionaron más allá.
-¡Genial! ¿Qué haré ahora? 

Un momento después, la habitación estuvo en silencio. Fue ahí cuando presioné mis palmas contra la ventana para poder volver a hacerme visible y entrar. Pero, por más que ponía toda mi fuerza sobre la ventana, no hacía ningún movimiento, no podía moverla. Genial, seguro Paula le había puesto seguro. Todo lo que tenía qué hacer era quedarme cinco horas hasta que la fiesta termine y luego decirle a Cande que venga con una escalera a recogerme.

Escuché pasos debajo de mí y volteé para mirar quién era, tal vez era Cande a mi rescate. Para mí horror, era Peter, caminando hacia su camioneta. Marcó un número en su celular y se lo colocó al oído. Dos segundos después, mi celular sonó. Antes de que pueda lanzar mi celular lejos de mí, Peter se detuvo. Miró sobre su hombro, sus ojos alzándose. Su mirada se posó en mí, y pensé que hubiese sido mejor si Bobby me comía.

-Y aquí me encuentro con una trepa paredes – no necesitaba verlo para saber que estaba sonriendo.
-Deja de reírte – dije – Ayúdame a bajar.
-Salta.
-¿Qué?
-Te atraparé.
-¿Estás loco? Anda adentro y abre la ventana. O consigue una escalera.
-No necesito una. Salta. No voy a soltarte.
-¡Oh, claro! ¡Como si te creyera!
-¿Quieres mi ayuda o no?
-¿Llamas a esto ayuda? – siseé - ¡Esta no es ayuda!

Jugó con las llaves de su auto, luego empezó a alejarse.

-¡Eres un imbécil! ¡Regresa aquí!
-¿Imbécil? – repitió – Tú eres la que anda espiando por las ventanas.
-No estaba espiando. Estaba ….estaba…

Peter llevó su cabeza hacia atrás y empezó a reír.

-Estabas buscando en la habitación de Paula.
-No – rodé mis ojos como si fuera algo absurdo.
-¿Qué estabas buscando?
-Nada – saqué la gorra de Peter y se la lancé - ¡Y aquí está tu estúpida gorra!
-¿Fuiste por mi gorra?
-¡Un gran pérdida de tiempo, obviamente!
-¿Vas a saltar? – preguntó, colocándose la gorra.
-¿Por qué llamaste? – intentando no pensar en los metros que me separaban del suelo.
-Te perdí de vista adentro. Quería asegurarme de que estabas bien.
-¿Y la coca cola?
-Una oferta de paz. ¿Vas a saltar o qué?

Mirando hacia abajo, mi estómago empezó a dar vueltas.

-Si me sueltas… - le advertí.

Peter alzó sus brazos. Cerrando mis ojos, me deslicé hacia el suelo. Sentí el aire chocar contra mí y luego estaba en los brazos de Peter. Me quedé ahí, con mi cuerpo y corazón latiendo desaforado. Él se sentía cálido y familiar, sólido y seguro. Quería cogerlo de la camisa, enterrar mi rostro en su cuello y nunca dejarlo ir.

martes, 18 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 10 (Parte 2)

El olor a madera, y la sensación de ésta sobre mí, me dijo que estaba en la camioneta de Peter. Estaba en el asiento de atrás, con Peter al volante y Paula a su lado. Ella estaba usando el mismo vestido con el que la había visto hace unas horas. Esta noche, era entonces. La memoria de Peter me había llevado a hace unas horas.

-Ella arruinó mi vestido – dijo Paula – Ahora me estoy congelando. Y apesto a coca-cola.
-¿Quieres mi chaqueta? – preguntó Peter, sus ojos en el camino.
-¿Dónde está?
-En el asiento de atrás.

Paula se quitó el cinturón de seguridad, colocó una rodilla en el asiento y cogió la chaqueta de Peter, la que estaba a mi lado. Cuando se sentó de nuevo, se quitó su vestido y lo lanzó al suelo. Sólo tenía su trusa, después estaba completamente desnuda. 

Casi se me sale el corazón. 

Se colocó la chaqueta de Peter y la cerró.

-A la izquierda en la siguiente cuadra – le dijo.
-Conozco el camino a tu casa – dijo Peter.
-No quiero ir a casa. En dos cuadras, voltea a la izquierda.

Pero después de dos cuadras, Peter siguió en línea recta.

-Bueno, no eres divertido – dijo Paula - ¿No tienes curiosidad de saber a dónde te estaba llevando?
-Es tarde.
-¿Me estás rechazando?
-Te estoy dejando en casa, luego iré a la mía.
-¿Por qué no puedo ir?
-Tal vez algún día – dijo Peter.

¿En serio? Quería golpearlo. ¡Ella obtuvo más respuesta que yo!

-Eso no es muy específico – dijo Paula y Peter no dijo nada – Entonces, mañana por la noche. No es como si tuvieses que estar en otro lado. Sé que Lali terminó contigo.

