domingo, 20 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Doce

Siguiendo las instrucciones de Jev, encontré una tienda y de ahí llamé a un taxi, no quería llamar a mamá; no estaba en condiciones de hablar. En casa, subí hacia mi habitación. Me puse mi ropa de dormir y me curvé en posición fetal debajo de las sábanas hasta que me quedé dormida.

Fui despertada por los sonidos de zapatos moviéndose fuera de mi puerta. Debo de haber estado soñando con Jev, porque mi primer pensamiento fue: es él. 

Mi mamá abrió la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared.

-¡Está aquí! – gritó sobre su hombro - ¡Está en la cama! – caminó hacia mí - ¡Lali! ¿Por qué no me dijiste a dónde habías ido? ¡Hemos estado conduciendo por toda la ciudad, buscándote! – estaba jadeando, sus ojos salvajes.
-Le dije a la recepcionista que te diga que llamé a Cande para que me trajera – solté.
-¡Llamé a Cande! Ella no sabía de qué estaba hablando.

Claro que no lo sabía, Gabe había venido antes de tener oportunidad de hacer algo al respecto.

-No puedes volver a hacer eso – dijo mamá - ¡Nunca más puedes volver a hacerlo!

Aunque sabía que no ayudaría, empecé a llorar. No quería asustarla, es que cuando la vi con Hank…reaccioné. Y por más que quería creer que Gabe ya no aparecería más en mi vida, su amenaza seguía en mis pensamientos. ¿En qué me había metido? 

-Ay, Lali.

Dejé que mi mamá me abrazara y presionara mi cara contra su blusa.

-Esto sólo fue un mal susto – dijo ella – Seremos más cuidadosas la próxima vez.

El suelo del pasillo crujió y alcé la mirada para ver a Hank recostado contra el marco de la puerta.

-Nos diste un buen susto, jovencita – su voz era calma y suave, pero había algo lobuno en sus ojos que hizo que sintiera escalofríos.
-No lo quiero aquí – le susurré a mi mamá.

Aunque no estaba segura de la validez de mi alucinación, me estaba cazando. No podía dejar de ver a Hank con la jaula. No podía apartar las palabras que él había dicho. 

-Te llamaré más tarde, Hank – dijo mamá – Después que acueste a Lali. Gracias de nuevo por la cena, y siento la falsa alarma.
-No te preocupes, querida. Olvidaste que tengo a mi propia princesa dramática, al menos puedo decir que ella nunca ha hecho algo tan arriesgado – rió.

Esperé hasta que bajó las escaleras. No estaba segura de cuánto decirle a mamá, especialmente desde que Jev había dicho que no se podía contar con la policía y tenía miedo de que, todo lo que dijera ahora, llegara a los oídos del policía Basso. Pero, demasiadas cosas habían sucedido esta noche como para dejarlo pasar.

-Conocí a alguien esta noche – le dije a mamá – Después que me fui del restaurante. No lo reconocí, pero me dijo que nos conocíamos. Debo de haberlo conocido en los últimos cinco meses, pero no recuerdo.
-¿Te dijo su nombre?
-Jev.

Había estado aguantando la respiración, pero ahora soltó un poco de aire. Me preguntaba qué significaba eso. ¿Ella esperaba otro nombre?

-¿Lo conocías? – pregunté.
-No. ¿Te dijo cómo te conocía? ¿Del colegio, tal vez? ¿O cuándo trabajaste en la cafetería?

¿Había trabajado? Esas eran noticias nuevas para mí. Estaba por pedirle que me aclare eso último cuando sus ojos se encontraron de nuevo con los míos.

-Espera. ¿Qué estaba usando? ¿Cómo se veía su ropa?
-¿Por qué importa?

Se puso de pie, luego caminó de la cama a la puerta y de regreso. 

-¿Tal vez estaba usando un uniforme con un logo? ¿O tal vez iba vestido completamente de un solo color? ¿Cómo…negro?
-Estaba usando una camisa blanca de béisbol y jeans.

Líneas de preocupación se formaron alrededor de su boca.

-¿Qué no me estás diciendo? – pregunté.

Las líneas de preocupación se esparcieron a sus ojos.

-¿Qué sabes? – demandé.
-Había un chico – empezó.
-¿Qué chico?

No pude evitar preguntarme si estaba hablando de Jev. Y me encontré deseando que así lo fuera. Quería saber más de él, saber todo sobre él.

-Vino por acá unas cuantas veces. Siempre estaba vestido de negro – dijo, con disgusto – Era mayor y, por favor no lo tomes a mal, pero nunca pude ver qué vio en ti. Había dejado el colegio, tenía un problema con las apuestas, y trabajaba como mesero en un restaurante. Quiero decir, ¡por dios! No tengo nada contra ellos, pero casi me daba risa. Como si pensara que tú te quedarías siempre aquí. Estaría sorprendida si estaba determinado a ir a la universidad.
-¿Me gustaba? – su descripción no sonaba como Jev, pero no me iba a rendir.
-¡Difícilmente! Siempre me hacías dar excusas cada vez que él llamaba. Eventualmente, él se dio cuenta de lo que sucedía y te dejó sola. Duró poco tiempo. Un par de semanas a lo mucho. Sólo lo traje al tema porque siempre pensé que había algo mal con él, y siempre me pregunté si él podría saber algo sobre tu secuestro. No es por ser dramática, pero parece que una nube oscura se hubiese situado en tu vida desde que lo conociste.
-¿Qué le pasó? – me di cuenta que mi corazón latía desaforado.
-Dejó la ciudad – sacudió su cabeza - ¿Ves? No puede haber sido él. Entré en pánico, eso es todo. No te preocupes por él – agregó, viniendo hacia mí y acariciando mi rodilla – Probablemente está cruzando el país para este entonces.
-¿Cuál es su nombre?

Dudó sólo un momento.

-Ya sabes, no lo recuerdo. Algo con una P. Pablo, tal vez – rió – Supongo que eso prueba lo insignificante que era.

Sonreí ausente ante su broma, mientras escuchaba la voz de Jev en mi mente. Nos conocíamos. Nos conocimos hace cinco meses, y yo fui malas noticias desde el momento en que posaste tus ojos en mí.

Si este Jev y el chico misterioso de mi pasado eran el mismo, alguien no me estaba dando la historia completa. Tal vez Jev estaba en problemas. Tal vez lo mejor ira en dirección contraria. Pero algo me decía que no era porque él era una persona difícil e indiferente que intentaba hacerme pensar. Justo antes de la alucinación, lo había escuchado decir, Se supone que no deberías de estar más en esto. Ni siquiera yo puedo mantenerte a salvo.

Mi seguridad significaba algo para él. Sus acciones de esta noche lo probaban. Lo que me dejaba con dos preguntas. ¿En qué se supone que no debería de estar más involucrada? Y, ¿quién estaba mintiendo? ¿Mamá o Jev?

Si pensaba que estaba contenta quedándome sin hacer nada, como la modelo perfecta, toda dulce, no eran tan inteligentes como pensaban. 

Ángeles Caídos #3: Once

Cuando abrí los ojos ya no estaba en la calle. Estaba dentro de un edificio de concreto que olía a aserrín y algo ligeramente metálico, como óxido. Estaba temblando, pero no por el frío.

Había cogido la camisa de Jev, había escuchado que se rompía. Debo haber tocado su espalda. Y ahora…estaba en lo que parecía ser un almacén vacío.

Más allá, vi dos figuras. Jev y Hank. Aliviada de no estar sola, me acerqué hacia ellos, esperando que me dijeran dónde estaba, y cómo había llegado aquí.

-¡Jev! – lo llamé.

Ninguno de los dos miró en mi dirección, pero seguramente me habían escuchado. Estaba por abrir mi boca por segunda vez, cuando me quedé estática. Detrás de ellos, las barras de una jaula se asomaron por debajo de una lona. Todo me vino de repente. La jaula. La chica. El baño en el colegio. Cuando me había desmayado momentáneamente. Mis palmas estaban sudorosas. Sólo podía significar una cosa. Estaba alucinando.

De nuevo.

-¿Me trajiste aquí para mostrarme esto? - Jev le dijo a Hank con un silencioso disgusto - ¿Entiendes el riesgo que toma cada vez que nos vemos? No me llames aquí para charlar. No me llames para tener un hombro en el cual llorar. Ni siquiera me llames aquí para mostrarme tu última conquista.
-Paciencia, chico. Te mostré al arcángel porque necesitaba tu ayuda. Obviamente ambos tenemos preguntas – miró a la jaula – Bueno, ella tiene respuestas.
-Mi curiosidad por esa vida murió hace mucho.
-Lo quieras o no, esta vida es tuya. He intentado de todo para persuadirla a hablar, pero ella está enjaulada – sonrió – Haz que me diga lo que necesito saber, y te la daré. Dudo que necesite recordarte los problemas que te han causado los arcángeles. Si hay una manera de buscar venganza…bueno, seguramente no necesito decir más.
-¿Cómo has hecho para mantenerla enjaulada? – preguntó Jev, fríamente.

La boca de Hank se retorció con sorpresa. 

-Le corté sus alas. Sólo porque no puedo verlas no significaba que no tenga una buena idea de dónde están. Tú pusiste esa idea en mi cabeza. Antes de ti, nunca hubiera imaginado que un Nephil pudiese quitarle las alas a un ángel.

Algo oscuro se colocó en los ojos de Jev.

-Una sierra ordinaria no podría haber cortado sus alas.
-No usé una sierra ordinaria.
-En lo que sea que esté metido Hank, te aconsejo que te salgas. Rápido.
-Si supieras en lo que estoy metido, me rogarías que te meta en ello. El imperio de los arcángeles no durará para siempre. Hay poderes ahí afuera que superan los de ellos. Poderes esperando ser usados, si sabes dónde buscar.

Con un gesto de disgusto, Jev se volteó para irse.

-Nuestro acuerdo, chico – dijo Hank.
-Esto no formaba parte.
-Entonces tal vez podamos llegar a un nuevo acuerdo. Me dicen que no has forzado a un Nephil a jurar lealtad. Cheshvan sólo está a unas cuantas semanas…. – dejó colgada la oración.

Jev se detuvo.

-¿Me estás ofreciendo a unos de tus hombres?
-Por tu bien, sí – Hank estiró sus manos, riendo suavemente - ¿Esta oferta todavía está fácil de rechazar?
-Me pregunto qué pensarán tus hombres si se enteraran que los has estado vendiendo al licitador más grande.
-Trágate tu orgullo. Déjame decirte porqué he conseguido lo que tengo en esta vida. No me tomo las cosas personalmente. Tú tampoco deberías. No dejes que esto se trate de ti y de mí, y las diferencias del pasado. Ambos tenemos algo que ganar. Ayúdame, y yo ye ayudaré. Es tan simple como eso.

Se detuvo, dándole tiempo a Jev para pensar.

-La última vez que te alejaste de una oferta mía, terminó desastrosamente – agregó Hank.
-He terminado con los tratos contigo – respondió Jev – Pero te daré un consejo. Déjala ir. Los arcángeles van a notar que ella está desaparecida. Secuestrar puede que sea tu fuerte, pero esta vez estás tentando a la suerte. Ambos sabemos cómo va a terminar. Los arcángeles no pierden.
-Pero lo hacen – corrigió Hank – Perdieron cuando tu clase cayó. Perdieron de nuevo cuando ustedes crearon la raza Nephil. Pueden volver a perder, y lo harán. Y con más razón deberían actuar ahora. Tenemos a una de su clase. Juntos, tú y yo podemos voltear el juego. Juntos, chico. Pero debemos actuar ahora.