Las manos de Peter se estrecharon en el timón.

-Escuché que está con Benjamín ahora. Ya sabes, el chico nuevo. Es lindo.
-Realmente no quiero hablar de Lali.
-Bien, porque yo tampoco. Quiero hablar sobre nosotros.
-Pensé que tenías un novio.
-La palabra clave ahí es que “tenía uno”

Peter dobló a la derecha y estacionó en la casa de Paula. No apagó el motor.

-Buenas noches, Paula.

Ella se quedó en su asiento y luego rió.

-¿No vas a acompañarme a la puerta?
-Eres fuerte, una chica capaz.
-Si mi papá está mirando, no estará feliz – dijo ella.
-Él no está mirando.
-¿Cómo sabes?
-Confía en mí.
-Ya sabes – dijo Paula, bajando su voz, sensual – Realmente admiro tu poder. Me mantienes adivinando, y me gusta eso. Pero déjame dejar algo en claro. No estoy buscando una relación. No me gustan las cosas enredadas y complicadas. No quiero herir sentimientos, confundir señales, o celos, solo quiero diversión. Estoy buscando pasar un buen rato. Piénsalo.

Por primera vez, Peter miró a Paula.

-Mantendré eso en mente – dijo finalmente.

Paula sonrió y se inclinó para darle un beso caliente y suave a Peter. Él empezó a alejarse, luego se detuvo. En cualquier momento, podría haber cortado este beso, pero no lo hizo.

-Mañana por la noche – murmuró Paula, alejándose – Tú casa.
-Tu vestido – le dijo él, señalando el suelo.
-Lávalo y entrégamelo mañana por la noche – salió de la camioneta y corrió hacia la puerta, antes de desaparecer.

Mis brazos se pusieron flojos alrededor del cuello de Peter. Me sentía tan atónita por lo que había visto. Es como si hubiese lanzado un cubo de hielo en mi cara. Mis labios estaban hinchados por la rudeza de su beso, mi corazón igual de hinchado. Peter estaba en mi sueño. Lo estábamos compartiendo.

De algún modo era real. Toda la idea era casi imposible, pero tenía que ser verdad. Si él no estaba aquí, si él no se hubiese insertado en mi sueño, no podría haber tocado sus cicatrices y ser catapultada dentro de su memoria. Pero lo había hecho. La memoria era vívida, válida y muy real. 

Peter pudo decir por mi reacción que lo que sea que había visto no era bueno. Sus brazos acariciaron mis hombros, y alzó su cabeza hacia el techo.

-¿Qué viste? – preguntó silenciosamente.
-Besaste a Paula – dije, mordiendo mi labio con fuerza para resistir las lágrimas.

Pasó sus manos por su cara.

-Dime que es un juego mental. Dime que es un truco. Dime que ella tiene algún tipo de poder sobre ti, que no tienes ninguna oportunidad cuando se trata de ella.
-Es complicado.
-No – digo con tal fuerza que sacudo mi cabeza – No me digas que es complicado. Ya nada es complicado, no después de lo que hemos pasado. ¿Qué esperas obtener de una relación con ella?
-No amor – dice, mirándome a los ojos.

Ahora lo entiendo. Estar con Paula se trata de satisfacción barata. Satisfacción propia. Él realmente nos vio como conquistas. Él es un jugador. Cada chica era un reto. Encontró éxito en el arte de la seducción, no le importa la mitad o el final de la historia, solo el principio. Y yo, como todas las demás, había cometido un grande error al enamorarme de él. En el momento en que lo hice, él corrió. Bueno, él nunca tendrá que preocuparse de que Paula le confiese su amor. La única persona a la que ella ama es a sí misma. 

-Me enfermas – dije, mi voz temblando.

Peter se agacha, los codos en sus rodillas, su cara enterrada en sus manos.

-No vine aquí a hacerte daño.
-¿Por qué viniste? ¿Para burlarte a las espaldas de los arcángeles? ¿Para herirme más de lo que ya has hecho? – no espera una respuesta.

Alcanzando mi cuello, jalé la cadena que me había dado hace días. Se soltó rápidamente. Debí devolvérsela el día que terminamos, pero me di cuenta de ello un poco tarde, aún no había perdido las esperanzas hasta este momento. Aún creía en nosotros. Le entregué la cadena.

-Y quiero mi anillo de vuelta.

Sus ojos se mantuvieron fijos en mí por un momento, luego recogió su camisa para ponérsela.

-No.
-¿Qué quieres decir con eso? ¡La quiero de vuelta!
-Tú me la diste - dijo, silenciosamente, pero no gentil.
-Bueno, ¡cambié de idea!

Mi rostro estaba rojo, todo mi cuerpo lleno de enojo. Él se estaba quedando con el anillo porque sabía lo mucho que significaba para mí. 

-¡Te lo di cuando fui lo suficientemente estúpida para pensar que te amaba! Dámela ahora.