Me recosté contra la pared y abracé mis rodillas contra mi pecho. Dejé que mi cabeza se incline hacia atrás, contra el concreto. Respiraciones profundas. Había salido de una alucinación con anterioridad, podía hacerlo de nuevo. Tenía que regresar con Jev.

-Sé sobre el collar.

Ante la voz de Hank, mis ojos se abrieron. ¿Él sabía sobre el collar? ¿El que estaba buscando Paula?

Jev alzó la ceja.

-Prefiero no revelar mi fuente – dijo Hank – Obviamente todo lo que necesito tener es un collar actual. Eres lo suficientemente inteligente para saber que aquí es dónde tú entras. Ayúdame a encontrar un collar de un arcángel. 
-Prueba con tu fuente – dijo Jev.

La boca de Hank se presionó en una línea severa.

-Dos Nephil. Tú elección, por supuesto – chantajeó – Puedes alternarte entre ellos….

Jev sacudió su mano.

-Ya no tengo mi collar, si es a dónde estás yendo. Los arcángeles me lo confiscaron cuando caí.
-Eso no es lo que me dice mi fuente.
-Tú fuente mintió.
-Una segunda fuente confirma haberte visto usándolo recientemente, este verano.

Jev inclinó su cabeza hacia atrás y rió.

-No lo hiciste – su risa murió abruptamente – Dime que no metiste a tu hija en medio de esto.
-Ella vio la cadena de plata en tu cuello. Este Junio.
-¿Cuánto sabe ella?
-¿Sobre mí? Está aprendiendo. No me gusta, pero mi espalda está contra la pared. Ayúdame, y no la usaré de nuevo.
-Estás asumiendo que me preocupo por tu hija.
-Te preocupas por una de ellas – dijo Hank, retorciendo sus labios – O solías hacerlo.

Un músculo en la mandíbula de Jev se retorció, y Hank rió.

-Después de todo este tiempo, aún estás jugando con fuego. Una lástima que ella no sepa que existes. Hablando de mi otra hija, también escuché que ha sido vista usando tu collar en Junio. Ella lo tiene – afirmó.
-Ella no lo tiene.
-Hubiera sido un plan ingenioso – dijo Hank – No la puedo torturar más, ella no sabe nada – rió – Ahora eso podría ser irónico. La única pieza de información que necesito es buscar en una mente que efectivamente borré.
-Una lástima.

Hank alzó la lona de la jaula. Pateó la caja de metal. El cabello de la chica cubría su cara y sus ojos empezaron a mirar alrededor del almacén, como si intentara memorizar cada detalle de su prisión.

-¿Y bien? – Hank le preguntó a la chica - ¿Qué piensas, mi mascota? ¿Crees que podemos encontrarte un collar de arcángel a tiempo?

Ella se volteó hacia Jev, y no hubo error de reconocimiento cuando abrió sus ojos. Sus manos sacudieron las barras de la jaula tan fuerte que su piel se volvió traslúcida. Soltó una palabra que sonaba a traidor y miró entre los dos hombres, con su boca abierta, gritando.

La fuerza del grito me hizo retroceder. Mi cuerpo se golpeó contra la pared del almacén. Volé a través de la oscuridad. Mi estómago dio vueltas, una gran ola de náusea golpeando contra mí.

Y luego estaba boca abajo, tirada en la pista, mis manos curvadas en la grava. Gateé para poderme sentar. El aire estaba pesado con el olor del aserrín. Todo estaba exactamente como había sido. No sabía cuánto tiempo había estado en esa escena. ¿Diez minutos? ¿Media hora? 

-¿Jev? – llamé.

Pero él se había ido. 

sábado, 19 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Diez

Jev condujo tan solo cinco cuadras. Estacionó la camioneta a un lado de la pista, alineada a árboles y campos de maíz.

-¿Sabes cómo llegar a casa desde aquí? – preguntó.
-¿Simplemente vas a dejarme aquí?

En realidad lo que quería preguntar era porque Jev, siendo uno de ellos, se había aliado conmigo. Pero, no lo dije.

-Si estás preocupada de Gabe, créeme, tiene más en mente ahora que rastrearte. No hará mucho hasta que se quite el neumático. No tendrá nada más que hacer que dormir por varias horas. 

Cuando no dije nada, señaló hacia la dirección por la que habíamos venido.

-Necesito asegurarme que los otros dos chicos estén fuera de escena – dijo.
-¿Por qué los estás protegiendo?

Los ojos de Jev se enfocaron en la oscuridad, más allá de la ventana.

-Porque soy uno de ellos.

Inmediatamente sacudí mi cabeza.

-No eres como ellos. Ellos me hubiesen matado. Tú viniste por mí, detuviste a Gabe.

En lugar de responder, salió de la camioneta y caminó hacia mi puerta. Abrió mi puerta y apuntó hacia la noche.

-Anda hacia esa dirección, hacia la ciudad. Si tu celular no funciona, sigue caminando hasta que ya no haya árboles. Tarde o temprano, tendrás recepción.
-No tengo mi celular.
-Entonces cuando llegues al Hotel Internacional pide un teléfono en la recepción. Puedes llamar a casa de ahí.

Salí del auto.

-Gracias por salvarme de Gabe. Y gracias por el viaje – dije, educadamente – Pero para el futuro, no me gusta que me mientan. Sé que hay un montón que no me estás diciendo. Tal vez crees que no me merezco saber la verdad. Tal vez crees que difícilmente me conoces, y no valgo la pena arriesgar. Pero dado por todo lo que he pasado, creo que merezco la verdad.

Para mi sorpresa, él asintió. Algo que decía: Es lo justo. 

-Los protejo porque tengo que hacerlo. Si la policía los ve, nos descubrirán. Esta ciudad no está lista para chicos como ellos, como nosotros – me observó, sus ojos inspeccionándome – Y no estoy listo para irme de la ciudad todavía – murmuró, con sus ojos aún fijos en mí.