No podía soportar pensar el perder mi anillo de mi padre por Peter. Él no lo merecía. Él no merecía tener el único recuerdo tangible que había tenido de verdadero amor. 

Ignorando mi pedido, Peter se fue.

Abrí mis ojos. Prendí la lámpara y mi visión regresó a color completo. Me senté, con la adrenalina a flor de piel. Alcanzando mi cuello, busqué la cadena de Peter, pero no estaba ahí. La busqué entre las sábanas, pensando que se había caído mientras dormía. Pero la cadena no estaba.

El sueño era real. Peter había descubierto una forma de visitarme mientras estaba dormida.

Ángeles Caídos #2: Capítulo 10 (Parte 1)

Una hora después, me arreglé y comí un aperitivo. Ahora que estaba sola, sentía mucho miedo, hace una hora me había llegado un mensaje de texto con una advertencia: QUÉDATE ESTA NOCHE EN CASA. Intenté decirme a mí misma que era alguien bromeando o tal vez Benjamín preocupándose por mi seguridad, aunque lo dudaba. Olvídate del tema, me dije a mí misma, y juro que intenté hacerlo.

Vi un rato de televisión y cuando ya no había nada más que ver, subí a mi habitación. El ojo derecho estaba que dolía profundamente, la luz de la habitación molestaba. Así que coloqué un par de hielos en la zona antes de echarme una crema para bajar la hinchazón. También decidí tomar dos pastillas para el dolor, sólo por si no pasaba. Me eché en la cama y me quedé dormida.

Me desperté ante el sonido de un auto estacionándose. Abrí mis ojos y mi visión se nubló por un segundo, cuando se estabilizó, empecé a ver todo en blanco y negro, como en mi sueño sobre Inglaterra. 

Abajo, la puerta principal se abrió con un leve sonido. No esperaba a mamá, lo que significaba que era otra persona. Alguien que no pertenecía aquí. Miré alrededor de la habitación, buscando algo que pudiese usar como arma….sólo estaba mi lámpara. Segundos después, pasos se escucharon en las escaleras, el intruso no se detuvo, sabía exactamente hacia dónde quería ir. Saliendo silenciosamente de la cama, y saqué mis medias del suelo. Las estreché entre mis manos y presioné mi espalda contra la pared, atrás de la puerta de mi habitación, sintiendo el sudor recorrer mi cuerpo. Estaba tan silencioso que podía escuchar mi respiración.

Él entró, y yo envolví las medias alrededor de su cuerpo, apretando con toda mi fuerza. Hubo un momento de lucha antes de que mi cuerpo se vaya para adelante y me encuentre cara a cara con Peter. Él miró las medias y luego a mí. 

-¿Quieres explicar?
-¿Qué estás haciendo aquí? – demandé - ¿Tú me mandaste el mensaje? ¿El que decía que me quede aquí? ¿Desde cuándo tienes un número privado?

-Tuve que sacar una nueva línea. Algo más seguro.

No lo quería saber. ¿Qué clase de persona necesitaba todo este secreto? ¿De quién tenía miedo Peter? ¿Los arcángeles?

-¿En algún momento se te ocurrió tocar? – dije – Pensé que eras alguien más.
-¿Esperabas a alguien más?
-¡De hecho, sí! – un psicópata que andaba mandándome mensajes.
-Son más de las tres – dijo Peter – A quién sea que estés esperando, no puede ser tan excitante, porque te quedaste dormida – sonrió – Aún estás durmiendo.

Parpadeé. ¿Aún durmiendo? ¿De qué estaba hablando? Espera. Claro. Eso explicaba por qué todo el color se había ido, y por qué aún estaba viendo en blanco y negro. Peter no estaba en mi habitación, estaba en mi sueño. Pero, ¿por qué estaba soñando sobre él, o es que realmente él sabía que estaba aquí? ¿Estábamos compartiendo el sueño?

-Para tu información, me quedé dormida esperando a….Benjamín – no tenía idea de por qué lo dije. 
-Benjamín – repitió.
-No empieces. Vi a Paula entrar a tu camioneta.
-Ella necesitaba que alguien la movilice.
-¿Qué clase de movilización? – dije, colocando mis manos en la cadera y pensando en términos sexuales.
-No esa clase de movilización – dijo, lentamente.
-¡En serio! ¿De qué color era su trusa?

No respondió, pero la mirada en sus ojos me dijo que se estaba guardando la respuesta. Fui hacia la cama, cogí una almohada y se la lancé. Él se hizo a un lado, y cayó contra la pared.

-Me mentiste – dije – Me dijiste que no pasaba nada entre los dos, pero cuando dos personas no tienen nada, no comparten prendas, y no se meten dentro del carro de la otra persona, ¡y menos, en vestimentas que pasan desapercibidas! – me alejé apenas. 
-¿Compartir prendas?
-¡Estaba usando tu gorra!
-Estaba teniendo un mal día con su cabello.
-¿Eso fue lo que te dijo? ¿Y caíste?
-Ella no es tan mala como tú crees.