Se acercó y sentí mi respiración acelerarse. Su piel era más oscura que la mía, más áspera. Era guapo y me estaba diciendo que era diferente. No porque fuera distinto al resto de chicos que conocía, sino porque era algo completamente diferente. 

-¿Eres un Nephil? – pregunté, recordando la palabra.

Como si hubiera sido sorprendido, retrocedió. 

-Anda a casa y continúa con tu vida – dijo – Haz eso y estarás a salvo.

Con su voz cortante, sentí lágrimas en mis ojos. Él las vio y sacudió su cabeza, disculpándose. 

-Mira, Mariana – intentó de nuevo, recostando sus manos en mis hombros.
-¿Cómo sabes mi nombre?

Sus ojos me miraban con esa expresión que decía que escondía secretos. Yo sabía que conocía a Jev, no sé cómo, ni dónde, ni cuándo, pero lo conocía. Jev había sido parte de mi vida. No había otra forma de explicar los recuerdos oscuros que venían a mi mente y la sensación que sentía a su lado. Se me cruzó por la mente que tal vez él era mi secuestrador, pero la idea no me convenció del todo. No lo creía, capaz porque no quería creerlo.

-¿Nos conocíamos, verdad? – dije – Esta noche no es la primera vez que nos conocemos.

Cuando Jev se quedó callado, estaba segura que tenía mi respuesta.

-¿Sabes sobre mi amnesia? ¿Sabes que no puedo recordar los últimos cinco meses? ¿Es por eso que piensas que pueden alejarte y pretender no conocerme?
-Sí – dijo cautelosamente.
-¿Por qué?
-Si Gabe pensaba que teníamos una conexión, podría usarte para hacerme daño.

Bien. Había respondido esa pregunta. Pero yo no quería hablar de Gabe.

-¿Cómo nos conocemos? ¿Y después que dejamos a Gabe, por qué aún seguiste pretendiendo que no me conocías? ¿Qué me estás escondiendo? – esperé, pero no respondió - ¿Vas a llenar mis dudas?
-No.
-¿No?

Apenas me miraba.

-Eres un imbécil egoísta – me había salvado pero aún así me estaba escondiendo cosas.
-Si tuviera algo bueno para decirte, empezaría a hablar.
-Puedo soportar malas noticias – dije.

Sacudió su cabeza y dio un lado al lado, dirigiéndose hacia el asiento del conductor. Cogí su brazo. Sus ojos bajaron a mi mano, pero no se apartó.

-Dime lo que sabes – dije - ¿Qué me pasó? ¿Quién me hizo esto? ¿Por qué no puedo recordar esos cinco meses? ¿Qué fue tan malo que ahora escojo olvidar?
-Te voy a dar un consejo, y por primera vez, quiero que lo tomes. Regresa con tu vida y continúa en ella. Empieza de nuevo si tienes que hacerlo. Haz lo que tengas que hacer para dejar todo esto atrás. Esto terminará feo si sigues mirando atrás.
-¿Esto? ¡Ni siquiera sé qué es esto! No puedo continuar. ¡Quiero saber qué me pasó! ¿Sabes quién me secuestró? ¿Sabes a dónde me llevaron y por qué?
-¿Importa?
-Cómo te atreves – dije – Cómo te atreves a estar aquí y hablar a la ligera de lo que me pasó.
-Si descubres quién te secuestró, ¿ayudará? ¿Es lo que necesitas para levantarte y continuar con tu vida? No – respondió para mí.
-Sí, lo hará. 

La ignorancia era la forma más baja de humillación y sufrimiento.

Él soltó un suspiro, pasando sus dedos por su cabello.

-Nos conocimos – dijo – Nos conocimos hace cinco meses, y yo era malas noticias desde el momento en que posaste tus ojos en mí. Te usé y te hice daño. Por suerte, reaccionaste y me botaste de tu vida antes que pueda regresar para la siguiente ronda. La última vez que hablamos, me juraste que si me volvías a ver, harías lo que pudieses para matarme. Tal vez lo dijiste en serio, tal vez no. ¿Eso es lo que estabas buscando? – terminó.

Parpadeé. No podía imaginarme diciendo aquella amenaza. 

-¿Por qué diría eso? ¿Qué hiciste qué fue tan horrible?
-Intenté matarte.

Encontré sus ojos. La línea de su boca me dijo que no estaba bromeando.

-Querías la verdad – dijo – Lidia con ella, Ángel.
-¿Lidia con ella? No tiene sentido. ¿Por qué querías matarme?
-Por diversión, porque estaba aburrido, ¿importa? Intenté matarte.

No. Algo estaba mal.

-Si querías matarme, ¿entonces por qué me ayudaste esta noche?
-Estás perdiendo el punto. Podría haber terminado con tu vida. Hazte un favor y corre tan lejos de mí como puedas. 

Se volteó, señalando que debía caminar en la dirección opuesta. Esta sería la última vez que nos veríamos.

-Eres un mentiroso.

Se volteó.

-También soy un ladrón, un jugador, un traidor, y un asesino. Pero esta es una de las raras veces donde estoy diciendo la verdad. Anda a casa. Considérate con suerte. Has tenido la oportunidad de empezar de nuevo. 

Quería la verdad, pero estaba más confundida que nunca. ¿Cómo podría haber encontrado algo en común con él? Éramos completamente distintos y sin embargo, desde que lo vi, mi corazón no ha dejado de latir con locura.

-Una última cosa – dijo -  Deja de buscarme.
-No te estoy buscando – me burlé.

Colocó el dedo índice en mi frente, mi piel absurdamente calentándose ante su toque. 

-Debajo de todas las barreras, una parte de ti recuerda. Esa parte que vino a buscarme esta noche. Esa parte es la que va a hacer que mueras, si no tienes cuidado.

Nos quedamos frente a frente, respirando fuerte. Las sirenas estaban demasiado cerca.

-¿Qué se supone que debo decirle a la policía? – pregunté.
-No vas a hablar con ellos.
-¿En serio? Gracioso, porque planeo decirles exactamente cómo incrustaste el neumático en la espalda de Gabe. A menos que respondas mis preguntas.

Dio un bufido irónico.

-¿Chantaje? Has cambiado, Ángel.
-Si me conoces tanto como dices, sabes que no voy a dejar de buscar por aquella persona que me secuestró hasta encontrarlo.
-Y déjame decirte dónde acabará eso….en tu tumba. Una tumba dónde nadie te encontrará, nadie vendrá a llorar por ti. Destrozará a tu madre, saber que no estás, que no puede sentirte. Ella estará sola y tú también. Para la eternidad.

Me quedé en la misma posición, determinara a demostrarle que no me podía asustar tan fácilmente, pero sentí un retorcido en mi estómago.

-Dime, o hablaré con la policía, es una promesa. Quiero saber dónde he estado y quién me llevó.

Colocó una mano en su boca, riéndose consigo mismo. Era un sonido tenso, cansado.

-¿Quién me secuestró? – espeté, perdiendo la paciendo. 

Alzó sus ojos hacia los míos, su boca yendo hacia un lado. No era un fruncimiento, era algo infinitamente más amenazador y aterrador.

-Se supone que tú ya no debes de estar más en esto. Ni siquiera yo puedo mantenerte a salvo.

Luego se fue, habiendo dicho todo lo que tenía por decir, pero no podía aceptarlo. Esta era mi única oportunidad de darle sentido a la parte de mi vida que faltaba. Fui detrás de él y cogí la parte de atrás de su camisa, tan fuerte, que se rompió. No me importó. 

-¿En qué se supone que no debo estar más involucrada?

Sólo las palabras salieron bien. Salieron de mí al tiempo exacto en que un hueco pareció colocarse en mi estómago y jalarme hacia adentro. Me sentí siendo arrastrada, dejándome sin aire, y cada músculo de mi cuerpo se tensó, yendo hacia lo desconocido. 

Lo último que recuerdo fue el rugido del aire pasando al lado de mis orejas y el mundo destruyéndose en la negrura.

jueves, 17 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Nueve

La camioneta blanca se detuvo y apagó el motor. Se abrió la puerta del conductor y a través de la oscuridad, alguien salió. Un hombre, alto, con jeans sueltos y una gorra de béisbol. Su cara estaba escondida debajo de la gorra pero pude ver la línea gruesa de su mentón y la forma de su boca, lo que hizo que electricidad recorriera mi cuerpo. El destello de negrura en la parte posterior de mi mente era tan intenso que el color completamente borró mi visión por unos cuantos segundos.

-¿Decidiste unirte a nosotros después de todo? – le preguntó Gabe.

El nuevo no respondió.

-Éste está ofreciendo resistencia – continuó Gabe, señalando a la víctima – No quiere jurar lealtad. Cree que es muy bueno para mí, todavía viniendo de un híbrido.

Gabe y sus amigos rieron, pero el conductor de la camioneta se quedó serio. Deslizando la mano en su bolsillo, nos estudió en silencio. Imaginé que su mirada se quedaba más tiempo en mí, pero podía estar imaginando cosas.

-¿Por qué ella está aquí? – preguntó lentamente, alzando su mentón hacia mí.
-Lugar equivocado, tiempo equivocado – dijo Gabe.
-Ahora ella es testigo.
-Le dije que siga conduciendo – dijo Gabe, a la defensiva.
-¿Y?
-No me hizo caso.
-Ella recordará todo.
-Puedo convencerla de no hablar – dijo Gabe.
-¿Así como lo convenciste de hablar a él? – dijo el conductor, señalando a la víctima.

Gabe frunció el ceño.

-¿Tienes una idea mejor?
-Sí. Déjala ir.

Gabe rió.

-Déjala ir – repitió - ¿Qué la detendrá de ir a la policía? ¿Eh, Jev? ¿Pensaste en eso?
-No tienes miedo de la policía – dijo Jev.

Tomando el riesgo, decidí hablar.

-Si me dejas ir, prometo que no hablaré – dije – Sólo déjame irme con él – señalé a la víctima en el suelo. 
-La escuchaste – dijo Jev.
-No. Él es mío. He estado esperando meses para que él cumpla los dieciséis. No voy a irme ahora.
-Habrán otros – dijo Jev, encogiéndose de hombros – Vete.
-¿En serio? ¿Y seré cómo tú? No tienes un vasallo Nephil. Va a ser un Cheshvan largo y solitario, compañero.
-Faltan semanas para eso. Tienes tiempo, encontrarás a alguien más. Deja al Nephil y a la chica.

Gabe dio un paso hacia Jev. Jev era más alto y más inteligente y sabía cómo mantener la charla amistosa, pero Gabe tenía la ventaja de ser de mayor volumen. 

-Nos traicionaste más temprano. Dijiste que tenías otros asuntos esta noche. Hasta dónde sé, esto no es de tu incumbencia. Estoy cansando que te aparezcas a último minuto y arruines los planes. No voy a irme hasta que el Nephil jure lealtad. Esta es mi noche – agregó Gabe – Voy a terminarla de acuerdo a mis términos.
-Espera un minuto – dijo uno de sus amigos y mirando alrededor - ¡Gabe! Tú Nephil. ¡Se ha ido!

Todos volteamos hacia el lugar donde la víctima estaba recostada hace unos momentos. 

-No puede haberse ido muy lejos – espetó Gabe – Anda tú por allá – le ordenó a uno de sus amigos – Y tú, revisa la tienda – le ordenó al otro.
-¿Y ella? – preguntó Jev.
-¿Por qué no te haces útil y me traes de vuelta a mi Npehil?