No, imposible. Él no podía haber dicho eso. 

-¿No tan mala? – dije, apuntando mi ojo - ¿Ves esto? ¡Ella me lo hizo! ¿Qué estás haciendo aquí? – demandé de nuevo, completamente enojada.

Peter se inclinó contra la pared, y cruzó sus brazos.

-Vine a ver cómo estabas.
-De nuevo, tengo un ojo negro, gracias por preguntar.
-¿Necesitas hielo?
-¡Necesito que te vayas de mi sueño! – cogí otra almohada de la cama y se lancé violentamente. Esta vez, la atrapó.
-El Bolso del Diablo, ojo negro. Viene con el territorio – me lanzó la almohada.
-¿Estás defendiendo a Paula?

Sacudió su cabeza.

-No lo necesito hacer. Ella se las arregló por sí misma.  Tú, por el otro lado…

Apunté hacia la puerta.

-Fuera.

Cuando no se movió, llena de enojo, recogí la almohada y se la lancé.

-Dije que fuera de mi sueño, mentiroso, traidor…

Quitó la almohada de mi agarre y me empujó contra la pared. Mientras buscaba la peor palabra para decirle, Peter me agarró del pantalón y me jaló hacia él. Sus ojos estaban oscuros, su respiración baja y profunda. Me quedé así, suspendida entre él y la pared, mi pulso empezando a acelerarse mientras me daba cuenta de su cuerpo y su olor masculino. Empecé a sentir que mi resistencia caía. 

De pronto, y sin sentir nada más que mi propio deseo, curvé mis dedos en su camisa y lo jalé contra mí. Se sentía tan bien tenerlo cerca de nuevo. Lo extrañaba tanto, pero no me había dado cuenta de ello hasta ahora. 

-No hagas que me arrepienta de esto – dije.
-No te has arrepentido de mí nunca – me besó y yo respondí tan hambrienta que pensé que mis labios se partirían.

Empujé mis dedos a través de sus dedos, acercándolo a mi cuerpo. Mi boca estaba sobre la de él, caótica, salvaje y llena de hambre. Todas las emociones complicadas y locas por las que había pasado desde que rompimos, se esfumaron, como si me hubiera insertado en la necesidad loca y compulsiva de necesitar estar con él. Sus manos estuvieron debajo de mi piyama, deslizándose por mi espalda para sostenerme contra él. Estaba atrapada entre la pared y su cuerpo, abriendo los botones de su camisa, mis nudillos acariciando sus músculos.

Quité su camisa, cerrando la puerta en mi cerebro, lo que me advertía que estaba cometiendo un gran error. No quería escucharme, con miedo a lo que encontraría al otro lado. Sabía que estaba estableciendo más dolor para mí misma, pero no podía resistirlo. En todo lo que podía pensar era que si Peter realmente estuviera en mi sueño, toda esta noche sería nuestro secreto. Los arcángeles no nos podían ver. Aquí, todas sus reglas se esfumaban como el humo. Podríamos hacer lo que quisiéramos, y ellos nunca se enterarían. Nadie.

Peter soltó sus manos de su camisa, soltándola a un lado. Deslicé mis manos a través de sus músculos que mandaron un escalofrío por mi cuerpo. Sabía que él no podía sentir físicamente, pero me dijo a mí misma que el amor lo estaba volviendo loco. Su amor por mí. No me permití pensar sobre su inhabilidad de no sentir mi toque, o cuánto de este pequeño encuentro significaba para él. Simplemente lo quería. Ahora.

Me alzó, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura. Vi su mirada hacia el ropero, luego hacia la cama, y mi corazón saltó con deseo. El pensamiento racional me había abandonado. Todo lo que sabía es que todo estaba pasando muy rápido, pero lo excitante de lo que estábamos por hacer, dejaba atrás la frialdad y el enojo destructivo que había sentido hace poco. Fue el último pensamiento que registré antes de que mi dedo tocara el lugar donde sus alas se conectaban a su espalda.

Antes de que pueda detenerlo, estaba dentro de su memoria.

***

Siento la demora, ayer se fue la luz en casa cuando estaba traduciendo/adaptando el capítulo.
Pero aquí se los traigo :)

lunes, 17 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 9

-¿Realmente acabo de ver eso? – susurró Cande - ¿Realmente acabo de ver a Paula subirse al auto de Peter?

Abrí mi boca para decir algo, pero sentí como si tuviera algo atracado en la garganta.

-¿Soy yo o literalmente podías ver su trusa negra debajo de su vestido?
-Ese no era un vestido – dije, inclinándome contra un edificio para no caerme.
-Estaba tratando de ser optimista, pero tienes razón. Ese no era un vestido. Ese era un tubo pegado a su cuerpo. La única cosa que permitía que éste no se suba es la gravedad.
-Creo que me estoy enfermando – dije.

Cande me empujó por los hombros, forzándome a sentarme en la acera.

-Respira profundamente.
-Él está saliendo con Paula – dije.
-Paula se lanza – dijo Cande – Es la única razón. Ella es una cerda, una rata.
-Él me dijo que algo estaba pasando entre los dos.
-Peter es un montón de cosas, pero la honestidad no es uno de sus fuertes. Esto no es tu culpa. Él es el idiota que se aprovechó de ti.
-Necesito ir a casa – dije, mi voz sin emoción.
-Nada de ir a casa – dijo Cande, levantándome – Vamos a entrar.
-Cande…
-¡Cande nada! No vas a estar sufriendo por Peter. 

Caminamos a la línea, juntándonos con la multitud. Pagué los diez dólares, al igual que Cande, quién también había traído su identificación falsa. Adentro, todo era completamente oscuro, la música muy fuerte para pensar, cosa que ayudaba en estos momentos. Había una barra al fondo, pintada de negro, con barras de metal y luces que colgaban del techo, y Cande y yo nos deslizamos en dos bancas vacías.

-¿Identificación? – preguntó el chico detrás de la barra.

Cande sacudió su cabeza.

-Sólo una coca-cola de dieta.
-Yo tomaré lo mismo – agregué.
-¿Viste eso? – dijo Cande, golpeando suavemente mis costillas – Él preguntó por nuestras identificaciones. ¿Qué tan genial es eso? Apuesto que quería saber nuestros nombres, pero es muy tímido como para preguntar.

El chico del bar llenó dos vasos y los colocó en frente de nosotros.

-Es muy bajo para mí, de todos modos – agregó.
-¿Has visto a Benjamín? – pregunté, intentando ver entre la multitud, él ya debería de estar aquí.
-Eh. ¿Adivina quién acaba de entrar? – los ojos de Cande miraban por encimad e mi hombro y su expresión se oscureció -Paula Recca.
-¡Pensé que se había ido! – sentí una corriente de enojo - ¿Peter está con ella?
-Negativo.
-Estoy calmada. Puedo manejarlo. No creo que nos vea, de todos modos. Y si lo hace, ella no va a venir a hablarlos. Tal vez hay una explicación extraña de por qué subió a la camioneta.
-¿También hay una explicación extraña de por qué está usando su gorra?

Me volteé de un envión. Paula estaba caminando entre la multitud, su cola de caballo colgando fuera de la gorra de Peter. Si esa no era evidencia de que estaban juntos no sabía qué era.

-Voy a matarla –le dije a Cande, volteando de nuevo.
-Claro que lo harás. Y aquí está tu mejor oportunidad. Ella está caminando hacia aquí.

Un momento después, Paula se sentó a mi lado. Se sacó la gorra de Peter y sacudió su cabello, luego presionó la gorra contra su rostro, inhalando profundamente. 

-¿Acaso él no huele maravilloso?
-Ey, Lali – dijo Cande - ¿Peter no tenía piojos la semana pasada?
-¿Qué es esto? – preguntó Paula? - ¿Una especia exótica? ¿O tal vez…menta?

Bajé mi vaso un poco más fuerte de lo normal, y unas gotas de coca-cola cayeron en la barra.

-Eso es muy lindo de tu parte – le dijo Cande a Paula – Reciclar la basura vieja de Lali.
-Basura caliente es mejor que basura anoréxica – dijo Paula.
-Lávate esto – dijo Cande.

Inmediatamente, cogió mi coca-cola y la lanzó sobre Paula. Pero alguien de la multitud cogió a Cande, así que en lugar que ésta caiga sobre Paula, salpicó sobre las tres.

-¡Mira lo que hiciste! – dijo Paula, saltando de la silla - ¿Sabes cuánto cuesta este vestido? Doscientos dólares.
-Ya no vale eso – dijo Cande – Y no sé por qué te estás quejando. Apuesto a que lo compraste con descuento.
-¿Sí? ¿Y? ¿Cuál es el punto?
-Contigo, que lo que ves es lo que obtienes. Y veo barato. Nada es más barato que comprar con descuento. 
-Nada es más anoréxico que tú. Estúpida, llena de huesos.
-Estás muerta. ¿Me escuchaste? Muerta – gritó Cande.
-Por cierto, Lali – agregó Paula, mirándome – Pensé que querías saber. Peter me dijo que terminó contigo porque no eras lo suficientemente puta.

Cande golpeó a Paula en la cabeza con su cartera.

-¿Por qué hiciste eso? – chilló.
-Pedazo de….
-¡Deténganse! – grité, colocándome en medio de las dos, no estábamos llegando a ningún lado – Cande, anda al auto, te veré afuera.
-Ella me llamó Anoréxica. Ella merece morir. Tú misma lo dijiste.
-¿Cómo planeas matarme? – dijo Paula - ¿Golpeándome con tu cartera?

Y fue ahí cuando se perdió el control. Cande lanzó el líquido de su vaso sobre la barra y alzó el vaso de vidrio, listo para ser lanzando. Paula se volteó para correr, pero en su apuro se cayó al suelo. Yo intenté detener a Cande, pero alguien golpeó mi rodilla y me caí. Lo siguiente que supe es que Paula estaba encima de mí.