Jev alzó sus manos a la altura de sus hombros.

-Lo haremos a tu manera.

Sentí mi estómago caerse hasta mis rodillas cuando me di cuenta de lo que estaba pasando. Jev se iría. Él era amigo o al menos, compañero de Gabe y ese simple hecho me hacía sentirme nerviosa a su lado, pero era mi única salida de aquí. Hasta el momento, parecía estar de mi lado. Si se iba, me quedaría sola. 

-¡Vas a irte así, de pronto! – le grité a Jev.

Gabe golpeó mi pierna con su zapato, forzándome a colapsar contra mis rodillas y antes que pueda decir más, me quedé sin respiración.

-Será más fácil si no miras – dijo Gabe – Un golpe sólido y será lo último que sientas.

Me incliné hacia adelante para escapar, pero Gabe cogió un puñado de mi cabello, haciéndome inclinar la cabeza hacia atrás.

-¡No puedes hacer esto! – grité – Simplemente no puedes matarme.
-Sostente – gruñó.
-¡No lo dejes hacer esto, Jev! – grité, sin poder verlo, pero segura que me podía escuchar. 

Gabe golpeó mi frente contra el suelo. Mi nariz empezó a dolerme, las piedras del suelo golpeando contra mi mentón y mejillas. Hubo un crujido y Gabe colapsó encima de mí. A través del pánico, me preguntaba si él estaba intentando ahogarme. Buscando aire, busqué mi salida debajo de él. Logré ponerme de pie y miré alrededor. Me coloqué en una posición defensiva, esperando encontrar a Gabe listo para lanzarme otro golpe. Pero mi mirada cayó, Gabe estaba tirado con la cara en el suelo, con el neumático incrustado en su espalda. 

Jev pasó su manga contra su cara sudorosa. Gabe se puso de pie y se retorció, maldiciendo violentamente e incoherentemente. No podía creer que aún estuviera vivo. 

-Tú…le incrustaste eso – balbuceé, horrorizada.
-Y no va a estar feliz por ello, así que sugiero que salgas de aquí – dijo Jev, retorciendo el neumático.

Me miró y alzó la ceja.

-Mientras más rápido, mejor – agregó.

Retrocedí.

-¿Y tú?

Me miró por un largo momento, considerando las circunstancias. Una expresión breve de remordimiento pasó por sus rasgos. Una vez más, sentí algo abrazar mi memoria que amenazaba con sacar algo a la luz. Abrí mi boca, pero no pude decir nada. Estaba perdida en cómo encontrar un contacto entre lo que pensaba y cómo decirlo. Tenía algo que decirle, pero no sabía qué.

-Puedes sentarte, pero me imagino que el chico que estaba aquí ya llamó a la policía – dijo Jev, incrustando aún más el neumático.

Las sirenas sonaron a los segundos. Jev cogió a Gabe debajo de sus brazos, jalándolo hacia un lado. 

-Con la velocidad pertinente, puedes distanciarte de nosotros y de este lugar – dijo Jev.
-No tengo auto.

Sus ojos se enfocaron en mí.

-Vine caminando – expliqué.
-Ángel – dijo de una forma que sonaba como si esperara que estuviera bromeando.

Unos pocos minutos juntos no calificaba para que me pusiera un sobrenombre, pero mi corazón empezó a latir desaforado ante su llamado, Ángel. ¿Cómo podía saber que ese sobrenombre me había estado cazando por tantos días? ¿Cómo podía explicar los destellos de negrura que se intensificaban cuando él se acercaba?

Peter, me susurró una voz de mi subconsciente. La última vez que te sentiste así fue cuando Paula mencionó a Peter. ¿Cómo Peter, Paula y Jev y yo estábamos conectados? Sabía que él me conocía, que él sabía algo que yo no.

-¿Te conozco? – pregunté.
-¿Sin auto? – confirmó, ignorando mi pregunta.
-Sin auto – repetí.

Arqueó su cuello hacia atrás, como si le preguntara la luna, ¿Por qué yo? Luego señaló con su dedo su camioneta.

-Sube.

Cerré mis ojos, intentando pensar.

-Espera. Tenemos que quedarnos y testificar. Si nos escapamos, podemos pasar como culpables. Si le diré a la policía que asesinaste a Gabe para salvar mi vida. Encontraremos al otro chico y testificaremos todos.

Jev abrió la puerta del pasajero para mí.

-Todo lo que dijiste sería cierto si la policía sería de confianza.
-¿De qué hablar? Es la policía. Es su trabajo atrapar criminales. No estamos mal aquí. Gabe podría haberme matado si no hubieses aparecido.
-Esa parte no lo dudo.
-¿Entonces, qué?
-Esta no es la clase de cosas con las que suelo lidiar – dijo.
-Estoy segura que asesinatos está dentro de tus cosas – argumenté.
-Dos cosas – dijo – Primero, no asesiné a Gabe, lo he noqueado. Segundo, créeme cuando te digo que los otros dos amigos no irán a custodia sin antes derramar un montón de sangre.

Abrí mi boca para argumentar cuando, por el rabillo del ojo, vi que Gabe se retorcía. Milagrosamente, no estaba muerto. Recordé la forma en que me había manipulado, lo que me imaginaba que era una forma poderosa de hipnotismo. ¿Estaba usando otro truco para evadir la muerte? 

-Dime en lo que estás pensando – dijo Jev, suavemente.

Dudé, pero no había tiempo para ello. Si Jev conocía  a Gabe tan bien como sospechaba, él tenía que saber sobre sus…habilidades. 

-Vi a Gabe haciendo…un truco. Un truco de magia – la expresión de Jev me confirmó que no estaba sorprendido – Él me hizo ver algo que no era real. Se convirtió en un oso.
-Esa es la punta del iceberg cuando se trata de lo que él es capaz de hacer.