-Esto es por robarme a mi novio en quinto grado – dijo, golpeándome el ojo.

Grité y agarré mi ojo.

-¿Tu novio? – grité - ¿De qué estás hablando? ¡Eso fue en quinto grado!
-¡Y esto es por pegar una foto de mí con un grano gigante en el mentón, en la página principal de la revista del colegio del año pasado!
-¡Esa no fui yo!

De acuerdo, puede que haya ayudado, pero no fui la única. Y de todos modos, eso fue hace mucho.

-Y eso es por ser una puta de … - siguió gritando.
-¡Estás loca! – esta vez, bloqueé el golpe.

Antes de que pueda ponerme de pie, Paula cogió un vaso con líquido y me lo lanzó al cuerpo.

-Ojo por ojo – dijo ella – Me humillaste, yo te humillaré.

Saqué la coca-cola de mis ojos. Mi ojo derecho dolía, donde Paula me había golpeado. Mi cabello estaba lleno de gaseosa, mi blusa también, y me sentía horrible, golpeada y rechazada. Peter estaba con Paula. Y Paula acababa de dejarlo claro. 

Mis sentimientos no son excusa para lo que hice después. No tenía idea de cómo pelear, pero cerré mis manos en puños y golpeé a Paula en el mentón. Por un momento su expresión estuvo congelada ante la sorpresa. Ella salió de encima de mí, tocándose su mentón, jadeando. Me lancé hacia ella, pero duró unos pocos segundos porque alguien me alzó a mis pies.

-Sal de aquí ahora – dijo Peter en mi oído, llevándome hacia las puertas.
-¡Voy a matarla! – dije, peleando por zafarme de él.

La multitud nos rodeó, gritando por pelea. Peter los alejó mientras me empujaba a través de ellos. Detrás de Peter, Paula se puso de pie y estiró su dedo medio hacia mí. Su sonrisa era burlona, sus cejas alzadas. El mensaje estaba claro: Que empiece la guerra.

Peter me dejó al lado de Cande, luego regreso y colocó una mano alrededor del brazo de Paula. Antes de que pueda ver a dónde se la llevaba, Cande me jaló hacia el estacionamiento, donde rompí en gritos y en lágrimas. 

***

Más tarde otro capi :)

domingo, 16 de diciembre de 2012

Ángeles Caídos #2: Capítulo 8 (Parte 2)

El día domingo empezó con una Lali preocupada, para terminar con una Lali nerviosa. Decidí buscar en Internet información acerca de la Mano Negra, preocupada del mensaje que, alguien que aún no sabíamos, me había enviado. Pero, no encontré nada; simplemente era como si todo esto fuera una broma de mal gusto. Y así fue cómo lo tomé…alguien que quería herirme me había hecho una mala broma.

El momento de nerviosismo llegó mientras buscaba en la refrigeradora algo para comer. Eran las 7:30 de la noche y empezaba a sacar comida que había quedado del almuerzo. El timbre sonó cuando menos lo esperaba. Al otro lado de la puerta, estaba Benjamín.

-¡Guerra de bandas! – grité, golpeándome la frente con la palma de la mano, me había olvidado por completo.

Corrí hacia mi habitación e intenté arreglarme lo mejor posible, secándome el cabello recién lavado. Pero no tuve tiempo de cambiarme mi pantalón de piyama.

-Te olvidaste – me dijo Benjamín, cuando abrí la puerta.
-¿Estás bromeando? He estado esperando todo el día, sólo estoy un poco tarde – mentí – Iré a cambiarme, ¿por qué no….te sientas y pones cómodo? Hay un poco de torta de chocolate en la refrigeradora.

Volví a correr hacia mi habitación, cerré la puerta y llamé a Cande.

-Necesito que vengas ahora – dije – Estoy por salir con Benjamín a una guerra de bandas.
-¿Y el punto de esta llamada es ponerme celosa?
-No. Sólo que no quiero ir sola.
-Entonces dile que no puedes ir.
-La cosa es que…digamos que si quiero ir.

No tenía idea de dónde había venido este deseo repentino. Todo lo que sabía es que no quería pasar la noche a solas. Merecía tener algo de diversión. Benjamín no era la mejor cita, pero él tampoco era del todo aburrido.

-¿Vienes o no?
-Tengo que admitir, suena mucho mejor que conjugar verbos en español toda la noche. Puedo llamar a Rixon y preguntarle si quiere ir.

Colgué e hice un rápido inventario de mi armario. Decidí por una blusa de seda, una minifalda, pantis color piel, y zapatos chatos. No sé por qué me alistaba tanto para Benjamín; él y yo no teníamos nada en común. La verdad era que, todo llevaba a Peter. Quería salir con Benjamín por una razón de desafío y revancha ya que Peter me había dicho que me aleje. Aunque no quería admitirlo, esperaba que Peter se entere que había ido a la guerra de bandas con Benjamín. Esperaba que al pensar en mí y otro chico, lo volviese loco.