Tragué con fuerza.

-¿Cómo lo hizo? ¿Es un mago?
-Algo así.
-¿Uso magia? Nunca pensé que esa magia podía existir, hasta ahora.
-Estás cerca. Escucha, nos queda poco tiempo.

Las sirenas se escucharon más cerca y Jev me señaló de nuevo la camioneta.

-Se acabó el tiempo – dijo.

No me moví. No podía. Tenía la responsabilidad moral de quedarme….

-Si te quedas aquí a hablar con la policía, estarás muerta antes que termine la semana. Y todos los policías estarán involucrados. Gabe detendrá la investigación antes que empiece – agregó Gabe.

Me tomó otros dos segundos pensarlo. No tenía que confiar en Jev, pero al final, por razones inexplicables, acepté. Subí al auto y Jev empezó a conducir con rapidez. De pronto, una oscura silueta apareció en nuestro camino. El neumático que había estado en la espalda de Gabe, ahora apuntaba hacia nosotros. En la luz, se veía un ala estropeada. 

Jev aceleró. Me incliné hacia adelante, por la velocidad. Gabe no mostraba señales de moverse, aunque no podía ver su expresión. Colocó sus manos en frente de él, como si no dudara de que podría detenernos.

-¡Vas a golpearlo! – dije.
-Se moverá – dijo Jev.

Mi pie piso un freno imaginario. La distancia entre Gabe y la camioneta rápidamente se estrechó.

-¡Jev…detente…ahora…mismo!
-Esto tampoco lo matará.

Aceleró aún más y luego todo sucedió muy rápido. Gabe se lanzó volando en el aire hacia nosotros. Golpeó contra la ventana, el vidrio formando una figura de una telaraña. Un instante después, ya no estaba a la vista. Un grito llenó el auto y me di cuenta que era yo.

-Está arriba del auto – dijo Jev.

Se dirigió hacia una curva con fuerza, intentando hacer bastante movimiento. Luego viró hacia la izquierda de nuevo, hacia la pista. 

-¿Se cayó? ¿Dónde está? ¿Aún está arriba? – presioné mi cara contra la ventana, tratando de mirar.
-Espera.
-¿A qué? – grité.

Nunca sentí el freno. Pero Jev debe haberlo presionado porque la camioneta dio una completa vuelta antes de detenerse. Mi hombro golpeó contra la puerta. Por el rabillo del ojo, vi una masa oscura volar a través del aire y caer con la gracia de un gato al suelo. Gabe se quedó ahí por un momento, agachado, su espalda hacia nosotros. 

Jev aceleró de nuevo.

Gabe miró sobre su hombro, con sudor en su cara. Sus ojos encontraron los míos. Su boca se curvó en una sonrisa diabólica. Dijo algo justo mientras el auto avanzaba, y aunque no pude descifrar ninguna palabra del movimiento de sus labios, el mensaje estaba claro. Esto no ha terminado.

miércoles, 16 de enero de 2013

Ángeles Caídos #3: Ocho

Me di la vuelta, el chico medía, por lo menos, un metro ochenta de altura y tenía unos veinte kilos más que yo.

-¿Necesitas ayuda? – preguntó, con una sonrisa y ofreciéndome su celular – Odio ver a las chicas guapas gastar dinero en una llamada – su tono era de burla, definitivamente.

No contesté.

-A menos que estuvieras haciendo una llamada gratuita – agregó – Pero la única llamada gratuita que puedes hacer de un teléfono público es a la policía.

Tragué con fuerza.

-No había nadie en el mostrador, pensé que algo andaba mal – dije, y ahora sabía que realmente algo andaba mal. 
-Déjame hacer esto fácil para ti – dijo, colocando su rostro muy cerca del mío – Regresa a tu auto y sigue conduciendo.

Me di cuenta de que había una pelea que venía del callejón a la vuelta de la esquina. Estaban maldiciendo y gruñendo de dolor. Tenía la opción de irme, fingiendo que nunca había estado aquí. O podría correr a la próxima bodega y llamar a la policía, pero para eso ya sería demasiado tarde. Si estaban robando la bodega, el chico y sus amigos no iban a tardar mucho. Mi única otra opción era quedarme aquí y hacer un intento, muy valiente y estúpido, de impedir el robo.

-¿Qué está pasando ahí atrás? – pregunté inocentemente, señalando la parte trasera de la bodega.
-Mira alrededor – contestó, su voz suave y sedosa – Este lugar está vacío. Nadie sabe qué estás aquí, nadie nunca va a recordar que estás aquí. Ahora sé una buena chica y vuelve a tu auto.
-Yo… - presionó sus dedos en mis labios.
-No voy a decírtelo de nuevo.
-Dejé mis llaves en el mostrador – dije, usando la primera excusa que se me vino a la mente.

Me tomó del brazo y tiró de mí hacia la bodega. Durante el camino, estuve buscando en mi mente algo que decir cuando averiguara que estaba mintiendo. 

La puerta se abrió y me empujó hacia la caja registradora, luego se puso a buscar mis llaves. De repente se detuvo, sus ojos se dirigieron hacia mí.

-¿Dónde están tus llaves? ¿Cuál es tu nombre?
-Paula – mentí.
-Déjame decirte algo, Paula – dijo, colocando un cabello suelto detrás de mi oreja – Nadie le miente a Gabe, cuando Gabe le dice a una chica que se vaya, lo mejor es que corra. De lo contrario, hace que Gabe se enoje. Y esa es una mala idea, porque Gabe tiene mal carácter. ¿Me entiendes?
-Lo siento – dije.
-Ahora quiero que te vayas – dijo.

Asentí con la cabeza, retrocediendo. Apenas choqué contra la puerta y estuve afuera, Gabe me amenazó.

-Diez – empezó a contar, sonriendo.

Empecé a retroceder más rápido.

-Nueve – gritó de nuevo – Ocho – esta vez, empezó a caminar lentamente hacia la puerta – Siete.

Empecé a correr. Escuché un auto aproximándose hacia mí y empecé a gritar y a sacudir mis brazos. Pero el auto pasó muy rápido. 

-Lista o no, allá voy – escuché a Gabe gritar.

Seguí corriendo, esperando que algún otro auto pasara. Mientras tanto, Gabe seguía detrás de mí, aparentemente disfrutando de todo esto. Hasta que escuché el gran estruendo de un motor aproximándose. Los faros aparecieron a la vista, y me moví hacia la mitad de la pista, agitando mis brazos. 

-¡Alto! – grité, haciendo señas. 

El conductor se detuvo, bajando su ventana.

-¿Qué pasa? – preguntó, mirando por encima de hombro, donde sentí la presencia de Gabe.
-Sólo jugamos al escondite – dijo Gabe, lanzando un brazo alrededor de mis hombros.
-Nunca lo he visto – dije, refiriéndome a Gabe – Me amenazó, creo que él y sus amigos intentan robar la bodega. Tenemos que llamar a la policía. 

El hombre, confundido, subió la ventana, ignorándome. 

-¡Tienes que ayudarme! – dije, golpeando la ventana - ¡Llama a la policía! – insistí, cuando siguió ignorándome.

El hombre pisó el acelerador, y yo seguí corriendo detrás de él, aún con la esperanza de que me ayude. De pronto, Gabe me enfrentó, me miró y sus ojos se oscurecieron. Su cabello empezó a cambiar por todos lados. Hasta que terminó convirtiéndose en un oso pardo. Aterrada, me tropecé hacia atrás y caí al suelo. Arrastrándome hacia atrás, encontré una roca para golpearlo y se la arrojé. Le golpeó en el hombro, y rebotó a un lado. Agarré otra y apunté a su cabeza, pero ésta cayó en su hocico. Rugió y vino hacia mí más rápido de lo que pude apartarme. Usando su pata, me aplastó contra el suelo. Estaba empujando demasiado fuerte, mis costillas crujieron de dolor.

-¡Para! – traté de apartar su pata, pero era demasiado fuerte. 

Nunca antes había presenciado algo tan horriblemente inexplicable. Apenas unos segundos después, Gabe estaba inclinado sobre mí, quedando atrás el oso pardo, y naciendo su sonrisa.

Eres mi títere, no lo olvides  - susurró en mi mente y creí que estaba alucinando otra vez.

Luego me alzó del suelo y aturdida, me regresó al espacio de la bodega. ¿Qué había pasado? ¿Hablaba por mi mente? ¿Me había hecho creer que se convertía en un oso? ¿Era otra alucinación?

Rodeamos el callejón y nos acercamos hacia donde estaban los otros. Había uno de rodillas, agarrándose de las costillas, gimiendo. Sus ojos estaban cerrados y saliva goteaba de la comisura de su boca. Uno de los amigos de Gabe, estaba con su pie encima de la víctima, con un desmontador de neumáticos, levantado y listo para descargar.

-Le estás haciendo daño – dije, horrorizada.
-¿Quieres decir con esto? – preguntó Gabe, cogiendo el desmontador.

Descargó el desmontador contra la espalda del chico y escuché un crujido. El chico gritó y se derrumbó, retorciéndose de dolor. Los otros dos se rieron y yo creí que vomitaría.

-¡Simplemente cojan el dinero! – dije, gritando, evidentemente se trataba de un robo, pero lo estaban llevando muy lejos - ¡Vas a matarlo si lo siguen golpeando!

Todos se rieron.

-¿Matarlo? No creo – dijo Gabe.
-¡Está sangrando mucho!
-Se curará – dijo Gabe, encogiéndose de hombros.
-No, si no va pronto a un hospital.
-¿La escuchaste? – Gabe se dirigió hacia la víctima – Necesitas ir a un hospital. Te llevaré, pero primero tienes que decirlo. Di el juramento.

Con gran esfuerzo, la víctima alzó su cabeza. Abrió su boca y pensé que diría lo que sea que le estaba obligando a decir, pero en lugar de eso, escupió en la pierna de Gabe.

-No puedes matarme – se burló – La Mano Negra me lo dijo – agregó como pudo.
-Respuesta equivocada – dijo Gabe, golpeándolo de nuevo con el desmontador de forma grotesca.

Coloqué ambas manos sobre mi boca, paralizada por el horror. El horror trajo una palabra que gritaba dentro de mi cabeza. Era como si la palabra se hubiera liberado de lo más profundo de mi subconsciente.

Nephil. Eso es lo que es la víctima, pensé, aunque la palabra no significaba nada para mí. Están tratando de obligarlo a hacer un juramento de fidelidad.

De pronto, una camioneta blanca giró hacia el callejón, provocando que todos nos congelemos. Gabe bajó el desmontador, escondiéndolo detrás de su pierna. Recé para que quién estuviera conduciendo llamara a la policía. 

-¿Crees que son Nephils? – preguntó uno de los amigos de Gabe.

Nephil, de nuevo esa palabra, pero dicha en voz alta. ¿Cómo era posible que supiera la misma palabra que ellos? ¿Cómo podíamos tener algo en común?

-Traerían más de un auto – dijo Gabe, sacudiendo la cabeza – La Mano Negra no iría contra nosotros con menos de veinte hombres.
-¿Policía, entonces? Podría ser un coche camuflado.

La camioneta se acercó. Mis piernas temblaron con adrenalina. Si se desataba una pelea, Gabe t los otros podrían verse envuelto en ella y yo podría llevarme como sea a la víctima y salir de aquí. Una pequeña posibilidad, pero al menos una oportunidad.

De pronto, Gabe estalló de risa. Les dio a sus amigos una palmadita en la espalda.

-Bueno, bueno, chicos. Mira quién vino a la fiesta después de todo.