-Lista – le dije a Benjamín.

Él me miró de pies a cabeza. 

-Te ves bien, Esposito – dijo.
-Lo mismo para ti – sonreí, tratando de sonar casual, pero me sentí nerviosa.

Aquello era ridículo. Benjamín y yo éramos amigos, ni siquiera eso. Conocidos.

-La entrada cuesta diez dólares.
-Claro. Sabía eso. ¿Podemos parar en un cajero? 

Benjamín colocó una licencia de conducir en el mostrador, con mi foto del colegio pegada. 

-¿Lista, Marlene? No estaba bromeando sobre el carné de identificación falso. No estás pensando en retractarte, ¿verdad? – sonrió, como si supiera cómo el corazón empezaba a acelerarse ante la idea de usar una identificación falsa.
-Lista – dije, cogiendo la identificación.

Benjamín condujo hacia el centro de la ciudad. Se detuvo frente a una casa de cuatro pisos. Una larga línea de personas estaba esperando afuera. El nombre del local era: El Bolso del Diablo.

-Te dejaré aquí – dijo Benjamín, mientras yo me bajaba del auto – Iré a estacionar. Encuentra buenos sitios, cerca al escenario, en el centro.

Caminé hacia la línea. Nunca había estado en un club; mi vida consistía en películas con Cande. Como si leyera mis pensamientos, sonó mi celular.

-Escucho música, pero todo lo que veo son las vías del tren y furgonetas abandonadas – era Cande.
-Estás a un par de cuadras. ¿Estás con auto o caminando?
-En el auto.
-Iré a encontrarte.

Salí de la línea, que empezaba a crecer con cada minuto. Al final de la cuadra, bordeé la esquina, dirigiéndome hacia el lugar del que hablaba Cande. Las casas estaban oscuras, las ventanas vacías, llenas de grafiti. Envolví mis brazos alrededor de mi cuerpo y caminé más rápido. A dos cuadras, una forma se materializó en medio de la oscuridad.

-¿Cande? – llamé.

La figura continuó viniendo hacia mí, la cabeza hacia abajo, sus manos en los bolsillos. No era Cande, era un hombre, alto y delgado, con hombros gruesos y un caminar vagamente familiar. No me sentía muy cómoda pasando al lado de un hombre que estaba solo en una acera estrecha, así que busqué mi celular. Estaba por llamar a Cande y preguntarle exactamente dónde estaba, cuando el hombre pasó bajo la luz del poste. Estaba usando la chaqueta favorita de papá.

Me detuve en seco. 

Completamente inconsciente de mí, caminó un par de pasos hacia la derecha y despareció entre un grupo de casas abandonadas. Los vellos de mi cuello se erizaron.

-¿Papá? 

Empecé a trotar. Crucé la pista sin molestarme en mirar, sabiendo que no había ningún auto. Cuando llegué al grupo de casas, estaba segura que él había ingresado la más grande. Intenté abrir las puertas, pero estaba con seguro. Cubriendo mis ojos con mis manos, intenté ver por una de las ventanas. Las luces estaban apagadas, pero pude ver un montón de muebles cubiertos de sábanas pálidas. Mi corazón estaba latiendo desaforado. ¿Mi papá estaba vivo? ¿Había estado viviendo aquí todo este tiempo?

-¡Papá! – lo llamé, a través del vidrio - ¡Soy yo…Lali!

En lo alto de las escaleras dentro de la casa, sus zapatos se desvanecieron por el pasillo.

-¡Papá! – grité, golpeando el vidrio - ¡Estoy aquí!

Retrocedí apenas, alcé la cabeza mirando hacia las ventanas del segundo piso, observando mientras pasaba su sombra. La puerta de atrás, pensé. Troté hacia el estrecho pasaje entre las dos casas. Por supuesto. Había una puerta trasera. Si estaba sin seguro, podría entrar y encontrar a mi papá…

Una sensación helada se sintió en la parte de atrás de mi cuello. El escalofrío recorrió mi espina dorsal, momentáneamente paralizándome. Me quedé al final del pasaje, los ojos enfocados en el patio trasero. Los arbustos se balanceaban con el viento. La reja principal crujió.

Lentamente, retrocedí. Sin poder creer que estaba sola. Me había sentido así antes, y siempre había significado peligro. 

Lali, no estamos a solas. Alguien más está aquí. ¡Regresa!

-¿Papá? – susurré.

Anda a encontrar a Cande. ¡Necesitas irte. Te encontraré de nuevo. ¡Apresúrate! 

No me importaba lo que él dijera, no me iba a ir. No hasta que supiera qué estaba pasando. No hasta que lo viera. ¿Cómo podía esperar que me fuera? Él estaba aquí. 

-¿Papá? ¿Dónde estás?

Nada.

-¿Papá? – intenté de nuevo – No me voy a ir.

Esta vez hubo respuesta. La puerta de atrás estaba sin seguro. Toqué mi cabeza, sintiendo sus palabras haciendo un eco. Algo era diferente sobre su voz esta vez, pero no lo suficiente para darme cuenta que algo andaba mal. ¿Tal vez era más fría? ¿Más dura?

-¿Papá? – susurré.

Estoy adentro. 

Su voz era más fuerte ahora, un sonido real. No sólo en mi cabeza, sino en mis oídos también. Volteé hacia la casa, segura que él había hablado a través de la ventana. Saliendo del pasadizo, tentativamente, coloqué mi palma en el marco de la ventana. Desesperadamente quería que sea él, pero al mismo tiempo, todos esos escalofríos sobre mi piel me advertían esto era un truco. Una trampa.

-¿Papá? – mi voz tembló – Tengo miedo.

Al otro lado del vidrio, una mano se colocó sobre la mía, cinco dedos alineados a los míos. El anillo de bodas de mi papá estaba en el dedo medio de su mano izquierda. Mi pulso latía con tanta fuerza que me sentí mareada. Era él. Mi papá estaba a unos centímetros de distancia. Vivo.

Entra. No te haré daño. Ven, Lali.

La urgencia en sus palabras me asustó. Clavé las uñas en la ventana, más fuerte esta vez. 

-¡Estoy aquí, Papá!

Esta vez, el vidrio se congeló ante mi toque. Pedazos pequeños de hielo empezaron a formarse en la ventana. Salté hacia atrás ante el repentino frío que subió por mi brazo, pero mi piel estaba atrapada al vidrio. Congelada. Llorando, intenté liberarme usando mi otra mano. La mano de mi padre empezó a derretirse a través de la ventana, y se cerró alrededor de la mía, sosteniéndome así no podía correr. Me jaló con fuerza, los bloques arañando mi ropa, mi brazo desvaneciéndose en la ventana. Mi reflexión aterrada me mirada, mi boca abierta en un grito ahogado. El único pensamiento corriendo a través de mí era que este no podía ser mi padre.

-¡Ayuda! – grité - ¡Cande! ¿Me escuchas? ¡Ayuda! 

Intenté usar mi peso para liberarme. Un dolor punzante se deslizó en el antebrazo que él mantenía capturado, y una imagen de un cuchillo se colocó en mi mente con tanta intensidad que pensé que mi cabeza se abriría en dos. Fuego se sentía en mi antebrazo, me estaba cortando.

-¡Detente! – chillé - ¡Me estás haciendo daño!

Sentí su presencia eclipsar mi mente, su propia semblanza eclipsando la mía. Había sangre por todos lados. Negra y viscosa…era mía. La bilis subió por mi garganta. 

-¡Peter! – grité, con terror y absoluta desesperación.

La mano se disolvió, y la solté hacia el suelo. Instintivamente, coloqué mi brazo contra mi blusa para detener el sangrado, pero para mi sorpresa, no había sangre. Ningún corte. Buscando aire, miré hacia la ventana. Perfectamente intacta, reflejaba el árbol detrás de mí, que se movía por el viento. Aterrada, corrí en dirección hacia El Bolso del Diablo, mirando hacia atrás cada cierto tiempo. 

Miré hacia ambos lados antes de cruzar la calle y vi a la persona antes de que pueda chocarme contra ella.

-Ahí estás – dijo Cande, tratando de estabilizarme – Creo que perdimos la conexión. Llegué aquí y perdí tu rastro. ¿Estás bien? Parece que vas a vomitar.

No quería quedarme ahí por más tiempo. 

-Pensé – dije, aguantando las lágrimas – Pensé que había visto a mi padre de nuevo.

Cande envolvió sus brazos a mí alrededor.

-Bebé.
-Lo sé. No fue real. No fue real – repetí, recordando las visiones falsas que había tenido cuando recién conocí a Peter. 

Parpadeé varias veces, tratando de reprimir las lágrimas. Pero se había sentido tan real. Tan real.

-¿Quieres hablar de ello?

¿De qué podíamos hablar? Estaba siendo cazada. Alguien estaba jugando con mi mente. ¿Un ángel caído? ¿Un Nephil? ¿El fantasma de mi padre? ¿O era mi mente traicionándome? Lo que sea que haya pasado ahí, no era real. No era mi padre, él nunca me haría daño. Él me amaba. 

-Regresemos al local – dije, exhalando.

Necesitaba distanciarme de la casa lo más rápido posible. Necesitaba distraerme. A pesar de lo que había pasado, no quería ir a casa, y no quería estar sola. Quería insertarme en medio de la multitud. Cande agarró mi muñeca, acercándome a ella.

-¿Ella es quién creo que es?

A media cuadra, Paula estaba subiendo a un auto. Su cuerpo estaba dentro de un vestido tan pequeño que se veía su trusa negra. Pero no fue su vestido lo que atrajo mi atención, fue el auto. Una camioneta negra, la misma que tenía Peter.